Amante del nuevo siglo

Recuerdo que te gustaba meterme los dedos en la vagina. Te volvía loco sentir la humedad de mi sexo. El sudor que poco a poco iluminaba el surco de mi espalda te hacía estremecer. No podías más…

Recuerdo que te gustaba meterme los dedos en la vagina. Te volvía loco sentir la humedad de mi sexo. El sudor que poco a poco iluminaba el surco de mi espalda te hacía estremecer. No podías más. Te desnudabas. Yo siempre estuve lista desde que te conocí; así, desnuda. Entregada a tu cuerpo sin arrebatos.

Fueron noches y días, años seguidos de histeria sexual; de mandar temprano a los niños a la cama. ¿Te acuerdas? A veces ni eso: nos amábamos en donde fuera y a cualquier hora. Sigilosos. “Echa mano de una falda, que voy a la casa a comer”, me hablabas desde tu oficina. —“A coger”, querías decir pero la moral godinezca te impedía delatarte frente a tus congéneres burócratas.

“Sí, gordo, ya la traigo puesta. ¡Ven, ven rápido y comamos rico, te estoy esperando!”, no era necesario hablar más. Los niños en su asunto, en los carritos, en el eterno receso de la tarde después de la escuela. Nosotros acá, comiendo en la cocina, en el cuarto o atrás de un sillón. A todas horas, en todas partes. ¡Dime que sí te acuerdas!

Claro, éramos más jóvenes. No lo niego, ¿y?

También recuerdo mucho cuando jugueteábamos a la casita. Te dejó de gustar cuando hubo que pagar las colegiaturas, el teléfono y la luz. Observaba cómo apretabas el ceño a la par de los recibos mensuales. Pero siempre, al final del día, te desquitabas con el edredón. Lo apartabas de tu vista. ¿No te agradaba su color acaso? No podías mirarlo si quiera. Yo disfrutaba verte pelear con lo que un día fue uno de los muchos regalos de casados.

Por si la memoria no te funciona, te aviso que hacías añicos el edredón sólo para llegar a mí sin interrupciones. A las sábanas las tolerabas un poco más. Di cuenta de ello por las infinitas veces que me pedías esconder mi cuerpo entre éstas. “Asoma una pierna”, me decías con la voz temblorosa, como de adolescente inexperto. Asombrado. Y con ello una erección interminable.

¿Me vas a decir que no te acuerdas del carrusel? Ajá, aquello por lo que me bendecías muchas mañanas. Las noches de carrusel eran de auténtica feria, teatro y disparos al aire. Después de las luces, de los atuendos brillosos, sin ropa encima ni serpentina, comenzaba la fiesta a horcajadas, acaso como preludio al gran final: utilizando tu pene como poste, giraba y giraba con las piernas abiertas, simulando un carrusel. Todo el elenco del Cirque Du Soleil se quedaba pendejo comparado con mi elasticidad y mis fuerzas…

Hoy me he puesto el brasier del color del edredón. Quiero que me lo quites. Que lo despedaces y llegues a mí como antes lo hacías. Mira, si te fijas bien, tiene un acabado muy provocativo. La tela goza de rejas que parecen ser finos vitrales dejando ver lo que hay dentro. Son mis senos, ¿los recuerdas?

Quisiera volver a sentir tus manos excitadas y llenas de lujuria.

Mas debo resignarme: tus dedos —aquéllos que antes gozabas derretir en mi vagina— ahora sólo le pertenecen a tu Iphone.

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