La Muerte y los Niños

Para los adultos la naturalidad con que los niños enfrentan la muerte resulta tenebrosa, no nos explicamos cómo ellos logran “sí” y nosotros “no”, logran la aceptación de la transmutación al polvo, de la piel al hueso, de lo vivo a lo yermo.

Fernando Guerrero Fernando "Fedo" Guerrero

Por Fedo.

“Si esa dama es la Muerte… ¿quién tiene miedo a morir?

“Nana”, Warcry.

 

“¡Cómo canta la zumaya,
ay cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la Luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando”

“Romance de la luna, luna”, Federico García Lorca.

Al ser esta mi primera colaboración en este blog, decidí inaugurarme haciendo un artículo abordando dos temas que me obsesionan: la niñez y la muerte. La razón de la obsesión primera radica en mi fascinación por el mundo infantil, tan plácido y lejano de los temores adultos; yo mismo considero que mi infancia fue un estado homeostático, un paraíso donde pasé los años más felices de mi vida. Tuve miedo de dejar de ser niño y hasta hoy me da miedo perder esa parte de mí que aún me reconecta con aquel mundo y sus ensueños. Mi obsesión con la muerte se explica así: ya introyecté la verdad sobre que los días se escurren encaminándonos hacia un destino final: la muerte: la muerte biológica: la muerte como último escaño del ser humano. La muerte no es algo que le pasará a los terceros, a los vecinos, o a mis compañeros de carrera (por más que desee ver a algunos pasados por su Guadaña); sino algo que me pasará a mí. A este ser rebelde que teme dejar de ser niño (aunque hace años que en realidad dejé de serlo). Moriré. Qué triste, pero qué poderoso pensamiento. Pensamiento mismo que no deja de asustarme y fascinarme. Qué bonito.

Pensamos que la Muerte siempre ataca arriba, al viejito en el que aún no nos convertimos ¿Por qué no apreciar el encanto de morir joven? ¿Incluso de morir niño? Cuando mueres niño, mueres sin ataduras o conciencia de ésta, te desapegas más rápido de la vida. No lloramos por el niño que muere, sino por el adulto en el que aún no se convierte; no lloramos el presente, sino el futuro, el “¿Qué hubiera sido de…?”. Quien haya leído libros sobre la muerte en los niños, como aquellos escritos por Elisabeth Kubbler-Ross (pionera en la Tanatología) sabrá que los niños introyectan la muerte de una forma mucho más sabia, natural y limpia que un adulto; así como en el poema de García Lorca “El Romance de la luna, luna”, donde la Luna es la Muerte, ésta muestra simpatía por el niño gitano, llevándoselo sin dolor (o con el menos), incluso con complicidad, pues el niño es el único que habla y mira a la luna (la Muerte) sin ningún temor. Para los adultos la naturalidad con que los niños enfrentan la muerte resulta tenebrosa, no nos explicamos cómo ellos logran “sí” y nosotros “no”, logran la aceptación de la transmutación al polvo, de la piel al hueso, de lo vivo a lo yermo. Culturas prehispánicas encuentran una explicación obvia dentro de su mística: el niño se va como un ser puro, un alma sin rencores que se deshace fácilmente de esta funda ingrata. ¿Entonces por qué este trauma de ver morir a los más jóvenes? Mejor ahora que son bellos a que se conviertan en viejos hoscos, llenos de odios o traumas, sinsabores que al final del día cualquiera los va a tener. Personalmente encuentro belleza en morir joven. En ser efebo y encontrar el fin. En ser niño y ver a la muerte como otro de tus juegos. Dejarte ir hacia el abismo todavía con “muchos años por delante”, morir pues, todavía con muchas ganas de vivir. ¿No es así cómo a la Muerte le gustaría encontrarte? Siendo un niño que la mira cómplice. Un niño que le guiña el ojo, que se duerme y la abraza.

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