De México y otras arañas. Una entrevista a Elena Poniatowska

Francisco Martínez Cruz

(@pakom_)

Foto: Antonio Nava / Secretaría de Cultura Foto: Antonio Nava / Secretaría de Cultura

Foto: Antonio Nava / Secretaría de Cultura DF

Le dicen “la princesa de las izquierdas”, una princesa que hace unos días se presentó con el rey y la reina de España para recibir el Premio Cervantes de Literatura 2013, máximo reconocimiento a las letras hispánicas. Bien merecedora para algunos, para otros no tanto, Elena es hoy una de las escritoras más conocidas en nuestro país, y uno de los emblemas intelectuales y culturales que enarbolan con cariño las y los izquierdos, criticones e inconformes con el gobierno. Con tamaño premio, no hay ni quién los aguante ahora, porque su premio se siente como si fuera de todos ellos, como que nos huele a manada.

Apenas regresada a su realidad, al enorme país temible y secreto llamado México  –según lo dijera ante la nobilísima crema y nata ultramarina y trasnochada–, Elena Poniatowska me recibe en su casa de blancuras, fotografías, libros y recuerdos. Me siento a esperar en la salita amarilla. Una virgen de manufactura zapatista está a mi lado derecho; cojines bordados también hay sobre los sillones. Una estancia contigua tiene un lecho con montones de muñecos y muñecas con pasamontañas, de seguro ahí es donde se recuesta para descansar la imaginación luego de andar tanto por quién sabe qué rincones del espacio.

El discurso del Cervantes

– En su discurso al recibir el Cervantes, Elena, hizo referencia a los grupos vulnerables de nuestro país, a sus carencias y a los problemas a los que se enfrentan, y este cuadro a muchos críticos no les pareció.

– Yo la impresión la di del mundo entero, desde la Patagonia; en realidad fue de toda América Latina. Pero claro, ellos querían que yo hablara de otra cosa. Yo había hecho primero otro tipo de discurso de pura literatura, y se lo leí a dos amigas, Marta Lamas y Raquel Serur, y me dijeron “no, Elena, mejor habla de lo que tú has hecho toda la vida, de ese tipo de cosas, que sea más tú el discurso”. Y entonces me lancé a hacer eso.

– Fue muy interesante escuchar la manera en cómo hizo referencia a las mujeres dentro del ámbito literario hasta fuera de ellos, en los hechos sociales cotidianos. En sus años de vivir en México, ¿cómo observa la situación de las mujeres?

– Mire, yo recuerdo que cuando llegué a México en el 43, había mucha gente descalza en las calles. Y las mujeres se escondían detrás de su rebozo. Había una canción “¿Qué te ha dado esa mujer?…/ Cada que la veo venir/ se agacha y se va de lado…” y de veras las mujeres caminaban replegadas a la pared para no molestar. Esto, para una persona que venía de Francia, era extraño pues yo nunca vi a una mujer caminar así en la calle. Era muy impactante.

Elena y la izquierda

Elena Poniatowska llegó a México en 1942 cuando el país se iba recuperando de los costos de la Revolución y se estaba vistiendo de la modernización y la industria del siglo XX. Tenía en ese momento diez años, los años de la infancia necesarios para grabar con las pupilas santo y seña de todo, y preguntar por lo extraño y lo contrastante. Nacida en Europa, los sentidos de Elena cambiaron los refinamientos y glamures para abrirse a la percepción las susceptibilidades y delicadezas de los mexicanos de a pie.

-Y luego la dulzura de la gente mexicana, su aceptación… los albañiles me llamaban mucho la atención porque hacían unas casotas con enorme alegría, poniéndole mucho esfuerzo, “echándole las ganas” como dicen, ¡para un ricote! Aunque ellos ni a casa llegaran, viviendo en una estructura ahí más o menos, lo hacían con gusto. Hay un documental buenísimo de Juan Carlos Rulfo sobre el segundo piso del periférico que se llama “En el hoyo” y es muy conmovedor al observar la vida de estos albañiles. Esto me llamó poderosamente la atención. Yo creo que se me quedó, yo creo que me golpeó para el resto de la vida.

– ¿La vida de los más desfavorecidos es la que ha marcado su interés por la izquierda?

– No. Yo no tengo interés, no es que sea interés. Yo solamente seguí una inclinación natural. Recuerdo que cuando yo me inicié en El Excélsior, no podías hablar de esto, todo tenía que ser muy bonito. Yo estaba en una sección que se llamaba “Sociales”, donde de inmediato refundían a las mujeres. Había fotos de asesinatos, páginas rojas, había crímenes, pero no había realidad de la pobreza porque según denigraba a México. Y hablar de eso fuera de México era traicionar a México. Ya después eso poco a poco se fue cambiando porque era tan fuerte la evidencia que se metía a las casas, era una realidad palpable. Fue cuando comenzaron a hacer otro tipo de reportajes, otro tipo de crónicas y para ese momento yo ya me había salido de la Sección de Sociales y comenzaba a hacer entrevistas, reportajes y crónicas.

– Eso explica La noche de Tlatelolco.

– Sí, pero antes había sacado un libro de una soldadera, Hasta no verte, Jesús mío, que era una mujer a la cual le fue negro, porque también las soldaderas eran galletas de capitán, seguidoras de la tropa, pues casi eran mujeres de la calle… les decían colchones de tripas. Pero ellas tenían la ventaja de que si se aburrían de un hombre, podían cambiar por otro. Todo eso me impactó y comencé a escribir. Luego vino el año de 1968, Guillermo Haro estaba siempre en la Universidad, y él oyó que un chavo decía por un magnavoz –en ese momento toma aire Elena y hace como que grita por ese instrumento que imagina en sus manos- “¡Unaaaam territoooorio liiiibre de Améeeericaaa!” Y entonces yo empezaba a ir.

Martina, mujer de recia voz, le dice quedito a Elena que tiene una llamada. Es Ámbar Past, una amiga poeta “que se va de cocinera a Canadá en un retiro de tres meses, en plena nieve, y después a lo mejor se queda un año”, según luego me platicará. Pero mientras, se excusa Elena, y con velocidad va a contestarle a la amiga que del lejano Chiapas pregunta por ella. Hablan del libro autobiográfico de Ámbar y se nota que a Elena de veras le ha gustado Munda: primera munda y se enoja tan solo de escucharle decir por el auricular la insinuación de lo contrario: “¿pero no leíste el imeil?… ay no, pero no me digas eso, porque me siento muy mal”. Y de las cosas que le cuenta, ay, pues Elena la felicita mucho. Y quién sabe qué le pide a Elena que entonces se excusa con ella porque “ahorita estoy en una entrevista con un joven” (o sea, con quien esto escribe, pues).

– … También me interesé en el movimiento de los estudiantes de 1968 porque yo oía a mucha gente, estuve en dos manifestaciones, y pues por la amistad tan grande con Carlos Monsiváis. Yo pude participar muy poco porque el cuatro de junio de aquel año nació mi segundo hijo, Felipe, y lo tenía que amamantar, así que era más difícil salir a la calle. Luego comencé a participar más.

¡Que viva don Cástulo Ratón! Y ¡pum, pas, pum!, que le aceleran un guamazo por detrás. Algunos de los siete machos levantan del suelo una Lilus Kikus tiesa pero patriota.

– Cuando se publicó La noche de Tlatelolco ¿no sintió el guamazo del gobierno?

– Cuando se publicó el libro, sí. Empezaron a decir que le iban a poner una bomba a la editorial Era. Entonces el papá de Neus Espresate, Tomás Espresate quien en ese entonces era el director de la editorial, dijo que había estado en la Guerra Civil de España, que sabía lo que eran las bombas, que sabía lo que era todo y que ese libro debía publicarse. Hubo una filtración. Se dijo que lo iban a retirar de las librerías; lo que ayudó fue una formidable propaganda, no fue así totalmente casual, la gente fue a comprarlo antes que el gobierno lo fuera a incautar. Se vendieron 4 ediciones en un mes.

– Cuando oyó, mucho tiempo después en 2012, que en las calles estaban saliendo los jóvenes otra vez a manifestarse, ¿qué pensó?

– Me sorprendió mucho, porque era una Universidad de niños bien con coche de papi –como en otra parte lo ha escrito-, pero me gustó que aparecieran mucho en la televisión con sus credenciales, porque se dijo de ellos que eran alborotadores. Este movimiento ojalá y siga, yo creo que a la fecha ha bajado muchísimo, pero ojalá siga, porque fue un movimiento precioso.

Elena dice que no se le ocurrió hacer un libro con los del #YoSoy132 similar al de 1968, y admite que en ese entonces los movimientos eran muy emocionantes, pese a que también en ese año perdió a su único hermano de 21 años.

La derecha a mí me hace picadillo

– ¿Se identifica como una escritora de izquierda?

– Yo me identifico como una escritora que se inclina hacia las causas sociales. Si eso es ser de izquierda, pues soy de izquierda. Desde luego no puedo ser de derecha porque además la derecha a mí me hace picadillo. Es el rechazo más absoluto, incluso de esa gente… A mí me han rayado el coche…

Elena hace unos gestos con los ojos, y lanza su mirada serena con un desprecio sosegado a unos vecinos que se imagina. Acostumbrada ya está, así que ellos podrán cansarse.

– ¿Por qué razón apoyó a López Obrador?

– Ah pues porque ¡vino a verme! Se sentó ahí en el rincón y me dijo que por favor le ayudara. Yo creo que alguien le dijo “ella te puede ayudar”, a lo mejor ellos le dijeron “ella es una babosa”. Entonces lo acompañé a cosas, fui a mítines y lo oí. El primer día me quedé de a 6, le dije “¿qué me va a poner hacer?” Ya de eso son 12 años, desde el desafuero, desde antes del desafuero. Yo sentí que él necesitaba a la gente, ahora que le dio el telele al corazón, yo sentí que él necesitaba salir a buscar a la gente porque quiere a la gente, no la va a usar, de veras la quiere, yo veo que de veras la quiere. Y que cuando dice “primero los pobres”, yo siento que es verdad, pero no sé decirte “Ay, va a ser un gran presidente”. ¿Cómo lo puedo saber? No sé, la verdad. Luego, él inventó que yo fuera su jefa de cultura y yo le dije “no, yo no puedo, yo no tengo esos dotes, esas cualidades; ni me interesan, ni quiero”. Entonces me dijo Taibo, “ay, no vayas a decir eso, porque se oye muy derrotista”. Incluso, de haber ganado López Obrador, yo le digo adiós, muchas gracias. Mejor que ellos me dieran las gracias, porque lo mío es escribir. En ese entonces acepté apoyarlo pues porque uno tiene una responsabilidad, una obligación de ciudadano.

Dice Elena que a ella nunca le ha gustado ni interesado incursionar en la política. Aunque se lo han propuesto, lo ha rechazado porque dice que mete mucho la pata y dice cosas que no hay que decir. Trae entonces el ejemplo de Alfonso Cuarón y ve con beneplácito lo que hizo, porque gracias a la posición en la cual se encuentra –según ella– los ojos están encima de él y lo que pueda decir y hacer resulta importante. Ha pedido al presidente que le explique, y eso ha suscitado una reacción.

El presidente priísta, Enrique Peña Nieto, externó sus felicitaciones a Elena con bastantes horas de retraso después de haber recibido el Cervantes. Pero esto la tiene sin cuidado al menos por lo que se refiere a su relación con él, porque no hay tal, ni siquiera lo conoce. Y al respecto, escuetamente contesta:

– Yo de Peña Nieto, opino que pues ojalá tenga más ideas que su copete, ¿no? No puedo opinar nada. ¡Alguien que no puede citar tres libros o que no te puede decir “ay, bueno, en las noches leo la constitución y me la sé de memoria”! Si hubiera contestado eso, me hubiera parecido muy bien, porque habría dado la impresión, al menos, de un presidente que se sabe la constitución. Pero ni siquiera eso.

 Elena vive de la Beca del Creador Emérito, además de los artículos y regalías de los libros que escribe. Pero aunque ha sido crítica del gobierno, jamás la han amenazado con retirársela.

– Sí he recibido telefonazos, insultos. Me han despertado a las dos de la mañana para decirme “hay un hombre en tu jardín, te quieren asaltar”, cosas así, feas. No me bajan de “puta vieja, puta vieja” todo el tiempo.

Pero a Elena se le resbala. Está preocupada más bien por otras cosas, por los niños y jóvenes y le aterra saberlos sin futuro. Pretende hacer una fundación que regale libros, porque ante la inmensa pobreza y la reducción de la vida, “la gente no tiene cabida para tanto libro, tanto chunche”. Quiere que los ciudadanos actuemos. “A mucha gente le decepcionó muchísimo que de todos modos ganara el PRI y que el PAN resultara tan ladrón y tan aprovechado y además que destapara todos los demonios de la caja de pandora del narcotráfico y que tanta gente muriera”, pero la fatalidad para ella no tiene cabida.

Las responsabilidades del escritor

– Ahora que le dieron el Cervantes, ¿qué responsabilidad tiene?

– La primera responsabilidad de cualquier escritor es escribir bien. La segunda, es hacer algo como lo que hizo Gabriel García Márquez.  Hay que ver lo que él le hizo a su país y lo que le hizo a todo el continente con una novela como Cien años de soledad. América Latina, ante los ojos del mundo, es otra cosa gracias a la prosa de García Márquez, a la visión de él… ¿Cuál es la tarea del escritor? Dar lo mejor de sí mismo, dar, seguir dando, seguir produciendo, yo espero antes de morir hacer un buen libro, pero claro, yo no puedo. García Márquez te da sus circunstancias, eso es maravilloso… Aracataca que finalmente es Macondo, él te da a su papá, a su mamá, todo eso, te da su mundo, y mi mundo no es fascinante. Al menos yo no le encuentro la fascinación que tiene el mundo de García Márquez.

Elena va y viene por las hilachas de los pasajes vividos e inventados que desbarata y remienda mientras platica. Su sencillez y algunas formas tan de la Jesusa, me recuerdan a mis abuelos.

 – ¿Cuál es el mejor libro que ha escrito?

– Siempre digo que el que estoy haciendo, porque necesito creer en él. Pero un libro por el cual siento cariño, porque siento además enorme cariño y mucho agradecimiento por el personaje, es Hasta no verte, Jesús mío, porque la Jesusa es la persona que pienso con mucha frecuencia.

– ¿Cómo conoció a Josefina Bórquez?

– En una azotea. Ella era lavandera, la oí hablar y tenía tanto carácter y lo que decía era tan bonito, que así fue. Pero luego dicen, “ah no, pues era su nana, era su cocinera”, de una manera también de rebajar todo. Pero no, no es cierto.

– Es interesante ver cómo incluso en esa mujer que al principio usted recordaba, la que antes se tapaba el rostro con el rebozo, en ella también cabe toda esa fuerza, todo ese carácter.

– Claro, te hace ver que hay gente maravillosa, de la que tú ni sospechas y además relatos de vida también muy sorprendentes y muy valiosos, que pasan y ni cuenta te das. No les das la oportunidad, hay pocas oportunidades en México.

(Elena toma aire y de inmediato engancha como haciendo un derecho y un revés, las ideas que se le van saliendo de la cabeza).

Cuentacuentos

– Fíjate que hay una persona que ahora trabaja en Bellas Artes, pero antes trabajaba en mi casa, y entonces un día le dije “¿ay, no te importaría ir al Fondo de Cultura Económica a dejar algo, (no sé qué cosa fue, si un libro, un manuscrito, lo que sea)? Y me dijo “sí, claro”, y entonces le dije “ah, bueno, entonces mañana pasas primero y luego te vas allá”. A la mañana siguiente, llegó todo trajeado, con corbata, con saco, todo completo, y entonces le dije, “Ay, ¿pero por qué te estás tan así, tan ajuareado? ¿Qué te pasó? ¿Vas a una boda?” Dijo: “no, voy al Fondo, y me voy vestido así para que me traten mejor”, ¡imagínate!

– Es impresionante que no haya cambiado esa situación.

– No pues sí, sí es cierto, si me invitan a una comida yo no puedo ir así, de pants, van a decir “ay, Elena ¿no se puede comprar un vestido?”, y si tú piensas en la importancia del traje, según el traje… ¿cómo es el dicho?

No se acuerda ella y menos yo, porque ese dicho no me lo sé. En el sur de la Ciudad hace una tarde que amenaza con la lluvia del chipi chipi, pero solo le hace al cuento porque no llueve. Elena también quiere hacerle al cuento y me empieza contar uno.

– Hay un cuento rete bonito del Tepozteco, (yo no sé si es del Tepozteco), pero que me contaron cuando era muy joven. Me lo contó una pintora, Amelita Martínez del Río, y nunca se me olvida. Me contó que el Tepozteco, el rey, hace tiempo dio un gran banquete e invitó a todos los jefes, a los reyes todos de los otros pueblos, a los importantes, y entonces un personaje llegó nada más con su manta y sus huaraches, y le dijeron “pero mira nada más, ve cómo vienen los demás con sus penachos, con sus pectorales de oro, sus brazaletes, y tú vienes… así”. Y entonces le contestó “pues yo pensé que me invitaban a mí”, “ah no, pues no”. La próxima vez, al otro banquete lo volvieron a invitar y en esa ocasión llegó todo ajuareado, haz de cuenta que llegó con el penacho que está en el Museo de Viena, el de Moctezuma, una maravilla. Pero sucedió que empezaron a comer y nuestro personaje se empezó a tirar todo encima, entonces el otro se enojó y le dijo “¿pero qué haces?”, “pues como me invitaste por mis ropas, estoy alimentando a mis ropas”. ¿Ves? Eso pasa, pero por otra parte, es cierto que estéticamente es muy bonito ver a una mujer bonita y bien vestida, porque en esos casos luego luego echas ojo, ¿no? –Yo me quedo pensando, no le contesto, así que Elena me insiste- ¿o no?

– Pues sí. Pero también es parte de la propia cultura. Uno nace inmerso en esa sociedad con reglas, con estereotipos de los que a veces nos cuesta deshacernos.

– Tal vez no hay necesidad de deshacerse de ellos, pero si esa es la finalidad de tu vida, pues es patético, ¿no te parece?

– ¿Cuál es la finalidad de su vida, Elena?

Se hace un silencio. Parece que con esa pregunta le he movido algo dentro de ella, porque se acomoda la incomodidad en el sillón y se ajusta el cojín con la imagen de López Obrador bordada en hilos de algodón que le sirve de respaldo.

– Mira –a veces me habla de usted, a veces de tú-, la finalidad de mi vida es una buena pregunta… finalmente es…

(Otra vez se va por las hilachas. Al preguntarse la finalidad, viaja en retrospectiva).

– …Yo siento que le he hecho daño a personas sin quererlo. Por ejemplo, me siento muy culpable, esto que te digo es muy personal, siento que no atendí lo suficiente a mi mamá por estar escribiendo. “Vamos al cine”, decía, y le respondía “ay no, mamá, debo entregar un artículo”. Siento que no atendí, que no entendí cabalmente porque era un científico, a Guillermo Haro. No le dediqué el suficiente tiempo a mis hijos, ya veían la tele, no los supe educar. Bueno, sí son felices, y ellos mismos me dicen “ay, mamá, por favor, sintonízate, ya no estés repitiendo esas cosas”, pero es algo que yo cargo como una lápida. Siento que a lo que más le di fue a la máquina de escribir.

 La princesa de las izquierdas permanece pensando, fija sus ojos claros hacia sus adentros. Y la interrumpo con otra pregunta. Elena quiere hacer dos buenos libros más y toca madera para que eso se cumpla. Con todo y sus supersticiones quiere que les vaya bien a sus hijos y a sus nietos. Vuelve al tema de la fundación que ha proyectado y a su preocupación por los niños y jóvenes. Quiere hacer mucho.

Escribir consiste en observar

– ¿Qué les aconseja a quienes quieren seguir sus pasos?

– Lo lógico. Si quieres escribir, debes leer, leer a otros, para llegar a un momento en que sepas exactamente cuándo un libro es malo, igual que uno de tanto ver tele sabe muy bien cuándo una telenovela nunca te va a aportar nada, y que es tiempo perdido estar ahí, porque tú mismo adivinas qué va a suceder y te importa un carajo. Entonces, yo diría leer, leer, hacer el esfuerzo de oír, pues ¿en qué consiste escribir? En observar, oír, salir a la calle a ver qué está sucediendo. O también puedes escribir a partir de ti mismo, lo que te sucede a ti, o puedes mezclarlo. Yo creo que en México es rete difícil, la realidad es muy imponente, la realidad te jala y a veces tienes que obedecer a eso.

En la casa de la escritora viven también un perro labrador con quien habla Martina, y dos gatos. La gatita no baja a la sala, es chiveada. Monsi es muy confianzudo y quiere acostarse en mis piernas. Elena lo regaña, me dice que no lo deje porque luego encaja las uñas.

Lo primero es ser bueno en lo tuyo

– ¿Qué les dice a los jóvenes que se siguen preguntando hacia dónde tiene que ir el país?

– El país dentro de su propia historia ha encontrado la solución, dentro de lo que sucede ahora, yo creo que lo que se les tiene que decir es que de verdad actúen, en el sentido de que si son ciudadanos, que participen. Es la única forma, que protesten… Yo no digo de ir a los Pinos a exponerte a que te cacheteen, a que te golpeen, además que ya ni se puede entrar, porque está completamente cerrado. Antes tú llegabas a los Pinos como Pedro por tu casa, no había una puertota, no había nada, ahora no puedes. ¿Qué puedes hacer? Fíjate, Salvador Allende dijo a los estudiantes en Guadalajara: “la obligación de ustedes es estudiar”. Y después, ustedes pueden ser líderes, y es verdad porque además, los grandes líderes en Berkeley y en California, cuando se hizo ese movimiento de los hippies, y el peace and love, así –hace la señal con sus dedos huesudos-, lo encabezaron estudiantes de buenísimas calificaciones, no fósiles. Apenas sepas que tú eres un maestro en lo tuyo, que eres un chingón, tú puedes lanzarte a hacer lo que tú quieras, y todo el mundo te va a respetar.

– Entonces primero hay que estudiar.

– Se oye como de la Señorita Secante, la maestra que te da de reglazos, pero creo que lo primero es ser bueno en lo tuyo.

Se ha oscurecido, la tarde ha caído muy pronto, o eso se nos figura, o eso se me figura y por cortesía Elena hace suyo mi sentir. Antes que me corra, corto por la paz nuestra conversación. “Ahora ya no chingue. Váyase. Déjeme dormir”, diría Jesusa Palancares, y temo que ahora ella me lo diga, así que como también la Jesusa diría, me digo “¡A volar, gaviota!” Se despide de mí, hasta que pronto nos veamos. Y en eso estaba, pero Elena tiene mucha pila todavía para un buen rato.

– ¿Entonces están muy enojados por el discurso?

– Dicen que fue a dar una impresión muy mala de México –le repito lo que al principio le había comentado.

– Pero no creo haber dado una impresión mala, en realidad fue de toda América Latina… Lo que pasa es que, pues yo no sé. Lo que pasa es que ya lo hice y ya qué hago. Lo que pasa es que yo había hecho uno más literario y me dijeron que estaba de la patada.

Como hubiera sido, la reina le pidió que se lo mandara, porque quería leerlo personalmente, en privado. El rey le echó flores, quién sabe qué pensó. “Ellos se tenían que inclinar dos metros porque yo estoy muy enana. Y me dijeron que no tenía que abrazar al rey, pero lo vi tan viejito que yo lo abracé”.

– ¿Cómo decidió elegir el vestido que llevó?

– Es el de los premios, para el Rómulo Gallegos de Venezuela también lo usé. Me lo dieron las mujeres de Juchitán y me dijeron que lo usara cuando recogiera un premio. Algunos me dijeron que estaba horrible. Algunos me dijeron que me iba con un par de cananas a Cristo, “¡ay, qué te pones!” En los otros me puse hasta flores en la cabeza, pero ahorita tan viejita, dije “ay no, van a decir que estoy loca. Que parezco una piña”.

Así sea una piña, sean peras o manzanas, o los mangos muy coquetos adornados con flores que le han regalado, la gente seguirá diciendo misa y Elena Poniatowska seguirá haciendo lo que quiere, para gusto de quienes la leemos: escribir.


Francisco Martínez Cruz. Director de la Revista Ala Izquierda y presidente del Centro de Consultoría e Investigaciones en Derecho, A.C. Ha sido cofundador de El Extranjero, revista de los estudiantes de la Facultad de Derecho de la UNAM.

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