Movimientos, marginalidad y política en México. Ruta hacia una interpretación

Gibrán Ramírez Reyes

(@gibranrr)

 

¿Movilizar los márgenes o movilizarse en los márgenes?

 En 2006 vimos volar, iluminando los aires, edificios emblemáticos de Londres en un atentado contra el poder y el neoliberalismo. El acto destructivo y su dimensión emancipadora fueron reivindicados previamente por un poderoso discurso anarquista (diría poderoso y articulado, si no fuera porque anarquista y articulado son palabras antitéticas). Era una venganza, escenificada en V for vendetta, una película que despertó el corazón y la cursilería revolucionaria de muchos y que pronto se convirtió en símbolo de las resistencias contemporáneas, bien plantada como estaba en un campo fértil: después del abandono del ideal socialista, en el auge neoliberal y con insurgencias multitudinarias, globalifóbicas, en el paisaje de la conflictividad social. La máscara que utilizaba el personaje principal del drama pronto se popularizó, principalmente a partir de la constante difusión que le dio Anonymous, el grupo (¿?) de hackers que la tomó por sello distintivo.

Más allá del combustible que la película significó para los ímpetus rebeldes de nuestros tiempos, junto con otros insumos culturales, su popularidad sintetiza un ánimo y un clima que vienen de atrás y son ahora dominantes en la dinámica de los movimientos sociales; en México se remontan al zapatismo y a los malabares teóricos de ciertos intelectuales que fueron acríticos con quien encabezaba desde la subcomandancia al EZLN. No es casual que, antes de la máscara de Guy Fawkes, el pasamontañas de Marcos fuera uno de los símbolos más conocidos del anticapitalismo global.

V for vendetta, el EZLN y el anarquismo violento comparten a muchos de sus simpatizantes, más o menos fresas, ultras, computarizados o reivindicados apolíticos. Desde mi punto de vista, su acuerdo implícito básico es que existe una forma de cambiar el mundo, desde abajo y sin tomar el poder. Este supuesto se expresó recientemente en el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, particularmente en el emblemático discurso de su liderazgo, imbuido de un anarquismo cristiano, y también en el movimiento #YoSoy132. Curiosamente, esta moda teórica se impulsó desde la legitimidad que le dio su cercanía con el EZLN, que hasta el día de su levantamiento se planteó la toma del poder.

Cambiar el mundo sin tomar el poder puede entenderse como cambiar el mundo, a secas, sin saber hacia dónde, algo así como que ya veremos por dónde entre todos, porque caminante, se hace camino al andar. El planteamiento es que “el movimiento mismo de las luchas” en particular el “movimiento anticapitalista (globalifóbico) mundial” y el “zapatismo” abrieron con mucha insistencia la pregunta de “¿cómo es posible cambiar el mundo sin tomar el poder?”. En el corazón de estas luchas, están “el rechazo al partido como forma de organización, la búsqueda de nuevas formas de hacer la política”.[1] En palabras de su principal defensor, “La pregunta suena absurda, pero es la única forma de mantener viva la cuestión de la revolución, de la revolución que es tan obviamente necesaria y urgente. Si no queremos aceptar el capitalismo y lo que implica, es decir, la destrucción de la humanidad en todos los sentidos, tenemos que perseguir esta pregunta rebelde, desarrollándola, abriéndola más”. Cambiar sin tomar el poder también puede parecer una versión comunal de “el cambio está en uno mismo”, sin embargo, lo que se hace es abrir en el terreno de la posmodernidad una nueva sucursal de la vieja tienda del anarquismo, como algunos agudos observadores han apuntado en el debate sobre el famoso libro de John Holloway, sobre todo en la revista argentina Herramienta [http://www.herramienta.com.ar/foros-y-debates/debate-sobre-cambiar-el-mundo].

Como el viejo anarquismo, este ánimo y este clima reproducen el vicio de destacar al enemigo sobre la meta. Es cierto que la mayoría de las izquierdas propiamente dichas son antineoliberales. Pero, como dijera Rodríguez Araujo en su polémica con Holloway “también la ultraderecha quiere cambiar el mundo de hoy y también se opone a la globalización neoliberal”. De manera que aunque no nos oponemos a la pretensión de que el mundo se cambie, sí lo hacemos a la negativa de especificar hacia dónde. Antes, este camino estaba andado y la mayoría de los partidos y movimientos de izquierdas pugnaban por el socialismo, mientras el debate era sobre las llamadas “formas de lucha”. Hoy estamos un paso atrás.

Plantearse la aversión a la toma del poder desde la izquierda puede significar varias cosas: la primera sería retraerse y elegir convertirse en grupos de presión que aunque no aspiren a la toma del poder aspiren a influir en él, como quiso Marcos en su etapa más sociedadcivilista en que favorecía el planteamiento de elecciones democráticas donde los zapatistas no participaran [véase la entrevista con Scherer aquí]; la segunda, decidir cambiar una región de la realidad con base en organización comunal, pues nadie en su sano juicio y con algunos datos demográficos a la mano pediría una transformación hacia un régimen caracolario dizque autogestivo de la compleja sociedad mexicana; la tercera, automarginarse y elevar la voz con la autoridad moral de quien no se mancha las manos con lodo de la política porque no tiene nada que ver con ella, como Javier Sicilia en las últimas elecciones presidenciales; o bien, automarginarse y reclamar los márgenes como territorio propio, como hacen los grupos de la rabia anarquista que favorecen la destrucción como fuerza creadora y liberadora por sí misma. Aunque es totalmente válido elegir los márgenes, existen consecuencias no deseadas pero más o menos previsibles que estos sectores deberían tener en cuenta.

Los principales riesgos de elegir la movilización marginal están en optar por movilizarse en los márgenes y no por movilizar los márgenes: uno es el que llamaremos ascetismo y otro la hiperactividad. Dentro del riesgo de desviarse a lo que hemos llamado ascetismo —provisionalmente y a falta de una palabra mejor—, está, por ejemplo, la actitud de Javier Sicilia al frente del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Sicilia, aunque antes aceptara dialogar de frente con el gobierno bárbaro de Felipe Calderón y darle el beneficio de la duda, en la elección de 2012 prefirió juzgar, uno por uno, a los candidatos presidenciales en diálogos públicos, afirmando después que no había diferencia entre ellos y que daba igual quién ganaría, pues llegaría a administrar el infierno. Permanecer sin pronunciamiento frente a las diferencias políticas, significa, lo sabemos, favorecer el estado de las cosas.

Por otro lado están los hiperactivos. Tras el zapatismo, en que afloraron en un sector los defensores entusiastas del camino de la violencia política, el clima anarquista transitó con fuerza por la cumbre de Guadalajara en 2004 y por el conflicto social oaxaqueño en 2006, cuando se socializaron entre jóvenes de todo el país técnicas de confrontación y agitación, así como las coordenadas simplotas que los anarquistas toman por guía teórica. Después, con vigor, las células anarquistas arreciaron su presencia y fortalecieron sus redes. En la Ciudad de México, el entonces procurador Mancera y su equipo comenzaron a perseguirlos y reprimirlos desde antes de su aparición masiva en 2012. La rabia vive y crece más cuanto más se le ignora.

Los hiperactivos, por su parte, favorecen al poder en lo siguiente: son aquellos con los que no hay consenso posible, pero que resultan funcionales para definir quiénes caben y quiénes no en un sistema hegemónico. Roger Bartra, al reflexionar sobre el concepto de otredad aplicado a la política, identifica “franjas marginales de terroristas, sectas religiosas, enfermos mentales, desclasados, indígenas, déspotas musulmanes, minorías sexuales, guerrilleros, migrantes, mafias de narcotraficantes y toda clase de seres anormales y liminales que amenazan con su presencia —real o imaginaria— la estabilidad de la cultura política hegemónica”.[2] En este caso, la amenaza es imaginaria, pues el capitalismo mexicano no se derrumbará con la rotura de algunos vidrios de Starbucks, pero estos grupos sirven para afirmar un régimen cerrado que tiene que estar unido para protegerse de amenazas disgregadoras de la sociedad.

Siendo así, ¿qué aportan a la política los actos que —desviados en los dos sentidos que describí— refuerzan su propia marginalidad? Podría sostenerse que al incurrir en las desviaciones ascética e hiperactiva, son antipolíticos y legitimadores de un bloque histórico dominante.


Gibrán Ramírez Reyes. Politólogo por la UNAM. Ganador de la medalla Gabino Barreda y actualmente estudiante de la Maestría en Ciencia Política de El Colegio de México. Ejerció la docencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y en el Colegio Madrid. Ha publicado artículos y ensayos en diversas revistas. Publicó, en colaboración con Octavio Rodríguez Araujo, Poder y elecciones en México, un libro sobre el proceso electoral del 2012.


Bibliografía

Rodríguez Araujo, Octavio. 2002. Una crítica a Holloway. La Jornada, 7 de noviembre, sección Política, http://www.jornada.unam.mx/2002/11/07/020a1pol.php?printver=0

_____. 2002-A. Rodríguez Araujo responde a Holloway. La Jornada, 15 de noviembre, sección Editorial, http://www.jornada.unam.mx/2002/11/15/correo.php?printver=1

Holloway, John. El realismo irreal de Octavio Rodríguez Araujo. Herramienta debate y crítica marxista.  http://www.herramienta.com.ar/debate-sobre-cambiar-el-mundo/el-realismo-irreal-de-octavio-rodriguez-araujo (consultado el 14 de abril de 2014).

Notas

[1] Véase la polémica de John Holloway con Octavio Rodríguez Araujo. 1. Octavio Rodríguez Araujo, “Una crítica a Holloway”, La Jornada, 7 de noviembre de 2002, sección Política, http://www.jornada.unam.mx/2002/11/07/020a1pol.php?printver=0; 2. John Holloway, “El realismo irreal de Octavio Rodríguez Araujo”, Herramienta debate y crítica marxista,  http://www.herramienta.com.ar/debate-sobre-cambiar-el-mundo/el-realismo-irreal-de-octavio-rodriguez-araujo (consultado el 14 de abril de 2014); y 3. Octavio Rodríguez Araujo, “Rodríguez Araujo responde a Holloway”, La Jornada, 15 de noviembre de 2002, sección Editorial, http://www.jornada.unam.mx/2002/11/15/correo.php?printver=1.

[2] Roger Bartra, “Las redes imaginarias del terrorismo político”, Letras Libres (edición México) 53 (mayo de 2003): 99

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1 Comentario en Movimientos, marginalidad y política en México. Ruta hacia una interpretación

  1. Excelente artículo, Gibrán. Muy acertado y en extremo claro para aquellos que no somos politólogos.

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