¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda en México?

Ifigenia Martínez y Hernández

(@IfigeniaMtz)

 

Hablar de la izquierda en México es hablar de muchas cosas y remontarnos a una serie de luchas de las fuerzas populares, revolucionarias y democráticas que han marcado la historia de nuestro país: me refiero fundamentalmente a la Independencia, a la Reforma y, sobre todo, a la Revolución de 1910. Y a otras fechas posteriores no menos importantes que han dado testimonio de la vocación libertaria de los mexicanos.

Larga es la historia de las luchas democráticas en nuestro país, tan larga como la historia de sus represiones. ¿Alguien sabe cuántas vidas ha costado en México la construcción de la democracia? ¿Existe realmente un registro de la represión en los archivos oficiales? Y lo más importante: ¿existe memoria colectiva de lo sucedido?

La verdad es que ejemplos de ciudadanos perseguidos, torturados y asesinados en aras de la democracia, abundan. Solo en la vida del PRD se tiene memoria de por lo menos 500 muertos en el sexenio salinista, pero la lista llega a nuestros días.

Hace 28 años, México vivía una ficción democrática, pretendiendo que teníamos libertades, que funcionábamos como una República, que había efectiva separación de poderes y que existía el federalismo. En los discursos oficiales de los políticos, estos se llenaban la boca con frases de homenaje a la Revolución Mexicana, hablaban de la democracia y la justicia social como una conquista popular irrenunciable.

Es que en aquel México todo, o casi todo, era falsificado. Ciertamente teníamos un Poder Legislativo, existían partidos políticos “opositores”, había sindicatos, prensa “libre” que hasta era festejada anualmente con una comida para “agradecer” esa libertad a los presidentes. Teníamos municipios “libres” e instituciones “republicanas”… Pero ¡ay de aquél que se lo creyera o lo tomara demasiado en serio! ¡Ay del que creyera que el Congreso debía funcionar como Congreso, o pretendiera que un partido funcionara como un auténtico partido o que un sindicato realmente defendiera la causa de sus agremiados! Porque entonces, invariablemente, había problemas.

Y a pesar de todo, nosotros – me refiero a un reducido grupo de políticos, diplomáticos, miembros de la administración con ideas de izquierda –, sí lo creímos y nos dispusimos a ejercer todo eso. Así nació en 1986 la Corriente Democrática.

Nació para defender los principios de la Revolución Mexicana, la observancia de la Constitución y la aplicación de sus conquistas, amenazadas por un peligroso cambio de rumbo en la conducción del país y del Estado impuesto por un grupo de tecnócratas con tendencias entreguistas e ideas antipopulares para quienes el neoliberalismo ofrecía la oportunidad de hacerse del poder.

Para tratar de evitarlo, para evitar el naufragio del país se constituyó la Corriente Democrática. Y éramos apenas un puñado cuando empezamos a reunirnos allá por el mes de julio de 1986, en la casa de quien esto escribe. Me refiero al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a Porfirio Muñoz Ledo, Rodolfo González Guevara, Armando Labra, Leonel Durán, Gonzalo Martínez Corbalá, Carlos Tello Macías, Janitzio Múgica, Leonel Durán, César Buenrostro. Todos estábamos convencidos de la necesidad de hacer algo para mejorar la vida del país, pero ni de lejos pensábamos entonces en que eso solo, pedir el respeto a la Constitución, nos iba a llevar a la oposición.

Lo que pasa es que la intolerancia se impuso, tamaña osadía espantó a los dirigentes priístas de entonces, y el gobierno se endureció aun más. En unos meses, la Corriente fue satanizada públicamente y no nos dejaron más camino que buscar nuevos horizontes, para así conformar el Frente Democrático Nacional (FDN).

Así nació la candidatura presidencial del Ingeniero Cárdenas y, con ella, la construcción de un proyecto de rescate de la Nación, unificador de toda la izquierda, el inicio de una lucha que aún no termina, contra una manera de hacer política y de gobernar a la nación al margen de la Constitución, en contra de la Constitución y muchas veces, pasando por encima de la Constitución.

Algo que animó nuestra decisión de seguir adelante a pesar de todo fue la convicción de que si permitíamos que se avanzara en el neoliberalismo, la contrarrevolución popular iba a entronizarse en el país.

La movilización del pueblo fue sorprendente, respondió con creces a nuestra convocatoria y bien pronto la candidatura del FDN se convirtió en una esperanza nacional. De mítines pequeños, con unas cuantas personas, pasamos en unas semanas a las grandes concentraciones espontáneas, porque en nuestra campaña nunca hubo lugar para los acarreados ni contamos con grandes recursos. De verdad fue formidable la movilización nacional. Y los apoyos de hombres y mujeres de grandes convicciones que empezaron a sumarse a nuestra aventura, sin más interés que cambiar el país.

Uno en especial es digno de recordarse: el Ingeniero Heberto Castillo. Trabajó mucho por la unidad de la izquierda. Venía de la lucha estudiantil del 68 y a él se debe la formación del Partido Mexicano Socialista. Siendo candidato a la Presidencia por ese partido, no dudó en declinar para unirse al FDN en un momento clave, mientras el gobierno y su candidato más presionaban porque no lo hiciera.

Pero había otros personajes y otros grupos. Estaban los viejos luchadores del Partido Comunista, los sindicalistas independientes, los petroleros y ferrocarrileros del 58, y muchos priístas nacionalistas-revolucionarios; desde luego los socialdemócratas, y también la corriente lombardista que se reconocía de izquierda desde la Revolución Mexicana.

Lo que pasó después de aquellas elecciones fue lamentable, pero nos permitió unificar a todas esas fuerzas en una sola fuerza, el PRD, que de ese modo se convirtió en el principal partido de la izquierda mexicana.

¿De qué hablamos cuando hablamos de izquierda? En pocas palabras, de la defensa de los intereses del pueblo. De una democracia con contenido, necesariamente social. Y de un nacionalismo fuera de toda duda.

Abundando en ello habría que decir que al amparo de la Constitución, los gobiernos de la Revolución Mexicana desarrollaron aquí el concepto de democracia social y por ende del Estado benefactor y promotor del desarrollo. Gracias a eso, tuvimos seguridad social, educación pública y gratuita, garantías a los derechos obreros, jubilaciones, pensiones universales, etc., toda una gama de beneficios colectivos que han pretendido borrarse de un plumazo argumentando que el estatismo ha sido “excesivo”.

Muchas de las fallas de aquel modelo deben atribuirse, empero, no a la política social, mal llamada “populista”, sino a la falta de democracia, producto del autoritarismo presidencial; a la subordinación del Poder Legislativo y a la existencia de un partido de Estado monolítico. Y lo peor es que el advenimiento del neoliberalismo en México, que se inició con el aparente objetivo de corregir esas fallas, equivalió a un silencioso golpe de Estado y fue posible debido a que el presidente López Portillo transmitió voluntariamente el poder al grupo financiero-tecnocrático, pensando, como él mismo lo llegó a decir años después, que ese era el mayor problema a resolver en los años siguientes.

A nosotros nos trataron de vender la idea –la cual yo nunca compré– de que como se había “agotado” el modelo de desarrollo era necesario cambiarlo; hay que decir que eso fue falso. Lo que se agotó, lo que ya no se soportaba, fue el régimen autoritario del presidencialismo, que dio sus primeras muestras de rechazo popular cuando ocurrió el conflicto del 68. Esa fue la razón por la que un grupo de ciudadanos iniciamos el movimiento en contra de esas ideas anti-populares, contra-revolucionarias, y que a partir de la Corriente Democrática primero y del Frente Democrático después, dio paso al PRD en 1989 y ahora a un polo amplio de izquierda que incluye fuerzas nuevas como el Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano –hasta hace poco Convergencia– y, desde luego, Morena.

Nuestra lucha, desde esos años, es la misma de ahora. Y son los mismos nuestros objetivos.

Por eso no hay posibilidad, no debe haberla, de división y desencuentro entre nosotros. Debemos hallar la fórmula para caminar cada quien por su carril pero sin alejarnos ni confrontarnos. La lucha de las izquierdas es una sola: la democratización real del país, la transición hacia un mejor país y al mismo tiempo reconstruir las bases del Estado Mexicano Social y Democrático que nos heredó la Revolución Mexicana.

Nuestro concepto pues, de izquierda, es producto de nuestras luchas históricas y está fuertemente teñido de los conceptos de igualdad y reparto de la riqueza. Desde 1812 con sus “Sentimientos de la Nación” lo advertía Morelos, y esta idea hizo presencia muy fuerte entre el grupo llamado “radical” durante la redacción y elaboración de la Constitución de 1917. Un país donde la mayoría de la población había sido despojada de su riqueza fundamental que era la tierra no podía desconocer el ingrediente del reparto agrario, la restitución de tierra a todos aquellos que habían sido despojados, o bien a dotar a aquellos que se dedicaran a cultivarla.

Y no nada más era eso sino que también se protegieron los derechos laborales, los derechos de todos aquellos que no tienen otra manera de ganarse la vida más que vendiendo su fuerza de trabajo. Entonces, otro ingrediente básico de nuestro concepto de izquierda ha sido también la protección al trabajo y junto con eso, finalmente, el derecho de todos los mexicanos –así lo dice el artículo 3º– a la educación pública gratuita, a la salud, derecho que no es exclusivo nada más de los más pobres.

Por eso es crucial el papel de la izquierda. Y más en este momento. Vivimos un tiempo de escepticismo y de desencanto. Por todos lados vemos muestras de la corrupción e ineficacia de los políticos como si en México solo eso hubiera existido o existiese esa clase de políticos. Y sin embargo esto es falso. Toca precisamente a la izquierda demostrarlo, recuperar la esperanza en la política, probar que la política no es únicamente un ejercicio de cínicos. Que la política, como ejercicio práctico de valores y principios, es una verdadera tradición en nuestro país y que ese es el camino de su salvación.

Los corruptos, los grandes farsantes que se ostentan defensores de los pobres mientras dilapidan los recursos públicos, los que condicionan programas sociales, los que mienten y manipulan, esos no pueden ser ya los paradigmas de la política mexicana.

Hoy es el turno de la izquierda. Y de los ciudadanos. De todos aquellos que creemos en la política como instrumento de la ética y del más elevado idealismo.

Ojalá este recuento de lo que a mi juicio es la izquierda en México y que a la vez quiero que sea un recordatorio de algunas –solo algunas– de las muchas actitudes ejemplares que han contribuido a construir el perfil democrático de la Nación, nos sirva de acicate y motivación para cumplir con nuestra parte en esta hora.

Y ojalá nadie pueda decir más, en adelante, que en México, los honestos, los aptos, los limpios, los populares, los verdaderos líderes, no pueden tener éxito o “no pueden triunfar”.

Ese es uno de los objetivos del cambio, de la transición que buscamos. Ese es nuestro compromiso. El de la izquierda, el de todos los mexicanos.


Ifigenia Martínez y Hernández. Licenciada en Economía por la UNAM y Maestra y Doctora en Economía por la Universidad de Harvard. Fue directora de la Facultad de Economía de la UNAM de 1966 a 1970. Fue una de las principales participantes del movimiento estudiantil de 1968. Ha sido senadora y diputada federal en diversas ocasiones. Cofundadora de la CEPAL en México; integrante del Consejo Consultivo de la UNICEF y Premio Nacional de la Mujer 2012. Junto con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, encabezó la Corriente Democrática y posteriormente fue una de los principales fundadores del PRD, partido del cual, actualmente, es Consejera Nacional Emérita.

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