La desventaja estructurada del trabajo doméstico remunerado

Además de su feminización, el trabajo doméstico remunerado representa una actividad social y legalmente invisibilizada, pues la división y estratificación sexual en la que se encuentran sustentadas la mayor parte de las sociedades han dado pie a la socialización y reproducción de diversos roles de género que encomiendan el trabajo reproductivo a las mujeres y el trabajo productivo a los hombres.

Por Daniel Antonio García Huerta*

En México existen aproximadamente 14 millones de mujeres trabajadoras que forman parte de la población económicamente activa de nuestro país. 10 por ciento de ellas son trabajadoras domésticas remuneradas que se dedican a la realización de diversas actividades asociadas a la administración y manutención del hogar y, en algunos casos, al cuidado y atención de niñas, niños y personas enfermas o adultas mayores. En contraste con dicha información, del millón y medio de personas trabajadoras domésticas remuneradas en nuestro país, sólo el 2 por ciento de ellas son hombres[1].

Las cifras señaladas dejan ver un panorama claro: el trabajo doméstico remunerado es una labor feminizada, es decir, constituye una actividad desarrollada principalmente por mujeres, en cuyo ejercicio interviene un conjunto de factores diversos que hacen de dicha actividad un escenario potencial de actitudes discriminatorias y violatorias de derechos humanos que terminan por configurar un contexto de desventaja estructurada en contra de las mujeres que lo ejercen. Además de su feminización, el trabajo doméstico remunerado representa una actividad social y legalmente invisibilizada, pues la división y estratificación sexual en la que se encuentran sustentadas la mayor parte de las sociedades –incluida la nuestra– han dado pie a la socialización y reproducción de diversos roles de género que encomiendan el trabajo reproductivo a las mujeres y el trabajo productivo a los hombres[2]. Ello a su vez ha provocado que el ejercicio de dicho trabajo, como reflejo y materialización de una visión reproductiva del empleo a cargo de las mujeres a partir del desarrollo de actividades asociadas al cuidado y mantenimiento del hogar, haya quedado limitado al territorio de la casa como el espacio privado por excelencia, en donde suelen generarse condiciones de abuso y desventaja que se materializan en la existencia de precarias condiciones laborales o en el ejercicio de actos de violencia física, simbólica, psicológica y sexual[3] por parte de las personas empleadoras y que se cree escapan –o deben escapar– de un escrutinio público y social.

Desde una perspectiva sociocultural, el trabajo doméstico remunerado representa también una actividad socialmente poco valorada, en donde confluyen algunas reminiscencias ideológicas que lo asociación al servilismo, a la propiedad y a distinciones clasistas e incluso étnicas que potencializan las relaciones desiguales de poder y amenazan la efectiva aplicación del principio de igualdad[4]. Tales percepciones y consideraciones culturales e ideológicas han fomentado la generación de contextos de violencia laboral que afectan a las mujeres que lo ejercen, los cuales se expresan, principalmente, por medio de actos de discriminación que menoscaban sus posibilidades para acceder a condiciones laborales dignas. La ausencia de contratos formales, las jornadas laborales desproporcionadas, la poca claridad en torno a un salario digno y proporcional, así como la falta de incorporación a mecanismos de seguridad social son sólo algunos de los elementos que en mayor medida atentan contra los derechos de las mujeres trabajadoras domésticas.

Hace algunas semanas, a través de redes sociales y algunos noticieros, se dio a conocer un video que mostraba sólo uno de los mecanismos y actos de discriminación del que son víctimas las trabajadoras domésticas remuneradas. La escena titulada con el nombre #ladychiles representa sólo uno de los casos de discriminación laboral y violencia simbólica que se ejercen en contra de las mujeres trabajadoras domésticas en Yucatán, el estado de la república que presenta el mayor índice de mujeres a nivel nacional que se dedican a dicha labor[5]. Independientemente de lo reprobable que resulta la actitud de las personas empleadoras, el caso #ladychiles debe abrir paso a la reflexión social e individual sobre un empleo que permanece en las sombras del derecho y de la atención de las autoridades. En tanto fenómeno social, nos exige adelantar una serie de medidas indispensables tendientes en primer lugar a la visibilización y, posteriormente, a la acción estructurada y diferenciada que permita reconocer que en su ejercicio no sólo el sexo es un elemento que le caracteriza y condiciona, sino también la condición social, indígena, migratoria, de edad, entre otros. Tratándose de mujeres trabajadoras domésticas, la materialización del trabajo doméstico remunerado como un trabajo digno implica no sólo la posibilidad de recibir un trato adecuado por parte de sus empleadores y un salario proporcional al desarrollo de sus actividades, sino también supone la oportunidad de desarrollar condiciones favorables y de hacerse llegar de recursos simbólicos y materiales que les permitan sobreponerse a las barreras culturales y sociales que les han sido impuestas en virtud de la reproducción de roles y estereotipos de género, así como de la existencia de una sociedad sustentada en la división sexual –y a veces clasista– del trabajo.

El caso #ladychiles también debe recordarnos que aún en el ámbito de un trabajo informal e invisibilizado subyacen derechos humanos que determinan y establecen obligaciones al Estado y a las personas empleadoras; obligaciones que incluso se refuerzan a partir de la incorporación de un enfoque de género y que hacen patente que el trabajo doméstico no es un favor ni una concesión, es un empleo como cualquier otro que debe estar sujeto a los mismos, e incluso reforzados, estándares laborales no sólo para el aseguramiento de los derechos humanos de quienes lo ejercen, sino también para el desmantelamiento de aquellas condiciones de opresión, desventaja y discriminación que suelen condicionarlo.

Particularmente, resulta preocupante que con una población aproximada de 1.58 millones de personas que se dedican al trabajo doméstico remunerado, y siendo el segundo país en Latinoamérica con el mayor número de mujeres trabajadoras domésticas remuneradas[6] (sólo después de Brasil), México aún no cuente con una legislación específica que visibilice y garantice sus derechos humanos y laborales, ni haya ratificado el Convenio 189 de la OIT sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos. Pese a la existencia de censos y encuestas que ofrecen un panorama alarmante sobre las condiciones en las que se ejerce el trabajo doméstico remunerado en el país, la ausencia de voluntad política, de la mano de un enfoque social utilitario, parecen ser el principal obstáculo para la consecución de un enfoque integral de regulación normativa en la materia y, a largo plazo, de la transformación social y cultural sobre el enfoque que se tiene de dicho empleo. Hoy por hoy la indiferencia social y estatal respecto de las condiciones de ejercicio del trabajo doméstico remunerado y su análisis centrado en las mujeres reproducen el marco de una injusticia socialmente tolerada que, como suele suceder, beneficia sólo a unos cuantos.

* Abogado por la UNAM y Maestro en Derechos Humanos y Garantías por el ITAM, cuenta con estudios de especialización en derechos humanos en universidades de Colombia, México y Estados Unidos.

[1] Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Perfil Sociodemográfico de los Trabajadores Domésticos Remunerados, INEGI, México, 2012.

[2] Orlandina de Oliveira y Marina Ariza, Género, “Trabajo y Exclusión Social en México” en Estudios Demográficos y Urbanos, núm. 43, enero-abril 2000, págs. 13 y 16.  Anti-slavery International, Programme Consultation Meeting on the Protection of Domestic Workers Against the Threat of Forced Labour and Trafficking, enero 2003, pág. 4.

[3] Asha D’Souza, Camino del trabajo decente para el personal del servicio doméstico: panorama de la labor de la OIT, Documento de Trabajo 2/2010, Oficina Internacional del Trabajo (OIT), Oficina para la Igualdad de Género, Francia, 2010, pág. 7.

[4] Natalia Papí Gálvez, “Un nuevo paradigma para el análisis de las relaciones sociales: el enfoque de género” en Feminismo/s, núm. 1, junio 2003, pág. 137.

[5] Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Perfil Sociodemográfico de los Trabajadores Domésticos Remunerados, INEGI, México, 2012.

[6] oit, Domestic workers across the world: Global and regional statistics and the extent of legal protection, International Labour Office, p. 27.

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