Migrantes en la Roma

Las ciudades son espacios en los que alteridades se encuentran. Sus calles son el escenario de mundos distintos que se mezclan. En este texto, se discute el encuentro con dos migrantes centroamericanos en un café de la Colonia Roma y, a partir de ello, las posibilidades de emancipación social.

Las grandes ciudades son espacios poblados por la diferencia. Sus calles son escenario de encuentros que juntan efímeramente alteridades. Una ciudad como la que habito, la de México, de dimensiones difíciles de concebir en una imagen mental, es un caso privilegiado de ello. Por sus avenidas y callejones deambulan individuos que vienen de los más diversos lugares y estratos socioeconómicos. Muchos de estos encuentros de la diferencia están mediados por el frío distanciamiento, por aquello que Simmel (1903) llamó la actitud ‘blasé’. El alemán, con recursos literarios más que empíricos, afirma que una forma que los individuos metropolitanos tienen para limitar el impacto de los impulsos sensoriales que a diario enfrentan en la ciudad es distanciarse de ellos. La despreocupación por el entorno, aparejada a una búsqueda de diferenciación estética, marca a los individuos en una paradójica vida mental que potencia el individualismo al tiempo que confina a la otredad al reino de lo indiferenciado.

***

El domingo por la tarde estaba sentado en un café de la Colonia Roma. Leía un libro en el relativo silencio de la Plaza Luis Cabrera. De pronto, algo que no era la estridente risa de los que estaban sentados a mi lado rompió la quietud. Los meseros se acercaron a la banqueta. Dos comensales dialogaban con un par de hombres de agotado semblante. En la espalda, a forma de mochila, cargaban costales de arroz amarrados con cuerdas blancas. El del más alto era significativamente más pequeño que el del otro hombre, pero ambos les cargaban con idéntico estoicismo. Intrigado por la evidente extrañeza de la situación, dejé el libro sobre la mesa y comencé a escuchar lo que platicaban. “Nos bajaron del tren en Los Reyes y de ahí empezamos a caminar; vamos buscando Lechería”, dijeron. La frase no tenía sentido. Los Reyes-La Paz está al norte de la mancha urbana que constituye esta metrópolis. Lechería está a unos 6 kilómetros del lugar. ¿Cómo habrían podido llegar desde aquel lugar hasta la Roma sin saber que su destino estaba tan cerca?

La pregunta nunca fue hecha. Para mí, y creo que también para los otros que escuchábamos la historia, intrigados, había un grado de veracidad muy difícil de cuestionar en la mirada cansada y confundida de los dos hombres. Su marcado acento centroamericano, sus preguntas recurrentes sobre el valor de los pesos, su evidente hambre y sus deseos de llegar pronto a Lechería no podrían haber sido imitados. Esa actitud despreocupada y lejana que antes mencioné desapareció ante el ingreso de algo no sólo extraño, sino de gran fuerza material y simbólica. En este país, tránsito de millones de migrantes y tumba para miles más, de pronto la imagen de noticiero y de lectura de diario se convirtió en un hecho tangible y cercano. Además, lo hizo en el medio de una colonia lejanísima de los centros en los que los migrantes están. Irrumpieron en el corazón de la zona de vida y entretenimiento de las clases medias que se asumen creativas. Irrumpieron en la comodidad de una de las muchas ciudades que existen dentro de esta gran Ciudad por la mera diferencia que portan en el cuerpo.

Crucé apenas unas palabras con ellos. Me contaron que venían en tránsito al Norte, que los habían bajado del tren, que habían deambulado algunos días lavando autos y haciendo cualquier trabajo. Ahora estaban extraviados y hambrientos. Juntamos apenas lo suficiente para que pudieran comer y transportarse; me sentí miserable. Les indicamos cómo ir a un mercado y de ahí al metro para viajar de vuelta al norte de la ciudad. Platicamos unos segundos más y emprendieron su camino. Con auténtica gratitud estrecharon nuestras manos. Les deseamos buen viaje. Volví a mi lugar. Intenté abrir mi libro. Leí dos líneas y tuve que ponerlo de vuelta en la mesa. Hay cosas que exigen ser tomadas en cuenta; hay límites para la despreocupación del que habita en la ciudad, o al menos los hay para mí. La pareja que había estado hablando con ellos se levantó. Me dirigieron una sonrisa amistosa, abierta y franca, y se despidieron.

Me quedé frío por unos segundos. Decidí que quería ir con los migrantes, caminar un poco con ellos, conocerlos y, si era posible, ayudarlos un poco más. Pedí la cuenta del café que había tomado. Mientras esperaba, un grupo grande que iba a festejar un cumpleaños llegó. En camionetas blancas (curioso que todas fueran de ese color) llegaron familias. Alegres se bajaron, se saludaron y entraron. Alegres y totalmente lejanos a lo que acababa de suceder. Lejanos también al sufrir deambulando por la ciudad. Lejanos a la pobreza y a la migración y a la necesidad. Lejano también yo, sentado ahí consumiendo un café que equivale al alimento de aquellos dos que se fueron. Lejanos nuestros mundos, cercanos por un breve momento a través del lenguaje y la empatía.

Salí rápido del café, caminé y recorrí calles en bicicleta, pero no los encontré. Deambulé un buen rato por la calle, pensando en estas palabras que escribo. Pensé también en las distancias entre las clases sociales, que se levantan como muros infranqueables. Pensé en la pasmosa desigualdad que producimos a través de nuestro trabajo, del que no somos dueños. Pensé en la afortunada ignorancia de unos, que tan desafortunada es para tantos otros. Pensé que Simmel estaba muy equivocado y que, aun en estas gigantescas urbes, hay espacios para la mirada solidaria, para la empatía, la comunicación y la irrupción, aun cuando sea fugaz, de los mundos de unos en los de los otros.

***

“La redención mesiánica y revolucionaria es una misión que nos asignan las generaciones pasadas. No hay mesías enviado del cielo: nosotros mismos somos el Mesías y cada generación posee una parte del poder mesiánico que debe esforzarse por ejercer.” (Löwy 2012, p. 59)

Estas líneas eran las que leía cuando los migrantes se acercaron a ese café de la Roma. Hablan, como todas las tesis sobre el concepto de historia de Benjamin (que Löwy discute), de la revolución que es colectiva y que redime no sólo al presente, sino también al pasado común. Esta colectividad atraviesa líneas étnicas y de nacionalidades. Desaparece el rol de vanguardia que el marxismo ortodoxo le ha otorgado al proletariado industrial aun en plena desindustrialización. Concibe un movimiento liberador que es tanto material como espiritual y que no es normativo, sino abierto. Esas líneas, en ese momento, estaban no sólo hablándome, sino indicándome que para poder ser libre, esa libertad debía también incluir a esos migrantes. La redención no sería sólo nuestra; también sería de los miles de migrantes caídos en este sangriento país, ocultos debajo de discursos triunfalistas y manipuladores. Sería de los oprimidos que viven en la historia y de aquellos que han quedado fuera de ella.

 

Bibliografía

Löwy, Michael (2012), Walter Benjamin: aviso de incendio. Una lectura de las tesis “Sobre el concepto de historia”. México: Fondo de Cultura Económica.

Simmel, George (2012[1903]), The Metropolis and Mental Life en Gary Bridge y Sophie Watson, The Blackwell City Reader. Oxford, MA: Wiley-Blackwell.

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1 Comentario en Migrantes en la Roma

  1. Reblogueó esto en Alejandro De Cossy comentado:
    Mi colaboración de esta quincena en Ala Izquierda:

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