¿De cara a la realidad?

Se hace un breve ensayo sobre el concepto de realidad, haciendo especial hincapié en la comprensión que de ella ha tenido la ciencia más tradicional. Se reconoce que esta comprensión ha tenido hondas repercusiones sociales. Finalmente, se cierra con una crítica que pretende mostrar que la objetividad es un mito y, su defensa a ultranza, una dulce paradoja dogmática.

Mercurio Cadena Mercurio Cadena

Por Mercurio Cadena[*]

@Hache_g

Vivir, vivir, captar -de vida a ritmo-

todo ese mundo que me exhibe al aire,

ese -Dios sabe cómo- preexistente

Más allá

que la meseta de los tiempos alza

sus dones para mí porque respiro,

respiro, instante a instante

en contacto con todo.

Con esa realidad que me sostiene,

me encumbra, y a través de estupendos equilibrios

me supera, me asombra, se me impone.

-Jorge Guillén.

Para hablar de la supuesta necesidad de la ciencia debemos explorar el concepto de realidad, y del papel que dentro de ella puede o debe jugar esta rama del conocimiento. Se ensaya sobre este tema con la mera intención de aportar a la discusión sobre la necesidad de construir un lenguaje pluralista para la vida pública.

Lo que es de suyo[1]

Realidad ha tenido un desarrollo accidentado, sobre todo en su rama castellana. Sus orígenes en latín son más bien humildes, al tener por raíz etimológica a la multifacética “res”; hoy sustituida en funciones por “cosa”[2].  Era, pues, el cachito de semántica utilizado cuando todo lo demás fallaba, o era inaprehensible pero, generalmente, terrenal[3].

Uno de los sentidos que puede darse a la palabrita es existencia. Qué es la existencia, o el ser, ha sido uno de los problemas filosóficos tradicionales, que por supuesto no pretendemos abordar por acá, salvo para delinear temas concernientes a la ciencia como discurso y como método.

Cómo entendamos a la existencia es fundamental para definir el rol que la ciencia habrá de jugar en ella. Asimismo, cómo ha entendido esta disciplina a la realidad es crucial para entender sus demandas tradicionales de posesión monopólica del conocimiento, y las repercusiones de esta postura en nuestras sociedades.

Uno de los más notables efectos de la especialización rampante de nuestra era es la aparición de científiques que  desconocen y no buscan entender de filosofía, y que descalifican este ejercicio a priori por inútil, o incluso engañoso. Esto ha generado una serie de certezas de aquel lado que terminan por asegurar auténticas torpezas.

Se ha llegado a distinguir entre ciencia e ideología esgrimiendo algunas supuestas diferencias, como son[4]: 1) los científicos son investigadores: los ideólogos son básicamente creyentes; 2) la comunidad científica es internacional; las ideologías, fenómenos locales; 3) el impacto de la ideología es mayor en lo social que el de la ciencia; 4) muchas ideologías incluyen en su dominio o universo del discurso objetos cuya existencia no puede establecerse por medios científicos; en compensación, la ciencia trata de algunos objetos, tales como los quarks y las afasias, sin interés ideológico; 5) la filosofía científica difiere de la de las ideologías porque a) no supone entes inmateriales ni hechos ilegales, b) no admite la autoridad ni la revelación como fuentes de conocimiento; c) su código de conducta es la libre búsqueda de la verdad, y no el de la defensa de dogmas ni de intereses creados (…); 9) casi todas las ideologías incluyen mitos en su fondo de conocimientos, p.ej., el mito de la raza o clase elegida [se sobreentiende que la ciencia es, supuestamente, ajena a mitos]. (…) 12) los valores de la ciencia son intrínsecos (se refieren a ideas o procedimientos) y estrictamente cognoscitivos (p.ej., verdad y profundidad). En cambio, los valores ideológicos son extrínsecos (se refieren a objetos que no pertenecen a la ideología misma) y son prácticos (p.ej., la vida eterna o el poder político) o morales (p.ej., la pureza o la justicia).

Quizá podríamos resumir esta postura haciendo una afirmación: “la filosofía de la ciencia asegura que esta trabaje con la realidad, que es aprehensible por le ser humane, a diferencia de la ideología que trabaja con creencias”. Ésta es una versión excesivamente trivializada pero clara de la tradicional reivindicación de la objetividad a favor de la ciencia.

Esta conclusión parcial sirve para demostrar que estes científiques ni siquiera entienden que no entienden. Todo el análisis que realizan hacia la realidad supone la verdad de una serie importante de supuestos, sin los cuales sus exigencias hacen agua. Por ejemplo[5]: 1) existe una realidad ajena a le ser humane; 2) esta realidad es material únicamente, y es aprehensible y predecible por la mente humane y sus métodos y herramientas, y por lo tanto aprehenderla es sólo cuestión de trabajo (empirismo de primera generación); 3) existe une sujete con la capacidad de conocer y un objeto cognoscible; 4) el hecho de que le sujete tenga esta capacidad y el objeto no, brinda innegable superioridad a le sujete, a sus intereses y voluntades.

Digámoslo claramente: estas cuatro ideas (y otras no mencionadas) son supuestos y nada más. Jugar a que no son tales y agruparlos dentro de la mañosa objetividad científica representa, dulce ironía, un fenómeno dogmático que utiliza al lenguaje en su función más autoritaria: la de la imposición de verdades y esquemas de validación que nublan por entero a otros lenguajes que no comparten los mismos supuestos.

Ahondando: suponer que la existencia es aprehensible y predecible en todo momento pasa por alto la plausibilidad de existencias que escapen no sólo a nuestras herramientas (como el lenguaje), sino incluso a nuestras más esenciales fuentes de capacidades cognoscitivas, como el cerebro y su estructura. Es, pues, un empirismo lavadito y convenenciero que no asume sus últimas consecuencias. Si éstas fueran tomadas en serio un ejercicio de honestidad intelectual tendría que derivar en la renuncia de las pretensiones de objetividad.

Finalmente: esta defensa es una postura hipócrita, que se hace de la vista gorda frente al autoritarismo que impera en prácticamente todos los círculos científicos. Esa ciencia bonita que tanto enarbolan fue consumida por sistemas de revistas prestigiosas que imponen a los investigadores el explotador modelo de publicar o morir. Los fantásticos descubrimientos en física cuántica o astronomía son los menos de la ciencia que, en su mayoría, sirve a los intereses explotadores de unes cuantes empoderades quienes deciden qué y cómo se investiga, y por qué.

Además: esta distinción entre sujete y objeto, que es la base del método científico (y de la técnica según Heidegger) supone la primacía de le primere sobre el segundo únicamente por el poder que le primere retiene sobre el uso del segundo; uso que históricamente ha sido destinado a asegurar la explotación y la dominación de le sujete que conoce sobre la existencia. Esto ha traído las más funestas consecuencias. Nuestra civilización occidental moderna, al encerrarse en sí misma y negarse la posibilidad de entender al ser en su entera complejidad, se ha forjado un mundo de explotación e infelicidad del que se trazan paliativos, pero no salidas.

Sin embargo, a diferencia de Heidegger, yo guardo cierta esperanza. Si bien el uso que se la ha dado a la técnica hasta ahora ha tenido un grotesco énfasis en la explotación, nada impide que ese uso cambie. Mi hipótesis supone la ausencia de estructuras inherentes a la ciencia que la obliguen a trabajar en las categorías de uso indiscriminado y dominación del objeto. Si esto es así, y la ciencia puede desprenderse de sus petulantes aires de grandeza y objetividad, podremos empezar de nuevo y hacer de la técnica un discurso y una herramienta que, junto con otros discursos y herramientas, nos ayuden a construir una fraternidad en el vacío que sea más próspera, más libre y más justa para todes[6].

Conoce más Del puntito azul

[*] Gracias de antemano a Armando Sobrino y a Samantha Ortiz por el conjunto de charlas que me hicieron notar la (subdimensionada por mí) relevancia de este tema, y de sus peligros a la luz de una crítica foucaultiana.

[1] Muchas de las ideas aquí ensayadas encontraron detonante en el texto “’Realidad’, historia de una palabra desde sus orígenes latinos hasta Zubiri”, de Germán Marquínez Argote. Recuperado de http://summa.upsa.es/pdf.vm?id=0000030295&page=1&search=&lang=es. En particular, el concepto de suyo de Zubiri, que le sirvió a éste para referirse a la realidad en un sentido muy parecido al noúmeno tradicional.

[2] Marquínez Argote sugiere que su ascendencia se debió al uso filosófico escolástico, descriptivo y comparativo casi por construcción, que empezó a distinguir entre tres tipos de naturalezas de existencia: ante rem (antes de la cosa; existencia divina); in rem (en la cosa; existencia de las formas inherentes a las cosas mismas); y post rem  (conceptos extraídos de las cosas por la mente humana). Este nuevo uso dotó de alcurnia a la palabra y a sus derivaciones; entre ellas su sustantivo abstracto realitas (“cosalidad”). Es, pues, un concepto por demás difuso, aunque fundamental en la construcción de nuestras vidas, pues parece referirse, haciendo una burda paráfrasis de Ortega, al contexto en el que somos. Para no variar, los poetas son más exitosos en el acercamiento a casi todos los fenómenos, como lo demuestra Fernando de Rojas en la Celestina: Mayor es la flama que dura ochenta años que la que en un día pasa, y mayor la que mata un ánima, que la que quema cien mil cuerpos. Como de la apariencia a la existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta diferencia hay del fuego, que dices, al que me quema.

[3] A pesar de lo anterior, poetas y filófosos castellanos pasaron de su uso durante mucho tiempo, prefiriendo vocablos más tradicionales como ser y verdad. Sería hasta entrado el siglo XVII que realidad empezaría a ser muy utilizada, adquiriendo poco a poco su sentido actual que, conforme a Doña RAE, es:  1) Existencia real y efectiva de algo. 2) Verdad, lo que ocurre verdaderamente. 3) Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraprosición con lo fantástico e ilusorio. En resumen, podemos decir con Marquínez que los sentidos históricos de la palabra han sido tres: existencia, verdad y efectividad; de los cuales nos centraremos en el sentido de existencia.

[4] Bunge, Mario. Pseudociencia e ideología (2014). México, DF: Grupo Editorial Siglo Veintiuno. Pp: 160-161.

[5] Varios de estos puntos emanan de pláticas y lecturas sobre Heidegger y su crítica a la técnica y a la metafísica, que se ha enfocado en el estudio de los entes (ontología), suponiendo que sus características explicarán al ser, en lugar de enfocarse al ser (filosofía). Este método, afirma Heidegger, debía tener como último eslabón a Nietzsche, quien se toma en serio la superioridad del sujeto sobre el objeto y afirma entonces que la realidad no es otra cosa más que la pugna de voluntades que intentan transformar al mundo conforme a ellas, siendo las más aptas las poseídas por los famosos “súper hombres”.

[6] Dejemos descansar a la postura de Bunge y compañía, y acerquémonos paulatinamente a la anarquía en la ciencia que propone Feyerabend; enfant terrible de la epistemología.

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