Porfirio Díaz y Tlatlaya: la reconstrucción moral del autoritarismo

A partir del reporte del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Prodh), Alejandro de Coss analiza el aumento del autoritarismo con sus tácticas que recuerdan a Porfirio Díaz, cuya figura curiosamente hoy se exalta.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

Por Alejandro de Coss.

Dos procesos aparentemente inconexos han colmado las páginas de los diarios en México en las últimas semanas. La primera, el reporte del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Prodh), en el que queda asentado que la orden del ejército en la masacre de Tlatlaya fue abatir a los presuntos delincuentes: ejecutarlos de manera sumaria. La segunda, una ola de encarecidos llamados a revisar y reconsiderar la figura histórica de Porfirio Díaz, aquel al que se le imputa la frase “mátalos en caliente”: una síntesis de las ejecuciones sumarias que marcaron distintas etapas de su larguísimo régimen.

El reporte del Prodh se suma a las investigaciones sobre matanzas perpetradas por las fuerzas de seguridad del Estado mexicano en el curso de la “Guerra contra el narcotráfico”. Apatzingán e Iguala son dos de los casos más estudiados y discutidos, pero no los únicos. El reporte continúa confirmando que la estrategia de combate a las drogas poco tiene que ver con atacar su poderío económico y mucho con una guerra sucia que mezcla la represión de la protesta, el asesinato impune de civiles y una lógica de cruzados en la que el bien se enfrenta al mal.

La alta jerarquía militar, los medios oficialistas, la sociedad civil de derechas y otros tantos grupos han salido acuciosamente a defender la acción asesina del Estado. Los razonamientos van del cinismo a lo ridículo. Van desde afirmar que sí, se pidió ejecutarlos, pero con respeto a sus Derechos Humanos, hasta decir que se perdieron algunas palabras en la transcripción y que ese es el fin del problema. Lo soez de las afirmaciones sería risible si no viviéramos en un país en el que esta sangrienta guerra ha cobrado cientos de miles de vidas y contando. Vidas perdidas que se encuentran casi siempre en los estratos más pobres de una estructura social profundamente desigual.

Los ideólogos del grupo en el poder hacen un trabajo duro para justificar el estado de las cosas. No sólo hacen entrevistas a modo y construyen retruécanos vacíos para afirmar que abatir no es matar, que matar es necesario o que, al final, se lo buscaron los muertos por el mero hecho de vivir. Recurren a otras armas ideológicas, cubiertas del manto de la mesura, la ciencia y la verdad. Una de ellas es la nada fortuita restauración de la figura de Porfirio Díaz, a 100 años de su muerte.

En su rostro más evidente, la justificación que se da al porfiriato es que, sí, hubo miles de muertos y genocidios contra pueblos indígenas, pero hubo paz. El dictador sería así no una figura maligna, sino un claroscuro que indudablemente habría traído el progreso que el país necesitaba. Sí. Mató. Mató, pero era necesario. Tan necesario como asesinar a 22 personas en Tlatlaya, a 16 en Apatzingán, a incontables más en las muchas localidades que conforman la geografía mexicana de la muerte y el dolor.

El autoritarismo de Díaz era necesario para crear cosas que aun vemos hoy. Progreso necesario que trajo la paz férrea del cruel y, a la vez, benévolo patriarca. Ahí están los trenes, la industria, el avance material (de algunos, claro. La desigualdad no puede ser modificada). No reparan los sesudos analistas del poder que ese progreso, como lo llaman, venía dado por las condiciones globales de los flujos del capital y del desarrollo de las fuerzas productivas. Contar esa historia dejaría desnudo al emperador.

Y está desnudo.

En el México contemporáneo, ese en el que estos ideólogos buscan reencontrar lo que creen positivo del régimen de muerte de Díaz, la historia se repite. Sí, hay muertos. Sí, el Ejército asesina. Sí, los Derechos Humanos son letra muerta y objeto de burla de las instituciones gubernamentales. Es verdad. Pero hay progreso. Hay reformas estructurales. Hay mineras operando en los alrededores de Cocula e Iguala, destruyendo tierra y vida. Hay flujos de drogas, cuerpos y personas ininterrumpidos por los territorios controlados por organizaciones criminales que se funden con el Estado. Hay también cuerpos de seguridad dedicados a mantener ese estado de las cosas. La fuerza pública al servicio del capitalismo que produce muerte y de la acumulación a través del despojo de los mismos de siempre: los pueblos originarios, los jodidos, los de abajo.

En las voces del grupo en el poder y sus personeros vemos la vívida añoranza de la pax porfiriana. Recuperan su figura porque la entienden como un pilar para apuntalar su permanencia en el poder. Construyen un relato moral que justifica el asesinato impune, sancionado por el Estado, en nombre del progreso que es solo para unos. Reconstruyen el autoritarismo porque, sin él, no queda nada más que la miseria y la muerte. Es nuestra labor, entonces, destruirlo.

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