La autoexiliada ingobernable

La violencia simbólica en un sistema de dominación masculina, por su aparente invisibilidad provoca el mayor de los males para la mujer: la opresión y el uso legitimo de la fuerza, hacia ella por ella misma, por otras mujeres, por los hombres y el Estado.

Montserrat Escobar Monserrat Escobar

Por Montserrat Escobar Maitrett.

“Vamos unidas por la infamia, por el futuro recordado”

Elena Garro

Me interesa relacionar la figura masculina, encarnada en los hombres que erigen un sistema de valores de opresión, cuya máxima expresión es el Estado, y por medio de los cuales victimizan de manera compleja las relaciones interpersonales, entre mujeres-hombres, mujeres-mujeres, y mujer-Estado.

Las próximas líneas serán apenas un acercamiento, por medio de la experiencia de Elena Garro, para ejemplificar la correspondencia existente entre el miedo como mecanismo de control que algunas mujeres experimentan, el cual interviene en los fenómenos de dominación masculina y de violencia simbólica de la que habla el filósofo francés Pierre Bourdieu.

Para empezar, entenderemos en palabras del filósofo, que la violencia simbólica es  “la violencia amortiguada, insensible, invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento”.[1] Por otro lado, diremos que el miedo es un impulso, una sensación y/o un sentimiento con el que desde pequeña estamos familiarizadas.

Parto de la idea de que los juegos infantiles evidencian las diferencias que existen entre mujeres y hombres. Las niñas no viven el juego como una extensión de su creatividad, sino que lo utilizan para reproducir, a escala, actividades que de manera cotidiana son realizadas por mujeres de mayor edad en los ámbitos privado y familiar. Los niños, por otro lado, se sirven del juego para experimentar al mundo, tal cual es aventurado y riesgoso.

A pesar de que así se dan las cosas, considero que al igual que ellos, nosotras somos capaces de imaginarnos siendo súper-heroínas (de las cuales existen pocos referentes) que luchan contra el mal y vencen, que salvan al mundo. También es preciso reconocer que pocas son las niñas que superan el patrón de juego con muñecas, príncipes azules, bebés y enseres domésticos, lo que simbólicamente representa las aspiraciones de construcción social concretas que tienen las mujeres al ser niñas.

Sin duda, los hombres como nosotras tienen miedos; sin embargo, lo que interesa destacar es que mientras ellos lo experimentan como impulso para preservarse y protegerse ante peligros eventuales, nosotras en cambio vivimos el miedo de manera temprana y permanente. Sistemáticamente, enraizamos los peligros, convirtiéndolos en miedo e inseguridad ligados a nuestra condición genérica, abriendo el camino a dos grandes monstruos:  la pasividad y normalidad de la violencia, o la confrontación directa con la frustración de perseguir sueños y anhelos, que algunas tienen claros desde pequeñas, con la realidad de que no existen condiciones para alcanzarlos, o que hacerlo significará sufrir desavenencias en y con lo que Bourdieu nombró estructuras de dominación, las cuales son el producto de un trabajo continuo  (histórico por tanto) de reproducción al que contribuyen los agentes singulares (entre los que están los hombres con unas armas como la violencia física, y la violencia simbólica) y unas instituciones: familia, iglesia, escuela, Estado.[2] Al parecer esto indica que solo ellos tienen reservada el uso de la violencia, negado por su parte a las mujeres como violencia liberadora en cualquiera de sus manifestaciones.

La vida de Elena Garro es, en este sentido, paradigmática de la violencia que se instituye a través de la adhesión que el dominado(a) se siente obligado(a) a conceder al dominador[3] (por consiguiente a la dominación) cuando no dispone, para imaginarla o imaginarse a sí mismo(a), o mejor dicho para imaginar la relación de dominación, haciendo* que esa relación parezca natural; o en otras palabras, cuando los esquemas que pone en práctica para percibirse y apreciarse, o para percibir y apreciar  a los dominadores, son el producto de la asimilación de las clasificaciones de este modo naturalizadas de las que su ser social es producto.[4]

Elena nunca fue,

Helena nunca ha sido.*

De pequeña deseó convertirse en una figura de autoridad masculina. Un(a) General(a) al que atribuía gran poder para tomar decisiones de trascendencia, mismo que ella juzgaba como la oportunidad para tener una vida llena de sobresaltos y aventuras en lugar de, como la mayoría de las mujeres, certezas y hastío.

De joven, quiso ser coreógrafa o actriz, anhelos que tampoco pudo llevar a buen fin debido al matrimonio con Octavio Paz basado en engaños, con quien vivió  precariedad económica y maltrato psicológico, por el miedo e inseguridad que él proyectaba en ella, debido a su genialidad como escritora, la que según él podía  aventajarlo. En el mismo sentido, ella muchas veces prefirió autocensurarse y quemar sus obras para no opacar y “perder” su relación con el escritor reconocido y muy bien recibido por la élite intelectual.

Por otro lado, y lo que dio fin con el matrimonio entre ella y Octavio, fue el affair que sostuvo con Bioy Casares, donde vuelve a mostrar la manera desmedida, comprometida de amar que comúnmente se le atribuye a las mujeres  y su manera apasionada de vivir el desengaño y desencuentro, luego de enterarse de que él salía con otras mujeres. Este matrimonio agrega otro elemento que es prueba fehaciente de los conflictos generados por la dominación masculina, la cual fomenta que entre mujeres existan conflictos originados por las relaciones interpersonales con el sexo masculino; se trata de la suegra, con quien Garro jamás llevó una buena relación.

Otro ejemplo es el conflicto que tiene con los intelectuales de su tiempo en su mayoría hombres; el cual le hace experimentar la exclusión y el veto, al darle la espalda por considerarla una mujer loca, que hacía declaraciones incómodas y políticamente incorrectas, que ponían en riesgo a miembros tanto de la clase política como de la intelectual. Su relación con la causa campesina, su intervención en la política, le ocasionó que fuera víctima de ostracismo.

El último golpe que daría contexto a la creación de sus últimas obras, en su mayoría teatrales, que abordaban el tema de la soledad, desamparo, abandono, traición, hostigamiento, hambre, desarraigo, desprecio[5]; es que fue  acusada de traición por los medios de comunicación, por “denunciar” a los intelectuales por utilizar a los estudiantes activos en 1968 para sus violentos fines revolucionarios, orillándola, por el asedio y hostigamiento, al autoexilio.

Elena Garro se preguntaba “¿Qué falta, Dios mío, hemos cometido?”, no se daba cuenta que ella era parte del mismo engranaje que la victimizaba y victimizaba a otros. Finalmente, a pesar de todo “Elena no se detuvo, escribió, tachó, cruzó, las palabras no deseadas, y continuó ese torrente verbal que la llevó en un eterno momento a revisar su existencia”. [6]

Es así como se demuestra que el uso de la violencia simbólica hacia las mujeres, puede llegar a ser devastador. Sin embargo, considero que la violencia con un fin contrario: liberar, es el meollo de todo esto y me surge la siguiente pregunta ¿por qué el uso de la violencia está reservado a los hombres y al Estado?

Hasta ahora considero que las mujeres no han explotado aún el tema de la violencia y sus expresiones como ejercicio con fines libertarios.

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Bibliografía extra a las referencias:

Adolfo Sánchez, Vázquez. La violencia política y la moral, en Ética y Política. (FCE, México, 2007) pp. 40-57.

[1] Bourdieu Pierre. La dominación masculina. (Anagrama, España, 2000) p. 12

[2] Ibíd, p. 50

[3] Aunque hablemos de dominador, el papel lo puede utilizar una mujer, sobre ella misma, otra mujer, un hombre; lo que importa es observar que el dominio, control, está reservado a la condición de supremacía, ventaja, fuerza física, intelectual que tienen los hombres por encima de las mujeres, e incluso de otros sujetes violentades; niños, negros, indígenas, etc.

[4] Op. Cit., p. 51.

[5]Cfr. “La culpa es de los tlaxcaltecas”, “La señora en su balcón”, “Un traje rojo para un duelo”, “Solo de noche vienes”, “El rastro”, “Los recuerdos del porvenir”, etc. En todos ellos se da muestra de la violencia simbólica en diversas expresiones.

[6]Patricia Rosa Lopátegui. Testimonios sobre Elena Garro.  Biografía exclusiva de Elena Garro (Ediciones Castillo, México, 2002) p. 364.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: Francisco Martínez Cruz.

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