Ilegitimidad, protesta y alternativas: una retrospectiva del proceso electoral 2015

El proceso electoral 2015 ha sido duramente criticado. Ante un clima de creciente ilegitimidad y de ausencia de propuestas radicales de cambio político y social, las protestas proliferan. La anulación, el boicot y las candidaturas independientes representan opciones aparentemente irreconciliables. Sin embargo, el diálogo entre estas y otras expresiones de inconformidad es necesario para construir plataformas para la equidad, libertad y paz.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

En la víspera del proceso electoral de 2015 podemos advertir que éste carecerá de legitimidad. Más que un deseo oculto, esta frase da cuenta de un hecho palpable. El descontento creciente con los marcos normativos e institucionales que regulan la democracia representativa mexicana atraviesa clases sociales y espacios geográficos. La inconformidad tiene muchas caras, pero todas comparten ciertas certezas: las reglas del juego están truqueadas, sus resultados no son confiables y las bases de la competencia no son justas.

Tomemos cuatro casos como ejemplo, intentando navegar la complejidad del escenario político mexicano.

Uno

El Instituto Nacional Electoral (INE), supuesto garante de la equidad en la contienda, ha mostrado su incapacidad de ejercer las labores que le competen. El ejemplo más claro es su relación con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Los castigos que en múltiples ocasiones ha buscado imponerle han terminado en una patética escena de comedia. El Instituto castiga, el Verde ignora las multas, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) las reduce y la pantomima pasa a una nueva etapa, a otro ciclo de repetición.

Después de las acusaciones de fraude que han marcado a las últimas elecciones en México, la actuación del flamante INE abona a un clima de comprensible desconfianza ante la incapacidad de los actores de hacer respetar las reglas que han diseñado. Hay ya circulando acusaciones de uso indebido de recursos, compra de votos y operaciones masivas de acarreo en todos los partidos. El INE tampoco se ha pronunciado con firmeza en estos temas. El mensaje parece claro: aceptemos el fraude como parte integral de nuestro proceso electoral. Intentar evitarlo es inocente.

El cinismo reina.

Dos

Campañas insulsas han tomado posesión del espectro radioeléctrico. El uso de la promesa disminuye ante la omnipresencia del jingle. Canciones de 30 segundos reemplazan a las voces de los candidatos como vehículos de propaganda política.

No existen discusiones sobre las propuestas de los candidatos, en muchos casos porque simplemente no las hay. De las plataformas ideológicas, no hablamos. El Estado y sus funciones no son campo de disputa política. Se acepta tácitamente que su estructura no debe modificarse. Pareciera que la labor continúa siendo la administración de la muerte y la miseria para unos, y del privilegio y el erario, para otros.

La crítica más sólida, desde los partidos, continúa siendo moral. El Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) busca cifrar la esperanza no sólo en el liderazgo carismático de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), sino en las propiedades alquímicas del combate a la corrupción. Ésta se convierte en la fuente de la pobreza, la desigualdad y la violencia. Se constituye como un escape a la comprensión de las causas profundas de las múltiples crisis que azotan a este país. Las raíces económicas del narcotráfico, de la caída en los precios del petróleo, de la pobre recaudación fiscal y otros tantos procesos, cada uno de complejidad indiscutible, quedan eclipsadas ante la función casi mágica del combate a la corrupción como única política pública posible.

No resulta tan extraño que, ante este desolador escenario, la discusión principal de columnistas de distintas ideologías sea  la validez y utilidad del voto nulo. Unos le defienden como un voto de confianza al sistema electoral, no así a las opciones que en esta ocasión se presentan. Otros le critican como una posición que termina por beneficiar al status quo, sin oponer una agenda política concreta. En ambos casos, se acepta que la lógica subyacente de las reglas es adecuada, que las modificaciones no deben de alterar su base y que el cambio ha de ser gradual y postergado para otra ocasión.

Tres

Michoacán, Guerrero y Oaxaca. Tres ejemplos que exponen que la crisis, por supuesto, excede a lo electoral. En los tres casos el Estado muestra que, en su estructura actual, es bien incapaz, bien cómplice, de la economía y la política de muerte que ahí se han convertido en cotidianas.

Tres estados en los que la organización colectiva tiene una larga historia. Desde los gremios de maestros, pasando por las policías comunitarias y los pueblos originarios que demandan gobernarse por usos y costumbres, la oposición a la estructura actual de la política es contundente. Una de sus últimas expresiones es el boicot electoral.

El 3 de junio de 2015, el INE declaró que, en las condiciones actuales, las elecciones no pueden suceder en Oaxaca. El ejército, instalado en las juntas distritales del Instituto, da cuenta de la cercanía de un estallido rebelde en el sur de México. Éste no sería, como algunos analistas quieren hacer ver, el resultado de la manipulación de agentes ocultos. Es, al contrario, la expresión organizada de un descontento que lleva décadas, o siglos, organizándose. Es la negativa no solo al estado actual de la contienda electoral, sino a la forma presente de organización del Estado mexicano, profundamente colonial, decididamente productor de desigualdad y muerte. Es una oposición de los sin voz, de aquellos que históricamente han sido condenados a las sombras, al no-ser.

Cuatro

Las candidaturas independientes son una figura difusa. En ella se mezclan individuos que, auspiciados por partidos, siguen asumiéndose como tales. Ahí están los ejemplos de Laura Ballesteros y Xiuh Tenorio en el Distrito Federal. Los dos compiten por el Verde, pero afirman que ese corruptísimo partido no es más que un vehículo. Otro acto de alquimia electoral en tiempos en los que ésta parece ser común.

Otros tantos son resultados directos de las estructuras partidistas, a las que abandonaron por razones diversas. Representan una inconformidad procedimental con los partidos. El disgusto con los mecanismos de lealtad y cuota con los que se asignan candidaturas les parecen injustos. Ahí tenemos a El Bronco, potencial gobernador de Nuevo León, que hasta hace poco fue priista y que no representa un cambio ideológico, sino meramente ornamental.

Menos son los que se localizan fuera del espectro de los partidos tradicionales por completo. El caso de Pedro Kumamoto en Zapopan ha capturado la atención nacional e internacional. Un joven indignado que, a través de los intrincados mecanismos que prevé la ley electoral, logró postularse como candidato para diputado local. Hoy parece que podría disputar su distrito, el 10, con un financiamiento que apenas llega a los 150 mil pesos.

El mantra de Kumamoto es “Los muros sí caen”. Ante la rígida partidocracia, Kumamoto ofrece la esperanza del cambio local. En múltiples ocasiones Pedro ha manifestado que su candidatura es colectiva. Que detrás de él marchan otros muchos que desean un cambio. Sin embargo, eso no puede ocultar que la bandera continúa siendo un nombre propio, un apellido que alude a un individuo particular.

Así, el cambio continúa percibiéndose como una labor personal. La acción colectiva se oculta. Tal vez inadvertidamente, esto sigue dificultando el planteamiento público de una disputa no sólo por el Estado y sus estructuras, sino por la redefinición de sus funciones en un momento en el que éstas permiten o provocan la continua violencia y pobreza que nos sobrecoge.

La construcción de una alternativa de cambio radical pasa por el diálogo entre estas varias inconformidades: la anulación, el abstencionismo, el boicot y la competencia electoral independiente.

Las protestas propias de aquéllos que hemos sido privilegiados por un sistema interseccional, que jerarquiza clases, razas y géneros, deben encontrar formas de dialogar con las que emergen desde el reclamo de los oprimidos por una voz propia y un destino decidido por ellos. Si no edificamos espacios colectivos y plataformas flexibles, parece difícil hallar salidas que construyan equidad, libertad y paz para un país que las reclama urgentemente.

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