¿Invertir en lo que se termina?: México frente al gas shale

Frente a la fiebre por los hidrocarburos no convencionales, México debe cuestionarse sobre la pertinencia de concentrar sus inversiones en la explotación de recursos no renovables abundantes, pero finitos, particularmente a la luz de los estragos implícitos para la economía nacional.

De acuerdo a datos del Inventario Nacional de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (INEGEI) 1990-2010, México experimentó una reestructuración del sector de combustibles, por cuyos efectos el país transitó del combustóleo al gas como principal energético en tan solo 20 años. A simple vista, la gasificación de la economía mexicana parece una estrategia apropiada de acuerdo a la aparente disponibilidad, finita pero abundante, de hidrocarburos convencionales y no-convencionales en territorio nacional, y por ende, la inversión en el desarrollo de infraestructura necesaria para el transporte y comercialización de gas parece ser una política lógica en función de las necesidades nacionales.

No obstante, priorizar las inversiones en el sector de energía fósil forzosamente implica disminuir los montos destinados para el fortalecimiento de fuentes de energía alterna, las cuales no sólo tienen ventajas ambientales, sino que su carácter renovable exime a los usuarios de preocupaciones asociadas al total de reservas disponibles. ¿Resulta pertinente para un país productor de petróleo, como es México, marginar las inversiones en fuentes renovables? La reflexión vale la pena, pues la economía mexicana experimenta una alta dependencia a los precios internacionales del petróleo y a las especulaciones sobre el total de reservas de hidrocarburos.

6.1. David M

El agotamiento progresivo de las reservas de hidrocarburos convencionales y los avances tecnológicos propiciaron que a finales de la década pasada se desarrollaran técnicas para explotar tipos de hidrocarburos considerados tradicionalmente como no explotables.[1] En el caso de México, según la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), el país ocupa la cuarta posición de reservas más grandes en el mundo, concentrados principalmente en noreste del país, en las entidades de Tamaulipas, Nuevo León y San Luis Potosí.[2]

Pese a las perspectivas prometedoras de desarrollo y derrama económica que se derivan de los hidrocarburos no convencionales, la revolución del gas shale tiene restricciones que cuestionan su explotación rentable, así como su establecimiento como pilar de toda economía. Para comenzar, las proyecciones de la IEA sobre la productividad de la explotación son discutibles, particularmente porque los pozos de este hidrocarburo cuentan con recursos limitados, enmarcándose su explotación en un contexto de precios de petróleo decreciente ante una abundancia del recurso en los mercados internacionales.[3] En esta situación, únicamente los grandes jugadores con importante liquidez pueden explotar el recurso. Adicionalmente, los proyectos suelen tener un ciclo de vida entre 3 y 5 años, situación que condiciona la expansión constante de producción ante el agotamiento de pozos y la necesidad de realizar nuevos para mantener el nivel actual de producción. Por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, 70% del gas shale producido en el país proviene de campos que están disminuyendo rápidamente sus reservas.[4]

6.2. David M

Por otro lado, las inversiones en hidrocarburos convencionales presentan un retorno energético menor en comparación con hidrocarburos convencionales.[5] Es decir, el monto de energía que se requiere para explotar estos energéticos es mayor, por lo que el total neto de energía obtenida al final del proceso resulta ser menor ante la dificultad de extraer estos recursos. La tasa de retorno energético es relevante porque constituye un indicador de la eficiencia energética de diferentes fuentes de energía y es en sí misma un determinante para el crecimiento económico, pues señala la cantidad de energía que se provee a la sociedad en comparación con la demanda total. Aunque los avances tecnológicos pueden disminuir la energía utilizada durante el ciclo de vida de hidrocarburos no convencionales, haciendo más eficiente la realización de actividades, el aumento de la demanda futura de energía por parte de la sociedad hace pertinente cuestionar si concentrar las inversiones públicas en energéticos fósiles constituye una estrategia de política pública eficiente.

Me gustaría concluir esta entrega señalando que el impulso de la energía renovable requiere de grandes inversiones públicas, que en forma de subsidios, las hagan competitivas frente a las fuentes fósiles. México es la segunda economía más grande en América Latina, y por ende, el segundo mercado de energías limpias más grande en la región. Las proyecciones de la IEA sobre los hidrocarburos no convencionales en el país hacen tentador centrar recursos en la explotación de dicha fuente de energía; sin embargo, en el largo plazo la inversión en tecnología necesaria para explotar energías renovables y no un recurso escaso constituye una estrategia que promete ser más eficiente para asegurar la seguridad energética del país en el mediano y largo plazo.

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[1] IMCO, Nos cambiaron el mapa: México ante la revolución energética del siglo XXI, México, 2013, p. 18.

[2] Loc. Cit.

[3] David Murphy, Phil Trans., “A reality check on the shale revolution”, Royal Society, 372 (2013), p. 307

[4] Ibid, p. 308

[5] The implications of the declining energu return on investment of oil production, p. 2.

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