Un viaje a la escuela Raúl Isidro Burgos

Hace algunos días un grupo de estudiantes de posgrado de la comunidad estudiantil del Instituto Mora decidimos ir a entregar una colecta a estudiantes y familiares de los desaparecidos de la Escuela Isidro Burgos. Esta es una crónica del viaje a Ayotzinapa.

Hace algunos días, un grupo de estudiantes de posgrado del Instituto Mora decidimos ir a entregar una colecta a estudiantes y familiares de los desaparecidos de la escuela Isidro Burgos en Ayotzinapa.

Salimos justo cuando empezaba a amanecer en la ciudad de México, preparamos algunas provisiones para el camino y tomamos la carretera a Morelos. Muchas personas nos habían alertado sobre los posibles problemas que pudiéramos tener, que si habría muchos policías, que si la carretera estaría bloqueada, que si estábamos locos, la realidad es que el camino fue sumamente tranquilo.

Pasadas las cuatro horas tomamos la desviación hacia Iguala, y después de unos 30 minutos paramos en una gasolinera. Justo delante de nosotros había una camioneta de transporte público que tenía una consigna la cual cubría la mitad de la ventana trasera y decía “Hasta encontrarlos”, ahí empezó nuestro viaje.

Alrededor de las 11:30 de la mañana entramos a Ayotzinapa, en todas las pequeñas calles se encontraban todo tipo de letreros con las fotografías de los 43 estudiantes desaparecidos, era una comunidad en tensa calma. La gente transitaba por las calles, como si fuera cualquier día, pero algunos rostros nos indicaban otra cosa, era extrañamente un silencio estruendoso.

8. 1. Angela

Fotografía: Molly Kate Goss

Pasamos dos calles, dimos vuelta a la izquierda y al final se encontraba la entrada de la escuela normal rural Isidro Burgos, en la entrada la consigna “Ayotzinapa: cuna de la conciencia social” nos dio la bienvenida. Un estudiante nos abrió las puertas y nos indicó donde estacionarnos, y en que lugar se encontraba la comisión de recaudación.

Al entrar al comedor encontramos a un grupo de familiares de los estudiantes, nos acercamos y empezamos a platicar con ellos. Para nosotros el recibimiento fue emotivo y a la vez difícil, era enfrentarse a cruzar las notas de los periódicos y mirarlos a los ojos sin saber que decir, era, nuevamente, asumir la realidad de nuestro país en un saludo. Así lo hicimos. Encontramos una calidez inusitada, se nos invitó a comer y después pasamos a entregar lo recaudado junto con otros grupos que tenían la misma tarea que nosotros.

Llegamos al patio principal, ahí había colectivos solidarios que realizaban tareas distintas para la comunidad, brigadas de salud, entrega de despensas y un comedor popular. En ambos lados del patio se encontraban diversas mantas que refrendaban su solidaridad con los desaparecidos.

Una vez que entregamos la colecta, conocimos a varios estudiantes que nos dieron un recorrido por la escuela. Nos hablaron del concurso anual de murales, de la organización escolar en la que todos tienen tareas que van más allá del trabajo académico y, como ellos, parte de la comisión de orden y seguridad, deben primero dar el ejemplo para que sus compañeros los respeten.

8.2. Angela

Fotografía: Molly Kate Goss

Al llegar a la zona de siembra nos pidieron que volteáramos hacia el lado izquierdo pues ahí se encontraba la cosecha de este año, era un campo lleno de flores de cempasúchil, sembrada por los chicos de primer año que desaparecieron. Con esa imagen empezó el relato sobre lo ocurrido el 26 de septiembre.

Contaron paso a paso lo sucedido en Iguala, la actuación de las autoridades, el temor a ser asesinados ahí mismo, la protección que dieron algunas personas que vivían cerca de la zona donde les dispararon, y como, al día siguiente, salieron a las calles de Iguala a buscar a los demás compañeros que poco a poco fueron bajando de las azoteas y los techos que habían por la zona.  “Nosotros somos ayotzinapos y los ayotzinapos jamás se rinden, trabajamos para ser sustentables y eso no le gusta al gobierno”, comentaron.

Al preguntarles cuales creían que eran las razones del ataque que sufrieron, respondieron que aún no lo entendían, que la manera en la que las autoridades actuaban era diferente, pues en otras ocasiones los habían detenido o golpeado, pero no los habían tratado de matar o desaparecer, como sucedió el 26 de septiembre.

Ya cuando estábamos por terminar el recorrido, nos mostraron la zona de los talleres artísticos y también la escuelita de formación política, en la que se reúnen periódicamente para planear sus siguientes actividades.

Una vez que llegamos al final de la actividad, nos despedimos afectuosamente con la promesa de regresar y ellos con la petición de no ser olvidados. Sus últimas palabras fueron “Mírenme bien y recuérdenme porque si algún día me encuentran en una fosa espero que me puedan reconocer. Así como Ayotzinapa no olvida ellos tampoco olvidan”.

Emprendimos el camino de vuelta a casa, en nuestro regreso pensé que esta es una escuela austera en sus instalaciones pero ostentosa en cuanto a sus convicciones. Lo sucedido me ha hecho darme cuenta que el compromiso social es muchas veces una forma de vida. Por ese compromiso el miedo no puede ganar la batalla para exigir un gobierno justo, que trabaje para mejorar las condiciones de la sociedad de la que somos parte y que garantice nuestra seguridad. Sí, su rabia es nuestra digna rabia y al final todos tenemos un cachito de Ayotzinapa dentro.

Conoce más de La partitura del gran garrote

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