Reflexiones de un toreador de automóviles

La creación de sistemas de movildad urbana alternativos en la Ciudad de México no ha logrado superar uno de los acuciantes problemas que sufren día a día los habitantes y transeúntes de esta ciudad. El conductor, el ciclista y el peatón parecen estar en una lucha constante de sobrevivencia.

En el cruce de Chapultepec y Sonora los ciclistas y peatones intentamos mantenernos vivos. Del paradero del Metro Chapultepec salen los autobuses ciegos, sin la capacidad de reparar en nosotros. Cruzar se convierte en un acto de valor; a veces, ese arrojo raya en la estupidez. Recordando tal vez las historias míticas de la conquista del Salvaje Oeste, un gringo se lanza frente a la masa metálica del camión que se niega a ceder un centímetro en su fiel corcel, una Ecobici destartalada. Detrás, otros le seguimos guiándonos  por la voz que profiere insultos en inglés. Al final, todos llegamos al otro lado y cada quien toma su camino aliviados por haber logrado superar esa frontera, potencialmente mortal.

Mi camino me llevó a un bar.

Después de algunas chelas, la plática llega al tema más común en esta ciudad monstruo: lo complicado que es ir de un lado a otro. Hay representantes de cada una de las tribus de la movilidad y todos tienen una opinión. Están los ciclistas, misioneros de la “Movilidad Verdadera”, que enumeran las ventajas de las dos ruedas que se propulsan con la fuerza de quien va sobre el vehículo, al tiempo que recuerdan siempre los excesos de los autos, bestias formidables al mando de pequeños hombrecitos que desconocen su poder. Los conductores se quejan de la imprudencia de los otros, desde un mundo que termina en el último centímetro de fibra de plástico que comandan. El tráfico, penitencia cotidiana, es algo externo. A veces, parece que es imposible concebir que el problema es también el que conduce. Los peatones, silenciosos, recuerdan escuetamente las peripecias de una ciudad que los coloca al final, al lado del transporte público que a menudo deben utilizar.

Yo, como muchos otros, paso de tribu en tribu, sin pertenecer a ninguna. Soy un paria. No tengo una religiosa adhesión a un medio de transporte. La superioridad moral de cualquiera me parece insoportable. Pero, dentro de la visceralidad de mi rechazo, me reconozco en algunas de sus verdades reveladas. La más común: esta ciudad es un fracaso en movilidad. El gobierno, esquizofrénico, construye segundos pisos para autos, pero promueve una ley que pone al peatón en primer lugar. Desarrolla sistemas de movilidad, como la Ecobici, pero cuenta con cuerpos policiacos que tratan al ciclista como un obstáculo a ser derribado. Cuando al fin lo derriban, la impunidad cubre a la tragedia y la idea de que asesinar a un ciclista no es punible se vuelve conocimiento común. La distancia entre la ley y la práctica se cubre con las anécdotas del terror cotidiano en la ciudad.

La culpa no es toda del gobierno, por supuesto. Sé que esto puede parecer difícil de aceptar, pero creo que es momento de tomar responsabilidades. La ineptitud de funcionarios varios no es coartada para la idiotez propia. Hace algunos días vi un video brasileño en el que un equipo de peatones carga un auto fuera de la cebra en un semáforo. Esta invasión del espacio del que camina es tan común aquí como allá, que se requiere de una intervención física para plasmar la idea de que esos cincuenta centímetros importan. El auto, en su reino de fuerza bruta, lo desconoce. Quiero pensar que después de ser levantado por varios individuos, el que conduce sabrá que hay un problema en esa actitud tan normal. Ojalá ese conocimiento se transmitiera por pura voluntad.

La cosa es que la ciudad –al menos ésta– no funciona así. Es necesario ser intrépido, como el gringo que se convirtió en capitán de caballería, para poder llegar a nuestros destinos. Esta valentía suicida se mira como una habilidad a bordo de cualquier vehículo:

El conductor solitario que se alegra de haber sometido al que no lo dejaba pasar, echándole lámina.

El ciclista que confiado afirma que la cuestión no es educar al conductor, sino vencerlo en su propio juego.

El peatón que, sin vehículo, debe recurrir no sólo a la bravura, sino al ingenio para torear autos o bien debe refugiarse en la resignación para convencerse del que los puentes peatonales son deseables.

La ciudad es una jungla y todos queremos ser depredadores. ¿Podemos cambiar? No lo sé, pero a mí me gusta pensar que sí.

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