Camino a Milpa Alta

En los pueblos originarios de la ciudad existen deseos de seguir los pasos de la democracia participativa y de rendición de cuentas, pero es difícil saber cuáles son las posibilidades de éxito y las intencionalidades políticas que orientan estas propuestas.

Ahí, donde el aire da vuelta”, habría dicho mi abuela. Ahí mero me sentía, cuando iba rumbo a San Pedro Atocpan, Milpa Alta, hace un par de meses. Había pedido un día de vacaciones en el trabajo. No me atreví a decir para qué, pero iba a la reunión del capítulo capitalino del Congreso Nacional Indígena (CNI). Temí ser etiquetado como comunista, como zapatista o como hippie. Nada más la última es falsa y, de las otras, ya he hecho suficiente para ser así considerado. En aquel momento no quise decirlo, pero hoy veo con alegría el día en el que por primera vez -y seguramente demasiado tarde- me aventuré al sur de mi ciudad, después de haberle dado la vuelta a la mitad del mundo y a casi todo este país. En ese sur de la capital vive el otro Sur, el que se asume poscolonial, el que comienza a construir procesos de autonomía y el que, con todas sus contradicciones y deslices, cree que es posible cambiar este mundo construyendo otros distintos en sus márgenes. Aquí voy a hablar de ambos sures y del incauto chilango que los conoció, fugazmente, ese día.

Había quedado de verme con un amigo, geógrafo y reportero, afuera del auditorio en el cual se celebraría la reunión. Llegó un poco tarde. Mientras lo esperaba, veía con curiosidad a quienes entraban al auditorio. Pasaban mujeres y hombres de distintos pueblos, reporteros, curiosos y simpatizantes. Llegó Don Pablo González Casanova, siempre militando. Llegó, al final, mi amigo y entramos. El evento ya había iniciado y los pueblos exponían sus problemáticas y sus deseos. Algunos discutían temas políticos concretos, otros líricamente se expresaban y alguno hablaba de organizar, ahí y entonces, una revolución. Más que descartarlos como disparates o como discursos poéticos intrascendentes dichos en una lejana reunión, propongo comprenderlos como tres cosas. La primera, como una expresión de otra política capitalina, centrada en sus comunidades rurales y pueblos originarios. La segunda, como una expresión de la idea de “pueblo originario” y de pertenencia a un grupo definido por su identidad cultural. La tercera, como una expresión incipiente de otras formas de concebir al Estado y a la democracia como práctica cotidiana.

Los anfitriones, los 12 pueblos de Milpa Alta, llevaron la batuta de la reunión no sólo en lo organizativo. Estaban ahí con una agenda muy concreta: lograr que la tierra que habitan, e históricamente han habitado, sea reconocida como suya y, con ello, los recursos naturales que ahí existen. Acusaban al Gobierno del Distrito Federal (GDF) de querer extraer los recursos acuíferos y de permitir la explotación ilegal de sus recursos madereros. Para la defensa de lo segundo han ya constituido Guardias Forestales. Éstas, preparadas, armadas y organizadas, fungían como un cuerpo de vigilancia formidable para el evento. No sólo ello. En varias ocasiones los pobladores se refirieron a ellas como potenciales autodefensas, en medio de la euforia, hoy casi extinta, del mediatizado modelo desarrollado en Michoacán. Había un abogado que con seguridad hablaba de documentos que desde la Colonia hasta la actualidad daban al pueblo el derecho a administrar sus recursos. Aludían también al derecho a la consulta que tienen los pueblos originarios. Esta pléyade de problemáticas económicas, sociales y culturales es reflejo claro de que la política de la capital va más allá de la Roma y la Condesa.

En aquel lugar al Sur esas voces claras visibilizaban una alteridad que rara vez ingresa al discurso de la Ciudad de México. Esta alteridad no es parte de la agenda pública de la mayor parte de la ciudadanía, aunque son sus recursos los que utilizamos diariamente para satisfacer nuestras necesidades de consumo. Esta alteridad se asume, además, como la heredera directa de pueblos que estaban en esta tierra antes de que cesara de ser lago. Así lo expresaron los pueblos de Tláhuac, en un proceso legal contra el GDF por las expropiaciones realizadas para construir la detenida línea 12 del Metro. Los pueblos de Xochimilco, probablemente los que con más claridad, el consciente colectivo concibe como pueblos originarios, también estaban ahí, hablando de la contaminación de sus lagos y canales. Desde Azcapotzalco también llegaron chintololos. Uno de ellos dijo, recuerdo: “los pueblos originarios no son los edificios, somos nosotros.” Los edificios son, en esta visión, meramente el lugar en que las prácticas culturales cotidianas se desenvuelven.

Otra noción puede ser extraída de esta frase, la cual discutí con mi amigo, Jerónimo. ¿Qué es lo que hace a un pueblo originario serlo? Él, al inicio, defendía una posición que llamaría esencialista: los pueblos originarios son únicamente los que étnicamente son y han sido indígenas. Los purépechas, en esta postura, serían un pueblo que replica una identidad originaria sin tenerla verdaderamente. Para mí, la identidad no es hecho dado o una característica intrínseca a las personas y los pueblos. La identidad es, por el contrario, un proceso cambiante que se conforma a través de las prácticas cotidianas de los individuos y los colectivos. Lo que hace a un pueblo ser originario es la narrativa sobre su historia y la materialización de esta forma de concebirse en conductas que se despliegan en el día a día. En este sentido, los chintololos son un pueblo originario a pesar de su mestizaje y a través de su cotidianidad. Esto no les da, por fuerza, derechos distintos frente al Estado. Lo que sí les otorga es la posibilidad de utilizar esta narrativa histórica colectiva como una forma de movilizar recursos para exigir una mayor democratización de la vida cotidiana: el derecho a decidir sobre el territorio, que en este caso es la ciudad.

Este reclamo por un derecho al territorio, ya sea urbano o rural, estaba en el centro de los reclamos y propuestas de los pueblos reunidos en el CNI. El derecho se materializaba en dos medidas distintas, que apuntan a la ya mencionada democratización de la vida cotidiana. El primero es el derecho a la consulta de los pueblos. En este sentido, el asumirse como pueblo originario es también una forma de reclamar control sobre los recursos y de limitar la acción de un Estado que se percibe como parasitario y que, se podría alegar, actúa como tal. Esta estrategia política se apoya en instrumentos internacionales, como el Convenio 169 de la OIT, sobre derechos de los pueblos indígenas y tribales, y en la narrativa histórica que cada pueblo despliega como elemento identitario.

Complementaria a la búsqueda por la democratización de la administración del territorio, está la creación de distintos mecanismos de control sobre la vida política de los pueblos. Me refiero a la existencia de autoridades tradicionales, que es uno de los rasgos más distintivos de las diversas experiencias autonómicas en México. En Milpa Alta pude observar que los pueblos de esa zona tienen ya autoridades tradicionales, que son quienes, desde la decisión colectiva, representan los intereses políticos comunitarios. En esto, es necesario tener precaución. Intuyo que uno de las claves del éxito (término relativo y a discusión) de estas formas de organización en Cherán K’eri o las comunidades zapatistas es su lejanía de las prácticas corporativas que caracterizan a la democracia partidista. En ese relativo vacío han florecido prácticas alternativas de democracia participativa y de una constante rendición de cuentas. En los pueblos originarios de la ciudad existen, lo pude ver, deseos de seguir por estos pasos, pero es difícil saber cuáles son las posibilidades de éxito y las intencionalidades políticas que orientan estas propuestas. En Milpa Alta, de nuevo, la voluntad era presionar al gobierno capitalino antes que construir autonomía. Ésta era concebida como una advertencia, como un mecanismo más de presión.

Volviendo a casa llevé a otro compañero, periodista, en el auto. Discutimos largo y tendido sobre nuestras vidas, sobre los pueblos, sobre los Sures y sobre las posibilidades de cambio. A pesar de todas las contradicciones, resistencias, contrarreformas y restauraciones conservadoras que percibimos, todavía encontramos esperanza. Lentamente, en un proceso organizativo que en algunos lugares es ya añejo y en otros, incipiente, veíamos (¿queríamos ver?) las semillas de un México más justo, democrático y plural. Experiencias como el CNI en el Distrito Federal nos pueden servir para recordar que las voces que claman por este cambio, usualmente desde la histórica desposesión y marginación, están mucho más cerca de lo que creemos. La alteridad de este país, de diversidades jerarquizadas en el día a día, convive con nosotros. En el entrelazamiento de nuestras necesidades nos volvemos iguales. Ahí, en ese foro, pude constatar que los reclamos de los otros pueden ser los reclamos de los unos y que la solidaridad puede ser una vía para lograr la igualdad en la diferencia.

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1 Comentario en Camino a Milpa Alta

  1. Reblogueó esto en Alejandro De Cossy comentado:
    Mi primera colaboración en los blogs de Ala Izquierda:

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