Otras izquierdas son posibles: libertad y justicia

Gustavo Gordillo de Anda

(@gusto47)

 

¿Puede configurarse un polo de las izquierdas que articule luchas sociales, apele a las clases medias y atraiga a sectores importantes del empresariado sin que pierda su convocatoria hacia las clases populares? Sí, pero solo a partir de una profunda transformación cultural. Se necesita otra manera de percibir la política. Otra manera de vincular la lucha electoral con el ejercicio parlamentario y con las reivindicaciones sociales. Una vocación inequívoca para gobernar con un propósito central: reducir la desigualdad desde el ejercicio pleno de la democracia.

En las elecciones de 2006 la coalición que apoyó a las izquierdas estuvo compuesta de manera predominante por personas mayores de 30 años, bajo nivel de escolaridad y bajos ingresos. En las elecciones de 2012 la coalición que apoyó a las izquierdas se integró sobre todo por jóvenes de menos de 30 años, mayor escolaridad e ingresos medios. Evidentemente, ambas coaliciones se superponen pero amalgamadas darían una mayoría electoral bastante amplia. Es necesario, sin embargo, que las izquierdas entiendan que en 2006 muchos de los votantes de bajos ingresos migraron del PRI a las izquierdas y en 2012 muchos de los votantes de clases medias migraron del PAN a las izquierdas. La caída electoral del PRI en un caso, y del PAN en el otro, propiciaron esos cambios tan drásticos en la composición social del electorado de las izquierdas. Ambas circunstancias indican que, como ha sido señalado por varios analistas, un segmento del electorado –entre el 20 al 30 % del voto efectivo– está sujeto a un alto grado de volatilidad.

Además, en las elecciones de 2006 el intento del desafuero a AMLO contribuyó decisivamente a impulsar su candidatura. Lo mismo podría señalarse del efecto del movimiento estudiantil #Yosoy132 y su efecto en la campaña de las izquierdas.

De suerte que esa volatilidad está siempre ligada a eventos sociales de alto impacto.

En 2012 la coalición de izquierdas obtuvo triunfos electorales en dos de los seis estados que renovaron gobernador y confirmó al Distrito Federal como su bastión, alcanzando niveles de votación históricos. Ganó Tabasco, estado gobernado por el PRI durante décadas. Además, incrementó su representación en la Cámara de Diputados en aproximadamente 59 por ciento respecto a 2009 y mantuvo una importante participación en el Senado. La izquierda consiguió además aumentar su nivel de votación en estados donde tradicionalmente no tenía presencia. Por ejemplo, pasó de 23 a 31 por ciento en Baja California y de 16 a 22 por ciento en Nuevo León.

Pero también está el otro lado del balance en las elecciones de 2012. Las izquierdas partidistas solo ganaron en 8 entidades, cuando seis años antes triunfaron en 16. En 22 estados la alianza de izquierda no ganó ni uno de los diputados uninominales. Solo en 10 entidades obtuvieron diputados por distrito: D.F. (26), Oaxaca (10), Guerrero (9), México (7), Tabasco (6), Michoacán (4), Morelos (4), Tlaxcala (2), Veracruz (1) y Quintana Roo (1). Para el Senado solamente triunfaron en seis entidades. Lo primero es reconocer esta realidad desigual de avances y retrocesos de las izquierdas partidistas.

Desde la perspectiva de las izquierdas sociales, es decir, aquellas organizaciones y activistas que consideran con razón que no solo los partidos son espacios que producen política, se requiere continuar la lucha que emprendió con enorme visión de futuro el movimiento #Yosoy132 en torno a la democratización de los medios electrónicos. Es importante aunque no bastan otras cadenas comerciales. Como también fue claro en las deliberaciones estudiantiles, se requiere una estructura de concesiones  en radio y televisión que combine lo estatal, con lo privado y lo público –siendo lo público la participación organizada de universidades, centros de investigación, comunidades rurales, agrupaciones ciudadanas–.

Para que las izquierdas logren una mayoría electoral propongo cinco ámbitos de discusión. El punto de partida tiene que ser cuál es su perfil propio. Por perfil me refiero a qué ofrecen las izquierdas a una ciudadanía fragmentada, agobiada por las inseguridades en materia de empleo, de salud, de seguridad pública y alejada de las querellas partidistas. El perfil se construye desde el discurso y tiene al menos tres componentes: qué rumbo se propone, con qué medios se proponen alcanzarlo y con cuál basamento ético se comprometen frente a la ciudadanía. No hay un solo perfil, ni una sola plataforma programática que englobe a todas las izquierdas. Por tanto, es útil y necesario que las izquierdas se diferencien para que a partir de lo que las hace diferentes –y no de una artificial unidad a toda costa– se construyan vinculaciones y articulaciones, que serán siempre temporales y definidas por contextos específicos, porque serán reales. Diferenciarse para unificarse  en los puntos de común acuerdo; ese el imperativo inicial.

Dos acuerdos, empero, deben compartirse en las izquierdas partidistas y sociales: el apego a la legalidad y a medios legales para acceder al poder, y un conjunto de valores universales. Deben asumirse como izquierdas de valores. Con los valores clásicos de las izquierdas modernas: libertad y justicia, tolerancia y respeto a la diversidad, competencia y  solidaridad. Pero con un valor central: la promoción de la autonomía de individuos, comunidades y asociaciones. Es decir, contraria a toda forma de clientelismo y corporativismo. Las izquierdas deben, además,  asumir el compromiso de la máxima publicidad a sus actos y de rendición de cuentas a los ciudadanos desde sus organizaciones, desde los gobiernos que encabecen, desde los órganos de representación.

Para las izquierdas partidistas el reto es constituirse en una oposición legítima al régimen con una agenda legislativa impulsada desde las negociaciones y las movilizaciones. Creer que sólo existe la opción de pactar con el poder bajo formas encubiertas –o no tanto– de sometimiento o insertarse en la lógica e inercia de las oposiciones confrontacionales desde la calle, es caricaturizar la realidad. Se necesitan pactos políticos y movilizaciones sociales. Pero para las izquierdas partidistas el reto es asumirse como partidos parlamentarios. Hasta el momento las izquierdas partidistas con participación relevante en el Congreso y en los gobiernos estatales y municipales han carecido de una clara estrategia legislativa articulada a su papel dual de oposición legislativa y política y gobierno en los ámbitos estatales y locales.

Tomar sin dubitaciones el camino de un partido parlamentario –me hago cargo del pleonasmo de hablar de partido parlamentario solo entendible para México en el marco de un largo período de régimen de partido hegemónico–, cuyo eje central es la disputa del poder por la vía electoral requiere el despliegue de todas los mecanismos y formas de luchas disponibles para una oposición legal y legítima. Los movimientos deben mantenerse orgánicamente autónomos de los partidos, así como las organizaciones ciudadanas. Ambos niveles de representación encontrarán, como ha ocurrido en el pasado, convergencias discursivas, programáticas y en movilizaciones, pero todo ello desde la autonomía de ambos órdenes sociales. Las movilizaciones ciudadanas y gremiales por lo demás son perfectamente compatibles con un partido de oposición parlamentario. El propósito de las movilizaciones acompañadas o impulsadas desde partidos parlamentarios buscan llevar al gobierno a rectificar posiciones o políticas públicas, o bien apoyar reformas institucionales de mayor calado. Solo desde el fetichismo institucional se pueden concebir impolutas a las instituciones, las cuales precisamente por ser resultados de construcciones humanas son perfectibles. Otra discusión es cuándo recurrir a la movilización en la calle porque reducir las movilizaciones a esta que es una forma entre muchas otras de movilizaciones, puede desgastar y enajenar a fracciones importantes del electorado.

Me parece que conviene reflexionar sobre un punto de partida programático de las izquierdas. Propongo la definición de Norberto Bobbio sobre la democracia de los modernos, es decir, “la lucha contra el poder desde arriba en nombre del poder desde abajo, y contra el poder concentrado en nombre del poder distribuido”. Veo esta plataforma programática orientada en dos direcciones.

Por un lado, una reforma político-electoral con fuertes implicaciones sociales que enfrente los dos problemas centrales: la apertura  a otras opciones partidistas con menos condicionamientos previos, pero un conjunto de filtros sujetos al resultado electoral y la desarticulación del clientelismo basado en el manejo discrecional de los programas sociales. La transformación de programas sociales en derechos sociales adquiridos y exigibles legalmente rompería de cuajo la espina dorsal del clientelismo y del corporativismo anti-democrático. La transparencia y rendición de cuentas en todos los niveles de gobierno y en todas las formas de asociación que cumplan funciones de interés público o manejen recursos de origen público abrirían espacios para el combate de la impunidad que hoy se escudan en falsas disyuntivas entre libertades y obligaciones.

El otro eje programático sería una reforma económica cuyo eje central sea la reforma fiscal –es decir, que incluya una estructura de impuestos y una estructura del gasto público–, pero cuyo centro de reflexión política sea qué tipo de Estado y qué tipo de sociedad requiere un país fragmentado socialmente, desarticulado por la violencia y cuyos espacios principales ya sean territoriales o políticos están colonizados por los distintos poderes fácticos, desde el crimen organizado hasta los monopolios privados.

El reclamo social se orienta hacia la incorporación de más sociedad en el Estado. Aghion y Roulet (2011) hablan de “más de otro tipo de Estado”: un estado que invierte en la eclosión y materialización de ideas nuevas; un estado que asegura a sus ciudadanos contra los nuevos riesgos –vinculados a la precarización del trabajo y a las crisis financieras–; un estado garante del contrato social como catalizador del diálogo entre distintos agentes sociales; un estado que fortalece a la democracia.  En esta reflexión sobre el Estado, el tema central gira indudablemente en torno a las relaciones entre los diversos órganos del Estado y la sociedad, entre los ciudadanos y diversas y plurales expresiones organizativas. Gira para decirlo en breve, en torno a cómo gobernar la pluralidad.

El cuarto ámbito rescata la necesidad de pasar a derechos sociales exigibles: particularmente la universalización del acceso a la salud, el seguro del desempleo, el sistema de pensiones y la efectiva instrumentación del derecho a la alimentación. Para lograrlo, es indispensable rescatar e impulsar todas las formas de organización social. Contrario al dictum de Margaret Thatcher, sí existe la sociedad y debe ser fortalecida para garantizar la plena democracia. Aquí entra el mundo del trabajo no sólo desde sus reivindicaciones sino a partir de sus formas consustanciales de expresión: el sindicato y las diversas expresiones gremiales. Exigir elecciones libres, directas y secretas en los sindicatos no atenta contra la autonomía sindical sino contra el negocio de líderes sindicales espurios. También habría que decir que oponerse a la precarización y pérdida de derechos de los trabajadores no afecta la competitividad del país profundamente afectada ya por la informalidad y la erosión de las garantías sociales. Impulsar, fomentar y proteger las ONG, talleres, plataformas, coordinadoras forma parte de esta recreación de formas consustanciales de participación ciudadana.

Por ello, es necesario que las izquierdas partidistas asuman prácticamente que los partidos políticos no son el único espacio que produce política. Más aún, que el conjunto de organismos, instituciones y movimientos que están continuamente produciendo política bajo formas variadas que van desde la movilización social hasta las propuestas de políticas públicas o las demandas reivindicatorias, exigen una respuesta precisa de los partidos políticos sobre las formas de relación, de colaboración y de respeto mutuos. Una coalición de izquierdas con vocación de triunfo electoral y de gobierno requiere de todas estas expresiones.

Los activistas de los movimientos sociales también deben aceptar el papel insustituible de los partidos políticos en regímenes democráticos. Sus imperfecciones y desviaciones –clientelismo, manipulación, oportunismo; sólo por mencionar algunas– son similares a las que ocurren en la sociedad misma. La oposición entre partidos “malos” y ciudadanos “buenos” es inconsistente y fuente de un pensamiento autoritario que busca erosionar las formas indispensables de contrapesos a los poderes políticos.

Si el principal reto que enfrentamos para consolidar la democracia en nuestro país es cómo gobernar la pluralidad social, el principal peligro que se cierne es la corrupción del lenguaje. Orwell en un apéndice a 1984 ([1949], 1983:246-254) asociaba la corrupción del lenguaje a lo que llamó el newspeak. Según Orwell, el lenguaje tiene tres tipos de vocabularios. Uno, el lenguaje de la vida cotidiana. Un segundo vocabulario de palabras construidas deliberadamente para fines políticos. Finalmente un tercero compuesto por términos técnicos y científicos.

Lo distintivo y terrorífico del newspeak es la separación radical del lenguaje del discurso político tanto del lenguaje de la vida cotidiana como de los lenguajes científicos y técnicos.

El newspeak, en muchas democracias, considera a la política como mercado. Su frase favorita resume toda su sabiduría: “así es la política”. Consigna de campaña y sustento conceptual. La visión dominante define la política a través de una metáfora. La política es un mercado político en el cual se intercambian ofertas electorales ante demandas ciudadanas diversas. Los partidos políticos se comportan como empresas que buscan maximizar sus ganancias. En vez de programas coherentes e integrados, presentan listas de ofertas –a la manera de listas de supermercado– que buscan captar a la variada gama de consumidores organizados en conglomerados o nichos electorales.

Las izquierdas (posibles) deben liberarse de ese newspeak. Frente a la política como mercado oponer la política como convicciones, como conjunto de valores.  Vuelvo a la izquierda de valores. Es necesario reivindicar el valor de las ideas y de la construcción discursiva. Se debe buscar deliberadamente la polémica para marcar diferencias pero sobre todo para armar consensos basados en la deliberación y no en el acomodo. Los temas más polémicos deben ser asumidos desde el primer momento, no eludidos. Se trata de una pedagogía para la construcción de una ciudadanía vigilante e informada. El discurso político entonces se vuelve como un cemento organizador justo porque no está separado del lenguaje de la vida cotidiana ni del debate científico y técnico. Pragmatismo no es oportunismo como se ha querido a veces presentar; sino por el contrario, vínculo entre las ideas y las acciones que correspondan con esas ideas.


Gustavo Gordillo de Anda. Fue dirigente del movimiento estudiantil de 1968, dirigente en el PMT, miembro fundador del Movimiento de Acción Política y del PSUM en los setentas. Miembro Fundador de la UNORCA. En 2006 fue coordinador general de la campaña presidencial de Patricia Mercado. Fue Subsecretario en la Secretaría de Agricultura, y Subsecretario en la Secretaría de la Reforma Agraria en México entre 1988 a 1994. En 1995 se desempeñó como Director de Desarrollo Rural de la FAO en Roma y desde 1997 hasta 2005 fungió como Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Fue miembro Fundador de La Jornada y colaborador de la Revista Nexos. Ha sido también profesor visitante en el Taller de Teoría Política de la Universidad de Indiana en Bloomington, dirigido por los profesores Vincent y Elinor Ostrom. http://gustavogordillo.blogspot.com/

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