De memes y otros discursos. En respuesta a César

Para A.

Mantener el contacto con la tierra “de uno” –con la realidad, con los pequeños cambios que la modifican día a día pero, sobre todo, con las personas que dejaste atrás (territorialmente, nunca sentimentalmente)– es, quizás, una de los desafíos más acuciantes que enfrenta un(a) estudiante en el extranjero (y por extensión, cualquier expatriado). Afortunadamente el siglo XXI trajo consigo la cuasi ubicuidad y omnipresencia de Internet y de uno de sus hijos pródigos, las redes sociales. Como muchas y muchos sabrán (o intuirán) a estas alturas, el teléfono celular y la computadora portátil se han convertido en mi “cable a (mi) tierra” –mi cordón umbilical, suele decir mi madre– y dedico una cantidad casi obscena en leer, revisar, publicar y republicar en las redes sociales (Facebook y Twitter, y, en menor medida, LinkedIn, Pinterest y Google+).[1]

Uno de los componentes casi infaltables en mi rutina diaria (esto es, mientras tomo mis tres dosis diarias de café espresso recién elaborado y remojo añorando el café con leche que no bebo desde mi infancia) es, precisamente, revisar ese “album” de información, pensamientos, memes[2] y noticias varias en la que se ha convertido mi página de inicio de Facebook.[3]

En una de esas mañanas que no se distingue por algo en particular vi que César –un colega con quien comencé conversando en italiano y terminé forjando una amistad más o menos duradera hasta el día de hoy– había posteado (publicado, en buen español) un meme cuyo contenido terminó por sacarme de la duermevela en la que normalmente tomo mi café. Para cuando estas líneas sean publicadas por mi amable editor, Francisco, quizás usted lo haya visto –y posiblemente, hasta olvidado– ya (tal es el poder y la fragilidad de un meme):

Fem1

Por lo que tengo entendido acerca del origen de esta “unidad de información gráfica” –el meme–, fue publicado (y quizás diseñado) por los administradores de una página de Facebook especializada en memes con temas de Ciencias Sociales.

La primera parte de la imagen –que fue precisamente la que llamó mi atención y me orilló casi instintivamente a compartir la imagen en mi muro– relata precisa y sintéticamente las pretensiones y los logros de las primeras feministas liberales de principios del siglo pasado, que podemos resumir en la consecución de la igualdad formal (i. e., ante la ley y en el texto de la ley) entre mujeres y hombres.

En efecto, como mujer nacida en un contexto urbano y clasemediero bajo (de acuerdo al INEGI mexicano) de finales de los ochenta me es muy difícil imaginarme un contexto social con pocas opciones para las mujeres. No puedo concebir un mundo en el cual no haya podido tener acceso a educación de calidad (disclaimer: gracias, ma, por haber financiado todos mis estudios. Desde el jardín de niños hasta el doctorado que estoy cursando), que a su vez me ha permitido ejercer mi derecho al voto activo de manera informada y disfrutar de oportunidades laborales relacionadas directamente con los temas que me apasionan. Mis circunstancias académicas y laborales no me han permitido acumular un patrimonio considerable, pero administro el que tengo sin presiones de ningún tipo. Y sobra decir que he elegido libremente a las personas con quienes he compartido algún vínculo afectivo de pareja, así como en estos momentos elijo no hacerlo.

Pero más difícil me es digerir el hecho de que formo parte de una minoría libre y educada que goza de derechos que para muchas otras personas (particularmente, mujeres y niñas) son solo sueños descabellados –en el mejor de los casos– o causas por las cuales una acaba dejándose la vida –como lo es para las y los miles de activistas de derechos humanos alrededor del mundo que viven bajo la constante amenaza de violencia–. Y, lo que desde mi punto de vista es peor, que este contexto de desigualdad(es) continúe reproduciéndose sin que aquellos que podemos hacer algo lo hagamos.

Desde el plano teórico la cosa se vuelve peor: como estudiosa de la política (de los fenómenos políticos), es difícil constatar la existencia (legitimación y pervivencia) de un contrato social que le ha fallado a la mitad de sus contratantes.[4] Le ha fallado en el sentido de que no ha cumplido la promesa central del contrato a saber, el asegurar un estado de cosas tal que les permita vivir una vida pacífica (à-la-Hobbes), gozar de un cierto margen de disfrute de derechos (à-la-Locke) y disfrutar de las condiciones necesarias para “autogobernarse” a nivel político y personal (à-la-Rousseau).

Salir del clóset

Antes de comenzar esta sección, debo aclarar que en ningún momento quiero hacer burla o estigmatizar a la comunidad LGBTTTI. Simplemente recurro a esta expresión porque me parece una figura retórica adecuada para explicar la forma en la que hice públicos (ante mi familia, pues) un par de circunstancias vitales definitorias, a saber, mi elección vocacional y el abrazar la causa de los derechos humanos (con particular énfasis en los derechos de las mujeres y niñas).

Mi primera “salida del clóset” fue, por lo menos, descorazonadora. No para mí, sino para mi señora madre –cuyo sueño de conformar un despacho fiscal y contable de “madre e hija” (al vetusto estilo de “Padilla e Hijos”… vean ustedes la heteropatriarcalidad del asunto) se vino abajo cuando confesé que “lo mío, lo mío” era “eso de la Filosofía Política”–. Pero, como toda buena progenitora, supo replantear el camino y la meta mientras que sacó lo mejor de la situación (ahora es, quizás, la mejor agente de ventas de la revista en la que trabajo como asistente editorial). En cambio, la segunda salida requirió de mucho más tiempo, paciencia y discusiones. Sobra decir que hasta la fecha trato de combatir sus reticencias a las parejas homosexuales y, en general, a hablar libremente de derechos sexuales y reproductivos (aborto incluido). De la posibilidad de que yo sea (en un futuro más o menos lejano) la proveedora principal de la casa mientras mi pareja se queda cuidando a los niños, mejor no hablamos.

Como bien señala Beatriz Gimeno en una de sus tantísimas columnas, el problema de ser feminista (de descubrir el feminismo) es la carga que todo conocimiento trae consigo: “una vez que una sabe, no puede elegirse no saber.”[5] Cuando uno se convierte en defensor de los derechos humanos, defensor de los derechos de los animales o feminista es por una cuestión de principios, nunca de pertenencia.

The clash of civilizations

(S. Huntington estaba equivocado. El verdadero choque de civilizaciones está entre el feminismo y el heteropatriarcado).

Hace algunos meses ya, mientras salíamos de la oficina que compartimos, comentaba con un amigo el hecho de que me sentía culpable por el hecho de que me gustaran los gestos “caballerosos” como el que me abran las puertas y me “ayuden” a pasar por ellas.

Craso error: lo que pretendía ser un chiste posmoderno e igualitario recibió como respuesta el asombro-horror de mi acompañante (respuesta a la que, debo decir, considero ya como parte consustancial de su carácter). A este incidente siguieron varias discusiones (a este punto creo que ambos hemos perdido la cuenta) sobre qué es el feminismo y de si éste incluye o no a los hombres. Él sigue sin poder concebir que una mujer (a excepción mía) considere que estos gestos galantes tengan como trasfondo actitudes discriminatorias contra las mujeres. Y yo sigo asombrada de que un hombre que cree firmemente en los talentos de las mujeres y en la necesidad de luchar por la igualdad material no se asuma como feminista.

¿El feminismo moderno? LOS feminismos

Quizás la parte más difícil de ser feminista (the “F” word, como se maneja en algunos círculos estadounidenses)[6] es asumirse como tal gracias al estigma social que muchas personas asocian con ella. Puede sonar a cliché, pero la lucha (diaria) por explicar que no estoy en contra de los hombres, que mi elección ideológica no se encuentra influenciada por mi orientación sexual, y que expresiones como “feminazi” son totalmente contradictorias no es menor. A diferencia del machismo, el pensamiento feminista es tan vasto y plural que es posible encontrar una corriente a tu medida, o casi.

En este contexto, la segunda parte del meme que dio origen a esta columna constituyó una verdadera (perdonarán la expresión) patada en los ovarios. Básicamente, esta sección sostiene que los objetivos del feminismo “moderno” son:

  • Abolir la depilación
  • Criminalizar los halagos
  • Satanizar el “amor romántico”
  • Destruir lo femenino y lo masculino
  • Su cuerpo como objeto de reclamo
  • Lesbianismo por rebeldía

Mi objetivo en los siguientes párrafos será, entonces, tratar de analizar la pretensión feminista que se encuentra detrás de cada de uno de estos “neo-objetivos” y de porqué son válidos y deseables para todas, todos y todxs. Ustedes perdonarán que, para ello, deba reconstruir (y de-construir) varios conceptos, tesis y partes del debate feminista generado en los últimos treinta años, aproximadamente. A final de cuentas, no puedo –no quiero– escapar a mi vocación de filósofa (en ciernes) analítica.

1. y 5. Mi cuerpo es mío: regresemos el control de los cuerpos femeninos a quienes pertenece.

Me parece que estos dos puntos (la “abolición de la depilación femenina” y “su cuerpo como objeto de reclamo”) pueden ayudar a comprender a una persona “de a pie” una de las luchas más importantes de los movimientos feministas modernos: el dominio de las mujeres sobre sus propios cuerpos y, en paralelo, la des-objetivización del mismo.

El caso de la depilación del cuerpo femenino es paradigmático en este sentido. A través de la exigencia relativamente reciente (de la década de 1930 en adelante) de eliminar el vello corporal no deseado (¿?)[7] gracias a indumentarias que dejan al descubierto buena parte del cuerpo, el aspecto de los cuerpos femeninos es objeto de escrutinio público en el más amplio sentido de la palabra. No así el de los cuerpos masculinos, cuya capilaridad puede ser mostrada en espacios públicos (parques, playas, etcétera) sin mayor escarnio público.[8]

Las conclusiones a las que llegó un experimento propuesto por una profesora de la Universidad de Florida no podrían ser más reveladoras en este sentido.[9] Las y los participantes decidieron dejarse crecer el vello corporal –o, en el caso de los hombres, eliminarlo con regularidad– por varias semanas, a la vez que llevaban un registro más o menos detallado tanto de sus reacciones como de los comentarios que recibían de otras personas. Uno de los hallazgos más significativos de este estudio fue la existencia de diversas redes de presión social, que mediante sus comentarios y apreciaciones negativas hacia su aspecto físico “aseguran la conformidad no sólo a los ideales de feminidad sino también a las ideales de feminidad heterosexual, particularmente [hacia] la feminidad heterosexual que asegura siempre el dominio del hombre sobre el poder de decisión de las mujeres.”[10] Dichas redes incluyen a prácticamente todas las personas que tienen relación con las mujeres, desde sus padres y amigos “hasta perfectos desconocidos, colegas y amigos de los amigos”.[11] Y es así como, lenta pero subrepticiamente, las mujeres recibimos el mensaje de que “volverse atractiva a los hombres no es sólo una opción, sino un mandato.”[12]

Pero este discurso (de objetivización y deseabilidad del cuerpo femenino) no se queda sólo en la existencia (o no) de vello corporal. También se encuentra detrás del establecimiento de un estándar de belleza que es imposible de alcanzar para la gran mayoría de mujeres a nivel mundial: formas más o menos proporcionadas –pero al mismo tiempo que no sobrepase un determinado número de kilos y/o una talla en particular–, cuerpos atléticos pero no excesivamente marcados, un color de piel que se ubique dentro de determinados rangos cromáticos, que recurra a determinados estilismos en lo que respecta al cabello, y así sucesivamente.[13] Más aún, el hecho de cumplir con otras ‘expectativas’ sociales –como lo es aún la maternidad biológica–, no exime a las mujeres de estar expuestas a esta exigencia de deseabilidad.[14]

En última instancia, este conjunto de expectativas implican la pérdida de poder (y, en consecuencia, su tránsito de sujetos capaces de decidir autónomamente a objetos que generan deseo sexual) de las mujeres. Y, a su vez, la objetivización genera –peor aún, normalizan– de manera más o menos directa fenómenos como el del acoso callejero, el abuso o la violación sexuales

2. Criminalizar los ¿halagos?

Por otra parte, este segundo punto es uno de los más fáciles de rebatir (en tanto se encuentra fundado en una trágica confusión de los dos términos centrales de la frase, “criminalización” y “halagos”). Parto del supuesto de que esta frase se refiere a las leyes y ordenanzas administrativas que penalizan el acoso callejero –otra expresión, de nuevo, muy amplia, ya que incluye desde las (desafortunada expresión) “miradas lascivas” de nuestra Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia del Distrito Federal[15] hasta la tipificación penal del hostigamiento, acoso, abuso sexual y el feminicidio–.

La acción de halagar, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, comprende tres acciones diversas: “dar a alguien muestras de afecto o rendimiento con palabras o acciones que puedan serle gratas”, “dar motivo de satisfacción o envanecimiento” a alguien y “adular o decir a alguien interesadamente cosas que le agraden”. Con base en estas acepciones, la externalización de un halago hacia otra persona –sea del género que sea– bajo la forma de un discurso verbal estaría defendido por el derecho a la libertad de expresión y, salvo casos determinados, sería susceptible de algún tipo de sanción.[16]

Por su parte, el discurso feminista se ha esforzado por lograr que la comisión de ciertas expresiones de violencia de género sean castigadas por la ley. En ese sentido, el Derecho Penal distingue entre la comisión de delitos y crímenes (donde los segundos constituyen una subespecie del primero que se caracteriza por una especial gravedad o importancia). En el caso que nos ocupa, se ha buscado desincentivar (con miras a eliminar) la existencia de un fenómeno social en específico que se ha conceptualizado como “acoso sexual callejero” a través de tipos penales (“delitos”) con sanciones relativamente bajas que en modo alguno son equiparables a un crimen.[17] Los halagos, pues, continúan siendo perfectamente legales.

El problema, pues, es que el acoso callejero no constituye un halago para las mujeres que lo reciben –que lo recibimos–. En primera instancia, las expresiones intimidatorias de contenido sexual por parte de un perfecto desconocido no son un “motivo de satisfacción o envanecimiento” ni una acción que agrade o deleite. Al contrario, resultan incómodas en un primer momento y generan desconfianza, en un segundo.

Esto es, a nivel individual, la exposición hacia este tipo de expresiones tiende a desminuir la confianza personal de quienes lo reciben, mientras que a nivel social, crecemos y nos manejamos en una situación de desconfianza hacia el otro, hacia aquél que emite los halagos y que, de conciudadano y par pasa a potencial agresor –en el mismo sentido en el que el hombre hobbesiano es el “lobo” de su igual–. Una pérdida de confianza que no contribuye a la construcción de interacciones sociales entre iguales y sí a la conformación de jerarquías artificiales donde el individuo de rango superior se convierte en tal en el momento en el que logra infundir temor.

3. Amor romántico

Este tercer punto hace referencia a las propuestas de desmitificación y eventual desmantelamiento del modelo de relación de pareja heterosexual, monógama, de larga duración y con hijos. En un primer momento, la instauración de este paradigma como “normal”[18] hace que las parejas que se alejan de este modelo –como las conformadas por personas del mismo sexo o aquellas que no desean tener hijos– sean minusvaloradas de manera automática (lo que explicaría, por ejemplo, su menor representación en los medios masivos de comunicación o el que no siempre se encuentren considerados dentro de la normatividad legal).

Este modelo no sólo se limita a señalarnos cómo es que debe integrarse un vínculo de pareja; también nos indica cómo es que debemos comportarnos dentro de los límites de ésta. Propone, a grandes rasgos, una relación idílica y perfecta, “fuente de felicidad absoluta” donde no existen desacuerdos y la rutina y la monotonía no pasan, donde dos seres completamente distintos se encuentran y forman ‘uno’. Donde el componente más débil –la mujer– adquiere su plena valía y realización sólo cuando logra el objetivo último (ser amada dentro de una pareja ‘bien’ establecida, esto es, casada), mientras el más fuerte no tiene derecho a demostrar plenamente sus necesidades emocionales.[19]

Para los efectos de este texto, únicamente señalaré que es precisamente esa idea (que relega a la mujer a un plano secundario y reduce su valía a pareja sentimental) contra la cual el feminismo moderno carga todas sus baterías. ¿Por qué? Porque este orden secundario fomenta tanto la objetivización de la mujer (que “pertenece” a su marido o pareja) como la reducción de los posibles planes de vida de cada una de ellas (esto es, o eres esposa-madre o no eres una mujer plena) y aprueba, de manera indirecta, el uso de la violencia contra las mujeres que no concuerdan con este ideal, sea en público o sea al interior del hogar. Lo que el feminismo tiene que decir al respecto es, en resumen,

Fem2

4. Un cambio de paradigma: los nuevos modelos de feminidad y masculinidad

El cuarto punto a objetar es la “destrucción” de los arquetipos de feminidad y masculinidad hasta ahora existentes. Empezaré por señalar que este supuesto es correcto: casi todas las corrientes feministas están de acuerdo en la necesidad de superar las expectativas tradicionales que asignan roles y patrones de comportamiento binarios, cerrados y, hasta cierto punto, complementarios. Dichas expectativas se han conservado y transmitido de manera tan natural e inconsciente que forman parte de nuestra tradición occidental y muy pocas veces suelen ser visibilizadas y racionalizadas. De ahí mi elección del término “arquetipo”, que no es para nada casual: es, de acuerdo con una de las definiciones proporcionadas por la RAE, una “representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad”.[20]

Este supuesto es cierto en tanto desde el surgimiento del feminismo liberal se ha apuntado hacia la eliminación de las desigualdades entre mujeres y hombres a través de la transformación de dichas exigencias. Los ejemplos, creo yo, son ya de conocimiento de todas y todos: la incorporación de las mujeres al sector formal de la economía, el involucramiento de los hombres en las tareas de trabajo doméstico y del trabajo de cuidado (i. e., crianza de los niños y cuidado de las personas de la tercera edad o con capacidades diferentes), la implementación de servicios públicos y otras medidas que permitan conciliar la vida familiar y laboral, etcétera.

Pero los feminismos moderno y posmoderno buscan ir un paso más adelante. En pocas palabras –porque es un argumento que abordaré en el próximo apartado– se proponen otorgar el dominio de los cuerpos femeninos a las propias mujeres. Y esta emancipación tiene como primer y único objetivo permitir a dichos sujetos la consecución del plan de vida que más les agrade, con las debidas limitaciones necesarias para la convivencia en sociedad (muy a-la-Rawls).

Muchas veces, estos planes de vida se encuentran en contradicción con estos esquemas binarios (algo que podemos constatar en la vida real: mujeres que aman a otras mujeres, hombres que no desean seguir el estereotipo de “macho”, personas que no tienen interés en ser madres[21] o padres…) por lo que, desafortunadamente, el espacio social y legal para llevarlo a cabo se reduce sustancialmente. Digo desafortunadamente porque las limitaciones sociales y legales no se encuentran justificadas o, mejor dicho, tratan de serlo con base en criterios sin fundamento racional o empírico[22] alguno (los ya mencionados “estereotipos” y “arquetipos”).

Para lograr este empoderamiento (disculparán ustedes el anglicismo), es necesario combatir los estereotipos y arquetipos de lo femenino –y, por qué no, también de lo masculino– que se encuentran profundamente arraigados en nuestro inconsciente colectivo. ¿Por qué? La respuesta es muy simple: en tanto la concepción predominante de mujer y feminidad nos relegue a un plano de debilidad (e inferioridad) física, intelectual y emocional, no será posible elegir y vivir libremente el plan de vida que queramos. El mensaje del feminismo al respecto es, en palabras de Beatriz Gimeno, el siguiente: “Como feminista no aspiro a un mundo sin diferencias, naturalmente, sino a un mundo en el que las diferencias no estén determinadas por el sexo.”[23]

De ahí el surgimiento del interés académico por los estudios de género (Gender Studies), entre los que se encuentran, también, los estudios acerca de la “masculinidad”.[24] El trasfondo social de este discurso es el reconocimiento y aceptación de las diferencias; de las diferentes formas de ser mujer, de ser hombre, de ser genderqueer (i.e., el “tercer género”) o con género fluido. En resumen: no es malo ser diferente y no “encajar” en el modelo preestablecido de mujer o de hombre. Está bien ser diferente. Está bien ser diferente y no (se debería) tener vergüenza por ello.

 5. El cuerpo femenino como objeto: sí, pero sólo cuando yo lo decido

Si bien este tema ya fue abordado en parágrafos anteriores, quisiera aprovechar este espacio para retomar un análisis agudo y muy fino que Beatriz Gimeno hace respecto del caso Femen (el grupo feminista “radical” europeo que es más recordado por sus manifestaciones de protesta con el torso desnudo). Me tomo la libertad, pues, de reproducir a continuación el núcleo de su postura (favorable, por lo que leo) frente a movimientos de este tipo (énfasis añadido):

[Las acciones de protesta de estos grupos] Nos recuerdan que apropiarnos de nuestros cuerpos para sexualizarlos, protestar, mostrarlos, escandalizar, molestar…es aún nuestro derecho y todavía puede ser una estrategia útil. Femen y la represión que sufren cada vez que enseñan las tetas nos recuerdan también –de manera muy palmaria- la aparente paradoja de que vivimos en un mundo en el que el cuerpo femenino es mostrado sin problema en la publicidad para vender todo tipo de cosas; es utilizado en la pornografía que se vende libremente en cualquier quiosco o librería a la vista de todo el mundo; es mostrado continuamente en la televisión, la fotografía o el cine sin ningún problema, todos los días a todas horas (y desde luego no estoy diciendo que no debiera verse/mostrarse sino hacerlo en condiciones de igualdad con los hombres). Pero al mismo tiempo, si ese mismo cuerpo es mostrado por las propias mujeres no para ofrecerlo a la mirada masculina, sino como arma de protesta, entonces parece otro cuerpo (es otro cuerpo en realidad) y se censura.” [25]

Que este tipo de argumentaciones y defensas tengan que ser escritas y evidenciadas hoy en día nos da una idea de cuán largo es (aún) el camino por recorrer en términos de igualdad sustantiva entre hombres y mujeres. Sí, es cierto que muchas batallas se han conquistado ya, pero también es cierto el hecho de que las mujeres (pos)modernas aún vivimos sujetas a estándares y exigencias sociales más sutiles, quizás, pero no por ello menos esclavizadores y difíciles de erradicar.

Por un lado, “debemos” ser exitosas y competitivas en el ámbito profesional, mientras que fuera de la oficina se espera que contribuyamos de manera prioritaria en la gestión de las relaciones amorosas (románticas), familiares y de amistad, así como de buena parte del trabajo doméstico.[26] Y, todo esto, mientras perseguimos un ideal de belleza irreal e inalcanzable con un armario “al último grito de la moda”. La perfección como una sutil forma de esclavitud.[27] Seguimos viviendo, pues, bajo la existencia de estándares heteropatriarcales bastante fuertes (que grosso modo son conocidos como heteronormatividad).

6. ¿Lesbianismo por rebeldía? La rebeldía es acabar con la cis-hetero-normatividad

A este (último) punto, queridx lector(a), ya estará un tanto hastiado de leer palabrotas nuevas e incomprensibles: que si el patriarcado y el heteropatriarcado, que si los “Gender Studies” y los genderqueer. El concepto de heteronormatividad hace referencia (trabalenguas aparte) al modelo tradicional (por extendido y “común”) de relaciones entre hombres y mujeres, que a grandes rasgos se puede caricaturizar como “chico-conoce-chica-la corteja-se enamoran-y-forman una familia-con-hijos” (base de muchas historias de la literatura y del cine comerciales). El prefijo “cis”, por otra parte, reitera la situación de pertenencia de un sujeto (gramaticalmente hablando) a un conjunto determinado[28] por lo que, en el término que da nombre a esta sección, hace referencia al término cisgénero (persona cuya identidad de género concuerda con su sexo biológico) y reafirma la idea de dos identidades sexogenéricas bien definidas y preestablecidas de antemano. El patriarcado no sólo es masculino, también es heterosexual, binario y cerrado. No es que las minorías no sean bien recibidas… es que ni siquiera existen.

De ahí que la concepción de un “lesbianismo por rebeldía” no es sino un ejercicio de invisibilización de lo diferente, de aquello que no encuadra con el modelo anteriormente descrito. Como bien nos recuerda Ana Francis Mor en una de sus columnas, la invisibilización suele llevar implícito el rechazo y el odio. Un odio que, desgraciadamente, a veces trae consigo ataques directos hacia la integridad física y mental.[29]

Conclusiones

El problema del feminismo es que conlleva un bagaje cultural tan denso y tan rico (pero en modo alguno difícil) que no es posible reducirlo a una o varias “unidades” de consumo rápido y superficial hacia el cual estamos encaminando a las y los usuarios de redes sociales. Y, al mismo tiempo, el mensaje de base del feminismo es tan simple, tan obvio, tan poderoso –y tan atractivo, que uno se vuelve supporter y follower–. La libertad y la posibilidad de elegir es nuestra. Para bien o para mal, podemos –o deberíamos tener el poder de– elegir sobre (casi) cualquier elemento de nuestro plan de vida.

La respuesta a mi amigo/colega es, entonces, que me gusta que me abran la puerta y me acompañen, más que me ayuden, (¡!) a pasar por ella. Pero, sobre todas las cosas, me gusta más elegir quién y cuándo.


Pamela Ivonne Rodríguez Padilla. Licenciada en Derecho por la UNAM y ‎Doctoranda en el programa de Scienze Sociali de la Universidad de Sassari, Italia.


[1] N. de la A.: Mi número de amigos y seguidores en ambas redes, así como mi calificación en Klout se ha incrementado lenta, pero continuamente desde mediados del año pasado, es decir, desde que tuve que cambiar mi lugar de residencia habitual por motivos de trabajo-estudio.

[2] O una “unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente”, de acuerdo con la definición ofrecida por Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/Meme (consulta: 29 de mayo de 2014).

[3] Hecha pues esta aclaración y domesticada un poco la nostalgia, sólo me basta añadir que más allá de mantener el contacto con mis afectos, amigos y colegas las redes sociales constituyen también una forma de hacer redes con personas que no conozco personalmente pero con quienes comparto algunas formas de ver la vida (como el compartir una postura política liberal, ser agnóstico, llevar una dieta vegetariana… y ser feminista/queer). Vamos, que no sólo se trata de darle like a las fotos de gatitos y de pandas (que, admito con un poco de embarazo, me gustan bastante).

[4] Esta misma conclusión puede extenderse, lamentablemente, al resto de las minorías sociales: las personas de ascendencia indígenas, los grupos en condiciones de pobreza extrema, las personas con capacidades diferentes… y un infinito etcétera.

[5] Véase Gimeno, Beatriz, “Ser feminista en un partido político (mi experiencia)”, en: http://www.pikaramagazine.com/2014/05/ser-feminista-en-un-partido-politico-mi-experiencia/ (consulta: 4 de junio de 2014)

[6] N. de la A., noticia de El País.

[7] Una reconstrucción sintáctica acerca del surgimiento y evolución de este fenómeno puede revisarse en Goñi, Paloma, “Estudios sobre la no depilación de la mujer e historia de la depilación”: http://www.airesdecambio.com/estudios-sobre-la-no-depilacion-e-historia-de-la-depilacion/ (consulta: 4 de junio de 2014). También resulta interesante leer sobre su experiencia en primera persona al respecto, en “¿Y si no me depilo?”: http://www.airesdecambio.com/y-si-no-me-depilo/ (consulta: 12 de junio de 2014).

[8] Otro de los grandes “tabúes” acerca del cuerpo femenino es el de presentarse en público sin camisa (y muchísimo más si los pezones quedan expuestos); cfr. Gimeno, Beatriz, “Cuestión de pezones”:http://www.pikaramagazine.com/2013/07/cuestion-de-pezones/#sthash.ry1N8gRV.dpuf (consulta: 4 de junio de 2014).

[9] Cfr. Fahs, Breanne, “Dreaded ”Otherness”: Heteronormative Patrolling in Women’s Body Hair Rebellions”, en Gender & Society, no. 25, 2011, pp. 451-472. Disponible en: http://www.breannefahs.com/uploads/1/0/6/7/10679051/2011_gender__society_fahs.pdf (consulta: 5 de junio de 2014).

[10] Cfr. Ibid, p. 467. Más aún, la autora del artículo y directora del studio señala que en no pocos casos las reacciones de las y los voluntarios incluyeron el temor –fundado o no– de ser discriminados y hasta atacados físicamente a raíz de este cambio físico.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem.

[13] Un ejemplo de la vida cotidiana pero vista a través de una perspectiva bastante crítica puede leerse en Mor, Ana Francis, “Cómo se pone bonita una buena lesbiana”, en http://www.m-x.com.mx/2013-12-08/como-se-pone-bonita-una-buena-lesbiana/ (consulta: 4 de junio de 2014).

[14] Cfr. Lueptow, Kelsey, “Babies Don’t ‘Ruin’ Bodies: 3 Reasons to Stop Saying They Do”, en http://everydayfeminism.com/2014/05/babies-dont-ruin-bodies/ (consulta: 4 de junio de 2014).

[15] Véase la fracción V del artículo 6 de la citada ley, en: http://www.inmujer.df.gob.mx/work/sites/inmujeres/resources/LocalContent/705/11/leyaccesovidalibe.pdf (consulta: 5 de junio de 2014).

[16] Sanciones penales por negar la existencia del Holocausto; Lars von Trier en Cannes.

[17] Respecto del caso particular de México, véase el cuadro comparativo realizado por la Cuarta Visitaduría General de la CNDH, en: http://www.cndh.org.mx/sites/all/fuentes/documentos/programas/mujer/6_MonitoreoLegislacion/6.9/E/E.pdf (consulta: 5 de junio de 2014).

[18] Buena parte de los argumentos que desarrollo en la sección 3 han sido ya (mejor) señalados por Coral Herrera Gómez en “La construcción cultural del amor romántico”, disponible en:

http://haikita.blogspot.it/2012/02/la-construccion-sociocultural-del-amor.html (consulta: 12 de junio de 2014).

[19] Estos argumentos se encuentran desarrollados de manera más extensa por la misma autora en “El amor romántico perjudica seriamente la igualdad”, disponible en: http://www.slideshare.net/CORALHERRERAGMEZ/el-amor-romantico-perjudica-seriamente-la-igualdad-vol-iv (consulta: 12 de junio de 2014).

[20] Cfr. La entrada de este diccionario en línea, disponible en:

http://lema.rae.es/drae/?val=arquetipo (consulta: 3 de junio de 2014).

[21] Es interesante hacer notar cómo es que la asociación mujer-madre se encuentra tan anclado en nuestro inconsciente colectivo que es prácticamente imposible encontrar un discurso feminista abiertamente en contra de la maternidad, tal y como señala Beatriz Gimeno en “Construyendo un discurso antimaternal”. Disponible en:

http://www.pikaramagazine.com/2014/02/construyendo-un-discurso-antimaternal/ (consulta: 4 de junio de 2014).

[22] Es tan acentuada esta situación que parte de nuestra forma de obtener nuevos conocimientos en este sentido (me refiero a la experimentación científica) se encuentra sesgada y empeñada en la demostración de diferencias neurobiológicas entre los seres humanos con base en el sexo. Un desarrollo más profundo de esta idea se encuentra en una editorial del mes de junio de 2014 Boletín mensual Género y Justicia del Programa de Equidad de Género de la SCJN , “El cerebro y el género”. Disponible en: http://www.equidad.scjn.gob.mx/spip.php?page=nota&id_article=1955 (consulta: 12 de junio de 2014). Otra reflexión al respecto, de B. Gimeno, en: http://www.pikaramagazine.com/2011/09/el-sexo-del-cerebro-o-el-cerebro-del-sexo/

[23] Véase Gimeno, Beatriz, “Violencia que no es de género”, en: http://www.pikaramagazine.com/2013/04/violencia-que-no-es-de-genero/#sthash.VEHsNVyw.dpuf (consulta: 4 de junio de 2014). Una aproximación igual de seria pero con toques irónicos puede leerse en Mor, Ana Francis, “Cómo se va pa’l sur una buena lesbiana”, en http://www.m-x.com.mx/2012-11-18/como-se-va-pal-sur-una-buena-lesbiana/ (consulta: 4 de junio de 2014).

[24] Véase la nota “El estudio de las masculinidades”, que forma parte del Boletín mensual Género y Justicia del mes de junio de 2014. Disponible en

http://www.equidad.scjn.gob.mx/spip.php?page=nota&id_article=2011 (consulta: 12 de junio de 2014).

[25] Véase Gimeno, Beatriz, “Femen. Por qué nadie está con ellas”, en: http://www.pikaramagazine.com/2013/04/femen-%c2%bfpor-que-nadie-esta-conellas/#sthash.XrW4iKb0.dpuf (consulta: 4 de junio de 2014).

[26] Why women can’t have it all, AM Slaughther

[27] Desafortunadamente, no recuerdo la fuente exacta donde encontré por primera vez esta idea, pero estoy segura que varias reformulaciones pueden ser encontradas fácilmente en Internet.

[28] De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, este prefijo “significa ‘de la parte o del lado de acá’”. Véase: http://lema.rae.es/drae/?val=cis (consulta: 12 de junio de 2014).

[29] Véase, por ejemplo Mor, Ana Francis, “Cómo se visibiliza una buena lesbiana”, en http://www.m-x.com.mx/2014-05-04/como-se-visibiliza-una-buena-lesbiana/ (consulta: 4 de junio de 2014).

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