Ayotzinapa: la mezquindad y la solidaridad

¿Solidaridad o indiferencia? ¿Cuál ha sido la respuesta del pueblo de México ante los hechos acaecidos en Ayotzinapa? Dentro de este texto se exponen algunas ideas al respecto.

¿No te gusta vivir en el país de los 43 normalistas desaparecidos?

¿Te molesta saber que el ejército asesinó, presumiblemente, a 22 jóvenes desarmados en Tlatlaya?

No te preocupes. El olvido está a un click de distancia.

La noticia desagradable, esa que habla de un país que no es el tuyo, sino el de esos otros rijosos, puede desaparecer si así lo quieres.

Anda.

Presiona el botón.

Detrás de él se encuentra todo lo que te ha sido prometido: mujeres y hombres dispuestos a lo que plazcas; 15 segundos de fama; 10,000 seguidores; más likes de los que has tenido antes; la ropa que deseas y que nadie más tiene.

Ser distinto.

Ser mejor.

Tenerlo todo ahora.

Algo más irrumpe en tu comodidad. Un atrevimiento inconcebible. No conformes con desaparecer, ahora los estudiantes están bloqueando la calle. No cualquiera, encima de todo: es el Periférico el que está cerrado.

Hay algunas pancartas. Parece que exigen que aparezcan vivos los desaparecidos.

Terrible.

Pero tú no estás desaparecido. Tú tienes prisa. En casa te espera una cena caliente. Después, decidirás qué ver en Netflix. Tal vez salgas a tomar algo.

Te frustras. En este momento ya estarías en casa.

(Pero ellos tal vez nunca vuelvan a casa.)

La frustración se transforma en irritación. Deberían estar estudiando, piensas en voz alta en Twitter. Te quejas.

¡Ese es el problema del país!, exclamas furioso, con un dejo de desdén. Estudiantes que no quieren estudiar. Están ahí por gusto. Porque no quieren triunfar, como tú, que has nacido con todo a tu disposición.

(Boteaban para vivir, para aprender a enseñar.)

Los desaparecieron, ¿razonas?, porque estaban tomando autobuses. Ningún estudiante respetable debería hacer esto. Si querían viajar al Distrito Federal, podrían haber comprado un boleto de autobús. Eso habrías hecho tú. Tal vez habrías manejado. Tal vez hay un chofer que maneja por ti.

Ahora, además, hacen paro. ¿De qué sirve un paro? Mejor que vuelvan al salón, a aprender, que para eso están ahí.

(Pero hay aprendizaje fuera del aula. El que nace de compartir con los otros y de comprender qué pasa en tu país más allá de los libros y el conocimiento manufacturado.)

Al fin llegas a casa. Pronto todo vuelve a desaparecer. La comodidad en la que vives te protege. Hay una manta que todo lo cubre.

Click.

Los desaparecidos no lo son para ti.

Click.

En este país no pasa nada.

Click.

***

Ayotzinapa se ha convertido en un acontecimiento. La dolorosa normalidad de la muerte que el Estado permite o sanciona se resquebrajó. El agrietamiento es evidente. El país se levanta, exige. La barbarie no cesa, pero parece, al fin, que nosotros tampoco lo haremos.

La ciudad de México no ha sido la excepción. He visto con verdadera emoción cómo no sólo los tradicionales bastiones del activismo político se movilizan. Universidades públicas y privadas deciden marchar, celebrar reuniones y memoriales y, en todo momento, exigir que los 43 normalistas vuelvan.

Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

El acontecimiento demanda cosas de nosotros. Establece un intercambio que no puede ser negado.

El olvido no basta; el cinismo muestra sus límites.

El disgusto pueril por el embotellamiento habla de un límite que no ha logrado ser transgredido. El del individualismo como divisa ideológica permea la cotidianidad. Lejanos de la desgracia, todo lo que atenta contra nuestra comodidad puede parecernos una afrenta. Esta posición ha impregnado a las clases medias. Se ha convertido no sólo en una costumbre, sino en habitus. Una conducta que no se cuestiona ni es mediada. Un desprecio por lo diferente que se porta en la piel.

Aquella historia fantástica que el sexenio anterior manejó como realidad permanece, asida de la cornisa. Esta es una lucha de buenos contra malos, dice el cuento. Es una Cruzada. La lucha de la gente buena, honesta y limpia contra el cáncer que atacó a este país. Un discurso médico, que como Foucault reitera, deshumaniza al otro. Números y nada más.

Contando únicamente a los desaparecidos, esta historia hablaría de más de 22,000 villanos que ya no están aquí. 22,000 sin historia, sin pasado. La estadística como anestesia.

En el primer año de Peña como presidente, una de cada cinco desapariciones fue de una mujer adolescente (http://bit.ly/1ulfcDL). En este año, el Banco Mundial publicó un estudio en donde encuentra que la violencia es mayor en las comunidades más desiguales (http://bit.ly/1yMSefY). En 2013, la misma institución mostró que más 38% de los homicidios en México fueron contra jóvenes (http://bit.ly/1nu8i1P).

La Cruzada real, la de los más de 100,000 muertos, también sabe distinguir de clases sociales. Las y los jóvenes en situación de marginación son las víctimas predilectas de la violencia.

Así fue en Iguala.

Si los muertos les parecen lejanos a unos, que furiosos vociferan desde los autos que portan como símbolo de diferencia y distinción, es porque lo son.

Esto, por supuesto, no es inevitable. Las muestras de solidaridad y empatía nos hablan de una transformación ética en la que el valor de la vida vuelve a estar en el centro.

Sí, el crimen de Iguala es particularmente terrible. 43 estudiantes desaparecidos, numerosos rumores de que han sido cruelmente asesinados. Pero los cuerpos calcinados que han sido encontrados en las fosas comunes en Guerrero también tienen nombre e historia. Sus vidas son preciosas por el hecho de ser. La retórica del malo que merece su muerte ha mostrado, de nuevo, sus superficiales límites.

Queda en nosotros, organizados y desde el diálogo honesto y horizontal, nombrar a la barbarie. Señalar a los responsables, incluso si, por nuestra omisión, debemos señalarnos nosotros.

Un país sumido en esta pesadilla sólo puede despertar con la organización política y social.

Sigamos exigiendo la presentación con vida de nuestros desaparecidos.

Comencemos a prepararnos arrebatar la política de la partidocracia sumida en la simulación y la corrupción. Construyamos redes; aspiremos a cambiar y tomar el poder.

Es cuestión de vida o muerte.

Conoce más de La región más transparente del aire.

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2 Comentarios en Ayotzinapa: la mezquindad y la solidaridad

  1. Uno a uno haremos la diferencia.

  2. Mirel Ruiz Brindis // octubre 29, 2014 en 21:04 // Responder

    Comparto, ¿hablemos de las mujeres también? ¿y las desaparecidas? Vivas se las llevaron, vivas las queremos.

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