Juventudes e izquierda

Sergio Martín Tapia Argüello

(@parin75)

 

I. Consideraciones iniciales

En el sentido común,[1] los términos juventud e izquierda parecen estar profundamente vinculados. Así lo dice por ejemplo, la famosa frase que pronunció Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara durante su discurso del 2 de diciembre de 1972: ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica.[2]

Esta certeza comienza a difuminarse a medida que nos acercamos a estos términos y tratamos de encontrar la manera en que ambos se relacionan. Como muchos otros casos en las Ciencias Sociales, tanto ‘juventud’ como ‘izquierda’ son términos polisémicos, abiertos, y con grandes espacios de ambigüedad e indeterminación. Ello impide, al menos si reconocemos estas características, que asumamos una cercanía de tipo esencial entre ambos y por lo tanto, que desechemos el fundamento que se nos presenta como inmediato en dicha relación.

El presente trabajo pretende colocar algunos elementos que considero, nos ayudará a entender la manera en que los conceptos de juventud e izquierda podrían relacionarse más allá de la postura esencialista que he mencionado.[3] Para ello, me valdré inicialmente de un breve estudio de los términos (dada la extensión requerida en esta participación, no será sino un esbozo) para posteriormente presentar la manera en la que entiendo, podemos vincular nuestros conceptos.

Si me valgo aquí de una historia –incluso una muy breve– de las palabras, no lo hago para sacralizar de alguna forma mis ideas. Como nos recuerda Walter Benjamin (2008; 66): “articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sido”. Se trata por el contrario de encontrar en ese proceso algunos elementos que nos permitan identificar los cambios, las transformaciones, las relaciones que a simple vista se ocultan y que tan sólo al observarlas desde lejos se manifiestan como tales (Foucault, 1980). Apropiarse de las palabras y su historia en un momento de peligro[4] inicia por aceptar que vivimos en el peligro constante.

II. Izquierda y derecha

La categorización de izquierda y derecha surge a inicios de la Francia republicana, cuando en la Asamblea Nacional la división política llevó a una separación espacial. A la derecha de la mesa directiva, se colocaron entonces los seguidores e impulsores del continuismo monárquico, mientras que a la izquierda se sentaron quienes pugnaban por una transformación del modelo político.

Podemos observar que la primera diferencia entre ambos términos relaciona a la derecha con el conservadurismo, con el deseo de mantener las relaciones sociales del modo en que en el momento específico se presentan. De esta manera, los inevitables cambios sociales serán de grado, de perfeccionamiento de lo existente y no de transformación radical.[5] En oposición, el término izquierda se vinculó al deseo de modificar el sistema como conjunto, en transformar el fondo a través del cual este toma sentido, aun cuando para hacerlo, algunas cosas deban permanecer.

Esta forma de entender a la izquierda y a la derecha, llevó pronto a algunas dificultades que eran predecibles desde el comienzo. Si la derecha impulsa el mantenimiento de un régimen y la izquierda su transformación, la izquierda se destruiría a sí misma al lograr su objetivo. En el momento en que lograra llevar a cabo una transformación radical, se convertiría entonces en una defensora de forma específica que las relaciones sociales tienen y por lo tanto, se convertiría en derecha, mientras que toda postura que buscara cambios radicales, incluso un retroceso a las formas anteriores, se convertiría en la nueva izquierda.

Vinculadas solamente a las ideas de cambio y persistencia, las ideas de izquierda y derecha se convertían en un referente vacío (Laclau, 2006), lo que permite ocultar la parte que les hace más poderosas: las razones que asumen tanto para intentar la transformación social como para buscar el mantenimiento de las condiciones existentes. Resulta claro que para ambas, el ideal último era que la sociedad fuera lo más justa posible; la diferencia se encontraba sin embargo, en qué entendía cada una por “justo”.[6] De la misma forma, si bien la derecha reconocía cierta necesidad de satisfacción para todas y todos, lo que debemos decirlo, era ya el primer triunfo de la izquierda, el camino a través del cual se buscaba era profundamente distinto.

Para las visiones tradicionales de derecha, la única manera de lograr las expectativas sociales es a través de un trabajo largo y continuado, pesado e incluso en ocasiones contrario a ellas (al menos por un periodo corto de tiempo). Como se asume que toda forma de transformación radical implica necesariamente una ralentización cuando no un franco retroceso de lo conseguido, entonces las situaciones sociales, por muy injustas que estas sean, no pueden ser consideradas causas legítimas para buscar una solución tajante.[7]

Si bien los argumentos planteados con anterioridad pueden ser comprendidos, e incluso compartidos, por la izquierda, desde esta postura existe un problema que se ve ocultado por ella. El perfeccionamiento de las relaciones de dominación no puede llevar nunca a una mejora sustancial para las y los dominados; el perfeccionamiento de la injusticia no puede convertirse, en ningún momento, en justicia. Se convertirán, cada uno de ellos, en una mejor dominación, en una más completa injusticia. Por ello, para exigir un rumbo fijo, primero debemos eliminar las condiciones negativas existentes.[8]

De esta manera, los términos izquierda y derecha fueron transformándose lentamente en la búsqueda privilegiada de estabilidad o bien de justicia. Para la derecha, sólo la primera podría traer en un futuro a la segunda, mientras que para la izquierda, sólo en una sociedad justa podría lograrse la estabilidad.

De forma contemporánea la visión más aceptada respecto a la diferencia entre izquierda y derecha la encontramos en el planteamiento de Norberto Bobbio, según el cual lo que hace distinta a una y otra visión política de esta gran dicotomía –en cuanto es mutuamente excluyente y exhaustiva–  (Bobbio, 2006) es la preferencia de alguno de los ideales republicanos: para la derecha, el ideal sería el de la libertad, misma que considerarían el valor guía por excelencia de las sociedades modernas, mientras que para la izquierda lo sería la igualdad (Bobbio 1996).

 III. Sobre la juventud

Etimológicamente, el término ‘juventud’ se deriva del latín iuvenis (Real Academia Española, 2001), una forma sustantivada del verbo iuvare que significa ayudar o fuerza. Era utilizado como categoría censal por los romanos, aunque en un sentido distinto al actual, pues se trataba del estrato entre los 30 y los 45 años de edad, quienes sostenían con su fuerza y ayudaban al desarrollo de la sociedad. Quienes serían nuestros jóvenes, eran entonces llamados adulescens, es decir “a quienes les falta algo”.

En español, el primer uso que se tiene registrado y documentado de la palabra ‘joven’ es en 1251, en la colección de cuentos castellanos Calila e Dinma. Sin duda, anteriormente existieron usos de la misma, pero su forma indica un largo desuso y una posterior recuperación (la palabra debería ser ‘jone’, como peine, sangre, hambre o liendre). Durante la edad media e incluso hasta el siglo de oro,  la palabra hacía referencia únicamente a animales no humanos (recordemos que con la misma raíz yue de la que se deriva iuvenis surge la palabra jumento) (Corominas y Pascual, 1992; 529-530). Durante este tiempo, nuestros jóvenes serían llamados mozos, palabra que significa mutilado o rapado (Corominas y Pascual, 1985).

Podemos observar entonces como la conceptualización de la juventud en ambos términos y a pesar de que se trata de dos palabras distintas, hace referencia a la incompletitud de los jóvenes. Aún ahora, se considera que estos no son sino formas embrionarias del ser humano, seres que deben adaptarse a las condiciones existentes, puesto que deben formarse en relación con ellas.

Esta manera de comprender la relación de la sociedad con las y los jóvenes, parte por supuesto, del poder de nombrar:

El proceso, confrontación de puntos de vista singulares, inseparablemente cognitivos y evaluativos, que es zanjada por el veredicto solemnemente pronunciado por una autoridad socialmente autorizada, representa una puesta en escena paradigmática de la lucha simbólica que tiene lugar en el mundo social. Esta lucha en la que se enfrentan visiones del mundo diferentes, es decir antagónicas, que, en la medida de su autoridad, pretenden imponerse al reconocimiento y, mediante eso, realizarse, tienen por objeto el monopolio del poder de imponer el principio universalmente reconocido del conocimiento del mundo social, el nomos como principio universal de visión y división (nemo significa separar, dividir, distribuir), principio pues de distribución legítima (Bourdieu, 2000; 202).

A partir de este concepto, es posible identificar que en la sociedad existen quienes se encuentran, por cualquier tipo de razón posible, más legitimados para decir lo que la sociedad es  y por lo tanto, quienes deciden la naturaleza de las cosas (aunque en realidad, se presente como si la descubrieran). Los jóvenes no poseen, por sus características, esta posibilidad y por lo tanto, se ven relegados a recibir un mundo que ya ha sido nombrado, que en ese sentido y en muchos otros, ha sido ya poseído.

En la actualidad, el término hace referencia a una serie de formas de vida específicas que puede ser comprendida entre el inicio de la posibilidad de la reproducción biológica y el inicio de la reproducción social (Brito, SF). Desde una forma tradición, una definición así, aun cuando resulte mucho más acertada, no resultaría útil en la aplicación de políticas públicas concretas, razón por la cual la mayoría de las aproximaciones realizadas se limitan a colocar una temporalidad específica como definición: el grupo humano que se encuentran entre los 12 y los 29 años de edad.[9]

Por supuesto, hablar de jóvenes no es hacer mención de un grupo homogéneo al interior, sin diferencias sustanciales y especialmente, sin deseos o esperanzas variadas. Si aquí hablo de “jóvenes” lo hacemos en el sentido de entender y valorar la existencia de formas distintas e igualmente valiosas de vivir las juventudes, y no como una generalización abstracta a través de la cual podamos introducir a todo un grupo humano de forma acrítica, ni que acepte un criterio únicamente temporal para calificar a alguien como “joven”.

IV. Jóvenes e izquierda

Como hemos podido identificar a lo largo del presente trabajo, cuando hablamos de términos como juventud e izquierda nos encontramos en un terreno lleno de contradicciones y ambivalencias (Marshall, 2011). Ideas como ‘justicia’ e ‘igualdad’, ‘libertad’ o ‘estabilidad’ se presentan como benéficas o contraproducentes de acuerdo a condiciones específicas y a situaciones concretas; condiciones como ‘juventud’ se observan de la misma manera.

Nadie ha comprendido mejor esta ambigüedad que las y los jóvenes contemporáneos. Los movimientos juveniles han sido profundamente revolucionarios no sólo a través de romper con el discurso de naturalidad que encierra a la dominación, sino también y especialmente, al pretender no la imposición de un discurso distinto, sino de otro lenguaje. Quizá los resultados no han sido los esperados, pero no cabe duda de que la intención ha sido profundamente interesante.

Las y los jóvenes tienen a su favor un elemento que Marx observaba a través del concepto de clase: no tienen, al menos en la forma tradicional, nada que perder.[10] Lo que el mundo les ofrece no es propio y para aceptarlo tienen que dejar de ser jóvenes. Su existencia en cuanto tales se fundamenta en el desarraigo. Esto, que en muchas ocasiones se ha visto como la principal debilidad de las y los jóvenes,[11] es también una de sus máximas fortalezas.

Debido quizá a ello, las formas institucionales no gozan de la credibilidad ni de la legitimación necesaria entre las y los jóvenes. En muchas ocasiones esta desconfianza se ha traducido desde el discurso del poder como apatía. Las formas de participación social y política de las y los jóvenes es vista por quienes no se identifican a sí mismos como tales, como formas inconexas, inútiles cuando no inexistentes. En ello se encuentra un elemento importante de su radicalidad: la transformación que generan escapa de los límites discursivos comunes, generando nuevas formas y saberes a través de ella.

Si aceptamos lo que he dicho hasta este momento, no es difícil identificar que la izquierda es el lugar de las juventudes. Cada una de nuestras acciones,[12] al menos en cuanto jóvenes, es una ruptura con el pasado; a través de ellas buscamos que la sociedad sea más justa de acuerdo a los parámetros de la nueva sociedad que a diario construimos y aunque luchamos por nuestra libertad, no lo hacemos de una forma personalísima. Reconocer la naturaleza fugaz de nuestra propia juventud hace que cada lucha en este sentido sea una lucha para los jóvenes del mañana y por lo tanto, una búsqueda continua de igualdad social.[13]

Sirva el presente trabajo para reconocer que Allende tenía razón. Mientras seamos jóvenes, seremos revolucionarios; mientras seamos revolucionarios seremos necesariamente de izquierda. Ojalá sigamos siendo todo esto, durante mucho tiempo más.


Sergio Martín Tapia Argüello. Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Escuela de Derecho de la Universidad Motolinía del Pedregal. Es miembro del Consejo editorial de Revista Ala Izquierda.


Notas

[1] Antonio Gramsci dice que el sentido común es la forma en que se popularizan las formas de ver y aprehender el mundo que se vuelven hegemónicas. Es en este sentido que usaré el término en el presente trabajo. (Gramsci, 2009; 11-17)

[2] Gracias a estos tiempos maravillosos y terribles en los que vivimos, es fácil encontrar el discurso completo, incluso en video: http://www.youtube.com/watch?v=K1dUBDWoyes. La frase puede ser escuchada en el minuto 18:22.

[3]Esta búsqueda no es, desde mi perspectiva, solamente una preferencia sino que responde a una visión teórica y política según la cual el esencialismo es contrario a los ideales y prácticas de la izquierda; cfr. Adorno 2008; Tapia 2012 y Tapia 2014.

[4] Que es lo que Benjamin quería.

[5] Esta forma, llevada a sus extremos, puede llevar incluso a la búsqueda de “que todo cambie, para que todo permanezca igual”. Tanto la frase, como una magnífica demostración de este intento lo puedes encontrar en:Tomasi di Lampedusa, 2004.

[6] Y este es precisamente el problema de la polisemia al que hacíamos alusión anteriormente. Puedes observar aquí la importancia política que tiene y sobre todo, el uso que se da desde distintos discursos para presentarse como algo entendido. Cfr. Tapia 2011.

[7] Esta visión podría ejemplificarse así: supongamos que estamos en un bosque, que no conocemos su extensión y que no sabemos en que lugar nos encontramos dentro de él. Si decidimos caminar hacia un lado, debemos seguir caminando sin importar nada, pues si lo hacemos algún día saldremos. Cualquier desviación significará necesariamente desperdiciar lo que hemos caminado y nos llevará a que nuestro camino sea más largo. Por eso debemos evitar la tentación de cambiar el rumbo.

[8] Así, el problema no es que caminemos hacia un lado, sino que al hacerlo, no todos caminamos lo mismo. Algunos se han colocado en una tarima y mientras disfrutan el paisaje son cargados por el resto.

[9] Así las Leyes federales y estatales de la juventud, indican criterios específicos para identificar a la población desde una perspectiva etaria.

[10] En este sentido, diría nuevamente Marx, lo que tienen (tenemos) es todo un mundo por ganar. Cfr. Marx y Engels, 1998.

[11] Las frases populares que se repiten constantemente al hablar con las y los jóvenes así lo demuestran: “Piensas así porque eres joven, cuando madures, entonces lo entenderás”… “Nadie es joven eternamente”. Esta visión, que se identifica con una comprensión evolutiva o progresiva del ser humano, tiene sin embargo un defecto: no considera el carácter dinámico y momentáneo de toda la vida.

[12] Si bien de acuerdo al criterio simplemente etario yo no soy considerado como joven (tengo 31 años al momento en que escribo esto), mi participación política, social, económica, la manera en que me relaciono con las y los demás y en que soy tratado (muchas veces de forma discriminatoria), así como mi propia percepción e identidad, es aún la de un joven.

[13] Al reconocernos y luchar como jóvenes, luchamos por disminuir las ventajas que el día de mañana, cuando nuestros intereses y preferencias sean distintos, podríamos obtener del mundo tal y como es respecto a los jóvenes futuros.

Bibliografía

Adorno, Theodor W. 2008. Clase 3. En Introducción a la Sociología. Barcelona: Gedisa.

Allende, Salvador. 1971. Discurso en la Universidad de Guadalajara. México.

Benjamin, Walter. 2008. Tesis sobre la historia. En Ensayos escogidos. México: Ediciones Coyoacán.

Berman, Marshall. 2011. Todo lo sólido se desvanece en el aire. México: Siglo XXI.

Bobbio, Norberto. 1996. Derecha e izquierda. Madrid: Taurus.

– 2006. Introducción. En Estado, gobierno y Sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

Bourdieu, Pierre. 2010. La fuerza del derecho. Elementos para una sociología del campo jurídico. En Poder, derecho y clases sociales. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Brito Lémus, Roberto. “Hacia una sociología de la juventud, algunos elementos para la deconstrucción de un nuevo paradigma de la juventud”. Última década, Revista del Centro de Investigación y Difusión Poblacional (009). Viña del Mar: Centro de Investigación y Difusión Poblacional de Achupallas.

Corominas, Jean y José A. Pascual. 1992. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Vol. II. Madrid: Gredos.

– 1985. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Vol. IV. Madrid: Gredos.

Foucault, Michel. 1980. Nietzche, la genealogía, la historia. En Microfísica del poder. Madrid: Las ediciones de la piqueta.

Gramsci, Antonio. 2009. La política y el estado moderno. Madrid: Público.

Laclau, Ernesto. 2006. La razón populista. México: Fondo de Cultura Económica.

Marx, Karl y Federico Engels. 1998. Manifiesto del Partido Comunista. En La cuestión judía y otros escritos. Barcelona: Ediciones Planeta.

Real Academia Española. 2001. Diccionario de la Real Academia Española, 22ª edición.

Tapia Argüello, Sergio Martín. 2011. La sociedad y sus males. Sobre la maldad como referente social relativo. Cultura jurídica, Revista de los Seminarios de la Facultad de Derecho 4 (octubre-diciembre).

– 2014. Una breve (y quizá personal) introducción a la crítica jurídica. En Tamayo y Salmorán, Rolando et al. (coord.) Teoría del derecho y ciencia jurídica. Análisis y enfoque crítico. En prensa.

Tomasi di Lampedusa, Giuseppe. 2004. El gatopardo. Madrid: Alianza.

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