Un acercamiento desde la biopolítica a la guerra contra el narco llevada a cabo por el Ejército

Víctor Aramburu utiliza algunos conceptos de la biopolítica para explicar la presencia del Ejército en las calles en la guerra contra el narcotráfico.

Víctor Aramburu Víctor Aramburu

Por Víctor Aramburu Cano.

Puede argumentarse que la presencia del Ejército en las calles para hacer la guerra contra el narcotráfico durante la actual Administración es un legado de la anterior. Dado que las principales fuentes de legitimidad son la democrática o legal, el carisma, la efectividad de las políticas públicas, quizá expresada en un aumento de la calidad de vida o la legitimidad por la fuerza. Quizá podría argumentarse que el gobierno de Felipe Calderón, ante una dudosa legitimidad democrática de origen, optó por legitimarse por medio del uso de la fuerza y de la efectividad en el combate al crimen organizado como política pública, ya que hubiese sido muy difícil hacerlo a través del carisma o de políticas públicas que efectivamente mejoraran la calidad de vida de la población.

La presencia del Ejército en las calles se justificó con el fin de combatir al narcotráfico como uno de los “enemigos de México” que buscaba acabar con el orden, el Estado de derecho e incluso poner tela de juicio el monopolio del a violencia por parte del Estado mexicano. Éste resultaría un caso ilustrativo de la siguiente afirmación de Esposito (2009: 8):

Al comienzo hay siempre un acto violento—una guerra, una usurpación—que funda el orden jurídico. Después, una vez fundada, el derecho tiende a excluir cualquier otra violencia extrema a sus procedimientos. Pero solo puede hacerlo violentamente, hacienda uso de la misma violencia que condena. Así es como Benjamín puede concluir que el derecho no es otra cosa que violencia a la violencia por el control de la violencia.

A la par del incremento de la presencia del Ejército en las calles, comenzó un proceso de culto al militarismo en México. En los desfiles del 16 de septiembre comenzaron a presentarse puestas en escena elaboradas en donde los grupos de élite (Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales o GAFE) del Ejército mexicano descendieron de helicópteros y se reanudó la presencia de los obsoletos aviones caza F5. Simplemente con ver esos desfiles no es difícil advertir que el Ejército mexicano no está preparado para poner en marcha el Plan DN1, el cual consiste en repeler una agresión externa, ya que los aviones caza F5 son obsoletos desde hace varias décadas, aunado al hecho de que la flota mexicana de buques de guerra no llega ni a 10 y también son barcos viejos. Por su parte, los GAFE y los helicópteros Black Hawk son normalmente utilizados para planes de tipo DN2, es decir, dedicados a combatir amenazas internas. De hecho, los GAFE ya fueron utilizados durante el levantamiento zapatista y en Colombia se emplearon para tareas de combate al narcotráfico. Si bien se esperaría que la función primordial de un Ejército fuese la salvaguarda del territorio nacional, en el caso mexicano, la violencia que en su caso debiera utilizarse hacia el exterior está haciendo aplicada al interior “[…] en una lógica que, como la inmunitaria, funciona sólo en negativo: negando la comunidad más bien que afirmándose a sí misma. En términos médicos se podría decir que cura mediante el veneno, introduciendo en el cuerpo del paciente una porción del mismo mal del que pretende protegerlo” (Espósito 2009: 8).

Derivado de la presencia del Ejército como factor de inmunidad, mucho se ha cuestionado si en el origen la amenaza que llevó a sacar al Ejército a las calles para combatir a los enemigos de México fue real o ficticia e, incluso, si lo sigue siendo. Por ejemplo, Esquivel (2010) señaló que la prevalencia del consumo de mariguana en México era del 1% de la población; 0.4%, para la cocaína, y 0.1%, para los opiáceos. Estas cifras, para Estados Unidos, eran del 12.5%; 1.9%, y 1.5%, respectivamente. A la luz de estos datos, cabe cuestionar si la amenaza del narcotráfico a la salud pública de la población en ambos países es lo suficientemente grande como para justificar la presencia del Ejército en las calles de México. Si en un principio la amenaza era ficticia o exagerada, actualmente ha generado una dinámica en la cual se ha convertida en real al romper los pactos que prevalecen en las comunidades. “Ya no es la presencia del peligro lo que crea la demanda de protección, sino la demanda de protección lo que genera artificialmente la sensación de peligro” (Espósito, 2009: 11).

En otro artículo, Escalante (2010) hizo un análisis correlacionando la presencia del Ejército en ciertas ciudades de México y el rápido crecimiento de los homicidios registrados en ellas. El autor planteó la hipótesis de que no es que no haya narcotraficantes en las demás ciudades, sino que es la presencia inmunizadora del Ejército es la que ha ocasionado la ruptura de la comunidad.

Normalmente vivimos —en eso consiste la civilización— bajo un pacto de no agresión, donde se han negociado los derechos de cada quien, y no hay necesidad de recurrir a las armas. Mi impresión es que en los últimos años, en el empeño de imponer el cumplimiento de la ley, en el empeño de imponer el Estado de derecho a la mala, desde el ejecutivo federal, se han roto los acuerdos del orden local y cada quien tiene que proteger lo suyo de mala manera: lo suyo es el lindero de un ejido, un estero donde desembarcar contrabando, un puesto en la calle para vender juguetes, el tránsito o la embarcación de mercancía sin pagar impuestos, la madera de un bosque, una esquina donde vender mariguana.

El viejo sistema de intermediación política del país se basaba en la negociación del incumplimiento selectivo de la ley. Así funcionaban la producción, el comercio, las relaciones laborales, así funcionaba el contrabando y el resto de los mercados informales e ilegales, así funcionaba el país. Y en la medida en que funcionaba bien resultaba invisible la violencia que había detrás, pero es obvio que esa negociación de la ilegalidad llevaba implícita siempre la amenaza del uso de la fuerza (Escalante, 2011).

Visto así, la presencia inmunizadora del Ejército que rompe los pactos sociales (la comunidad, la circulación del munus) es un ejemplo de la siguiente afirmación de Espósito (2009: 6)

Si la communitas se caracteriza por la libre circulación del munus—en su doble aspecto de don y de veneno, de contacto y de contagio—, la immunitas es aquello que lo desactiva, aquello que lo deroga reconstruyendo nuevos confines protectores hacia el exterior del grupo y entre sus propios miembros.

El actual gobierno se jacta de ser heredero de la tradición liberal. Por tal motivo, cabe preguntarse por qué existe una incongruencia entre el discurso liberal y la biopolítica de impedir el consumo de drogas privilegiando el uso de la violencia. Este es un claro ejemplo de la biopolítica negativa según Espósito (2009: 9):

[…] es la vida humana—el cuerpo de los individuos y de las poblaciones—lo que se pone en juego en todos los conflictos políticos decisivos. Lo que importa, por encima de cualquier otra preocupación, es mantener a la vida a salvo de cualquier forma de contaminación capaz de amenazar la identidad biológica. Llegados a ese punto, no solo la medicina adquiere un papel cada vez más político, sino que Ia política misma termina por hablar un lenguaje médico o incluso quirúrgico: cualquier posible degeneración del cuerpo debe ser evitada de forma preventiva mediante la eliminación de sus partes infectas (Espósito, 2009: 9-10).

Con estos términos biopolíticos, también se puede explicar por qué algunos elementos de la sociedad deciden incorporarse a las filas del crimen organizado. El origen está también en un exceso de inmunidad, en las fronteras internas que detienen la circulación del munus o los lazos de reciprocidad. A los marginales que viven en los límites de la sociedad les llega poco o nulo munus, algunos incluso han sido totalmente excluidos de éstos, pero  no por eso dejan de tener aspiraciones y deseos. Dentro del margen, y es también ya un lugar común, en el lugar de los incluidos, existe un México que ofrece oportunidades, de los menos que tienen educación, que tienen ingresos para llevar una vida digna y satisfacer sus deseos. Fuera de este México, hay otro México en el cual hay personas a las que se les niegan las oportunidades, pero son testigos de la satisfacción de los deseos, incluso del derroche que hacen las clases altas, de los que viven dentro del margen. Quizá quieren ser sus iguales a ellos. Este diagnóstico quizá sea compatible con la afirmación de Espósito (2009: 5):

[…] los seres humanos no combaten a muerte porque son demasiado diferentes—como hoy día tendemos a creer con ingenuidad—sino porque son demasiado parecidos, e incluso idénticos, precisamente como lo son los hermanos y, aun más, los gemelos. Estos se matan recíprocamente no por exceso, sino por defecto, de diferencia. Por una excesiva igualdad. Cuando hay demasiada igualdad, cuando esta llega a afectar al ámbito del deseo y lo concentra sobre el mismo objeto, entonces desemboca inevitablemente en la violencia recíproca.

Cabría preguntarse entonces si la “guerra” inmunizadora contra el narco no responde también a mantener a los mexicanos que están fuera del límite en esa frontera.

Nunca como hoy, cuando el mundo es una totalidad unitaria, se ha sentido Ia necesidad de trazar nuevas líneas de bloqueo, nuevas redes de protección capaces de detener, o cuando menos de retardar, la invasión de los otros, la confusión entre dentro y fuera, interior y exterior, nosotros y ellos  (Espósito, 2009: 12)

Conoce más de Marxista guadalupano, tecnócrata liberal

Bibliografía:

Escalante, F. (2011) “Homicidios 2008-2009: La muerte tiene permiso”, Revista Nexos, disponible en: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=1943189

Espósito, R. (2009) Comunidad y violencia. Madrid: Círculo de Bellas Artes.

Esquivel, G. (2010) “Legalización en Norteamérica: El lado económico”,  Revista Nexos, disponible en: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=575412

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