La ciudad y la política

No basta esperar a líderes mesiánicos que nos salven de nosotros mismos. Como Walter Benjamin observó con claridad, el mesías es colectivo. Ese colectivo nos contiene a todos. Nos necesita. Nos necesitamos.

-¡Eran señoras bien de toda la vida!, exclamó mi querida amiga Tania, mientras nos contaba cómo en una estética un grupo de mujeres mayores de la Condesa discutían sobre la situación del país y el caso Ayotzinapa.

El horror del evento ha roto las fronteras materiales y simbólicas que han separado la vida palaciega de la ciudad y la violencia cotidiana de tantos lugares en este país por décadas.

Mientras me transporto por las calles de la ciudad escucho a grupos de amigos, familias, todos desconocidos, cuestionándose la sostenibilidad de la situación política del país.

Ayotzinapa ha venido a retirar el delgado velo de la ilusión que a diario recreábamos.

La violencia que se ejerce desde el Estado no es aislada. Éste se ha fundido con el narcotráfico. En algunos casos, el narcotráfico es el gobierno; en otros, el grupo en el poder omite y permite que el crimen organizado opere.

La ciudad exuda indignación. Ésta se cuela por los resquicios de la normalidad diaria. Los lugares más improbables se vuelven espacios de discusión política.

El sábado fui a la Cineteca Nacional. Sin tenerlo en mente, entramos a ver un documental brasileño: “Democracia en blanco y negro”. En los primeros años de la década de los 80, el Corinthians y su capitán Sócrates, los movimientos políticos de base y los grupos de punk y rock crearon una insospechada alianza en pro de la democracia.

La historia brasileña nos habló de frente. A pesar de las grandes distancias entre su dictadura y nuestro terror cotidiano, de tan confusos gestos, hay similitudes innegables. Al final, éstas se vocalizaron.

Las preguntas al director de la película, Pedro Asbeg, querían respuestas del cómo lograr una alianza de esa magnitud para detener nuestra carrera hacia el abismo (algunos argumentarían que ya estamos en caída libre). Pedro no tenía las respuestas, pero sí ofreció esperanza. El sistema siempre será más grande, afirmó, pero ello no debe de tenernos de buscar construir un mundo más justo.

Hay un discurso desmovilizador que es repetido de forma sistemática. El cambio está en uno, nos dice, y basta con ser un mejor ciudadano para que las cosas cambien sin más. En un acto de magia pura, la bondad interna sería suficiente para que el mundo se transforme.

Este mismo discurso puede replicarse en otros espacios de acción política. Si bien es cierto que la ciudad se moviliza, marcha, exige y presiona, falta aún un pequeño paso: la organización. La organización es el paso necesario entre el desear y el construir alternativas duraderas.

Ayer, Boaventura de Sousa nos dirigió una carta (http://bit.ly/1xuuUTQ). A la juventud de México le propone y pide construir esperanza. Ésta, nos dice, requiere organización, respaldo popular y una clara visión ético-política de un mundo que procure la vida digna.

Hoy atravesamos una oportunidad histórica innegable. El respaldo popular crece, a la par de los intentos de desprestigio del grupo en el poder y de sus publirrelacionistas, que se disfrazan de columnistas y periodistas. Es importante permanecer atentos.

A la par, voces críticas se manifiestan por la necesidad de tomar acciones concretas para construir un mundo más justo. Muchas apuntan a la reconstrucción del poder judicial y de las policías. Esto, que se puede argumentar como necesario, es insuficiente. Requerimos pensar en las estructuras de desigualdad que se reproducen desde la política estatal y en cómo transformarlas. Si no producimos igualdad, no podemos soñar con justicia. En una sociedad desigual, la justicia siempre termina siendo para los que dominan.

El último ingrediente, la organización, comienza a gestarse. Desde mi limitada visión, que habla de lo que observa en el día a día, hay señales de esperanza. Cada vez más los individuos percibimos que es necesario actuar en colectivo. La falacia del cambio interno es cuestionada y cae por su propio peso.

De la manifestación y la indignación transitemos a la organización y la creación de alternativas políticas.

Si queremos un mundo más justo, es vital solidarizarnos con las causas que nos competen a todos. La empatía con las familias de Ayotzinapa ha sido una postura ética concreta que ha despertado corazones, piernas y conciencias. Ella puede ser el motor que nos lleve a reconstruir las historias de nuestros más de 22,000 desaparecidos y más de 100,000 muertos. La memoria como arma de la revolución.

También es importante, para quienes vivimos en urbes como la Ciudad de México, pensar que la creación de un mundo más justo requiere la producción de un espacio incluyente. Para que esto suceda, requerimos escuchar las múltiples voces que en ella existen e integrarlas a la vida democrática y de políticas públicas de la ciudad. En ello no hay fórmulas. La primera necesidad es pasar de las redes a los barrios. De la efímera identificación digital al trabajo cotidiano de construir puentes y alternativas políticas.

Termino con una invitación: acérquense a sus vecinos, a sus amigos, a su familia. Pierdan el miedo a organizarse. Piensen que, si algún día se fueran todos, debemos estar listos para llegar nosotros. No basta esperar a líderes mesiánicos que nos salven de nosotros mismos. Como Walter Benjamin observó con claridad, el mesías es colectivo. Ese colectivo nos contiene a todos. Nos necesita.

Nos necesitamos.

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