Cuando la violencia nos alcance: elecciones, crisis de representación política y formas de protesta

Después de casi tres meses de precampañas y campañas esta semana termina el proselitismo político. Este proceso ha sido uno de los más grises en la historia electoral del país, pero en dicho lapso hay por lo menos dos sucesos que marcaron la competencia político-partidaria: el creciente asesinato de candidatos y la renovada violencia con la que los partidos y sus candidatos pelean un espacio político y la campaña por el no voto surgido a partir de la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Ángela Guerrero Ángela Guerrero

Después de casi tres meses de precampañas y campañas, esta semana termina el proselitismo político. Sin lugar a dudas, este proceso ha sido uno de los más grises en la historia electoral del país, pero en este lapso hay por lo menos dos sucesos que marcaron la competencia político-partidaria: el creciente asesinato de candidatos, la renovada violencia con la que los partidos y sus candidatos pelean un espacio político y la campaña por el no voto surgido a partir de la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Se ha observado un número importante de amenazas, extorsiones y asesinatos de candidatos a distintos puestos de elección en varias entidades del país durante las últimas semanas. Tal es el caso de los candidatos Enrique Hernández en Michoacán, Ulises Fabián Quiroz y Aidé Nava ambos en Guerrero, Héctor López en Tabasco y recientemente Miguel Ángel Luna Munguía en el Estado de México.

Sin embargo, la violencia no sólo proviene del crimen organizado, también se reproduce entre los mismos contendientes. Al menos en el Estado de México, Morelos y en el  Distrito Federal se han documentado riñas, golpes y peleas entre candidatos y sus respectivos equipos, de donde destaca el caso de la Delegación Cuajimalpa en donde se suscitó una riña tal, que 25 personas resultaron heridas, entre ellas el ex delegado Adrián Rubalcava.

Si no fuera suficiente el nivel de violencia que se ha alcanzado, también se han registrado amenazas y actos violentos por parte de candidatos contra periodistas o ciudadanos que protestan durante sus eventos, como fue el caso de Gabriela Vives y José Luis Guzmán Monroy de MVS Radio, quienes fueron amenazados tras publicar información sobre José Ignacio Peralta, candidato del PRI a la gubernatura de Colima, que lo vincula con el crimen organizado.[1]

Es decir, la violencia que se vive a diario no sólo crece y evoluciona al interior de las organizaciones delincuenciales. En medio de las elecciones, se deja ver que la reproducción de estos patrones de violencia está permeando en las estructuras políticas al punto que las y los candidatos,utilizan esas mismas prácticas violentas para amenazar y presionar a periodistas, ciudadanos o cualquier persona que piense de manera contraria a ellos.

Frente a esta situación, se da el segundo rasgo de este periodo electoral: el boicot a las elecciones. A raíz de lo sucedido en Ayotzinapa, el movimiento conformado por familiares de los estudiantes y diversas organizaciones llamaron desde el 22 de diciembre del año pasado al boicot a las elecciones. A partir de ese momento se han conformado distintas posiciones que van de la abstención hasta la quema de boletas electorales en algunos estados de la República.

Si bien se vive una fuerte polémica sobre la utilidad de esta medida y el “posible beneficio” que traerá al partido en el gobierno, la realidad es que los dos rasgos mencionados son una muestra más de la crisis de representación política que vivimos día a día. La violencia y el boicot a las elecciones visibilizan el hartazgo de un sector importante de la sociedad al cual le resulta incongruente salir a votar y percibe menos importante y urgente quitarle la mayoría legislativa al PRI pues poco se distingue del resto de la clase política partidista.

De este modo, el no ejercer el voto se ha vuelto una forma de protesta, una vía para manifestar el descontento social frente a un gobierno que no termina de resolver los problemas estructurales, a una clase política desgastada e incapaz de representar los intereses de la sociedad y que se percibe como uno de los principales obstáculos para resolver los problemas del país. Es una protesta que va más allá del ejercicio electoral y de la responsabilidad ciudadana de cruzar la boleta electoral, paralizarse tres años y esperar que las condiciones del país mejoren.

Así, en medio de un proceso electoral gris que únicamente sobresale por la violencia y el hartazgo, no nos sorprenda que el 7 de junio presenciemos los índices de abstencionismo y voto nulo —en elecciones intermedias— más altos de las últimas décadas y tampoco nos tome por sorpresa que el día de la jornada electoral la violencia se haga presente en varias entidades del país.

Conoce más de La partitura del gran garrote

[1] Redacción, “Periodistas reciben amenaza tras publicar posible nexo del candidato del PRI con el narco”, SinEmbargo, México, 4 de mayo de 2015.

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