Construir una ciudad (y una sociedad) más justa

En el marco de las recientes marchas por Ayotzinapa, el gobierno y algunos medios masivos de comunicación han desarrollado estrategias para construir disuadir la protesta social. Esto ha incluido la construcción mediática del manifestante como enemigo interno y el uso de la causa como vehículo de propaganda oficial. El texto rescata la oposición de base a estas políticas y señala a la movilización como vehículo para luchar por justicia social.

El periodismo puede ser un férreo crítico del poder o una máquina de propaganda y manipulación. En la Ciudad de México, las portadas de los grandes diarios se han convertido en el pulso que desde el poder desean imponer a la ciudad.

“¡Orden y paz!”, demandaba La Prensa el mismo día que Carlos Alazraki invocó una conspiración de anarcoizquierdistas comemierda y Enrique Peña Nieto acusó a fuerzas ocultas de querer desestabilizar a su gobierno.

Al día siguiente, las portadas de los mayores medios impresos de la ciudad, por segura coincidencia, replicaron lo dicho por EPN: todo es una conjura del México malo contra el México bueno. El país marchaba de maravilla, con más de 22,500 desaparecidos y más de 100,000 muertos, hasta que los que odian a México llegaron para exigir justicia.

Esas mismas portadas daban espacio a otra nota: el caso de la “casa blanca” de Angélica Rivera. El conflicto de interés habría quedado superado por la valiente honestidad de la esposa del Presidente. No advirtieron que el discurso, ensayado hasta la saciedad sin poder ser memorizado, confirmaba lo señalado. Hay motivos suficientes para investigar, perseguir y castigar el conflicto de interés.

Hay una estrategia perversa detrás de todo esto. Es clara la voluntad de perpetuar la simulación.

Presentar al disidente como enemigo interno es una táctica tan antigua como el descontento mismo. Aludir a la honestidad a través de la indignación en cámara es un recurso histriónico propio de quien carece de argumentos. La construcción del enemigo irracional y la propia santificación son estrategias de un gobierno acorralado.

A estos recursos discursivos hay que sumar el uso de la violencia en la protesta social. No reduciré la acción directa a infiltración. Hay manifestantes pacíficos y, también, hay manifestantes que eligen el uso de la violencia. La elección se hace frente a un sistema que estructuralmente produce muerte. Es una reacción frente a la sordera permanente de quienes detentan el poder. Es la expresión física del mismo hartazgo que nos embarga a muchos. Sin embargo, la violencia es y seguirá siendo utilizada por el gobierno para intentar legitimar el uso de la fuerza.

Represión generalizada ante un descontento que no pueden parar. Golpes en las calles aledañas al centro, de nuevo, el 20 de noviembre. Infundir pánico colectivo y así detener el descontento que crece.

Acusar a los manifestantes detenidos arbitrariamente de terrorismo, primero, y de motín, después, refleja el grado del temor de un gobierno que se mira perdiendo legitimidad. Intentar, después, tomar la causa del “Todos Somos Ayotzinapa” como propia en un discurso plagado de lugares comunes, de medidas centralizadoras preocupantes y de discursos que prometen más progreso que acarrea muerte, indica que nuestra presión ha funcionado. Han debido aceptar la demanda, cubriéndola de un maquillaje que la haga, a su entender, inofensiva y hasta provechosa para sus fines.

La táctica del gobierno, o al menos esta manera de entenderla, ha fallado estrepitosamente. A cada acción de represión y simulación se sucede una decisión de fortalecer la movilización social.

El descontento que recorre al país e inunda sus calles es profundo. La incapacidad del grupo en el poder y la clase con la cual se aglutina por comprenderlo lo encienden. Los discursos soeces no lo pueden apagar. Las estrategias políticas que rememoran a la Guerra Fría devienen risibles.

La sinrazón que enarbolan no debe provocar que bajemos la guardia. Los autócratas acorralados siempre son los más peligrosos. Los que desde hace mucho se han apoderado del gobierno y han transformado al Estado en testaferro y guardaespaldas hoy temen.

Temen a la creciente irrelevancia de sus portadas. A la politización crítica de los ciudadanos. A la claridad que hemos obtenido sabiendo que son sus estructuras las que deben de cambiar.

Por eso atacan a los medios libres, nos acusan de comemierdas y enemigos del “progreso”, nos reducen a bobos engañados. Insisten en lo aislado del crimen de Iguala.

A su voluntad de olvido debemos contraponer nuestra memoria.

A la terquedad de sostener el imperante estado de desigualdad, rapacidad y corrupción, debemos oponer una fuerte voluntad organizada, colectiva y plural, por construir una sociedad más justa.

A la política de muerte, oponer una política de vida.

Para poder construir esta política de vida es necesario abrir espacios de participación colectiva; fortalecer la organización local; participar políticamente; y analizar críticamente la vida cotidiana, sus contradicciones, los lugares en los que la injusticia se ha tornado normalidad.

También es necesario escuchar, aprender y colaborar horizontalmente. Las narrativas hegemónicas que los medios masivos y sus portadas atemorizantes construyen son otro espacio de lucha. Los medios alternativos y su compromiso de base son un abrevadero que no se debe agotar.

Hay también que fortalecer la expresión de la propia voz y la construcción de narrativas colectivas. El lenguaje es otro espacio en el cual la lucha por el poder se fragua; es uno de los campos en los que éste se conforma.

El trabajo colectivo por “desestabilizar” el régimen de muerte y producción de desigualdad tiene muchos campos: las calles, la organización, la palabra. Una sola condición nos pide, estar ahí en solidaridad. Esa es una de las vías para construir una ciudad y una sociedad más justa.

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