Los subsidios que no son para los pobres: energéticos en México

En un país tan desigual como el nuestro, la electricidad y los combustibles no son bienes al alcance de todos. Lamentablemente, los subsidios articulados en la materia no benefician a la población marginada, además de ser caros para el erario mexicano.

En México, la energía –en forma de combustibles y electricidad– no es un bien al alcance de todos. Es decir, en una país tan desigual como el nuestro, un segmento importante de la población enfrenta problemas para costear el recibo de la luz eléctrica, consumir energéticos en los hogares para calentar agua y cocinar o pagar gasolina, condiciones que se engloban dentro del concepto “pobreza energética”.  Se trata de un problema de desarrollo social y ambiental al mismo tiempo.  Por un lado, se calcula que las familias con menores ingresos destinan aproximadamente 30% de su reducido capital en pagar servicios energéticos[1], siendo el pago de este rubro el segundo gasto mensual más grande en que incurren y una de las razones por las cuales no pueden satisfacer otras necesidades básicas. Por otro lado, los combustibles más baratos como el carbón, el combustóleo y la biomasa –la quema de leña– son también los más contaminantes y su uso se relacionada con la deforestación de zonas boscosas. No es un problema menor: el consumo de leña en los hogares se identifica como una de las principales oportunidades de mejora en el país para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero en el sector residencial.

En este contexto se han desplegado medidas para volver los energéticos más asequibles a la población más vulnerable. Lamentablemente, éstas han sido particularmente caras y plagadas de problemas de diseño, por cuyos efectos se ha beneficiado a las clases medias o estratos superiores de ingreso. Por ejemplo, la OCDE ha reportado que México cuenta con los subsidios más elevados al consumo de la electricidad, diesel, gasolina y gas licuado entre sus países miembros, habiéndonos gastado  un promedio de 1.7% de su PIB anualmente entre los años 2006 y 2009.[2] Del gasto reportado anteriormente, los sectores agrícola y residencial consumieron el 67% del total de subvenciones en consumo eléctrico; sin embargo, incluso cuando los subsidios se orientan a facilitar el consumo de energía entre sectores marginados, se calcula que únicamente el 20% de la población más pobre se beneficia de 11% del subsidio residencial a electricidad y menos de 8% de los subsidios a los combustibles para transporte.[3] De manera similar, 80% de los subsidios agrícolas para el bombeo de agua benefician a 10% de los productores agrícolas más ricos.[4]

Las cifras anteriores señalan la necesidad de repensar la política nacional de subsidios energéticos, pues ésta no corresponde al contexto de la población más pobre. En vez de subsidiar el uso de automóviles vía precios bajos  de gasolina o  el uso de electrodomésticos mediante tarifas de  electricidad, bienes que los indígenas suelen usar muy ocasionalmente, por ejemplo, convendría articular programas focalizados, cuyos beneficiarios fueran estrictamente poblaciones marginadas y no el grueso de los mexicanos. Estas políticas no sólo tendrían mejores resultados,  además de ser más eficientes económica y ambientalmente.

El meollo del asunto, y con este punto me gustaría concluir esta columna, es que la clase media concibe los subsidios a la energía como un derecho y no como lo que son: un error de diseño. O siendo políticamente menos ingenuo y más incorrecto: esquemas para asegurar el voto. Estimado lector, a usted como a mí nos gusta destinar la menor cantidad de nuestra quincena en la factura de la luz y el gas, así como llenar el tanque del coche con el menor esfuerzo posible. No obstante, si usted es capaz de leer esta columna, es decir, si usted tiene acceso a una computadora con conexión a Internet, probablemente puede acceder a diversos energéticos, incluso en escenarios libres de subsidios, sin dejar de comer una semana para ello. Sin duda habrá que hacer modificaciones y mejorar la gestión de las finanzas personales, pero estoy seguro que tiene algún margen de maniobra. Sobre todo, sea consciente de que allá afuera hay miles de mexicanos en una situación mucho más precaria que usted.  No se sume a las propuestas simplistas que proponen castigar a los  grupos parlamentarios favorables a remover los subsidios, plasmándolos como monstruos irresponsables, fetichistas de apretar el bolsillo de la clase media. Al contrario, exija un seguimiento puntual del destino de los recursos que se liberan. Exija un país más equitativo. Asuma su papel de clase media para bien y para mal.

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[1] Evaluación del componente energético del programa Oportunidades. (Mèxico: SEDESOL, 2006).

[2] Evaluaciones de la OCDE sobre el desempeño ambiental: México 2013.  (Sin lugar: OCDE) p.74

[3] Ibid, p. 64.

[4] Loc. Cit.

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