La política exterior de México: simulacro y resistencias.

La política exterior de México está dedicada a una sola cosa: construir una imagen de normalidad ante una crisis cada vez más profunda en la legitimidad del grupo en el poder.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

La diplomacia suele ser un juego de retruécanos y obscuras formalidades. Es el oficio que consiste en ocultar la propia intención con el fin de lograr un cambio en la del otro. En ella, los discursos maliciosos son llamados astucia y la tergiversación de los datos es una herramienta esencial del actuar de las élites que hablan en nombre de los Estados. Como muestra, recordemos las razones dadas por la administración de George W. Bush para la invasión de Iraq, demostrados como falsos en el transcurso de esa guerra imperial.

Ese mismo juego es el que el gobierno mexicano busca hoy jugar en su política exterior. Intenta combatir el creciente asedio a un régimen infestado por la corrupción, la impunidad y la violencia institucionalizadas a través de la palabra que oculta y desvía.

Al interior, el discurso de los voceros del grupo en el poder es cínico; al exterior, es oficioso y digno. Esta no es una oposición. Es una dialéctica. El desprecio con el cual la élite trata a la creciente indignación popular es el material del cual la máscara de legitimidad que utiliza al exterior se conforma. El enérgico rechazo a las críticas de la ONU en materia de desaparición forzada se corresponde con la complicidad u omisión de las autoridades mexicanas en la comisión de este atroz delito en nuestro país. La timorata crítica a la revocación provisional de la legalización de millones de indocumentados en Estados Unidos es equivalente de la política de muerte que persigue a los migrantes que deben atravesar el infierno llamado México. La inútil respuesta del gobierno frente a la ejecución extrajudicial de Antonio Zambrano en Pasco, Washington, es una sombra provocada por las ráfagas militares que ejecutaron a, al menos, 15 personas en Tlatlaya, Estado de México.

No hay siquiera una voluntad de simulación en las élites mexicanas. Lo que vemos es una estrategia que busca convertir en indiscutible una visión de la realidad construida en una burbuja de privilegios. No hay proceso social que se pueda oponer a la fuerza de su discurso. De ese tamaño es su arrogancia. De ese grado la autonomización del grupo en el poder.

La política exterior mexicana de las élites defiende las prebendas del crimen organizado y de los políticos que se enriquecen defraudando al erario. Busca todo subterfugio legal para evitar la búsqueda de responsables que terminaría por sepultarles. Insiste en la veracidad de la farsa, como en el caso de Ayotzinapa, para enfrentarse a las exigencias de los diputados europeos que cuestionan su actuar. Simula indignación y se refiere a acciones inexistentes o insuficientes cuando se enfrenta a las críticas públicas de personajes internacionales, como el director de cine Alejandro González Iñárritu. Se siente herida cuando la palabra México, el país de las decenas de miles de desparecidos y los cientos de miles de muertos, se vuelve sinónimo de violencia e impunidad. Emite comunicados condenando la violencia en Venezuela mientras la Policía Federal asesinaba a golpes a Claudio Castillo Peña, maestro jubilado de 65 años, en Acapulco, Guerrero.

Esta indignación de las élites frente a la mínima crítica exterior es reflejo de una mentalidad sectaria. Si perciben una intención oculta, una voluntad perversa por descarrilar su proyecto de nación, es porque están embriagados en su poder. Esa misma es la causa del desprecio con el cual tratan a la indignación que se propaga al interior de México, con mayor intensidad en el Sur del país. Son élites que están protegidas no sólo por las instituciones y por los cuerpos de seguridad, sino por un entramado jurídico que garantiza su impunidad y por una estructura socioeconómica que perpetúa su dominación.

La política exterior de México, entonces, está dedicada a una sola cosa: construir una imagen de normalidad ante una crisis cada vez más profunda en la legitimidad del grupo en el poder. Esta situación de urgencia se mezcla con la caída sostenida de los precios del petróleo, el fracaso estrepitoso de las grandes licitaciones en materia de transporte del régimen y la dilapidación de la narrativa vacía del Momento Mexicano.

A la decreciente credibilidad internacional del soberbio régimen se debe sumar un último factor: la política exterior de las resistencias. Los grupos de mexicanos en el extranjero se han encargado de mantener una crítica constante al grupo en el poder y a sus estrategias de legitimación en la arena internacional. Han tomado una postura proactiva a través de intervenciones que mezclan el arte y la política, el performance y la crítica. En esta labor han estado acompañados por simpatizantes extranjeros, creando efectivamente una solidaridad internacional en la resistencia frente a un régimen que administra la muerte y la miseria.

Las relaciones internacionales cuando son construidas desde abajo, horizontalmente, pueden ser otro espacio de lucha y transformación social.

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