Todas las hijas de Lilith se decapitan

Montserrat Escobar reflexiona sobre la diferencia entre Eva y Lilith, y la personificación de la segunda en la mujer escritora que experimenta voluntariamente una transformación dolorosa de su identidad mediante la metáfora de la metamorfosis.

Montserrat Escobar Monserrat Escobar

Por Montserrat Escobar Maitrett

Las expresiones individuales, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, nunca han estado aisladas del conflicto histórico, económico y político de su tiempo. La construcción identitaria y la literatura femenina no son la excepción. Para las mujeres escritoras, la exclusión y la conciencia del poder asimétrico en las relaciones de género han sido barrera y empuje, respectivamente, al cumplir cabalmente con la aseveración hecha por la filósofa Simone de Beauvoir respecto de que “no se nace mujer sino que se llega a serlo.”[1]

La Iglesia, el Estado y la escuela, espacios de poder público, han sido las instituciones universales que históricamente han impuesto los modelos paradigmáticos que articulan las funciones y los roles sociales. En la identidad femenina, la asignación autoritaria o consensual de valores ha estado ligada a la política sexual como conjunto de relaciones y compromisos estructurados con el poder, en virtud de los cuales un grupo de personas (mujeres) queda bajo el control de otro grupo (hombres)[2]; es decir, donde se observa que la condición fundante es el antagonismo y alteridad de lo inesencial femenino frente a lo esencial masculino.

En este sentido, el uso del mito interviene en la construcción y asunción de la identidad femenina plagada de edificaciones arquetípicas desiguales y por ende desfavorables. La base de la diferenciación mujer-hombre radica en el mito bíblico de Adán y Eva, el cual afianza la condición pasiva casi esencial en la figura femenina, quien dependió de la costilla de un varón para existir. No obstante, Eva, motivada por su innata curiosidad y en ejercicio de su libertad, come del árbol de la ciencia del bien y del mal, siendo éste el acto inicial de desobediencia. En este punto es necesario dar justa importancia a la dicotomía Mujer-Eva, pues establece la supuesta existencia del “eterno femenino” como forma ideológica que naturaliza la situación de la mujer haciéndola inherente a su esencia y que atribuye una especie de misticismo divino a la abnegación de ella.

Por otro lado hay que resaltar que ningún mito ha logrado acallar la voz femenina. Como ejemplo tenemos a Lilith, primera fémina creada no de una costilla ni de otro ser. Ella abandonó el Edén y a su esposo porque no soportó la primacía de Adán, al que subversivamente se dirigió: “¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual”.[3]

Pero no es el único caso, pues a lo largo de la historia y en muchos lugares se han sucedido réplicas de Lilith’s y un largo etcétera de referentes míticos: Pandora, Circe, Medea, Salomé, Judith, Dalila, Cleopatra, etc.,[4] todas ellas representaciones y personificaciones de la diferencia entre la mujer pasiva que acontece de manera inercial y aquélla activa que transgrede y se debate ontológicamente para existir.

A la fémina que desobedece se le asocia con Eva como representación de la mujer pecadora, quien para su redención debe experimentar remordimiento, culpa y dolor, junto con todas las mujeres que le suceden. En este sentido, la que decide ejercer su libertad sin culpa está ligada a Lilith o femme fatale, hembra mala y transgresora que reconoce dos enemigos con los que tiene que guerrear incesantemente: el hombre y ella misma en relación con otros varones e instituciones del sistema patriarcal, donde los valores preservan la superioridad del género masculino.

En el siglo XVII, en Occidente, la secularización del Estado hizo prevalecer la exaltación de la razón y la ciencia por encima de la superstición, pero ni así el pensamiento más progresista hizo eco al derecho de la mujer de ser incluida en el lema revolucionario “Liberté, Egalité, Fraternité”. Ellas siguieron siendo valoradas desde la razón de ilustres hombres: filósofos, religiosos, artistas, científicos, políticos. Todos ellos tenían asegurado aprender a leer, escribir y participar de los asuntos públicos; privilegios que además les otorgaban autoridad para conferir identidad y al mismo tiempo ratificar la presencia de las mujeres en espacios privados y familiares.

En el caso de América Latina la condición no fue distinta. La antropóloga mexicana Marta Lamas sostiene que la diferencia sexual constituye una referencia universal presente en todas las razas, etnias, clases, culturas y épocas históricas; aquí la figura de la Virgen da paso al fenómeno socio-cultural denominado Marianismo, que es el reconocimiento idolátrico de la superioridad espiritual femenina.

En este sentido, el aplastamiento del sistema patriarcal hacia la mujer implica que el autoconocimiento se convierta en factor fundamental en el camino por liberarse. Asumo que la búsqueda de la identidad femenina mediante la conciencia es doloroso, pues va ligado a la experimentación de una metamorfosis por decapitación inevitablemente (de modo metafórico). Exorcismo de la culpa y el miedo, reforzados por la violencia que se sufre. Al respecto, exalto la novela titulada “Mujer desnuda”, escrita por Armonía Somers, donde la protagonista, Rebeca Linke, se autodegolla a sus 30 años para su propia transformación.

En este punto hemos llegado a demostrar que existen quienes rechazan reproducir a Eva, aunque hayan nacido así, y prefieren igualar su condición con Lilith. Ejemplos innumerables como Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Alfonsina Storni, Clarice Lispector, María Luisa Bombal, Alejandra Pizarnik, María Luisa Puga, entre otras, quienes a través de su discurso literario subversivo denuncian el conflicto de los mitos patriarcales con la finalidad de quebrar los arquetipos de la mujer que conllevan al desperdicio de vidas cíclicas y permanentemente desoladas, monótonas y dependientes, que anulan como diques las pasiones femeninas creadoras y creativas.

Por lo tanto, Metamorfosis por decapitación es la deconstrucción de la razón heterónoma de la mujer por ella misma. Esta acción es decisiva para re-nacer libre después de un lapso de aridez existencial.

Este proceso es inherente en el oficio de mujeres escritoras que no relatan únicamente de sí sino que desde latitudes dispersas se confrontan consigo y socialmente, en privado y en público, vinculando la literatura con su condición de género. Al respecto, advierte la antropóloga mexicana, Marcela Lagarde, que se da esto porque “ninguna mujer es la mujer, y por otro lado las mujeres existen desde su condición vital que es el resultado de las condiciones de género, nacionales, étnicas, de clase y casta, de raza, de edad, de salud, de saberes y otras habilidades estéticas, ideológicas, religiosas y políticas.” [5]

Finalizo secundando a Simone de Beauvoir respecto de que “no se nace mujer sino se llega a serlo”. Además agrego que una no es parida en el momento en que nace ni por otra mujer sino por ella misma y cuando así lo dispone. ¿Cómo? Sabiendo que su individualidad es una lucha interna permanente, inserta en una estructura y superestructura que la incluyen a ella y a todas las demás. Ojalá e inevitablemente se vean orilladas a experimentar lo que quiera que esto signifique:

Una cabeza, algo tan importante sobre eso tan vulnerable que es un cuello […] El filo penetró sin esfuerzo, a pesar del brazo muerto, de la mano sin dedos. Tropezó con innumerables cosas que se llamarían quizás arterias, venas, cartílagos, huesos articulados, sangre viscosa y caliente, con todo menos el dolor que entonces ya no existía.[6]

Conoce más de Metamorfosis por decapitación

[1] Simone de Beauvoir. El Segundo Sexo (Buenos Aires: Siglo Veinte, 1972), p. 13

[2] Kate Millet, Política Sexual, (México: M. Aguilar, 1975), p. 35.

[3]El texto completo es “Adán y Lilith nunca encontraron la paz juntos, pues cuando él quería acostarse con ella, Lilith consideraba ofensiva la postura recostada que él exigía. ¿Por qué he de acostarme debajo de ti? -preguntaba- .Yo también fui hecha con polvo, y por consiguiente soy tu igual. Como Adán trató de obligarla por la fuerza, Lilith, airada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó y lo abandonó”. Esto se asocia con un midrash (investigación hebraica) del siglo XII.

[4] Para ahondar en el mito de Lilith se recomienda la consulta del extraordinario trabajo de Erika Bornay respecto al tema, en el cual hace un estudio de la representación plástica de la mujer en diferentes períodos  artísticos. Erika Bornay. Las hijas de Lilith. (Madrid: Ediciones Cátedra, 2001).

[5] Marcela Lagarde. Género y feminismo. Desarrollo humano y democracia. (Madrid: Horas y Horas, 1996) 158-159.

[6] Armonía Sommers. La mujer desnuda. (Uruguay: Arca, 1990) 18.

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1 Comentario en Todas las hijas de Lilith se decapitan

  1. Metamorfosis por destrucción creativa o metamorfosis por decapitación, siempre hay que perder la cabeza para trascender, y una vez que la pierdes, que sigue?

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