Eso es todo y nada más

(La noche de un hípster paranoico y Poe-tizado)

(La noche de un hípster paranoico y Poe-tizado)

¿Cómo decirlo? Salí rápidamente de la cafetería El Péndulo, no sin embargo, como aquél quien fuera rescatado por el general Lasalle del hórrido pozo. Las inclemencias del tiempo, ese desgraciado rival del hombre, me obligaban a apresurar los pasos; era de noche. Las almas transeúntes ya tenían un buen rato escondidas. Me quedé solo.

El caminar del viento no hacía sana compañía: era frío. Crucé la calle no por necesidad sino porque un maldito borracho asustó mis pensamientos. Se veía sospechoso. Se detenía por instantes y luego continuaba. Escondía un bulto entre sus brazos. Tranquilicé la prisa para observar de qué se trataba. Ahora pienso que no debí. Ese momento significó el inicio del epílogo de mi propia coherencia.

Resultó que el objeto amarrado a sus brazos era un gato tuerto. ¡Qué terrible! ¿Qué impresión habría tenido de haber estado más cerca de la atípica imagen? Ni hablar. Seguí entre las calles hasta llegar al metro. El sonido el torniquete era eterno e inquietante. Es inexplicable cómo cambia el significado de las cosas cuando el miedo se apodera de la razón.

Agotada la presencia de otros desesperados como yo, esperé la llegada del tren a solas. La estación, al padecer una ubicación incierta, no es la más concurrida de la zona. El tiempo se iba pero la angustia no. Llegó primero el convoy con destino contrario al mío. Soplo, sin aviso, aires violentos que provocaron que una hoja de periódico interrumpiera su vuelo estrellándose en mi cara.

Pegué el brinco que cualquiera daría. Ansioso de separarme de eso que en un principio no puede definir, plegué con coraje el tabloide grisáceo. Se trataba de la primera plana del Alarma. El título del encabezado mostraba, con letras muy grandes y con mucha sangre entre sus intersticios, cuatro palabras: “Se acabó la fiesta”.

La fotografía exponía un collage de cuerpos humanos en posiciones variadas. Unos sobre otros. Muertos, en fin, todos compartían la característica de tener manchas en la piel. El balazo me dejó más dudas: “Ola mortífera acaba con reunión de potentados”. Más abajo, con letras pequeñas pero también sobresalientes: “Orate asesino casi la libra”.

Envuelto por las náuseas, decidí tirar la mentada publicación que en minutos sería pisoteada por dos o tres personas que bajaban del tren. Había llegado el transporte para rescatarme. Abordé. Debo decir que el viaje relajó mis músculos y apaciguó mi tensa armonía. Ahora no era miedo, sino extrañeza lo que me causaba el hombre sentado en el extremo del vagón.

Advertí que nada lo hacía parpadear. Su mirada era víctima de lo que sostenía. No puede ver bien, además se acercaba mi descenso; sólo reconocí una figura elíptica de gran dimensión. Subí las escaleras para conquistar la superficie pero un vendaval nefando lo hizo primero. Una casa destruida suponía un temblor que, por cierto, nadie sintió.

Entre el barullo de los vecinos y la gente que pasaba por ahí se alcanzaba a oír que el derrumbe se debió a una fisura enorme en la fachada de la estructura, engrandecida –aseguraban— por un grito que vino de dentro.

El sentimiento gélido se apoderó de mí con más fuerza esta vez. Más aún cuando, al estar a menos de un metro de la entrada de mi casa, un graznido balbuceante se expresaba del otro lado del muro: “es un visitante a la puerta queriendo entrar”. Fue lo único que entendí. Abrí la puerta desmayándome.

¿Eres tú, Leonora? —preguntó una voz.

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1 Comentario en Eso es todo y nada más

  1. ¡Me encanta leerte!…

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