Transgenerismo, transexualidad y masculinidades

El presente trabajo tiene como base de reflexión materiales empíricos y teóricos de la investigación doctoral en curso en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, que tiene como eje un estudio comparativo de los cuerpos transgénero y transexuales en las ciudades de México y Buenos Aires, en sus dimensiones estéticas, éticas y políticas.

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Las condiciones contemporáneas de la práctica y la reflexión del género, al colocar en primer plano el construccionismo de lo femenino y masculino, enfatizan aspectos que, con mayor o menor precisión, se han encontrado en las formaciones socio-simbólicas e históricas de los géneros. Por ejemplo, Conell, académica transexual, refiere que la masculinidad y la feminidad son proyectos de género. Aquella “es un lugar de las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los hombres y las mujeres ocupan ese espacio de género, y en los efectos de dichas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura” (Conell, 2003:109). Desde una mirada teórica diferente, pero coincidente en lo que atañe a la masculinidad como espacio y práctica con independencia de la estructura sexual, Halberstam habla de masculinidad de mujer para referir a ciertas prácticas, comprensiones y visibilizaciones: “La masculinidad de MUJER cubre una multitud de identificaciones travestidas en mi libro: marimachos, butch, mujeres heterosexuales masculinas, safistas y tríbades del siglo XIX, invertidas, transgenéricas, stone butch y soft butch, drag kings, cyber butch, atletas, mujeres con barba, y la lista no se para ahí.” (Halberstam, 2004:4).

Señalamos que estas posturas, a las cuales podrían añadirse otras, expresan lo que desde las prácticas sociales han configurado las relaciones entre los géneros desde tiempo atrás, al menos desde dos ejes. Las expresiones populares “verse masculino”, “no es verdaderamente masculino”, “se comporta masculinamente”, referido tanto a hombres como a mujeres, remite a un sustrato que coloca las formaciones de los géneros no solo como identidades o percepciones subjetivas, sino interacciones y simbolizaciones colectivas, espacios que se practican y ocupan inestablemente y deben ser sostenidos, pero también impugnados, cruzados o parodiados. El otro eje son las decenas de trayectorias biográficas en México y en otras civilizaciones y culturas, de los desplazamientos y vivencias masculinas de personas nacidas y socializadas primariamente como mujeres.[i]

Las experiencias transexuales y transgenéricas reconfiguran las masculinidades por medio de múltiples formas corporales, identidades, prácticas, reflexiones, escenificaciones, estéticas y creaciones. Sitúan un doble espacio reflexivo: el referente al campo de masculinidades ocupado y vivido por las mujeres que llevan a cabo los cambios a lo masculino, así como el estatuto de la masculinidad producido y reproducido por los hombres. El mundo contemporáneo problematiza con mayor insistencia el vínculo pensado espontáneo entre cuerpos de hombres y estructura masculina del género, motivando un pensamiento y práctica autocrítica de las relaciones genéricas. El flujo de los géneros y las modificaciones corporales para tránsitos sexo-genéricos no es exclusivo de Occidente ni de las sociedades actuales. Sin embargo, los cuerpos trans en la posmodernidad conviven en un campo de mayor legitimidad y ponen en entredicho las estructuras comunes de las vivencias corporales. Encuentros y desencuentros, las expresiones y experiencias de la corporeidad trans marcan, como un significante social, la postura sobre los cuerpos significantes mismos y sobre la propia construcción significativa de quien observa.

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Los cuerpos trans tienen una dimensión imaginaria singular. Anclados en el deseo cuyo tránsito afirma su comprensión y asombro, movilizan fantasías para procurar adecuar una imagen de sí pensada deseable, quizá pertinente, tal vez consistente. Las gradaciones son muy amplias. Las formas en que los cuerpos son imaginados remiten a una multiplicidad de posibles. Hay quien gusta de poseer una apariencia lo más próxima a los estándares de masculinidad socioculturalmente describibles. Otras personas optan por dejar visibles rasgos del sexo-género del cual ha transitado. O hacer desplazamientos y flujos entre ellos, acorde a su concepción del género, pero también a los escenarios. Asimismo lo imaginario corporal se enfrenta a límites económicos, sanitarios, etarios, familiares, entre otros. La aplicación de implantes, la imposibilidad de realizar cirugías o la presentación ambigua que tienen que hacer con familiares para no provocar una ruptura, son condiciones con las cuales la subjetividad de los cuerpos trans tiene que convivir. Si bien hay una estructura biológica de hembra y una socialización primaria en el mundo de la feminidad, los desplazamientos sexo-genéricos resisten, interpelan y cuestionan que los espacios de la masculinidad se den en los cuerpos de los machos de la especie[ii]. Senos y vagina, por nombrar algunos de los marcadores del sexo social más evidentes, no impiden durante algunos momentos de la trayectoria vital que la persona se perciba, viva y desee socializarse como varón. Puede suceder, sobre todo en la dinámica transexual con mayor frecuencia que en la transgenérica, que se realicen modificaciones como eliminar los senos, añadir un pene, motivar el crecimiento del vello en el rostro y otros significantes asociados a lo masculino. En todo caso lo esencial sigue en pie: la masculinidad es una estructura de interacción, conformación y reproducción de la relaciones de género, y un espacio social en donde los cuerpos sexuados pueden o no participar de las relaciones de poder y control que históricamente detenta.

Dani es un hombre transexual de 36 años. Paseador de perros, realizamos la entrevista bajo un árbol de la Plaza Francia, cerca del cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Recuerda que desde los cinco o seis años tenía la percepción de ser o querer ser un hombre, aunque “al principio el género es muy difícil de visualizarlo. Yo fui un hombre que fue educado para ser mujer”. Ello no impide que asocie sus actividades con el mundo de la masculinidad y, pasando el tiempo, incorpore elementos estéticos y biomédicos, íntimamente ligados a las experiencias trans. La hormonación permitirá que aparezcan aspectos que ligan estructuras de un cuerpo imaginado y elementos significantes que interpelan un sentido para la alteridad. Dani recuerda que, en casa de sus padres, frente al espejo se quedó “casi anonadado de ver que ya estaba saliendo Daniel”. Ese deseo que cruza el cuerpo trans se sitúa en ese componente que recusa la diferencia entre los sexos. Cuando Dani ve salir a sí mismo por medio de la incipiente barba frente al espejo, su gusto se encuentra en el control sobre el cuerpo supuesto natural de una hembra, ahora con atributos de masculinidad, pero, quizá fundamentalmente, en la integración entre formas estéticas y corporales con espacios sociales y subjetivos ya ocupados en varios aspectos desde y con la masculinidad. Con los pechos aplastados con vendas, usando ropa floja para que no sean percibidas sus formas asociadas a lo femenino, el vello en el rostro como marca deliberada de un tránsito corporal, se encarnan estéticas en que el cuerpo es imaginado. Con ello se relacionan los dispositivos biomédicos, si bien criticados por su relación vertical sobre el paciente, también ha dotado de un instrumental técnico y científico que ha permitido mayor circulación de los cambios corporales. La persona pone en entredicho la dicotomía de los sexos; organiza su experiencia en un desplazamiento que permanece reactualizándose en su deseo y sus conformaciones corporales, pero también indica, en solidaridad de las tecnociencias, la proliferación de los cuerpos y subjetividades contemporáneos.

Hasta hace unas décadas, pensar en un hombre embarazado podría haber sido una ficción o un deseo imposible. Hoy no lo es. Esta es otra de las formas en que las masculinidades son resemantizadas por las experiencias trans. El 19 de diciembre, en Entre Ríos, Argentina, dio a luz el primer hombre en ese país. La niña fue llamada Génesis Evangelina. Él nació como hembra y fue socializada como mujer en sus primeros años, llevó acabo el desplazamiento a la masculinidad. Ella, el caso inverso. Daniel Gil distingue entre diversidad y diferencia sexual en los siguientes términos: la diversidad atañe a los objetos intercambiables de un universo, y su expresión es metonímica. La diferencia, en cambio, se funda en la oposición, y su vehículo es metafórico. La exaltación contemporánea pasa por el eje de lo diverso, en tanto el orden de la diferencia es cuestionado. Ello se visualiza en dos aspectos significativos: la edad y la generación. Las sociedades contemporáneas ponen, precisamente, en entredicho la organización dimórfica y el origen de la parentalidad. Gil señala otras situaciones semejantes. Thomas Beati, un hombre transexual, se casa una bio mujer. Deciden tener un hijo. Ella no es fértil. Pero él, quien ha conservado el útero, es fecundado y da a luz. Un caso más se da en el matrimonio que establecen Scott Moore y Thomas, dos personas que, siendo primeramente mujeres (y una de ellas es madre de dos hijos), se establecen como una pareja de lesbianas. Posteriormente se transexualizan. Ya como varones deciden tener un hijo (Gil, 2012:18-21).

Sin embargo, el tema de la diferencia sexual no se resuelve con sólo un elogio de la diversidad, puesto que la diferencia habla de una relación y una posición en la estructura inconsciente. Ello ha posibilitado que se liguen las identidades trans con la perversión, pues ésta, en términos de estructura, tiene entre sus características esenciales el reconocimiento y simultáneamente desconocimiento de la diferencia sexual. Milmaniene enfatiza el concepto de la subjetividad perversa y ve en ella una de las condiciones de posibilidad de la agencia de las personas. Por ello plantea que las sociedades contemporáneas, latinoamericanas y euroamericanas principalmente, se encuentran en tiempos de perversión generalizada. En ese humus que pone en entredicho la diferencia simbólica, la radical diferencia, incluso, es una de las condiciones de posibilidad fundamentales en donde se organiza la socialización, adscripción y visibilidad del mundo trans. De acuerdo con Milmaniene, la diferencia sexual está inscrita en la estructura misma del orden simbólico. No hay neutralidad previa. No hay un cuerpo sin inscripción que le anteceda. Entre la diferencia sexual anatómica y las normas simbólicas de la heterosexualidad se abre el campo de las formas perversas. Ello no significa la relación simple entre real anatómico y simbolización; al revés, la castración simbólica permite la contingencia. Por ello la diferencia sexual es, podría pensarse, un punto límite: no conformada totalmente por un real biológico, tampoco se trata de considerarla como una forma simbólica más (Milmaniene, 2010: 21-74)

A esas interpretaciones en torno a la ocupación de la masculinidad de cuerpos primeramente asociados a lo femenino, pueden tenerse ópticas diferentes. Solo esbozaré dos aspectos. Fassin usa el término de democracia sexual para describir la conformación de movimientos y grupos sociales organizados para la exigencia de derechos, la visibilidad cotidiana de las formas de expresión e identidad no heterosexual, el diseño y aplicación de leyes y políticas públicas en muchos Estados, y en general, los procedimientos de la contemporaneidad que reconocen principios democráticos, posibilitando la amplitud de derechos en lo que concierte a la sexualidad (Fassin 2009; 67-76). Esa visión coloca a la sexualidad como un procedimiento político, enmarcada en relaciones de poder que permiten extender su reconocimiento y resistir el empequeñecimiento de los lugares sociales ganados. A lo cual podemos añadir, como bien lo comprendió Rubin (1989), que las relaciones de género implican asimetrías, desigualdades y opresiones, en donde se producen sexualidades estigmatizadas desde la óptica de las relaciones sexuales y de género dominantes. Los traslados de las vivencias trans luchan por la legitimidad, coherencia e inteligibilidad en un campo de vínculos de poder de las experiencias consideradas correctas y las posiciones de género adecuadas a los cuerpos sexuados.

El término de disidencia sexual, con el cual se describen en ocasiones los movimientos de la diversidad, alude a formas de disolución del orden socio-simbólico dominante. Ello no se ve como una avalancha destructiva, sino como la posibilidad, quizá por vez primera en la historia de las sociedades latinoamericanas y euroamericanas, de situar el campo de lo diverso en toda la expresión y extensión de la dignidad humana. No se trata de que se conformen cuerpos perversos, generalizados o locales, que el Edipo se desplace y resemantice en la organización parental de las familias arcoíris, o que las personas trans remarquen, con su estar social, un cuestionamiento escandalizante a la Ley. Se trataría, desde esa óptica, de ampliar las fronteras de lo humano acorde a las experiencias y luchas sociales.

Ello remite a un tema complementario a la forma en que los cuerpos se imaginan desde las identidades trans, y refiere a cómo son imaginables para quienes no se encuentran en ellas. Ahí, probablemente, se abre otro espectro singular, que va del rechazo al arrobo. Los cuerpos trans se dan en interacción, interpretación, aprendizajes, conflictos, solidaridades y violencias con otros cuerpos. Las dinámicas corporales se hallan en esa tensión que refiere a los principios que organizan la racionalidad de los cambios y construcciones socio-simbólicas con las cuales se ejecutan marcadores y desmarcadores de género, en flujos de un entramado social y político, su presentación estética y los escenarios en donde aparecen. En México y otras sociedades latinoamericanas, para las generaciones nacidas en los setenta y con anterioridad ha sido, a grandes rasgos, más complicado el proceso que para personas más jóvenes, aunque no cesan las condiciones sociales que establecen la construcción, vivencia y expresión de los géneros, por medio de los cuales se alientan identidades cuya expectativa, al ser rota, fracturada o desplazada, no deja de crear tensiones y conflictos, signados en muchas ocasiones por la discriminación y la violencia.

Un cuerpo puede ser inimaginable en un género. En Buenos Aires, por ejemplo, hasta la Ley de la Identidad de Género en 2012 se eliminaron los códigos que permitían a la policía reprimir a las personas que se vestían con ropa considerada del sexo contrario. En México, si bien no existía una ley semejante, no por ello ha sido menos la extorsión policiaca amparada en la impunidad. A ello hay que añadir burlas, asombros e incomprensiones sociales, dadas desde estructuras perceptuales y conceptuales que suponen que los cuerpos de las hembras deben ser femeninos y los de los machos, masculinos, aspecto que los cuerpos y subjetividades trans ponen en entredicho. En ocasiones, la incompatibilidad entre el cuerpo imaginario e imaginado desde la vivencia trans, y el cuerpo imaginable desde la óptica de personas próximas a esa experiencia no necesariamente pasa por la discriminación, sino también por la incomprensión y la ruptura de expectativas. Retomando el testimonio de Dani, recuerda: “yo siempre digo que el gran dolor de mi vida es la no aceptación de mi madre”. ¿Qué es lo no aceptado por esta madre y el padre de numerosos relatos trans, y desde luego de hermanos, primos, vecinos, compañeros? Una parte fundamental está en las formas diferenciadas de organizar, comprender y explicar la experiencia de esas corporeidades y los ideales que deben desarrollar. En una sesión de grupo de personas transexuales y transgénero en la Ciudad de México, en la Clínica Condesa, Antonio, un chico trans bajito y grueso, dijo que solo hasta sentirse forzado expresa su condición. Días antes había estado en un dilema. Una joven lo acariciaba mucho y no sabía qué decisión tomar. Finalmente le dijo la verdad y se hicieron novios. Uriel[iii], otro chico trans, dijo que lo mejor es decir siempre la verdad. Una mentira lleva a otra. A su novia (presente), le había comentado la verdad y seguían juntos. La novia de otro chico trans expresó al grupo, unas treinta y cinco o cuarenta personas reunidas en el auditorio, casi todas trans, que debían comprender lo complicado que es para alguien enterarse, luego de algún tiempo de relación, que su pareja no se vivía como mujer sino como hombre. Ella se había concebido mucho tiempo lesbiana, ¿ahora cómo pensarse?, ¿era heterosexual? No se trata solo de rechazo a la condición trans, sino al reconocimiento de que la hermana, la novia o la madre, son hermano, novio o padre. A estas formas no pueden olvidarse otras, tales como el desprecio y el rechazo. También la sorpresa, la admiración y la solidaridad.

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Las masculinidades son múltiples y la organización conceptual sobre ella se enfrenta a esa pluralidad. Si bien las formas dominantes refieren a relaciones de poder socialmente legitimadas que implican la jerarquía entre los géneros, en especial expresando su control sobre las mujeres y orientaciones e identidades no heterosexuales, también es cierto que las experiencias, prácticas, planteamientos y reflexiones sobre lo masculino escapan a una visión que lo concentra en lógicas de poder patriarcal, sin desconocer su existencia.

Los desplazamientos de las personas trans hacia las masculinidad reconfiguran relaciones corporales y de socialización, la estética, la ética y la erótica, así como los saberes, las simbolizaciones, las políticas y el derecho. En este texto solo abordamos una mínima dimensión, la que atañe colocar la masculinidad como un espacio socio-simbólico de las relaciones entre los géneros, sin que forme parte constitutiva de cuerpos sexuados específicos, aunque algunos de ellos puedan aproximarse a algunas de sus determinaciones. Ello invita a reflexiones sobre las praxis del género, sus relaciones de poder y las estructuras socio-culturales en donde acontecen y, simultáneamente, hacen acontecer, al ser posibilitados y posibilitarlas.


Alberto Torrentera. Maestro de asignatura en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, colaborador de investigación en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y doctorante en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.


[i] Por razones de espacio es imposible consignar los múltiples desplazamientos y sus formas específicas dentro de las relaciones socio-culturales, ya que acontecen en formaciones sociales muy diversas del atlas etnográfico. En los desplazamientos se entrecruzan legitimidad y trasgresión, integración social y violencia, repudio y solidaridad. Pueden existir lugares sociales establecidos, por ejemplo, entre la cultura de los piegan consideran a ciertas mujeres de corazón masculino, ninauposkitzipxpe, quienes adquieren los valores de agresividad, independencia y ambición que se consideran propiedades masculinas; no dejan de ser mujeres, pero su estatus es mucho mayor que el de otras (Ver Martin y Vorghies, 1978). Para casos de trasvestismo en Europa en los siglos XVII y XVIII, la obra de Dekker y Van de Pol (2006) es ilustrativa. Historias de desplazamientos aparecen en el ensayo de Bullough (en Nieto, 1998). En México, el caso de Amelio Robles, militar en la Revolución, descrito por Cano (2009).

[ii] Aquí, por razones de espacio, señalo una relación dimórfica, pero cabe añadir legítimamente los cuerpos intersexuados, los cuales pueden vivirse masculinos, femeninos, bigenéricos, agenéricos, con flujos de género y otras posibilidades, lo mismo que los cuerpos asociados históricamente a los hombres y las mujeres.

[iii] Estos dos últimos nombres son seudónimos, no así el de Dani, quien autorizó el uso de su nombre en los trabajos del autor.


Referencias

Bullough, Vern, “La transexualidad en al historia”, en Nieto, José Antonio (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura. Antropología, identidad y género, Talasa, Madrid, 1998.

Cano, Gabriela, “Inocultables realidades del deseo. Amelio Robles, masculinidad (transgénero) en la revolución mexicana”, en Género, poder y política en el México posrevolucionario, Gabriela Cano, Mary Kay Vaughan y Jocelyn Olcott (compiladoras), Fondo de Cultura Económica, México, 2009.

Conell, R. W., Masculinidades, PUEG, UNAM, México, 2003.

Dekker, Rudolf, Lotte van de Pol, La doncella quiso ser marinero. Trasvestismo femenino en Europa (siglos XVII-XVIII), México, Siglo XXI, 2006.

Fassin, Eric, Género, sexualidades y política democrática, UNAM-PUEG, México, 2009.

Gil, Daniel, “Elogio de la diferencia Nuevas subjetividades en la era de la ¿liberación? Sexual”, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, (115) 15-45, Montevideo, 2011.

Halberstam, Judith, “Masculinidad sin hombres”, entrevista de Annamarie Jagose, http://www.rebelion.org/hemeroteca/mujer/040429halberstam.htm

Martin, Kay y Barbara Voorhies, La mujer: un enfoque antropológico, Anagrama, Barcelona, 1978.

Milmanieve, José E., Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada, Editorial Biblos PSI, Buenos Aires, 2010.

Rubin, Gayle, Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, en Carol Vance, (Comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Ed. Revolución, Madrid, 1989. pp. 113-190. edición electrónica: www.cholonautas.edu.pe

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