Las políticas públicas y la izquierda

Julio Alejandro De Coss Corzo

(@The_Coss)

 

“La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que todos los seres humanos tienen el mismo valor y constituyen el valor supremo. Este ideal es puesto en duda siempre que hay relaciones sociales de poder desigual, es decir, de dominación”.[1]

– Boaventura de Sousa Santos

 

Introducción

El epígrafe que abre este texto hace explícita la base histórica de las izquierdas: la búsqueda de la igualdad. Esta igualdad es una idea y práctica compleja. No se refiere únicamente al ingreso o a la oportunidad. Nos habla también de la posibilidad de ser distinto y, a través de ello, poder relacionarnos como iguales. [2] Esta concepción reta relaciones de dominación igualmente complejas. No habla únicamente de la persistencia y profundización de las divisiones de clase, sino de las prácticas que jerarquizan géneros, prácticas culturales y colores de piel devenidos en razas y de la normalización de esta división. Esta igualdad es una aspiración de un futuro posible y una guía para las acciones que podemos tomar para alcanzarlo.

Para ello no hay, por supuesto, una ruta singular. Como la misma cita señala, la izquierda no es unitaria. La dominación también se ejerce a través del discurso único y de las verdades incuestionables. Así, la izquierda se presenta como un proyecto colectivo, solidario y en permanente cambio. Es la conjunción de diversas posturas que comparten esa base común de respeto a la vida humana. Frente a la imposición vertical, presenta el diálogo horizontal y la inclusión plural. Es la afirmación de la igualdad a través del libre ejercicio de la diferencia.

¿Cuál es la importancia que estas consideraciones tienen para las políticas públicas? En un contexto en el cual estas buscan estar sustentadas en evidencia recabada sistemáticamente, con aspiraciones científicas, la respuesta no es del todo clara. A menudo se alega que la evidencia es neutral y que, por lo tanto, las decisiones de política pública pueden estar alejadas de consideraciones ideológicas e instituirse como instancias técnicas de decisión. Nada más lejano que ello. La misma noción de un reino de la técnica como instancia ajena de la pasión e imaginación humanas es ya ideología. Esta,  entendida como nociones sobre cómo es el mundo y cómo puede llegar a ser, no solo informa a las políticas públicas[3] sino que se materializa en ellas. A través del ejercicio del poder crea el mundo que imagina. Si la igualdad en la diferencia es la guía de las izquierdas, entonces sus políticas públicas debieran procurarle.

La izquierda en el mundo: ¿hacia dónde va?

Las últimas cuatro décadas han visto transformaciones radicales en la izquierda global. La caída del Muro de Berlín y del socialismo realmente existente abrió un periodo de ambigüedad en sus miras ideológicas. El otro mundo existente, el que proclamaba la igualdad como bandera, sucumbió, en parte, bajo sus propias contradicciones: un modelo orientado al crecimiento infinito, adverso al cambio y al relevo generacional. El socialismo realmente existente fue incapaz de ventilar las inquietudes de sus propias juventudes. En aras de la igualdad suprimió la diferencia. La sociedad sin clases que buscó construir identificó como enemigos también a otras formas de identidad que no pueden ser reducidas a la clase social. La memoria histórica ejercida a través de prácticas culturales diferenciadas, fundamentadas en diversas concepciones del mundo, fueron a menudo negadas como remanentes de un mundo capitalista que debía ser superado. El colapso de los estados socialistas ha resultado en la emergencia de las identidades que no desaparecieron, sólo se acallaron, y se han convertido en vehículos de resistencia (a menudo xenófoba) de un mundo velocísimo y cada vez más desigual, como lo mostró la desintegración de Yugoslavia.

Este ritmo en el cambio de las dinámicas económicas y de la cultura hegemónica tiene su origen y expansión también en esas últimas cuatro décadas. En 1973 el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende fue derrocado en Chile. La “vía chilena al socialismo”, definida por grandes procesos de nacionalización y redistribución del ingreso, fue abruptamente terminada. En su lugar, se instaló una dictadura militar que duraría hasta 1990. Ese espacio carente de democracia fue el mejor lugar para experimentar con el gobierno descarnado del mercado “libre”: el neoliberalismo. Después, estas políticas que privilegian la reproducción de capital por encima de la mano de obra fueron expandidas por el mundo. Las figuras de Margaret Thatcher y Ronald Reagan fueron centrales en ello. Las conquistas históricas de los trabajadores, cristalizadas en derechos sociales colectivos, fueron progresivamente desmanteladas. El estado como proveedor de educación, salud y un piso básico de vida digna fue sustituido por uno que se dice mínimo. Esto implicó un cambio definitivo en las políticas públicas. La vida sindical, el acceso a la educación y la salud fueron limitadas. Las empresas del estado, privatizadas. El nuevo Estado, lejos de mínimo, es garante de la reproducción de estas políticas públicas. La ideología de competitividad, y el darwinismo social que suele estar detrás de ella, no es solo una concepción del mundo, sino una particular de la clase que le promueve, incrementando a la par la desigualdad a nivel global.

Las ganancias históricas de los trabajadores, materializadas en un Estado de bienestar, fue a menudo descrito como un juego de equilibrio entre las demandas de los trabajadores y las necesidades de la reproducción del capital. Hoy está herido de muerte. La crisis de 2008, que llevo a la quiebra a naciones enteras, mostró que el proyecto ideológico que reclama un estado garante de la reproducción capitalista sigue vivo, aun cuando la evidencia no le apoya. Fueron rescatados los bancos antes que los ciudadanos, arrojados al desempleo. Gobiernos y partidos políticos que se asumen como izquierda aceptaron la decisión. Aquella máxima thatcheriana, “no hay otra alternativa”, continúa resonando en momentos críticos de decisión. La desigualdad aumenta, los futuros se subastan y la evidencia se pone al servicio de una visión del mundo que produce exclusión en masa y un futuro poco promisorio.

Ante la erosión de las grandes narrativas de la igualdad en el ingreso y en las condiciones materiales de vida, la izquierda europea se ha refugiado en políticas de identidad.[4] La libertad de crearse se ha convertido en la forma de conseguir igualdad jurídica en la diferencia. Este es el discurso de los derechos que hoy es bandera de las izquierdas más allá de los partidos. En este campo, indudablemente, se han conseguido avances significativos, sin restar que mucho más queda por hacerse. El derecho a decidir o la equidad de derechos entre homosexuales y heterosexuales son ejemplos de ello. La izquierda hoy promueve políticas públicas que erosionan la dominación basada en la alteridad jerarquizada, si bien la cuestión racial permanece como un condicionante estructural, una herencia inescapable del colonialismo.[5] Este límite, el del racismo cotidiano, es el punto en el cual la identidad y la condición socioeconómica como medidas de la igualdad se tocan. La alteridad y la marginación coexisten como un recordatorio permanente de la falla en concebir al otro como igual y en buscar que la igualdad signifique no homogeneidad, sino justicia para todos.

En América Latina, las cosas son distintas (hasta cierto punto). Tras el largo invierno de las dictaduras militares, que azotó a casi la totalidad de la región, gobiernos de diversos cortes progresistas han comenzado a ser electos. Los ejemplos de sus políticas públicas son de un rango y complejidad notables. En Ecuador, bajo la noción de la Revolución Ciudadana, se ha buscado impulsar una economía sustentable y ampliar los procesos de participación política de los ciudadanos: una democracia participativa. En Bolivia se ha organizado el primer estado abiertamente plurinacional del mundo. La ruptura de la unidad Estado-nación es fundamental para desenmarañar el obscuro legado de la colonia y la sumisión del otro indígena a una visión homogénea de identidad. En Venezuela, hoy polarizada, se logró una disminución sustancial de la desigualdad. En Uruguay, la legalización del matrimonio homosexual, del consumo de mariguana y la crítica constante al consumo desmedido en el marco del capitalismo, en la voz su presidente, lo han vuelto un ejemplo en varios temas cercanos a la izquierda hoy.

Sin embargo, hay una señal de alerta clara. Como Boaventura de Sousa Santos[6] señala, los gobiernos latinoamericanos de izquierda han sido incapaces de romper con el modelo dependiente y extractivista que les sostiene económicamente. Esto es problemático en términos de política económica y ambiental. De Sousa, en línea con Mujica, imagina también un mundo en donde el consumo ha sido abatido, las relaciones del hombre con la naturaleza no son de explotación sino de convivencia (deshaciendo la separación sociedad/naturaleza). Imaginan, pues, un mundo más allá de las relaciones capitalistas de consumo y producción. Esta es otra fuente de inspiración para la intervención pública de las izquierdas globales.

La izquierda partidista en México: entre la nostalgia y la carencia de rumbo

Las dos agrupaciones políticas mexicanas que aglutinan a las izquierdas partidistas están, en lo general, escindidas. Unos llaman a otros traidores a la patria, mientras que los otros les llaman fanáticos (en el peor de los casos). Aquí planteo que la situación es distinta. La izquierda mexicana se divide entre políticas de la nostalgia y un pragmatismo maquillado de socialdemocracia. Siguiendo a Rosanvallon[7], podríamos ubicar al Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) el espectro de la nostalgia y, en ciertos momentos, del populismo. Una lectura cuidadosa de sus imaginarios políticos parece ubicarlos en una hibridación entre la nostalgia de nacionalismo revolucionario del PRI de los 70, compuesto por un discurso que santifica al estado-nación, a la patria (acaso aquí se encuentra su fanatismo), y una voluntad de controlar la moralidad desde el Estado. No se advierte en las posturas públicas de los dirigentes de este movimiento una generación de ideas que apunte a la igualdad en la diferencia que he propuesto como referente de la izquierda global. De nuevo asoma, bajo la máscara homogeneizante de la nación, la voluntad no solo de volver al pasado, sino también a una pretendida uniformidad.

El PRD, por su lado, postula ser una izquierda moderna. En Europa, como he mencionado, esta pretensión significa la promoción de políticas públicas que profundizan la desigualdad y limitan la libertad de las colectividades y los individuos. No queda claro si esta es la modernidad a la que se suman. Por supuesto, sería falso afirmar que no hay dentro de su estructura corrientes que buscan la promoción de otras formas de pensar la izquierda, al Estado y a sus intervenciones en la conformación de lo social. Lo que sí es posible observar es que el partido se conduce en la lógica del pacto. Esta implica conseguir reformas que buscan, en el papel, reducir la desigualdad (la fiscal, por ejemplo) a cambio de impulsar otras que pueden restringir la libertad (la de telecomunicaciones) sin espacio para el debate; el pacto implica aceptación a-crítica. Este comportamiento, pragmatismo que raya en la esquizofrenia, es muestra de una carencia de rumbo. La ideología, entendida aquí como la forma de ver el mundo e imaginar futuros, pareciera extraviada. Las políticas públicas que emergen desde ese contexto responden a la lógica de lo inmediato y de la conservación de las prebendas que el poder otorga.

No hay un mecanismo prescriptivo para determinar cuál debe ser el rumbo de la izquierda partidista en México. Sin embargo, las dos características que he descrito son señales de un camino sin salida. Por un lado, la vuelta a un pasado mítico por fuerza del decreto o de una renovación moral que niega las transformaciones socioculturales no es posible. Por otro, la lógica del pacto crea una situación en la que la discusión pública se reemplaza por el acuerdo cupular. Esto, de entrada, pone un alto a la participación ciudadana y la búsqueda de la construcción de un estado en el que las voces diferentes puedan ser escuchadas en igualdad de circunstancias. Además, la negociación pragmática sacrifica la posibilidad de impulsar un proyecto coherente que despliegue una idea del mundo basada en el diálogo plural y la igualdad aquí descrita. Ante la carencia de una idea de futuro y de los mecanismos suficientes para construirla de forma transversal, es conveniente mirar fuera de los partidos, concibiendo la política en términos más amplios.

Más allá de la izquierda partidista: políticas públicas y sociedad civil

En el sureste mexicano hay un ejemplo fulgurante de alteridad que se asume como igual y de la construcción de otra manera de ver el mundo. Las comunidades zapatistas, erigidas de hecho como autoridades autónomas, crean a través de políticas públicas (limitadas, sí) un mundo distinto. Esto no es fortuito. Les guía otra visión del mundo. Los valores de competitividad no priman. La colaboración, solidaridad y horizontalidad son valores que crean el mundo y se crean a través de la acción. Las carencias no han desaparecido, diríamos desde acá. Ellos tal vez coincidirían en este análisis. Añadirían, con certeza, que han ganado otra cosa. La capacidad de dirigirse, la dignidad de saberse iguales en su diferencia y el poder de ser capaces de plasmar su visión del mundo en políticas claras que educan a generaciones en la construcción de un mundo posible a través del diálogo y el consenso. Como experiencia de práctica distinta en políticas públicas y democracia, es fuente de lecciones en materia de inclusión y participación directa. No es, por supuesto, un modelo exportable. Responde de forma muy particular a su medio. Plantea, sin embargo, nociones distintas de organización y puede generar reflexiones sobre otra forma de construir al estado y definir sus políticas públicas.

En otro espectro de la sociedad civil organizada, encontramos a los muchos colectivos e individuos que impulsan políticas públicas específicas. La organización social ha sido fuente de legislación en materia de transparencia, de acceso a telecomunicaciones, de derechos sexuales y reproductivos y otros muchos temas que son muy amplios para este breve texto. Aquí se manifiestan las políticas de identidad que mencioné antes. Este potencial límite puede ser, en este contexto, fuente de fortaleza. La alteridad radical que se expresa en estas campañas, propuestas y críticas comienza a articularse en movimientos más amplios. Los indignados, #YoSoy132 y otras plataformas son ejemplo de ello.

En muchos casos hay, sin embargo, carencia de visión y acción que construya la igualdad como exigencia y práctica de la izquierda. Aquella es necesaria si hemos de construir un mundo más justo. Es innegable que la desigualdad aumenta, que los beneficios de las políticas estatales suelen concentrarse en algunos sectores de la población y que la toma de decisiones privilegia la verticalidad y no la inclusión. La falta de imaginación partidista es preocupante, pero no un tema que directamente deba competir a la sociedad civil organizada. Esta, a través de la construcción de puentes y plataformas incluyentes, puede ser creadora de políticas que después ejerce el Estado o que incluso se  construyen al margen de él.

En esta labor, es necesario que los grupos que ejercen influencia desde posiciones de poder adquiridas a través del despliegue de capital social, cultural o económico se comprometan no únicamente con la libertad y la igualdad, sino con la inclusión y el diálogo horizontal. Con esto quiero decir que es fundamental abrir la conversación a los grupos que son beneficiados o afectados por las políticas públicas. Si desde el Estado hay un déficit de representatividad, las organizaciones que operan al margen de él no deben de replicar estas prácticas a través de la soberbia que da la posición de experto. Si todos los seres humanos tienen el mismo valor, este debe reflejarse no sólo en el discurso, sino en la configuración de las prácticas y propuestas que buscan orientar la acción estatal y gubernamental. Esta es una vía para reconstituir el concepto de lo público desde la acción, a través de la libertad, la igualdad, la solidaridad y la construcción de lo común. Es una vía para construir no sólo políticas públicas desde la izquierda, sino a la izquierda misma.


Julio Alejandro De Coss Corzo. Maestro en Sociología con especialidad en pensamiento social contemporáneo por la London School of Economics and Political Science y Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM. Profesionalmente, ha trabajado en la academia y el sector público. Actualmente labora como consultor de políticas públicas en una firma mexicana.


Notas

[1] Boaventura de Sousa Santos. “Primera carta a la izquierdas”, Página 12, 21 de septiembre de 2011, http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-177226-2011-09-21.html (Fecha de consulta: 3 de abril de 2014).

[2] Stewart Wood, “Juncture interview: Roberto Unger on the means and ends of the political left”, Juncture, 22 de enero de 2014, http://www.ippr.org/juncture/171/11769/juncture-interview-roberto-unger-on-the-means-and-ends-of-the-political-left (Fecha de consulta: 1 de abril de 2014).

[3] Marco Antonio López Silva. “De ideología y política pública”, Animal Político, 31 de marzo de 2014, http://www.animalpolitico.com/blogueros-la-cuadratura-del-circulo/2014/03/31/de-ideologia-y-politica-publica/(Fecha de consulta: 31 de marzo de 2014).

[4] David Harvey, A Brief History of Neoliberalism. (Oxford: Oxford University Press, 2005).

[5] Aníbal Quijano, “Coloniality of Power, Eurocentrism and Latin America”, Nepantla: views from the South 1.3 (2000): 533-80.

[6] Boaventura de Sousa Santos. “Décima carta a la izquierdas”, Público, 2 de diciembre de 2013, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2013/12/02/decima-carta-a-las-izquierdas-democracia-o-capitalismo/ (Fecha de consulta: 1 de abril de 2014).

[7] Pierre Rosanvallon, “The society of equals: Restoring democratic equality in relations”, Juncture, 20 de marzo de 2014, http://www.ippr.org/juncture/171/12027/the-society-of-equals-restoring-democratic-equality-in-relations  (Fecha de consulta: 29 de marzo de 2014).

Bibliografía

Harvey, David. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press, 2005.

López Silva, Marco Antonio López Silva. “De ideología y política pública”, Animal Político, 31 de marzo de 2014, http://www.animalpolitico.com/blogueros-la-cuadratura-del-circulo/2014/03/31/de-ideologia-y-politica-publica/ (Fecha de consulta: 31 de marzo de 2014).

Quijano, Aníbal. “Coloniality of Power, Eurocentrism and Latin America”, Nepantla: views from the South 1.3. 2000.

Rosanvallon, Pierre. “The society of equals: Restoring democratic equality in relations”, Juncture, 20 de marzo de 2014, http://www.ippr.org/juncture/171/12027/the-society-of-equals-restoring-democratic-equality-in-relations  (Fecha de consulta: 29 de marzo de 2014).

Sousa Santos, Boaventura de. “Décima carta a la izquierdas”, Público, 2 de diciembre de 2013, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2013/12/02/decima-carta-a-las-izquierdas-democracia-o-capitalismo/ (Fecha de consulta: 1 de abril de 2014).

Sousa Santos, Boaventura de. “Primera carta a la izquierdas”, Página 12, 21 de septiembre de 2011, http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-177226-2011-09-21.html (Fecha de consulta: 3 de abril de 2014).

Wood, Stewart. “Juncture interview: Roberto Unger on the means and ends of the political left”, Juncture, 22 de enero de 2014, http://www.ippr.org/juncture/171/11769/juncture-interview-roberto-unger-on-the-means-and-ends-of-the-political-left (Fecha de consulta: 1 de abril de 2014).

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1 Comentario en Las políticas públicas y la izquierda

  1. Reblogueó esto en Alejandro De Cossy comentado:
    Mi colaboración para el primer número de Ala Izquierda.

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