Fenómenos del más acá

“Ya bájale a tus películas”, me decía Montserrat con insistencia. Y es que sí me di mis buenas idas al cine en busca de lo más palomero posible. “¡Quién sabe!”, fue la respuesta que utilicé cada que cuestionaban mi extraña demanda cultural…

“Ya bájale a tus películas”, me decía Montserrat con insistencia. Y es que sí me di mis buenas idas al cine en busca de lo más palomero posible. “¡Quién sabe!”, fue la respuesta que utilicé cada que cuestionaban mi extraña demanda cultural. (Suena mamón decir esto último pero me gusta cómo se escucha). La verdad es que me acabé hartando de la misma gente que topaba en la Cineteca: barbones que no sé qué quieren aparentar con su puro en la mano y una güera —bien enhuipilada eso sí— del brazo.

Creo que todo iba bien: Montse no hacía visaje a cada invitación, me acompañaba de buenas y sin quejarse. Apuesto que nos divertíamos porque al salir de la sala no había ocasión que no nos pitorreáramos de la mamada que acabábamos de ver. Pero al poco tiempo noté que empezaba a poner algo de resistencia: “que hoy no puedo… que aún no acabo el trabajo del godínez de Historia… que tengo que ir a ver quién toca…”; pura excusa, pues. Traté de entenderla. Hasta yo ya quería suspender el “Ciclo Basura” —como había bautizado la propia Montse a este desmadre—. Decidí concluirlo con la peli Fenómenos del más allá. Entonces pasé un miércoles a su casa, le propuse y me mandó al cine solo, por no decir a la chingada. Pero no paré de rogarle. “¡No, cabrón!”, me dijo tajantemente, “mejor vamos a echarnos un palo, no está mi mamá”. Mi gesto desangelado desapareció por completo.

Cuando terminamos, algo cambió en su actitud. No sé si fue lástima o qué, el caso es que por fin accedió: “Deja me visto y nos vamos… ¿sabes hacia dónde voló el bra?”, me dijo.

Después de vestirme me recosté en el sillón de la sala y, como sabía que iba a tardarse maquillando, prendí la tele y destapé una chela del refri. (No había pedo porque el papá de Montse no se daba cuenta si faltaba alguna). Al cabo de un rato salimos, pero luego luego regresamos por su suéter, pues empezaba a llover. Yo tenía calor pero llevaba una chamarra por si las moscas, que en realidad era lo único que cargaba en mi mochila. Bueno, ese día también traía un libro de chismerío político: Negocios de familia o algo así. Ya con la mitad del libro leído tenía suficiente para estar indignado: no había página en donde Montiel no hubiera hecho fraude. Ni hablar. Ya ni sé por qué compré ese libro, creo que porque lo encontré más barato a como lo daban en Gandhi, y en parte por pinche morboso, la verdad.

Logramos, al fin, salir de su casa y aún había luz de día a pesar de que se tardó las horas echándose el ángel feis y pasando el lipstick sobre sus labios, que por cierto besan chido. Aguanté todo el tiempo que se tomó porque no la iba a hacer de pedo todavía de que me acompañaba a ver sandeces al cine. Y no sólo eso: a veces ella pagaba.

No frecuentábamos un cine en específico, pues siempre dependía de nuestra ubicación. Esa vez fuimos a uno que está cerca de su casa, sobre Zaragoza, muy cerca del metro Guelatao. (“Cercano y barato, perfecta combinación”, diría yo). Digo barato porque con esta experiencia de consumo hollywoodense me di cuenta de que si el cine está en una zona nice el precio se dobletea, pero si está en el barrio la entrada es de risa. Creo que ese miércoles de “dos por uno” salió más caro el pasaje porque Montse no se quería mojar y paró una combi.

Dos para Fenómenos, por fa, le pedí al compa de la taquilla. El cine estaba solísimo. A pesar de eso no se dejaba de ver al gerente castroso atrás de los chavos que, además de soportar uniformarse de Bob Esponja, tenían que poner buena cara por “políticas de la empresa”. Pero bueno, entramos a la sala número norecuerdocuál, porque luego luego topamos con el cartel de la película a lado de la puerta. En él se mostraba a un monigote huesudo y bien pálido entrando por una ventana; parecía que acababa de llegar del Festival del Mole Oaxaqueño porque tenía manchas de algo negro, como grasoso, en manos y boca.

“No dejan de gastárselas con el típico espectro japonés”, comentó Montse. Afirmé mientras abría unas papas que llevábamos bien escondiditas en su bolsa; ya parece que íbamos a comprar en la dulcería del cine. Si uno no se pone vivo acaba pagando más entre palomitas, refrescos y lunetas que en los mismos boletos.

Para no hacerla tan larga, la película fue una broma, como todas las que vimos antes. Pero algo distinto hizo que le advirtiera a Montse de un mal presentimiento. “Deja de decir pendejadas… ¿ya ves? esto es lo que pasa por ver tanta chingadera” gritó. Propuso caminar hacia el metro y de ahí a su casa con tal de ahorrarnos lo de la combi. Regañado, acepté sin decir nada pero seguía inquieto.

No hacía mucho que había dejado de llover. La calzada vacía era el escenario perfecto para una película de terror producida en el oriente de la ciudad. Y sí que lo fue: Montse y yo fuimos las víctimas de los fenómenos del más acá de Iztapalapa: tres cabrones que también estaban huesudos y pálidos (pero estos porque seguro le entraban al cemento y a la mona bien macizo).

Para pronto nos pidieron las cosas. “Ya valieron verga, culeros”, dijo uno de ellos. Luego me comenzó a tartamudear todo el cuerpo, pero eso no impidió la sacadera de cosas por mi propia mano. Como sea no traía nada de valor, mi celular no valía madre. En realidad el “agosto” se los hizo Montse con el Iphone 5 que se acababa de comprar. Pinches ratas, lo peor es que seguramente lo canjearían por estopas con thiner.

Lo que más me caló de ese incidente fue que en ese momento, Montserrat, mi novia, me dejó.

 

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