¿A dónde tan solita? Mujeres, lugares públicos y acoso sexual callejero

Las mujeres en distintas circunstancias y diferentes sociedades muestran una inmensa divergencia en sus experiencias y en su relación con los hombres. El cómo se produce la subordinación, en qué grado, en qué áreas de la vida y con qué efectos; pueden diferir sustancialmente dependiendo del contexto del que se trate. Sin embargo, es innegable que la mayor parte de las experiencias de vida tanto del hombre y de la mujer vienen determinadas por la “naturaleza” de sus relaciones desiguales. En este espacio la autora aborda una desigualdad en particular, que en muchos casos pasa desapercibida: el acoso sexual callejero.

Ilustración: Karla Monterrosa

Una mañana en un bus camino al aeropuerto, siento un leve roce en mis glúteos. Sin afán de ser alarmista respiro profundamente y comprendo que es debido a la cantidad de gente cuya fricción es inevitable. Segundos después no es sólo un roce, sino una mano completa tocando fuertemente mi trasero. Giro la cabeza de forma discreta y cuando detecto quién es el agresor, le vocifero unas cuantas palabras –unas graves y algunas no tanto– mientras el susodicho finge demencia moviendo la cabeza dando a entender que él no ha hecho nada. Todo sucede rápidamente y el sujeto al verse apuntado, baja en la siguiente parada dejándome cabreada. La gente a mi alrededor luce perpleja e incómoda y puedo ver sus miradas de censura. A mi lado hay un par de chicos que murmuran “[…] ¡pero si le estaba haciendo lo mismo a la chica asiática!”. Percibo su desapruebo ante mi estado de agredida y su avenencia a aquella chica que contrariamente a mí, soportó estoicamente y calladamente la mano de un extraño en sus glúteos.

Esto podría ser un relato casual, un chascarrillo de mis últimas vacaciones o una charla de café, sin embargo es sólo un preámbulo de nuestro tortuoso paso como mujeres en lugares públicos. Cierto es que en la actualidad, en las sociedades occidentales se goza de un sistema social relativamente más paritario que nos ha permitido el acceso a la educación y hasta cierto punto, la profesionalización. Nos encontramos en un momento en que se encuentran en redefinición las estructuras sociales pero que de igual modo nos mantenemos bajo unas marcadas reglas patriarcales.

No obviaré le hecho de que las mujeres en distintas circunstancias y diferentes sociedades muestran una inmensa divergencia en sus experiencias y en su relación con los hombres. El cómo se produce la subordinación, en qué grado, en qué áreas de la vida y con qué efectos; pueden diferir sustancialmente dependiendo del contexto del que se trate[i]. Sin embargo, es innegable que la mayor parte de las experiencias de vida tanto del hombre y de la mujer vienen determinadas por la “naturaleza” de sus relaciones desiguales.

En este espacio no podemos desarrollar con suficiente amplitud una estructura explicativa de las desigualdades de género, su producción, mantenimiento o cambios a través del tiempo y lugares, no obstante me gustaría abordar una desigualdad en particular, que en muchos casos pasa desapercibida: el acoso sexual callejero.

El tránsito por espacio de dominio común no es algo placentero para las mujeres. Hoy en día, ser mujer y circular por las calles no es algo sencillo. El espacio público, como tal, es un espacio de poder que refleja este fenómeno particular de violencia –tanto real como simbólica[ii]– contra las mujeres que goza de una excesiva permisividad.

El acoso sexual callejero es un conjunto de prácticas que abarcan desde frases, gestos, silbidos, sonidos de besos hasta tocamientos, masturbación pública, exhibicionismo, entre otros. Es sexual porque devela relaciones de poder –desigual– entre los géneros y es acoso porque no se trata de un acto consentido sino de una vejación dirigida a un receptor que no ha dado su consentimiento. Se realiza en los espacios de uso público común, casi siempre de manera rápida e imprevista y es tan común que se considera como una interacción normal entre los géneros. En este sentido, el acoso sexual callejero es un continuum que trae consigo la posibilidad de un desenlace fatal. Comienza desde el momento en que se traspasa el espacio individual sin consentimiento y puede finalizar con un crimen violento, golpes, violación o asesinato.

Me parece que nada tan básico y trivial para demostrar la continuación de la subordinación de la mujer que la diferenciación en el uso de los espacios públicos comunes en función del género. Dicho uso no es el mismo para hombres y mujeres. Si bien todos podemos ser blanco de estas acciones, para las mujeres –y para muchos otros grupos en desventaja[iii] en el espacio público– el acoso es experimentado de forma estresante. Las mujeres debemos configurar un riguroso ritual[iv], que aunque parece inocuo, marcan nuestro acceso diferenciado a estos espacios y significa un compendio de conocimientos de lo que podemos hacer o no en el espacio de dominio común. El olvido o transgresión de este ritual trae una sanción que puede ser desde un abuso verbal, asalto físico o incluso una violación.

En el tránsito de la vida cotidiana dentro de los lugares públicos, las mujeres tenemos que tenemos que ejecutar pertinentemente dicho ritual: ya sea tomar ciertas actitudes (actuar recatadamente, ser discreta, en definitiva no llamar la atención), cambiar nuestra apariencia (no hacer uso excesivo del maquillaje, no usar faldas cortas, escotes o ropa ajustada, es decir, “arreglarse menos”), rehuir nuestro paso por lugares específicos (modificar rutas por eludir el acoso) e incluso restricción horaria (evitar salir a ciertas horas).

El problema alrededor del acoso callejero sólo es parte de la problemática división de género. A partir de esta división se configuran y reproducen los roles[v] que a cada uno le corresponden en nuestra sociedad. No podemos asegurar que las mujeres no ejercen acoso sexual en público en contra de los hombres, sino que dadas las expectativas de género producto del orden social dominante[vi], los hombres tienen la posibilidad de llevar cabo el acoso con un cierto aire de libertad o derecho y –casi– sin ninguna censura.

El acoso sexual en la calle es una forma de perpetuar el poder masculino sobre las mujeres, ya que estos están en abierta posibilidad de ejercer dicha acción a la vista de todos, y una vez que es llevado a cabo, es negado o invisibilizado porque sencillamente se ha romantizado una parte de esa experiencia: se ve con buenos ojos el insulto vulgar que pretende ser halagador. El acto de tocar o rozar alguna parte del cuerpo –especialmente aquellas con fuerte carga sexual tales como senos o glúteos– en muchos casos se exime en un sinfín de apologías donde el hombre –o la sociedad– justifica el acto debido a que la mujer agredida se presentaba demasiado seductora.

Como lo he mencionado previamente, no es mi intención desarrollar conceptos estructurales de la desigualdad de género, sino llamar la atención con el acoso particular del que somos objeto las mujeres en los lugares públicos y lo que esto quiere decir de la situación de la mujer hoy en día. Tampoco pretendo establecer una verdad irrefutable, sino mostrar un breve relato de la lucha cotidiana del contingente femenino dentro de espacios supuestamente ya conquistados que están estructurados con base a relaciones desiguales de poder en función del género.

Para las mujeres, el acoso sexual es un acto siempre presente que recalca su lugar supeditado en el orden social. Este acoso refuerza la división entre los géneros reafirmando la presencia y poder de unos en contra de las otras. Asimismo perpetua la idea de que el espacio público es por y para los hombres y las mujeres solo somos bienvenidas si aceptamos nuestro lugar decorativo e inferior. Finalmente, contra la falsa percepción de que este es un acto inofensivo, el acoso sexual callejero es una muestra de la relación subordinada que mantenemos las mujeres con el orden social dominante –masculino– y de cómo este orden sigue conformando espacios de dominación y privilegio que estructuran la vida cotidiana de los hombres y las mujeres en la sociedad actual.


María Dolores Arteaga Villamil. Licenciada en Economía por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Maestra en Sociología por el Instituto Alfonso Vélez Pliego de la misma universidad y candidata a Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Barcelona, España. Es miembro de Latin American Studies Association (LASA), del Instituto Catalán de Antropología (ICA), de la Federación Mexicana de Mujeres Universitarias FEMUMEX. A.C., y de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas en  Cataluña (AMITCAT), entre otras.


[i] González Barreda, aborda la cuestión de la universalización de experiencias bajo etiquetas como “la mujer”, “las mujeres” ó “el feminismo”. Disponible en https://alaizquierda.com.mx/2014/05/01/reflexiones-sobre-el-feminismo-los-feminismos-y-otros/ Última consulta 3/07/2014.

[ii] Me refiero a violencia simbólica como aquella capaz de “imponer ciertos significados como legítimos, disimulando las relaciones de fuerzas que los imponen”. Es una violencia, porque “se traduce por una imposición, un poder”; es simbólica, porque “lo que se impone son significados, relaciones de sentido” y es arbitraria porque “refuerza la desigualdad”. En definitiva, “permite la institucionalización de un poder desconocido, que logra imponer como legítimos ciertos significados y afirmaciones, ocultando las relaciones de fuerzas que están en su base”. Por violencia real me refiero a aquella violencia física declarada, Bourdieu (1994).

[iii] El acoso también es experimentado por razones de raza o etnia, preferencia sexual o discapacidad física.

[iv] Entiendo por ritual, aquella conducta organizada que surge de las ocupaciones ordinarias de la vida. Los rituales no se encuentran proscritos a una iglesia sino dentro de la “sacralidad inherente a la propia regularidad de lo humano y la vida cotidiana” (Grimes, 1982:146)

[v] Rol o papel social, a grandes rasgos, define la conducta que cabe esperar por parte de una persona que ocupa determinada posición o estatus, es decir, las expectativas abrigadas por determinadas personas, respecto del comportamientos apropiado al ocupante del puesto considerado, y las representaciones–conducta–de la persona a quien se le asigna, o decide ocupar determinada posición. El rol de adquiere y desarrolla a través del proceso de socialización a través del aprendizaje de un conjunto de expectativas que regula el comportamiento de un individuo en una sociedad dada, Fernández, A. (2002:15).

[vi] En torno al rol masculino existen unas exigencias, actitudes y representaciones tales como el culto a la virilidad, el valor, la fuerza física entre otros. Dichos rasgos en los hombres son comúnmente percibidos como positivos mientras que en las mujeres sucede lo contrario, ya que de estas se espera su superioridad espiritual, al mismo tiempo que su timidez y dependencia a los hombres.


Referencias

Fernández, A. (2002) Estereotipos y roles de género en el refranero popular: charlatanas, mentirosas, malvadas y peligrosas: proveedores, maltratadores, machos y cornudos. Anthropos Editorial.

Grimes R.L. (1982) The Lifeblood of Public Ritual: Fiestas and public exploration projects in Victor Turner’s definition, theory, and sense of ritual. Victor Turner and the construction of cultural criticism: Between literature and anthropology. K. M. Ashley (Ed.), Indiana University Press, 141-163.

Namaste, K. (1996). Genderbashing: Sexuality, gender, and the regulation of public space. Environment and planning D, 14, 221-240.

Pierre Bourdieu (1994). Language and symbolic power. J. B. Thompson (Ed.). Polity Press.

Rubin, G. (1986). El tráfico de mujeres: notas sobre la” economía política” del sexo. Nueva Antropología. Revista de Ciencias Sociales, (30), 95-145.

Welsh, S. (1999). Gender and sexual harassment. Annual Review of Sociology, 169-190.

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1 Comentario en ¿A dónde tan solita? Mujeres, lugares públicos y acoso sexual callejero

  1. Muy bien Maestra Arteaga

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