Observación participante

Sales del cascarón al sentir el sol y sus consecuencias: el calor, la pinche luz y el aviso de otro día de chinga loca. Se te ve feliz a pesar de todo. ¿Sigues pedo? No, no creo, si así fuera no te habrías levantado a seguir con los pendientes que dejaste ayer y antier y toda la semana pasada

Sales del cascarón al sentir el sol y sus consecuencias: el calor, la pinche luz y el aviso de otro día de chinga loca. Se te ve feliz a pesar de todo. ¿Sigues pedo? No, no creo, si así fuera no te habrías levantado a seguir con los pendientes que dejaste ayer y antier y toda la semana pasada. Tienes mucha chamba acumulada pero tampoco te urges: sabes que entre más tiempo tardes en acabar, más puedes disfrutar de tu cascarón, ese viejo patrimonio que conseguiste de forma casi legítima con el tiempo. ¿Quién lo ocupaba antes o de quién era? Eso vale madre ya. Ya es tuyo porque la gente nunca dejará de chocar sus carros; por mínimo que sea siempre habrán talloncitos, raspones, chipotes y recargones que arreglar. Por lo tanto tu residencia está asegurada.

            El cascarón algún día fue un Volkswagen Sedán del 67, funcional hasta el noventaytantos. Bueno, eso te dijo alguna vez el maestro hojalatero, quien fue el que te lo dejó para vivir. El bocho está tan saqueado como el erario público pero no te importa. Pues sí, ni modo que qué, ¿pensabas que lo dejarían equipado con aire acondicionado para tu comodidad?

No pides mucho: con que te tape del frío estás a gusto. Aún sin puertas, consideras que tu casa no podía estar mejor ubicada, a tres pasos está tu actual zona de trabajo. Porque, estacionado a la par del bocho, está el Chevy al que le estás sacando un buen madrazo.

–Estuvo de campeones —le dijiste al dueño del carro cuando lo trajo hace más de dos semanas todo abollado del cofre.

Esperanzaste al pobre animal que, según te contó, estrelló su coche con un poste la noche anterior por venir bien pedo. Mas tú no criticas, tú nomás compones, es tu dicho.

–De que sale, sale, jefe —le intentaste quitar lo afligido. Piensas que es tu deber de hojalatero.

Esa labor ya está casi acabada, nada que no solucione el plaste y una buena pintada. Qué más da, el que recibe el pago y la responsabilidad es el maestro. Tú hazte pendejo lo más que se pueda. Con que salga para el pisto y puedas tener un lugar para dormir, está de lujo.

Increíblemente esta mañana te ves dispuesto a terminar con el Chevy y a empezar con las bujías del Atos que trajeron ayer, porque también le haces al mecánico. A cinco metros del cascarón está el taller al que entras a ver qué onda. Nada. No hay nadie todavía. Prendes la compresora para darle el último retoque de azul índigo al cofre; color que, por cierto, te tomó medio día igualar: “soy una reata”, les dijiste a todos cuando estuvo lista la pintura. Hoy nomás un repasón rápido.

Empiezas a pintar sobre el prymer de un lado a otro, lenta y sofisticadamente como el movimiento de la aleta caudal de un tiburón. Para enfatizar tu buen humor comienzas a cantar la de Álvaro Carrillo que escuchabas hace unos días en el radio: “Como se lleva un lunar… todos podemos una mancha llevar… En este mundo tan profano, quien muere limpio, no ha sido humano…” Al parecer es lo único que sabes o recuerdas de la letra porque lo que sigue lo tarareas y chiflas.

Ya casi está. Secas las pocas pero bien merecidas gotas de sudor de la frente con la manga de tu playera de Three Souls in My Mind. Te vuelves al escuchar que alguien se acerca a ti.

–En qué podemos servirles, jóvenes —preguntas.

–Hola, compa —saluda la mujer con voz arrastrada y postura encorvada.

–Sí, dime —respondes mientras regresas la atención al Chevy.

–Lo que pasa es que queremos saber si nos das chance de pasar un tiempo contigo para estudiar tu comportamiento. Somos etólogos —te dice otro con cara de mono y voz pastosa.

–Ni que fuera qué, mano.

–Ándale —continúan insistentes— no seas gacho. Te hemos estado observando y tu sedentarismo puede sustentar nuestra investigación acerca de la forma de vida cuasi comunal de algunos babuinos australianos.

            Los mandas a la chingada. No sabes qué es babuino pero suena a algo malo. Te refugias un momento en el cascarón y desde ahí observas cómo se van los futuros científicos; los bienes del mañana.

Conoce más sobre “Intelectuales con caspa”

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