Una historia de dos ciudades

Invisibilizar lo indeseable es una política gubernamental y una práctica cotidiana. En este texto se abordan situaciones que se viven en una ciudad como la Ciudad de México; donde coexisten los discursos de modernidad y de urbanismo estético frente a una realidad ajena a estos.

Hay dos ciudades que coexisten en el espacio, pero en dimensiones diferentes. Una es invisible para la otra. Tierra prohibida, sustrato indeseable. En ella habitan los otros de estas nuestras urbes antropófagas. Deambulan silenciosos, con la cara oculta detrás del solvente. Duermen al cobijo de los arbustos secos, apenas cobijados frente al frío invernal que en estos días desciende.

Había un cuerpo tirado en la acera opuesta a la Torre Mayor, en Reforma. No se movía. A su lado pasaban trabajadores absortos. Las mutuas presencias pasaban inadvertidas. A unos centímetros de distancia, las ciudades no se tocaban. Hemos desarrollado la capacidad de la ceguera voluntaria.

Me acerqué al cuerpo inerte. Lo miré. Respiraba.

Rompiendo con la educación que he recibido por décadas me le acerqué. Contra las buenas costumbres, le toqué el hombro.

-Compa, le dije suavemente, ¿estás bien?

Levantó la cara desconcertado. Me miró como despertando de otra vida. No respondió.

Me sentí culpable y, con aun más docilidad, volví a decir: ¿estás bien?

Levantó su cuerpo frágil y quiso levantarse. Le afirmé que no quería correrlo, sólo saber si estaba bien. Asumo que mi pregunta le resultaba tan extraña como la situación lo era para mí. Sin decir palabra me observó y afirmó con la cabeza. Le dirigí una mueca que intentaba ser una sonrisa y me fui.

***

El tren salió de la estación Guelatao rumbo a Pantitlán. En la mitad del pasillo del vagón apareció un cuerpo ajeno. Era una niña de apenas cinco años. Su delgado cuerpecito decía más de las terribles disparidades entre poblaciones indígenas y el resto en este país que los sesudos estudios que muchos de nosotros deseamos hacer.

Se tiró sobre sus rodillas y comenzó a gatear. En una manita cargaba un trapo gris. Con él ofrecía a los pasajeros una limpieza de calzado.

Ninguno aceptó, pero casi todos le dimos dinero.

Mientras levantaba la vista después de poner un par de monedas en la mano que le quedaba libre, crucé la mirada con una mujer de mediana edad. Su rostro reflejaba horror.

– ¿Cómo puede andar así, siendo tan chiquita, viviendo la infancia de un mendigo que asume que arrastrarse a los pies de los otros es una vida normal?, deseé que pensara.

La colonialidad es corpórea. Es un habitus que el colonizado replica, bajo la bota del que no se atreve siquiera a voltear abajo. Es un entrenamiento cotidiano para quienes la ejercen y para quienes es ejercida.

Es política gubernamental invisibilizar al indeseable. El metro ha emprendido una cruzada contra los vagoneros. Detrás de ellos vienen también los mendigos. Si los primeros están lejos de ser los más miserables de esta ciudad, los segundos son un recordatorio, a través de su vida desnuda, de la persistente producción de la desigualdad como parte fundamental de lo urbano.

**

Hace algunos años estaba bebiendo en Garibaldi. La noche avanzó. Mis amigos se fueron y yo me negué a ir con ellos, yendo también en contra de lo que es conocimiento dado en los círculos sociales en los que crecí.

Compartíamos un panal de Tonayan dos habitantes de la plaza y yo. La charla era amena. Quisiera recordar sus nombres, aunque tal vez nunca me los dijeron.

La noche siguió avanzando. La plática se volvió cada vez más personal, más profunda. Los recuerdos son muchos y todos borrosos. Baste decir que en los otros encontré iguales y que ellos me reconocieron así también.

A las 7 de la mañana del día siguiente tomé el metro y me fui a casa. Ellos caminaron a sus cuartos. Otros no contaban con ese lujo. Hasta hoy recuerdo los consejos honestos y la camaradería sincera que sólo puede ocurrir cuando nos despojamos de los códigos que dividen una ciudad de la otra.

El remozo de un área urbana implica siempre una acción de limpieza. Los discursos urbanísticos contemporáneos, que despliegan las ideas de competitividad como un conocimiento dado e incuestionable, incluyen estas consideraciones. La ciudad como un cuerpo que debe ser despojado de aquello que le mancilla. Garibaldi limpio de mis colegas y sus historias que cuestionan los discursos quirúrgicos que el poder despliega.

El urbanismo como estética. El urbanismo como ciencia médica. El urbanismo como método de vigilancia y castigo. El urbanismo como idea que busca transformar la realidad con el deseo y no con la acción. El urbanismo que niega las desigualdades que la economía urbana produce en el espacio, garantizando su continua reproducción.

Reconocernos en los ojos de los otros puede ser un paso para pensar en ciudades humanas. Aunque, debo aceptar, esta idea me parece de tal extrañeza que raya en lo imposible. ¿Cómo sería una ciudad que no sustrae nuestra energía y trabajo para sostenerse, a costa nuestra? ¿Cómo una que no coloque lado a lado a desposeídos y afluentes, en un ciego desconocimiento que punza y lacera?

No hay respuestas, sólo utopías.

Conoce más de La región más transparente del aire

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