Yo también quiero mi kit escolar del Partido Verde

Las campañas políticas en medios ofrecen poca información a los votantes. Se convierten en duelos de popularidad y sentimentalismo que se alejan de la crítica, la deliberación y el despliegue de ideas sobre la vida común. En ese contexto, la política electoral parece insuficiente para solucionar los problemas del país y se vuelve un vehículo para el clientelismo.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

Hace un par de semanas me lastimé la rodilla. Ahora ya no voy al trabajo en bicicleta. Debo alternar entre conducir, utilizar transporte público o subirme a un taxi. Además de estar en la antesala de una artroscopia, el mayor dolor que he pasado ha sido escuchar diariamente las campañas políticas en la radio.

A través del espectro los mismos mensajes me persiguen. Pequeñas cápsulas en las que no hay tiempo sino para prometer o cantar. Mensajes vacíos. Deseos vagos: vamos a subir el salario, vamos a reducir los impuestos, vamos a hacer todo lo que desean, sin explicar para qué, cómo y cuándo.

Promesas.

La misma fórmula que hemos escuchado por décadas sin advertir que, tal vez, detrás de ellas no haya más que un deseo monomaníaco de perpetuarse en poder y administrar la corrupción desde ahí.

Cuando las promesas son ya demasiado, la propaganda se reduce al jingle. Canciones de 30 segundos que hablan de la voluntad de un mejor país, de una mejor delegación, del trabajo realizado en décadas -haya o no sucedido. Hechos cantados que, a veces, parecieran ir en contra de lo que se percibe en el día a día.

Es difícil oponerse a lo que dicen las canciones, a lo que prometen voces nuevas con slogans reciclados. Dudo que alguien abiertamente afirme que no desea un mejor país. Que le interesa profundizar la desigualdad y perpetuar la injusticia.  En esos treinta segundos, no hay espacio sino para balbucear generalidades intrascendentes.

La propaganda electoral, acoplada los tiempos y las formas de los medios masivos, se convierte en mercadotecnia. Los candidatos-producto buscan diferenciarse por rasgos que se resumen en una palabra. Ciudadano. Atrevida. Diferente. La propuesta queda vetada del espacio de promoción. Se vuelve en un bien escaso. Uno que es difícil de encontrar, si es que existe.

Cuando el producto no es el candidato, sino el partido, la ambigüedad crece. Las plataformas ideológicas parecieran no existir. Todo se reduce a supuestamente tener buenas ideas, luchar por lo que más queremos, ser nuestra voz o representar a un individuo en particular. Es una política que apela a las emociones. Las filias, fobias, los temores y deseos de las personas pueden proyectarse en campañas que no dicen cómo lograr un México que se desea y que tampoco se define.

Las campañas políticas se presentan como una variación de la misma idea. La repetición sin cesar de una canción, de una serie de emociones diseñadas y de un conjunto de promesas frente a las cuales parece imposible estar en desacuerdo. No hay espacio para el disenso. El ciudadano que no milita se encuentra con una oferta que se parece al anaquel de cereales de un supermercado: productos chatarra con disfraces ligeramente distintos.

A ello se suma la imposibilidad de utilizar el voto ya no como un mecanismo de apoyo, sino como uno de castigo. Como señala Jesús Silva-Herzog Márquez en su columna del lunes 11 de mayo, el diseño del sistema electoral mexicano impide el uso del voto como un mecanismo punitivo. Las cúpulas de los grandes partidos están protegidas. Sus curules y dirigencias no peligran. Marchan a las elecciones sin propuestas, vendiendo vaguedades, sabiendo bien que no serán removidos de sus cargos.

La política electoral mexicana no es un espacio de conflicto y deliberación sobre visiones distintas de las funciones, forma y alcances del Estado y sus instituciones, sino una competencia por sus prebendas económicas.

Fuera de la reducida lógica del voto como mecanismo único de participación efectiva; de los partidos -sus diferencias desdibujadas- como supuestos representantes de la voluntad popular, y de sus cúpulas como élites autocráticas, quedan los procesos de lucha que continúan señalando las profundas desigualdades que vive México.

Ahí están los trabajadores agrícolas en San Quintín, siendo perseguidos y asesinados por las fuerzas del Estado por luchar por una jornada de trabajo digna y bien remunerada.

Las comunidades del Istmo de Tehuantepec luchando por su territorio frente a procesos de despojo realizados en nombre de la energía renovable, sin que haya mediado consulta previa.

Ante la pobreza de la oferta electoral y las carencias del sistema mismo, parece que a lo más que se puede aspirar es a una de las dádivas que cada ciclo electoral se ofrecen. Un kit escolar como el que ilegalmente sigue ofreciendo el Partido Verde. Uno de los pocos bienes tangibles que esta elección parece tener destinado para los votantes.

En un contexto de pobreza, desigualdad y largas historias clientelares, no debería ser sorpresa que la decisión de muchos se decantará con estrategias de este tipo.

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