No solo de programas sociales vive el pobre

Combatir la pobreza requiere de todas las herramientas disponibles, no solamente de los programas sociales, por eso hay que voltear al mercado, a la competencia económica, quizás ahí se halle la respuesta.

Iván Paredes Iván Paredes

Por Iván Reséndiz.

En los tiempos aciagos que corren, con un dólar llegando a los 18 pesos, un recorte al presupuesto que se oye choncho, y un precio del petróleo por los suelos, pareciera haber poco espacio y presupuesto para instrumentar nuevos programas sociales de combate a la pobreza o mejorar los ya existentes.

Ergo, pareciera que en tiempos de crisis el combate a la pobreza se limita a no perder lo ya ganado, a por lo menos mantener el número de beneficiarios, el monto del presupuesto y el número de programas, aún y cuando estos se dupliquen en muchas de sus funciones.  No obstante basta con salirnos un poco de este paradigma en donde solamente los programas sociales resuelven la pobreza, para darnos cuenta que hay montón de cosas por hacer, que requieren menos recursos y que son casi tan efectivas (o puede que más) en el combate a la pobreza.

La experiencia muestra que los programas sociales son muy útiles para atender ciertos problemas, vale la pena recordar Oportunidades, hoy Prospera. Este programa, estandarte de la lucha contra la pobreza en varios sexenios, y pionero en la realización de evaluaciones de impacto de sus acciones, ha mejorado la educación, salud y alimentación de sus beneficiarios.

Lo cierto es que hay otro tipo de formas en que la pobreza se puede combatir. En particular me refiero a la competencia económica, a fomentar el correcto funcionamiento de los mercados.

Esta idea no es muy popular entre la izquierda, que en la mayoría de los casos mira con recelo y molestia ciertas iniciativas que tengan por objeto promover los mercados, pero aun así creo que por el bien de todos vale la pena oír lo que tiene que ofrecer.

La competencia económica “obliga”, sin que sea coercitiva, a las empresas a innovar, a mantener sus precios bajos y a proporcionar un estándar de calidad mínimo, si no quieren ser reemplazadas por otros productores, más eficientes o menos innovadores. ,

Impide, lo que a ojos de muchos pareciera ser la cotidianidad, que empresas competidoras se pongan de acuerdo para subir su precio. Si algún día oyen que los tortilleros, los camioneros , los farmacéuticos  o cualquier otro grupo de empresarios publican con bombo y platillo que están acordando un precio único, cuidado, probablemente están violando la ley.

En México, el organismo encargado de verificar que las empresas no formen cárteles y de promover mercados más competitivos, es la Comisión Federal de Competencia Económica, antes Comisión Federal de Competencia, creada en 1992. Institución bastante joven si la comparamos con Hacienda, fundada en 1821, o con el Banco de México, fundado en 1925, de ahí que todavía tenga tantos retos por delante y que prácticamente nadie la conozca…aún.

Y aunque podría llegar a pensarse que mercados más competitivos solamente benefician a esos que más participan en ellos, clase media y clase alta , lo cierto es que el beneficio alcanza a todos, incluso a los más pobres. Algunos autores dicen que especialmente a los más pobres, personalmente difiero un poco.

De acuerdo a Urzúa (2008) “En el sector urbano…el impacto negativo de las empresas con poder de mercado va creciendo a medida que los hogares son más pobres, en el caso del sector rural, excepto porque el impacto distributivo es aún más significativo.”  Esto quiere decir que entre menos opciones se tienen disponibles mayor es el sobreprecio que las empresas pueden cobrar a los consumidores.

Esto no quiere decir que debamos poner todas nuestras esperanzas de disminuir la pobreza en la competencia y en los libres mercados (laissez-faire), estos a veces fallan y de manera un tanto grosera.

Lo que sí implica es que debemos dejar de pensar que los programas sociales son la única forma de combatir la pobreza y que no todo recorte en gasto social es necesariamente una tragedia.

Por otro lado, también nos debe de quedar la lección que si bien la apertura comercial (tratados de libre comercio) ha sido dolorosa, esta también ha traído una enorme cantidad de beneficios a los consumidores, productos de mejor calidad, una mayor variedad de bienes e incluso a mejores precios que los que se podían encontrar antes de la apertura. No le tengamos miedo a la competencia y no escatimemos en su aplicación.

Conoce más de Tierra sin pan.

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