Los custodios, los sin derechos

Recientemente se dio a conocer el caso de Jaime Bernal, un policía de la ciudad de México que decidió hablar sobre las condiciones precarias de los policías de la Ciudad de México y poco después fue despedido. Al leer este reportaje decidí narrar una de las experiencias más complejas que me han tocado en mi corta carrera profesional.

Ángela Guerrero Ángela Guerrero

Recientemente se dio a conocer el caso de Jaime Bernal, un policía de la Ciudad de México que decidió hablar sobre las condiciones precarias de los policías de la capital de México y poco después fue despedido. Situaciones como la de Bernal se difunden casi por goteo en los medios de comunicación, debido, entre otras razones, a que son pocos los casos donde policías deciden organizarse para exigir una mejora de sus condiciones laborales. Al leer este reportaje[1] decidí narrar una de las experiencias más complejas que me han tocado en mi corta carrera profesional.

Fue hace tiempo, yo buscaba trabajo y una querida amiga me llamó ofreciéndome dar unos cursos sobre igualdad de género y empoderamiento político en un estado de la República. Dado que era el lugar donde parte de mi familia había nacido y hacía tiempo que un proyecto así no caía entre mis manos, me emocioné y decidí aceptarlo.

De inmediato empezamos a armar el curso en cuestión. Después de impartir los talleres y de ambientarme sobre los graves casos de violencia hacia las mujeres en aquél lugar, vino una segunda propuesta que me cambiaría la forma de ver a los policías: hacer unas encuestas en una cárcel estatal y darle a las y los custodios de aquél penal un curso sobre los derechos de los mujeres privadas de su libertad. Ustedes disculparán no dar mayor detalle sobre el nombre o la específica ubicación geográfica, no me lo permitieron.

El recorrido empezó por avión, luego un camino de dos horas en autobús y finalmente un taxi que me llevó al hotel en donde me hospedaría por varios días. Ilusamente pensé que sería como cualquier otro proyecto en el que me involucraba, terminaría de hacer mis preguntas, hablaría por dos horas seguidas sobre derechos humanos, luego escribiría los resultados y esperaría la evaluación.

Al llegar el día del curso, me alisté lo más rápido que pude, tomé el elevador, llegué a la planta baja y me dirigí al salón donde daría el primer curso. Llegué con una presentación donde explicaba la situación de derechos humanos de las mujeres en la entidad. Fueron entrando temerosos, iracundos y malhumorados, era claro que no querían estar ahí. Era un curso más que los obligaban a tomar para no ser castigados. El grupo era de cuarenta custodios y custodias, y algunas personas que trabajan en el área administrativa, que molestos pedían que no durará cuatro horas, sólo una. Negocié con ellos, les pedí dos y accedieron.

Entonces, empecé a impartir el curso. Lo primero que hice fue darle a cada persona una pequeña hoja en la que debían escribir su edad, su nivel de estudios y responder algunas preguntas sobre la situación del penal. Al hacer la pregunta sobre cuál era la mayor dificultad que enfrentaban como funcionarios de prisiones, la respuesta, de prácticamente todos, fue el temor a una riña o un motín por parte de los internos, y la corrupción a la que son sometidos y de la que también son parte.

Inició el taller y la verdad es que no me hacían mucho caso. Los datos sobre las violaciones a derechos humanos en los penales les entraban por un oído y les salían por el otro. Con tal de que me prestaran atención cambié la estrategia y decidí preguntarles sobre su condición laboral, y la respuesta fue simple pero al mismo tiempo clara: nosotros trabajamos para ver, oír y callar. La situación para nosotros en el penal es muy precaria, al punto que ni siquiera tenemos café para mantenernos despiertos en los turnos de 24×24 horas, mucho menos agua potable.

Cuando entré en confianza y ya durante la segunda hora del taller, uno de ellos decidió ir más allá y mencionó la corrupción en el penal: aquí no se habla, no se denuncia, no se puede pensar. Un día uno de nosotros vio pasar bolsas de cocaína por uno de los pasillos, las traían cargando unos reclusos, él fue y denunció. Al día siguiente su esposa desapareció; otro trató que tuviéramos un seguro de vida porque nuestro trabajo es riesgoso, intentó hacer un sindicato para proteger nuestros derechos y al día siguiente fue detenido por actos de corrupción dentro del penal. Así nos enseñan como son las cosas acá, como hay que obedecer. Es decir, sí, somos corruptos pero tampoco podemos no serlo, la cosa es así y no hay como cambiarla.

Al conocer el caso de Jaime Bernal y recordar lo contado por los custodios a los que impartí el taller, me doy cuenta que tales condiciones son similares en el norte, en el sur y en el centro del país. De ello resulta que en México no exista un sindicato o defensorías del policía serias que vean por sus derechos, ni nada semejante pues cuando se han llevado a cabo protestas para demandar mejores condiciones laborales, cosa muy rara, los despidos y la represión son constantes, y simplemente se despide a los que participan.

En el caso de los custodios la situación parece ser aún mas compleja, pues además de las precarias condiciones laborales, día a día se enfrentan a sistema de justicia que además de que no logra tener centros de readaptación serios, que no cumplen con los mínimos estándares para dar un trato digno a las personas que están en prisión, y no brindan la seguridad mínima a sus trabajadores para realizar su trabajo. Es ese un lugar donde las consecuencias de un sistema podrido se conjugan para mostrar las dos cárceles, la de los encarcelados y la de los custodios, la cual sólo se diferencia por unos cuantos tubos alineados verticalmente.

Ahí los gritos, las riñas a las que los custodios tanto miedo tienen, o bien, las demandas por mejoras laborales se responden con el silencio de las autoridades. Ellos también son los sin dinero, los inexistentes, son los custodios que sufren del otro encierro en el que las opciones para cambiar de trabajo son prácticamente nulas.

Frente a esta realidad tan compleja, tenía que hablarles a los custodios del ejercicio y respeto a los derechos humanos, en un contexto en el que los derechos para ellos es una cuestión, en el mejor de los casos, de voluntad por parte de las autoridades.

Conoce más de La partitura del gran garrote

[1] Animal Político, Él es Jaime Bernal, el policía que reveló malas condiciones laborales y fue despedido, México, 19 de enero de 2015. Consultado en http://www.animalpolitico.com/2015/01/el-es-jaime-bernal-el-policia-que-se-revelo-contra-el-sistema-y-fue-despedido/

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