Para las putas y maricas

A partir de un experimento realizado con estudiantes, la autora analiza los roles de género que nosotros como sociedad construimos e imponemos sobre nosotros mismos.

Cada estudiante de noveno grado recibió un pedazo de papel con una actividad o característica escrita, tales como “lavar los trastos”, “ganar dinero” o “débil”. Tres columnas en la tabla indicaban Hombres, Mujeres y Ambos. “En primer lugar –les ordené por escrito con una redacción deliberadamente vaga– pon tu papel en la columna correspondiente”. Cuando cada uno de mis alumnos completó la Parte 1, los cuadros quedaron así:

Hombres

Mujeres Ambos

Cavar letrinas

Alimentar a los niños

Educación

Construir casas

Cocinar

Inteligencia

Poderoso

Sutil

Trabajo

Liderazgo Belleza

Fuerza

Las instrucciones fueron vagas porque quería que mis alumnos completaran la actividad sin pensar para demostrar sus impulsos iniciales.

Mis alumnos repitieron el ejercicio con diferentes instrucciones: “pon tu papel en la columna dependiendo de quién es biológicamente capaz de llevar a cabo la tarea o demostrar la característica”. El primer par de alumnos comprendió la alteración, y cuando todos terminaron, cada papel había sido metido en la columna de “Ambos”. Lo están comprendiendo, pensé orgullosa. Cuando ellos lo piensan, ellos se dan cuenta que cada uno es capaz tanto de ejercer liderazgo como lavar trastos.

Sin embargo, para la opinión de otros alumnos, muchas actividades permanecieron en la categoría de Hombres, como por ejemplo “cavar letrinas”. Y no pude convencerlos de otra cosa.

Esta fue una peculiaridad que no había anticipado.

La intención fue abrir la discusión acerca de los roles de género que nosotros como sociedad construimos e imponemos sobre nosotros mismos. En la Parte 1, mis alumnos categorizaron actividades de acuerdo a lo que pasa en su comunidad. Las mujeres preparan los alimentos y cuidan a los niños, mientras que los hombres construyen casas y mantienen posiciones de liderazgo. En la Parte 2, ellos completaron el ejercicio más concienzudamente, dándose cuenta que a pesar de que su padre no sirve el arroz cada noche, él es perfectamente capaz de hacerlo.

Pero yo no planeé nada para que fuese aceptado que un grupo fuera físicamente incapaz de una actividad. Yo traté de dirigirme a ellos con preguntas. “¿Cada chico en esta escuela puede cavar una letrina solo porque es un chico?” “¿Ninguna chica en el mundo puede cavar una letrina?” “¿Sus hermanas y madres no demuestran fuerza física al cargar cubetas de agua de 20 litros en sus cabezas cada mañana?” Algunos a regañadientes admitieron que posiblemente una mujer podría cavar una letrina, “pero no lo haría tan bien como un hombre”, ellos concluyeron enfáticamente.

Yo me quedé muy sorprendida de que mis estudiantes y yo no estuviésemos de acuerdo en un nivel tan básico que yo hubiese voluntariamente sacrificado mi clase, haber pedido prestada una azada a un vecino, y cavar un agujero de 6 pies de profundidad en el centro del patio de la escuela para probarles que estaban equivocados. El problema fue que yo había usado una azada menos de cinco veces en mi vida, y si hubiese colapsado a causa de mi agotamiento en mi letrina medio cavada –un probable resultado–, ellos habrían triunfado. ¡Fíjate, te lo dijimos! ¡Las mujeres no pueden cavar letrinas!

Quedándome sin habla en mi aula, el desastre ya sonaba en mi cabeza. “¡No, no!” Yo gritaba. “Puedo hacerlo. Más bien, no puedo. ¡Pero no es porque yo sea una mujer! ¡Es porque yo nunca en mi vida he cavado una letrina!” Pero mis palabras permanecerían mudas debido al montón de tierra que me echaría encima a causa de haber fallado en removerlo en mi miserable y superficial intento de cavar un hoyo. Yo sería la débil profesora.

“Bueno, creo que con práctica, las mujeres pueden cavar letrinas”. Interrumpí mis propios pensamientos con un frágil intento de salvar el mensaje del día. No tendría las agallas de probar mis habilidades de cavar frente a cincuenta adolescentes.

En un curso que tomé llamado “Raza, clase y género”, discutimos estas cuestiones bajo el acuerdo de que el salón de clases era un “espacio seguro” –nosotros mostramos nuestras opiniones y experiencias sin miedo de ser ridiculizado–. Durante esta clase llegué a estar consciente de los prejuicios que nunca había previamente considerado, pero una vez señalados, aparecen en cualquier lugar. No sabía que un silbido hacia una mujer en la calle es un acoso sexual. Nunca había abierto una revista de modas y contado cuántas de las modelos mujeres estaban por lo menos desnudas, o cuántos modelos hombres exhibían de forma irreal músculos abultados.

Internalización es el proceso por el cual un grupo comienza a creer un estereotipo sobre sí mismo y subconscientemente se ajusta a esos lineamientos. Tal vez yo no tomé una azada aquel día porque realmente pensé que las mujeres no son diestras cavadoras de letrinas. Sin embargo, si fuera un hombre, tendría que tener confianza en mí mismo a pesar de mi falta de experiencia en excavar. Pero una vez que tomé el revelador curso, podría luchar conscientemente contra la internalización y el prejuicio.

Aquellos que no creen en alguna mujer deben darle una oportunidad, y aquellos que dudan de sí mismos necesitan dar un paso adelante e intentarlo. Incrementar el conocimiento nos da las herramientas para levantarnos nosotros mismos contra las expectativas poco prácticas.

No es solo en una comunidad rural que requiere el arduo trabajo de cavar letrinas donde estas ideas dan forma a la manera en que tratamos a los demás. En cada cultura me he dado cuenta que hay reglas que dictan nuestro comportamiento:

Los hombres no lloran.

Las mujeres deben tener cinturas pequeñas y senos grandes.

Los hombres encarnan la fuerza.

Las mujeres alimentan.

A un pequeño niño se le dice que se hará más fuerte y actuará como un hombre. Él pensará desde una edad temprana en ocultar sus miedos y suprimir sus emociones. A una niña que exprese una opinión fuerte se le hará callar con “sé una buena chica”. Se espera que las mujeres sean reservadas y no expresen o incluso tengan opiniones. Cuando las personas desafían las expectativas, nosotros las llamamos débiles, putas, cobardes, conchas, maricones, mujerzuelas, marimachas.

Todas las reglas que nos rodean son engañosas. En promedio, los hombres pueden soportar más peso que las mujeres. ¿Esto significa que cada hombre es más fuerte que cada mujer? De ninguna manera. ¿Esto significa que las mujeres son débiles? Por supuesto que no. Pero cuando escuchamos declaraciones que inician con “el hombre promedio…” nosotros erróneamente extendemos el estado a cada hombre del grupo. Nosotros llegamos a resistirnos a la posibilidad de que una mujer pueda ser más fuerte que un hombre, o en el caso de algunos de mis estudiantes, que una mujer pueda ser fuerte siquiera.

Ayer en el camino al trabajo, cortésmente incliné la cabeza ante alguien frente al cual pasé, y él tomó este dato como una coquetería. “Hola cariño”, él dijo en una baja y sensual voz al momento en que pasaba. Cuando volteé para sacudir mi cabeza, inocentemente estaba volteando en otra dirección, a pesar de que él sin lugar a dudas se había dirigido a mí. Sabía que su saludo era inapropiado, y de todos modos lo hizo.

Esto es una consecuencia de un desequilibrio de poder. La sociedad percibe a los hombres como más poderosos, lo cual me situó en una posición menor a los ojos de este chico. Sus palabras mostraron muy poco respeto, es por ello que comentarios pasajeros como estos deben ser consideradas como inaceptables al igual que otras formas de acoso sexual. Un hombre que llama a una mujer “cariño” sin que sea su hija o su pareja es condescendiente. Cuándo está bien llamar a las mujeres cariño, abre la puerta a más comentarios repugnantes, tales como “esa de rojo”.

Nosotras no estamos obligadas a aceptar esta mierda.

Yo he silbado cientos de veces, y ninguna ocasión me ha hecho sentir valiosa, atractiva o apreciada. Cada vez, ello me ha hecho sentir estúpida. Las mujeres no visten vestidos cortos con el intento de recibir gestos obscenos en la calle. El acoso sexual denigra a una persona, hombre o mujer, en la base de su género, y esto nunca está justificado.

No es siempre obvio el grado en que los mensajes sobre el género permean nuestra cultura. Su invisibilización los hace peligrosos, porque no nos damos cuenta que estamos siendo diariamente alimentadas por estándares sexistas. Esa es la razón por la cual es tan importante que nosotros continuemos incrementando nuestra conciencia al abordar estos problemas.

Hemos progresado. Menos adolescentes llegan a ser madres y más mujeres estudian y trabajan. Más hombres se quedan en casa para atender a sus hijos, y algunos centros de trabajo incluso ofrecen el permiso de paternidad. Sin embargo, hay signos ubicuos que permanecen y que deben superarse. Años de prejuicios no pueden deshacerse leyendo un artículo sobre género. Si hubiese una simple solución, los hombres moverían su cabeza cortésmente hacia mí en la calle más que recorrer con sus ojos mi cuerpo y gruñir hambrientos “dame eso, cariño”. Aquel muchacho no se volvería después y decir con simpatía “los chicos siempre serán chicos, no dejes que esto te moleste”. En la Parte 1 del ejercicio mis estudiantes pudieron situar cada actividad en “Ambos”.

Tanto hombres como mujeres se benefician de la equidad de género. Cuando nosotros tratamos a cada persona como un ser humano y no como sus genitales, nosotros permitimos que siete mil millones de conjuntos de habilidades, pensadores y trabajadores contribuyan a la sociedad, ciencia, política y educación. La mujer con autoridad y los hombres que cosen no son amenazas o insultos; ellos son personas con la libertad de ser ellos mismos.

Hemos recorrido un largo camino y podemos continuar. En lugar de ponernos cabizbajos y enjaularnos por una norma anticuada, podemos mantener nuestras cabezas en alto y asir el azadón para comenzar a cavar.

Traducción de Francisco Martínez Cruz.


Stephanie Newton. Licenciada en Neurociencia por el Wellesley College. Impartió clases de inglés a nivel medio superior en Mozambique por dos años y actualmente trabaja en el Departamento de Fomento en el Museo de la Ciencia en Boston. En su tiempo libre, ella hace malabares, toca el saxofón y toma fotografías borrosas.


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