Reflexiones sobre el feminismo, los feminismos y otros

María del Pilar González Barreda

 

Cuando se hace referencia a “la mujer o a las mujeres” es frecuente que se otorguen atributos generales para los seres humanos del sexo femenino, es decir, se agrupa en un universo a las mujeres pensando que comparten características que las hacen integrantes de cierto colectivo. Sin embargo, englobar en un concepto a ‘las mujeres’, puede ser reducido. En este sentido, no deberían pasar por desapercibidos factores como la edad, orientación sexual, condición económica, etnia, creencia religiosa, entre otros, pues cuando tomamos en cuenta estos aspectos, nos damos cuenta de la complejidad que hay en otorgar estándares aplicables a ‘todas las mujeres’.

Si bien es cierto que cualquier estudio desde el feminismo debe plantear en qué punto se enmarca, es indiscutible que hay un rasgo que las mujeres históricamente han compartido, estamos hablando de la dominación patriarcal.[1]  Este orden de dominación se justifica por las diferencias biológicas entre los sexos, principalmente por la capacidad reproductiva y gestante de la mujer, que le ha hecho cuidadora de la descendencia; de esta forma, la tarea de hacerse cargo de las y los hijos es vista como ‘natural’, pues se asume que siendo la mujer aquella que biológicamente lleva a término un embarazo, está capacitada para velar por sus hijos e hijas. Cuando se afirma que cierta conducta es natural, se corre el riesgo de asimilar un hecho biológico a un proceso social. En palabras de Oscar Correas, cuando se habla de ‘naturaleza’, se pretende huir de la historia, se busca algo intocable sobre lo cual sostenerse y así, transmitir la seguridad que ofrece lo perenne (Correas, 2006: 274).

A través del uso del vocablo ‘natural’ se busca un tipo de respaldo ante lo que se enuncia, por ejemplo, cuando se afirma ‘es natural que las mujeres lloren’ lo que se quiere decir es que resulta incuestionable que los seres humanos del sexo femenino lloren pues se asume que es una actitud propia de su sexo.

Lo argumentado anteriormente, constituye el sostén del patriarcado, la creencia de que hay diferencias entre seres humanos ‘naturales’, por las que se justifica, la superioridad del sexo masculino.

¿Qué es el feminismo?

El feminismo como activismo y movimiento teórico es producto de la Ilustración. Sin embargo, aunque los esfuerzos de diversas generaciones han visibilizado a las mujeres como ciudadanas a la par de los hombres, sostener que las condiciones de subordinación han sido eliminadas, es decir, que el patriarcado ha sido extirpado, es un error. Las condiciones de discriminación en que viven miles de millones de mujeres en el mundo, son ejemplo de que hoy más que nunca esos feminismos son necesarios, y que además, no hay una visión hegemónica de los mismos.

Es importante tener claro lo siguiente: no existe una corriente única representativa del feminismo, por lo que es acotado hablar de ‘feminismo’ cuando  hay diversas formas de luchar en contra de la dominación patriarcal. Pretender que hay una visión válida universal es negar la misma esencia de la diversidad existente no solo entre seres humanos, sino entre especies y, además, en momentos o épocas determinadas. A este respecto, Francesca Gargallo hace una crítica a la concepción de los estudios feministas como una disciplina hegemónica, pues afirma que todo lo que no es fiel al racionalismo occidental, es descalificado (Gargallo, 2012: 116).

También es preciso interpretar a los movimientos feministas como plurales, cuestionando las versiones hegemónicas que determinan la configuración de mujeres y hombres y discutiendo sobre cuáles son los retos en la materia para cada sociedad.

Idas y vueltas

Una de las corrientes feministas, el feminismo de la igualdad, pugna porque sea reconocido que hombres y mujeres son seres iguales. Esta corriente ha logrado grandes avances como el derecho al voto de las mujeres y la implementación de métodos anticonceptivos.

Sin embargo, las brechas que existen entre mujeres y hombres en educación, trabajo, ingresos, son una muestra de que lo que en un momento se consideró como la forma de erradicar el patriarcado (a través de políticas públicas que impulsaran la igualdad), ha tenido efectos no previstos, como lo es la doble jornada de trabajo a cargo de mujeres que, después de cumplir con una jornada laboral fuera de casa, llegan a sus hogares a ‘cumplir’ con su jornada como madre. Por otra parte, la vida precaria y la vorágine capitalista, pone en duda el logro de igualdad de oportunidades en el acceso a la fuerza de trabajo, pues al aumentar esta, la producción y, por lo tanto la plusvalía, aumentarán también. Por lo que la pregunta que planteamos es ¿igualdad para quién o para qué?

Por ello, sostengo que el feminismo que se ostente como generador de postulados aplicables para la humanidad, estaría cayendo en el error de olvidar que las sociedades son diversas, de ahí que establecer un modelo único de feminismo sólo contribuye a la exclusión y a la imposición de un feminismo hegemónico.

Si en términos generales los movimientos feministas (teóricos y activistas) como productos de la Ilustración, denuncian la exclusión histórica de las mujeres, las corrientes del feminismo hegemónico como el feminismo de la igualdad, olvidan que la interculturalidad es una práctica contra hegemónica, enfocada a revertir la designación (promovida por el proyecto de modernidad) de algunos conocimientos como legítimos y universales, y la relegación de otros, especialmente aquellos relacionados con la naturaleza, el territorio y la ancestralidad, al espacio local de saberes, folklore o del mundo de la vida (Walsh, 2012: 48).

En este sentido, cabría hablar de nuevas formas emancipatorias –no hegemónicas– como los feminismos comunitarios.

Feminismos y alteridad

Julieta Paredes, una feminista comunitaria, señala que el patriarcado se recicla y se nutre de los cambios sociales y revolucionarios de la humanidad; afina sus tentáculos, corrige sus formas brutales de operar y relanza las opresiones con instrumentos cada vez más sutiles y difíciles de detectar y responder. Paredes enuncia al empoderamiento de las mujeres, los informes de organismos internacionales y a la propia Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (por sus siglas CEDAW), como  estrategias en las que se han invertido grandes sumas de dinero con el propósito de formar súper mujeres. Para la activista y teórica, estos discursos son sólo cantos de sirena, pues los procesos y las revoluciones las hacen los pueblos.  Paredes insiste en desconfiar en que sea el Estado –o desde el Estado– el que logre la restauración de los derechos de los cuerpos de mujeres en la comunidad (Paredes, 2013).

En esa tesitura, cabe la pregunta ¿qué han hecho los tratados internacionales por las mujeres que son violentadas diariamente en el planeta? ¿A qué mujeres pueden proteger estos tratados? ¿Para quién están pensados estos tratados?

A pesar de los posibles beneficios que estas acciones internacionales puedan tener en la vida de unas cuantas, es inevitable preguntarnos si el discurso de los derechos humanos está dirigido únicamente a cierto tipo de mujeres.

Continuando con otras miradas feministas, la Ley de Mujeres Zapatistas Revolucionarias  está integrada por una serie de principios que señalan a la mujer zapatista como integrante de un movimiento que pugna por la autogestión y la liberación del yugo capitalista.[2]

A la par de las prácticas occidentales en las que predomina la individualidad, algunos movimientos sociales privilegian lo colectivo la organización horizontal comunitaria, tal como se hace en Chiapas a través de las juntas de buen gobierno de cada uno de los cinco caracoles donde se vive día a día el zapatismo.

Francisca Rodríguez López, mujer zapatista, narra la vida en colectivo así como la exclusión que viven las mujeres indígenas dentro de sus familias, además de las luchas que enfrentan los pueblos indígenas frente a políticas neoliberales y de exterminio que se han implementado:

La mujer indígena es la principal educadora de la familia, trabaja igual que los hombres y cuida del hogar, si no tiene algún cargo, permanece más tiempo en la casa, es fuente principal de conservación de la nuestra cultura. Para dar a conocer y respetar los derechos de las mujeres indígenas, las mujeres se organizan en grupos de trabajos colectivos como son: panadería, artesanías, crianza de animales (pollo, puerco, borrego). Esto sirve de base para que las mujeres en sus tiempos libres, aprendan a conocer sus derechos y discutan los problemas que enfrenta la comunidad y juntas tratar de buscar una solución, sin dejar de tomar en cuenta a los hombres…[3]

Lo colectivo emerge como una forma de vida ajena a la visión occidental, desde la cual podemos replantear la organización dominante en la que se privilegian las individualidades y la competencia entre sujetos. La colectividad propicia un reconocimiento del otro/otra a través de uno mismo, un reconocimiento propio desde y en la diferencia, capaz de sumar en vez de excluir.

Esto conlleva a la invención de estrategias feministas capaces de transformar, experimentar diariamente y construir nuevas experiencias de lo humano desde una visión crítica de lo establecido. Algo crucial para los movimientos feministas, es negar la uniformidad del ser mujer, evitar colocar atributos a las mujeres que se consideren inamovibles, el ser está en movimiento, lo viviente es diverso; en palabras de Erika Linding “las estrategias feministas no apuntan hacia la construcción de un ‘nosotras’, que tiene como efecto de acción enunciativa la exclusión de las/los otras/os, pero sí permiten la inclusión de momentos identitarios en que éstos pueden resultar importantes en circunstancias sociopolíticas determinadas” (Linding, 2013: 108-109).

En este sentido, una comprensión a través del otro, evocaría el deber de alteridad, concepto que entendemos como una condición que marca la relación con los otros, es decir, saberes, grupos o individuos, humanos o animales, cosas y estados de cosas, en otros términos, con lo diferente. El deber de alteridad “es un llamado a no cancelar la demanda que viene del otro y que nos obliga a responder” (Martínez de la Escalera, 2013: 22-23).

En este orden de ideas, la comprensión de feminismos diversos es una exigencia ante discursos que vierten en un solo contenedor las prácticas que en distintos tiempos y lugares han denunciado el orden patriarcal que oprime a las mujeres. Es este el punto en común que tienen los movimientos y las teorías feministas, pero no se puede pretender que las necesidades de unas serán las mismas que las que tienen o tuvieron otras mujeres en distintos momentos y espacios.


María del Pilar González Barreda. Licenciada en Derecho por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Maestra en Derecho por la UNAM. Actualmente se desempeña en la Unidad con Perspectiva de Género del Bufete Jurídico de la Facultad de Derecho de la UNAM; es parte integrante del Proyecto Mujeres en Espiral: Sistema de Justicia, Perspectiva de Género y Pedagogías en Resistencia coordinado por el Programa Universitario de Estudios de Género, la Facultad de Derecho de la UNAM y la CDHDF. Es integrante de Radar 4º, Red de Abogadas por la Defensa de la Reproducción Elegida y miembro del Consejo Editorial de Revista Ala Izquierda.


Notas

[1] Ahora bien, sería un error defender que todos los seres humanos del sexo masculino han ejercido una dominación sobre todas las mujeres, pues evidentemente se dudaría de la subordinación de una mujer blanca, de condición económica privilegiada, frente a un hombre indígena, habitante de la Sierra Norte del estado de Puebla, México, con una situación económica precaria. Sin embargo, si es posible hablar de condiciones estructurales que producen que en gran parte sean las mujeres quienes enfrenten situaciones que las discriminen y vulneren frente al sexo masculino.

[2] Véase Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas, [consultado por última vez 12 de septiembre de 2013]. Disponible en: <http://palabra.ezln.org.mx/ comunicados/1994 /1993_12_g.htm>.

[3] Rodríguez López, Francisca, “La Defensa de los Derechos de las Mujeres”, [citado el 12 de septiembre de 2013]. Disponible en: <http://autonomiaautogestion.unach.mx/index.php?option =com_content&task=view&id=80&Itemid=132>.

Bibliografía

Correas, Oscar. 2006. Los derechos humanos: entre la historia y el mito. En Revista Crítica Jurídica, Número 25, Julio-Diciembre.

Gargallo Celentani, Francesca. 2012. Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América. Bogotá: Ediciones desde abajo.

Linding Cisneros, Erika. 2013.  Estrategias feministas (estudio del vocabulario). En Alteridad y Exclusiones, Vocabulario para el debate social y político. Martínez de la Escalera Lorenzo, Ana María y Linding Cisneros, Erika (Coordinadoras). México: Facultad de Filosofía y Letras Universidad Nacional Autónoma de México y Juan Pablos Editor.

Martínez de la Escalera, Ana María. 2013. Alteridad (emblema). En Alteridad y Exclusiones, Vocabulario para el debate social y político. Martínez de la Escalera Lorenzo, Ana María y Linding Cisneros, Erika (Coordinadoras). México: Facultad de Filosofía y Letras Universidad Nacional Autónoma de México y Juan Pablos Editor.

Walsh, Catherine. 2012. Interculturalidad crítica y (de) colonialidad. Ensayos desde AbyaYala. Ecuador: Ediciones Abya-Yala.

Referencias electrónicas

Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas. Disponible en: <http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/1994/1993_ 12 _g.htm>. Paredes Carvajal, Julieta, “Disidencia y feminismo comunitario”. Disponible en <http://hemisphericinstitute.org/hemi/es/e-misferica-102/paredes&gt;. Rodríguez López, Francisca, “La Defensa de los Derechos de las Mujeres”. Disponible en: <http://autonomiaautogestion.unach.mx/index.php? option=com_ content&task=view&id=80&Itemid=132>.

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