El horror de la seducción: sangre y sexo en la primera plana

Las imágenes de muerte y seducción que son la primera plana de muchos diarios en la ciudad tienen una función funesta: hacer normal el horror cotidiano en el que vive México, ofreciéndolo como un producto. Sin embargo, hay sucesos que rompen con las narrativas de sangre de los diarios y nos permiten pensar la situación del país desde otra perspectiva.

“Maniatada”, lee la portada del Metro. A un lado de la foto que ilustra el encabezado aparece una mujer morena, de mediana edad, asesinada. No reparo en los detalles. A su lado aparece otra mujer. Esta es mucho más blanca, sigue viva y muestra, con ensayada seducción, sus piernas y nalgas adornadas con un calzoncito colorido.

Una imagen así me espera a diario, cruzando el paso a desnivel que va de Metro Chapultepec a Reforma. Sumergidas en la cotidianidad del olor a quesadillas fritas y tortas a la plancha están esas dos mujeres, lado a lado. Sus rostros cambian. La forma en la cual una fue asesinada nunca es idéntica a la del día anterior. A veces incluso el muerto es un hombre. Del otro lado, sólo hay espacio para las mujeres. Todas tienen la misma actitud prefabricada. Seducción de periódico de tres pesos.

La aparentemente paradoja no parece levantar demasiadas preguntas. Es como si hubiera algo natural en todo ello. El asesinato, especialmente el de mujeres, se ha ganado este calificativo. Terrible reconocimiento en el país de los más de 100,000 muertos, de los desaparecidos y de la sangre derramada. Ese mismo que sigue negando que esté en un conflicto. Ese que ha hecho de la negación casi un arte nacional.

La celebración con los muertos y las flores de cempasúchil van dando paso a la irrelevancia de la muerte violenta y al espectáculo de la primera plana.

Hace apenas dos días encontraron en Iguala, todo parece indicar, una fosa común con los cuerpos calcinados de los normalistas rurales de Ayotzinapa desaparecidos. Estos chicos eran compañeros de Julio César Mondragón, el estudiante y joven padre que apareció “desollado” apenas este dos de octubre.

Desollado.

Maniatada.

La continuidad de la sangre impresa es un mecanismo anestésico. Ayuda a mantenernos ciegos ante el remolino de impunidad y violencia en el que estamos sumergidos.

Para otros, esta sangre no es nada más la que aparece en el papel. Estas continuas muertes, las múltiples masacres que parecieran tan nimias, son para muchos la vida diaria. El olor a muerte en lugar del olor a tinta fresca.

El Estado es el aparato administrativo de esta política de muerte. Las sangrientas imágenes de los diarios son una extensión de este mecanismo a nuestra vida cotidiana. Una grotesca farsa en la que tenemos un papel secundario, mientras que los protagonistas permanecen ocultos a la luz del día.

Si el Estado es tan exitoso administrando nuestra miseria a pesar de la omnipresencia del riesgo de morir, del que no puede o no quiere protegernos, es porque también hay mecanismos que nos seducen diariamente. Ahí está, como prueba, ese cuerpo efímero que confunde la política del semen con la de la sangre. La seducción de la imagen sexualizada se mezcla con la normalización de las masacres y los asesinatos. Todo aparece al mismo nivel. Todo es parte del mismo mecanismo. La seducción y la muerte como dos caras que ya no son opuestas, sino complementarias.

A la salida del paso a desnivel entre Metro Chapultepec y Reforma me encuentro a diario con una imagen terrible de este país en el que vivo. A diario compruebo que la negación ha sido el único camino que ha encontrado para seguir adelante. Yo mismo me sumo al ritual. Aquí, lejos, en esta capital tan volcada en sí misma y tan lejos del profundo dolor que palpita en el resto del país, es fácil seguir la marcha con la mirada perdida.

Pero aun los rituales más acabados, como éste que nos permite mantener la ilusión de que el pedazo de Tierra que llamamos México está en pie, tienen huecos. Hay acontecimientos que rebasan por completo nuestra capacidad de resignificarlos. La marcha del día a día se ve rota por la fuerza con la que el suceso irrumpe.

Eso ha sido Ayotzinapa.

Ni todas las portadas morbosas de los diarios con los que me encuentro en mi caminar por la ciudad pueden prepararme para esto: la saña, el narco-Estado, la violencia institucionalizada, la muerte que no seduce, sino horroriza.

El ritual roto deja ver una pequeña fisura por la que podemos entrar. Ese espacio pequeñísimo es una invitación a transformar la memoria de los caídos. Es una oportunidad para oponer al olvido, que subyace en el espectáculo, el recuerdo como arma política. Esa resignificación es necesaria para cambiar también el presente.

Los muertos, “maniatados”, “desollados”, tienen nombre. Nombrarlos los integra de nuevo a nuestras vidas. Éstas, compartidas, requieren que abramos los ojos ante la magnitud del suceso. La normalidad de la portada de la sangre y el sexo debe ser rota. Está en juego no un país, sino la dignidad de la vida misma.

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1 Comentario en El horror de la seducción: sangre y sexo en la primera plana

  1. Reblogueó esto en Alejandro De Cossy comentado:
    Mi colaboración quincenal en Ala Izquierda, sobre los horrores ya cotidianos de este país.

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