Ocho días de recuento, marcha unida y cuadro apretado en Cuba

En tiempos de la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, vale la pena mirar cómo es Cuba en la actualidad. A partir de su vista a la isla en enero de este año, en esta primera parte de la reseña, el autor describe cómo es la vida cotidiana La Habana, con especial interés en el lugar que el Estado cubano ocupa en ella.

Santiago Álvarez Santiago Álvarez

Por Santiago Álvarez Campero

No busques volando inquieta
mi tumba obscura y secreta.
Golondrina, ¿no lo ves?
En la tumba del poeta
¡no hay un sauce ni un ciprés!

Juan Clemente Zenea (1832-1871)

Doce de la noche en La Habana, Cuba. En el parque Martí (uno de tantos) de La Habana Vieja, donde se refugiaron los últimos soldados de Batista, pasean unas mujeres transexuales guapísimas y exuberantes. Nos recoge un “metrobús” (la guagua del siglo XXI) que va llenísimo y ya no tenemos monedas para pagar. Una señora busca en su bolsa y el asistente del chofer, amabilísimo, nos dice que así está bien. No entendemos bien su consejo y buscamos el siguiente camión en el Malecón en vez de en San Lázaro, avenida que cruza el centro Habana y llega hasta la Universidad, en El Vedado. Mientras esperamos, se presenta nuestro amigo Pancho, un señor de más de 60 años, simpatiquísimo, que nos hace plática, nos da a probar su mañiñí (aguardiente muy dulce) y nos regala un librito de cuentos cubanos de ciencia ficción. Pancho pide a un amigo que nos autografíe el libro en su nombre. Al parecer no sabe leer ni escribir. Llega la guagua y nos encaminamos y nos perdemos hacia el lejano Miramar, cerca de la monumental embajada rusa. Nos queda mucho por visitar todavía.

La Habana es una ciudad estimulante en muchísimos sentidos. La gente es verdaderamente bella, toda ella, los hombres y las mujeres, los ancianos y los niños, las recamareras y las prostitutas, los choferes y los botones. Hay muchos jóvenes alegres que platican, hacen filas eternas por el helado de Copelia o juegan futbol en los parques; hay muchísimos niños riéndose y brincando en las calles. El clima es alegre y colorido. En Cuba hay negros y blancos, mulatos y trigueños, católicos y santeros, guajiros y guantanameras. Está la colonial e imponente Habana Vieja al lado de un barrio bajo donde está la estación de tren. Está también el Paseo del Prado, donde artistas cubanos contemporáneos venden su obra original y están obligados a dar clases gratuitas a los pequeños. Tenemos el lujoso Vedado, con sus hoteles, cines y lugares gay, y luego el curioso trayecto hacia el olvidado Miramar. En La Habana también estamos los turistas, los extranjeros.

Aquí en Cuba ustedes son libres, pueden hacer lo que quieran, nos dijeron muchas veces. Faltaría agregar que el ustedes al que se referían somos nosotros, los externos. Ellos no son (tan) libres, aunque algunos piensan que sí lo son. Varios manifiestan interés por viajar a otros países; preguntan por los precios y sueldos en el resto del mundo. Pocos se quejan abiertamente. En La Habana están orgullosos de su ciudad; aquí no hay violencia ni delincuencia como allá en México. ¿Qué ha pasado con los 43 estudiantes desaparecidos?, nos preguntan varias veces, con distintas frases. Les explicamos lo que podemos: la búsqueda sigue, sucedió en Guerrero; el DF (lo ubican perfecto) no es como el resto del país; no es tan violento, es enorme, más rico y más liberal. Nos escuchan con interés.

Este fue mi segundo viaje a la isla. A diferencia del primero, hace 6 años, encontré una Habana mucho más limpia y restaurada. Hay muchas construcciones en proceso y ya no hay tanta propaganda revolucionaria. Falta más alumbrado público, aunque la Plaza de la Revolución, con las figuras del Che y de Camilo Cienfuegos, está muy bien iluminada. Se idolatra mucho, antes que a nadie, a José Martí. Bustos y estatuas suyas llenan los monumentos, acompañados por las figuras de Simón Bolívar, Hidalgo, Morelos, don Benito Juárez, Toussaint L’Ouverture, entre otros libertadores americanos del siglo XVIII y XIX. Hay recuerdos gloriosos de las guerras de independencia del último tercio del diecinueve, contra España y con repetidas intervenciones imperiales de Estados Unidos. Los héroes de la Revolución cubana tienen otra iconografía, testigo de su modernidad: los posters, el mural, el print de la cara del Che Guevara. No hay grafiti vulgar y, salvo el teatro Karl Marx y el Parque Lenin, casi no hay referencias a los ideólogos comunistas europeos. Tampoco hay muchos símbolos ni templos religiosos en las calles. El credo dominante es la república castrista, pero se nota la santería, que es de un sincretismo cultural delicioso.

La noticia de la normalización de las relaciones con Estados Unidos genera mucha expectativa, pero tampoco resuenan los tambores. Quieren abrirse al mundo, aunque eso podría afectar su enraizada noción de la excepcionalidad cubana. En el Granma y en The Havana Reporter se celebra el regreso de los cinco héroes presos en Estados Unidos y se subraya que el embargo aún continúa. Por lo pronto, en cuanto las relaciones internacionales entre La Habana y Washington, el edificio de la embajada estadunidense, sobre el malecón, se respeta –quitaron las banderas cubanas que la desafiaban y está prohibido tomar fotografías. De la base naval estadounidense en Guantánamo, que colinda con el pueblo cubano Mártires de la frontera, escuché muy poco. Muchos cubanos quieren viajar y que vengan más turistas; anhelan reencontrarse, me parece, con sus hermanos de Miami. Cualquier balsa queda estrictamente prohibida.

“Dicen que me arrastrarán por sobre rocas, cuando la Revolución se venga abajo, que macharán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo. Será que la necedad parió conmigo, la necedad de lo que hoy resulta necio, la necedad de asumir al enemigo, la necedad de vivir sin tener precio…” (Silvio Rodríguez, “El necio”)

Me gusta La Habana de Raúl Castro. En el argot de las teorías de la democratización que hacen énfasis en los actores (como la de Guillermo O’Donnell, por ejemplo), Raúl entraría como un “dictablando”, es decir, el tipo de dictador dispuesto a abrirse paulatinamente a la oposición y al cambio. Me parece que la transición democrática ya está en marcha. Eso espero, al menos. De cualquier modo, los cubanos no expresan mucha oposición al régimen posrevolucionario. En cierto sentido están resignados e intentan disfrutar la vida que tienen y que pueden. Todo aquel que piense que está solo y que está mal tiene que saber que no es así; hay que vivir… ¡Azúcar! Su cultura política es enigmática; cuentan con una politización común, que incluye cierto rechazo a Estados Unidos, mucho orgullo de lo que funciona bien en su país y aversión a expresar libremente sus preferencias políticas. Admiran mucho a su “apóstol” Martí y respetan profundamente a Fidel –el Reprimero, como denunciaría Reinaldo Arenas en El asalto. La vox populi afirma que en el sótano del Hospital Amejeiras hay muchísimo dinero, todo perteneciente a Raúl como persona y no como gobernante. A nosotros nos parece ridículo, inconcebible; ellos lo encuentran evidente, lo más obvio.

El Estado cubano se demuestra fuerte, vigoroso, autónomo: autoritario. Es el gran dueño, el padre justo y severo, que decide qué servicios y qué derechos son para qué personas. Hay mucha inteligencia policiaca también. De regreso del fuerte del Morro, cruzamos dos kilómetros de túnel caminando, porque de ida un taxista (cuyo taxi era para cubanos) nos cobró lo cuádruple de lo acordado y ya no salían las cuentas. Al salir del túnel, estaban dos policías esperándonos. ¡DOCUMENTOS! Titubeantes sacamos copia de un pasaporte mexicano, mismo que el policía furioso procedió a transcribir manualmente. El otro policía tenía cara de regañado. Veinte minutos después, retenidos ahí, afuera del túnel, a un lado del Museo de la Revolución, el policía, torpe y severo, nos dijo que la próxima vez nos llevaría presos, levantaría una multa y nos importaría a los Estados Unidos (sic sic sic). ¿A Miami?, pregunté divertido. Mala idea. Que por qué me río, que si me gustan los yankees, que por qué me pongo feliz. Me disculpo y me enojo. ¡Ay José, así no es!

Un par de noches antes, en el malecón, acompañados por Richard, un guía turístico cubano, con porte muy elegante, además de unas cervezas Heineken después de ronda de mojitos, una policía arremedó burlonamente nuestra forma particular de expresarnos; muy desagradable, pero no pasó nada más. En general, con el turista no se meten, pero con el cubano sí y mucho. No es que cubanos y turistas no puedan convivir, sino que hay lugares y tiempos establecidos para ello. Los policías salen, literalmente, de las sombras; a veces esperan descaradamente afuera del antro gay en el corazón del Vedado, obstaculizando el comercio sexual. Ay José, tenga cuidado, porque un paso mal marcado le hace perder el compás; ¡ay! En un país donde el dinero todo lo puede, los cubanos declinan rotundamente la invitación a pasar al cuarto del hotel. Te llevan preso por acoso al turista, se justifican. A los cuartos de alquiler sí pueden entrar y vaya que conocen varios, con distintos precios. Al cliente lo que pida. ¡Wepa!

“Nada de aquello me tomó por sorpresa; yo sabía ya que el sistema capitalista era también un sistema sórdido y mercantilista. Ya en una de mis primeras declaraciones al salir de Cuba había dicho: ‘La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar; yo vine aquí a gritar’”. (Reinaldo Arenas, Antes que anochezca)

*El título de esta entrada es una frase de José Martí inscrita al centro del Parque de la fraternidad en La Habana. Sin la participación de Dante Salazar nada de esto habría sido posible; gracias por tanta cubanía.

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1 Comentario en Ocho días de recuento, marcha unida y cuadro apretado en Cuba

  1. Rafael Robles Gil Cozzi // julio 28, 2015 en 16:18 // Responder

    ¡Bien escrito! Habrá que ir más seguido a Cuba… por aquello de la continuidad de las instantáneas.

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