Recordando a los cinco: una crónica

En un acto colectivo, un memorial para lxs 5 asesinados en la Colonia Narvarte, se gesta un acontecimiento. De la comunión entre dolientes surge la esperanza de saber que, a pesar de la muerte que es sancionada desde el Estado y el poder, hay aún deseos de luchar por la vida digna.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

Por Alejandro de Coss.

Este domingo por la tarde, el camino de mi casa a Luz Saviñón 1909 fue apacible, casi placentero. Los árboles cubrían con su sombra a las familias que paseaban despreocupadas por el barrio. Los restaurantes cerca de la glorieta de Vértiz se extendían sobre la calle, con mesas llenas de platos y conversaciones alegres.

Es difícil pensar que en un departamento de una calle de una colonia de clase media del Distrito Federal, un atroz asesinato fue cometido. Cinco vidas terminadas con saña y crueldad que superan la ridícula hipótesis del robo. Dos jóvenes que habían sido amenazados por un gobernador de filias fascistas; tres mujeres que, parece, son “daño colateral” de la guerra que el ejecutivo veracruzano ha emprendido contra la prensa libre y crítica.

Di la vuelta sobre Luz Saviñón. En las esquinas que forma al norte con la calle Zempoala se levantan dos pequeños altares. De los postes que sostienen señalizaciones, cables y un botón de pánico para contactar a la policía, quienes acudimos a rememorar a los muertos hemos colgado flores, pancartas y fotos. Debajo de ellas hay veladoras, flores y bendiciones.

Pasé frente a los memoriales. Había un grupo de personas reunidas en la esquina. Pasé frente a una mujer, nos miramos a los ojos y me sonrío. Devolví la sonrisa tímidamente y seguí andando. Llegué a la esquina siguiente, di la vuelta y caminé al número 1909.

Me paré frente al edificio. Era aquí donde esperaba encontrar flores y fotos, las pancartas colgadas. En su lugar, había dos patrullas del Gobierno del Distrito Federal. Las puertas cafés tenían marcas de cartulinas que habían sido arrancadas. Debe ser difícil continuar viviendo en ese edificio después de lo que sucedió. Llegar a casa y mirar las consignas y los memoriales. En los vecinos debe haber también temor y dolor.

Volví a la esquina de Zempoala y Luz Saviñón. Me senté en una de las banquetas opuestas a los altares. Miraba al grupo que se reunía detrás de uno de ellos. Leían poesía en voz alta. Otro tocaba la guitarra. Yo intentaba pensar en el horror ahí cometido, mi estómago se llenaba de dolor y de una rabia que no sabía cómo sacar.

Salí de mi pequeño trance cuando una de las chicas que estaban reunidas frente a mí se acercó. Me saludó con una sonrisa amable y me invitó a sentarme con ellos. Eran un grupo de teatro del oprimido, me dijeron. Todavía sin nombre. Estaban practicando y acordando en las escenas que su intervención tendría. Primero, leerían un texto. Después, habría una canción. Luego, pintaríamos cinco siluetas en el piso al ritmo de algunos cantos que ensayamos. Al final, leeríamos la primera parte de la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona. El zapatismo resonando aquí, en una esquina de la Narvarte Poniente.

Poco a poco fueron llegando más personas. Dos mujeres, una que tendría alrededor de 50 y otra de más de 65 años, colocaron un pequeño mandala en el altar. Después, nos invitaron a interpretar un mantra. Mi primera vez.

Llegó un sacerdote católico y volvimos a la puerta del 1909. Me pidió le sostuviera una botella llena de agua bendita. Él leyó algunos pasajes de la Biblia. Yo lo escuchaba y miraba el edificio. Las lágrimas que primero eran pocas se fueron convirtiendo en un flujo incesante, pero silencioso. Todos compartiendo el dolor. El sacerdote me pidió el agua. Lo miré con la vista nublada. Bajé la cabeza. Seguí escuchando, ajeno.

Caminamos de vuelta a los altares. Comenzó la performance del grupo de teatro. Al centro ellos, rodeándolos estábamos otros tantos. Ellos guiaban y nosotros seguíamos con nuestras voces y cuerpos. Éramos unos 30, con más personas sumándose conforme avanzaba la tarde.

Pronto, la interpretación fue consiguiendo su objetivo. La división entre actor y espectador fue diluyéndose. Una catarsis colectiva. Un momento a través del cual intentábamos construir esperanza en comunidad. Una manera de recordar a los que nos fueron arrebatados, pero también una forma de recuperar la calle y la ciudad, de afirmar la vida. Un acto poético que busca reconstruir la sacralidad de la existencia ante el poder que se organiza para desvalorarla, para destruirla.

Un acontecimiento.

En la valorización del ser y estar, que en la poesía fluye, se ancla la presencia del discurso zapatista, pensé. Cómo él, la pequeña intervención de la que era parte el domingo 9 de agosto del 2015 en la esquina de Luz Saviñón con Zempoala, fue un reclamo por recuperar lo más básico: la vida digna frente a un cúmulo de poderes que, diluyendo las fronteras de lo legal y lo ilegal, del crimen y el Estado, administran la muerte.

Llevamos las flores al árbol que está a la derecha del 1909. Nos abrazamos. Algunos gritaron justicia. Otros tantos se quedaron platicando. Yo volví a casa, andando por las arboladas calles de la Narvarte. Aún triste, pero con una nueva semilla de esperanza germinando.

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