Dialéctica de la criminalidad: una comprensión del crimen como alteración y legitimidad del orden

¿Quién puede ser catalogado como un criminal en estas sociedades contemporáneas? En este texto se realiza una revisión sobre el término y la importancia del mismo para preservar el status quo y en algunos casos para la legitimación del mismo Orden.

Por Daniel Ballesteros Sánchez

 

¡Todos los hombres matan lo que aman!
-y que sea por todos esto oído-:
algunos lo hacen con mirada amarga,
algunos con palabras de dulzura;
el cobarde asesina con un beso
y el hombre de valor con una espada!

Oscar Wilde – Balada de la cárcel de Reading por el prisionero c33.
Versión al español de Bernardo Arias Trujillo.

Es verosímil que para referirse a casi todo el conocimiento occidental haya que regresar a los griegos. Las palabras que ha puesto la cultura en nuestra boca aún saben al vino de Dionisos y nos hacen sentir el calor del fuego estoico. La explicación sobre el movimiento, el orden y el desorden, no es la excepción.

La existencia del concepto de movimiento inicia su desarrollo con Heráclito, quien advirtió que en el libre devenir de la naturaleza se generaba la vida, es decir, el movimiento, que es la simbiosis entre dos o más fuerzas que se contraponen, es vital para la existencia del mundo. El movimiento es la reafirmación de la vida ante la muerte: la vida, para ser vida y no “mera vida”[1] necesita del movimiento, de las múltiples contradicciones que lo producen e inclusive de los momentos que brotan del encuentro entre dos o más potencias, que se unen para encontrarse en la lucha y para ser creadoras, sin necesariamente mezclarse o reconciliarse de manera simbiótica[2].

Es aquí donde, en la sociedad moderna (que ya había sido vaticinada en los tratados teológicos de Hegel como la sociedad de la dialéctica, de las contradicciones y del movimiento por ―en palabras de Marx[3]― el caudal incontenible de las fuerzas productivas liberadas del yugo medieval), se encuentran el orden y el desorden; dos fuerzas que atienden, la primera, a lo apolíneo y, la segunda, a lo dionisiaco[4], a la sazón de la mesura y a la suerte del exceso respectivamente para crear el movimiento de esta era que no conoce lo estático más que como un momento de ineludible crisis, es decir, el movimiento veloz del mundo moderno, vertiginoso por su imposibilidad de apaciguarse, es el producto de la existencia de las fuerzas del orden que pretenden controlarlo todo a través de la mesura y la existencia de su contraparte, el desorden, busca el exceso de la efervescencia.

Las civilizaciones y las otras formas de organización y urbanismo de la sociedad civil[5] nacen del desorden y desarrollan el orden. El hombre necesita, en términos kantianos, organizar el continuo heterogéneo irracional que es la realidad para comprenderlo; el orden le permite crear los silogismos al Sujeto[6] para racionalizar el mundo.

Vivimos por la existencia de ambos fenómenos. Esta “civilización” de la que damos cuenta como atravesada por el discurso eurocéntrico, sujeta a un poder establecido y que se remapea[7] en una América Latina que se encuentra inmersa en una modernidad circunstancial, es el producto de una búsqueda inmarcesible por el orden, que produce que algunos de los intelectuales se desgarren en la defensa de la necesidad de un desorden que permita que al hombre emanciparse de la ilusión del control a la que lo somete la producción técnica y tecnológica controlada por la autoridad, y la tecnocracia disfrazada de democracia parlamentaria en las sociedades que conviven en el paradigma de la sociedad moderna; y que hablan, inclusive, de una post o híper-modernidad, que no es más que el movimiento en el cruce de fuerzas del orden y el desorden de la modernidad sobre sí misma.

Todo nació del desorden, es decir, las moléculas y partículas fundamentales que yacían estáticas antes del espacio y del tiempo, sufrieron una alteración que produjo, tras la primera explosión, la vida. Nace la vida por la fuerza del desorden, que contiene inclusive al mismo orden, porque el orden es una posibilidad, una probabilidad del desorden. Esta sociedad, que vive bajo el sueño de Mao de una revolución permanente, no encuentra sosiego; las disciplinas que tratan de explicarla no pueden dar cuenta más que de las vicisitudes del movimiento. Y el movimiento, la exégesis de la modernidad, no permite más que la existencia permanente de hombres nuevos que olvidan su propia historia, sin comprender los momentos del mismo movimiento como generador de vida.

Etimológicamente la palabra Crimen se ha modificado a lo largo de la historia. Su raíz proviene del latín crimen, que significa cernir o analizar. Cernir, palabra con la raíz indoeuropea krei, deviene en el griego en la palabra krinein, que significa separar o discernir. Se asevera entonces que el Crimen es la separación entre inocentes y culpables en el código romano. Es decir, el crimen es la decisión racional por parte de quien detenta el poder de decidir quién es quién en dicha separación; discernimiento de intereses entre quienes pertenecen y sustentan el orden y quienes generan el desorden al cometer cierto delito que atenta contra la legitimidad de la ordenanza.

Históricamente se ha tratado al crimen desde diversas perspectivas, todas ellas vistas de fondo como un ataque a la legitimidad institucional de un Orden establecido. Advertimos somera e irresponsablemente varios ejemplos: en el periodo clásico, como ya se expuso en la etimología de la palabra misma, el crímen era considerado un discernimiento entre quienes creaban y seguían las reglas, leyes y códigos de conducta, y quienes atentaban contra las mismas. El criminal era quien atentaba contra los códigos penales, aun cuando este lo hiciera por demostrar errores dentro de los sistemas punitivos o de valores, tal y como los filósofos de la Grecia clásica. La institución del Orden llevó a Sócrates a beber la cicuta por pervertir a los jóvenes, es decir, por brindarle a sus intelectos ideas que alteraban la institucionalidad.

En el periodo feudal y la institucionalización del Cristianismo de Estado, o la legitimidad del cristianismo dentro de los marcos de legalidad de los Estados, se trató al criminal como el poseso, el hombre que estaba dominado tanto en su alma como en su corporeidad por demonios que lo llevaban a cometer crímenes contra una sociedad creyente en la legitimidad de sus instituciones que se encargaban de todos aquellos que atentaban contra el Orden.

La aparición de los Estados Modernos acarrea un nuevo concepto de criminal: aquel que atenta contra la sacra propiedad de tipo privado. Los Estados Modernos han creado procesos de globalización en los que la interconexión permite los encuentros culturales entre diversos grupos sociales que alimentan los procesos de intercambios de las construcciones de cada grupo social.

Los procesos comunicacionales[8], por ejemplo, exigen a los Sujetos allí inmersos la consciencia de dicho encuentro y la intención del deleite del diálogo; el choque intercultural crea nuevas formas de lucha que, aun cuando enriquecen culturalmente, poseen a su vez posibilidades de catástrofes, tal y como algunos encuentros entre Oriente y Occidente y sus diversas concepciones del mundo.

Pero el encuentro intercontinental y la creación de los procesos de globalización, es decir, la caída de las fronteras en términos económicos y medianamente en términos sociales y culturales, en palabras de Marshall Berman, es el gran triunfo de la modernidad, ya que “(…) ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos propone aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y el mundo y que al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos y todo lo que somos”[9].

Los encuentros interculturales han permitido la aparición de contrahegemonías organizadas tras las banderas de la resistencia. Por ejemplo, el marxismo y su influencia en el globo pusieron en vela en gran parte del siglo XIX y del siglo XX las falencias del sistema capitalista; dicha tela de juicio llevó a que quienes ejercen el poder en el orden capitalista se armaran de los productos técnicos y tecnológicos, la ciencia[10], el universo jurídico y los medios de comunicación, para la creación de nuevos perfiles criminales, que abarcan desde el ladrón de barrio hasta el revolucionario, el revoltoso, el comunista, el marxista. Estos perfiles se expandieron hasta el humanista, el antropólogo, el sociólogo, el artista, etcétera; y todos aquellos que pretendan la subversión del Orden establecido desde el conocimiento de las disciplinas tras la aprehensión de los mismos y pertenencia a las “sociedades del discurso”[11].

El recrudecimiento de la resistencia permite la aparición del sojuzgamiento a través de conceptos como el de terrorista[12], cuya re-significación y subvaloración social permite que quien sea inmerso en dicha categoría o etiqueta pueda ser dado de baja o eliminado por encima de los tratados de DD.HH. Entra de nuevo aquí la re-significación de la importancia de la existencia del Sujeto humano cuando atenta contra el Orden, que impone los cánones de separación entre quién es o no un criminal. Neuróticos como Taylor, que fácilmente en el siglo XV hubieran sido internados o llevados a juicio por su maniático-obsesiva manera de comprender el mundo, en el capitalismo se convierten en ídolos; mientras que aquellas personas que hurtan en los almacenes de cadena un par de cubos de caldo de gallina, es decir, que atentan contra la propiedad privada, pueden ser condenados a la pérdida de la libertad durante muchos años. Bien lo decía el sociólogo Sudhir Kaar: “(…) lo que es neurótico en el individuo, en el capitalismo es normal y socialmente deseable para el funcionamiento de la sociedad”[13].

El ataque a los intereses del Orden hace que éste modifique los parámetros de consideración de quién es tomado como criminal respecto a la necesidad de defensa de los mismos. No obstante, en la historia se ha tenido una perspectiva unidimensional del crimen: es criminal quien atenta contra el orden social, es por ello que quien detenta el poder, es decir, quien “por momentos parecen tener el peso de un destino”[14], siente la necesidad de reprimir los brotes emancipatorios que atentan contra sus intereses de clase. Pero la criminalidad no sólo ha fungido desde la resistencia, sino que también ha legitimado la existencia de un status quo que le teme al crimen, pero que necesita de éste para tener ante la sociedad civil una fuerza de credibilidad que supere las contradicciones irreconciliables y las condiciones de miseria en las que la sumerge.

La pérdida de la legitimidad de un Orden, aun cuando este detente legalidad institucional, es el desmoronamiento de cualquier sistema social, político o económico. La modernidad es el único momento histórico en el que la catástrofe global y la extinción de la especie puede llegar a suceder, y el individuo, el narciso desolado contemporáneo, cede sus libertades ante el latente miedo que le genera la inseguridad de su propia existencia. La pérdida de la legitimidad del capitalismo llevó a un recrudecimiento del mismo, a un movimiento de la conciencia que desencadena en lo que hoy los Chicago Boys llaman neoliberalismo, que no es más que un capitalismo menos aventurero pero más salvaje.

El surgimiento de las guerrillas como resistencia contrahegemónica a la hegemonía del Orden del capital; las peticiones de los movimientos sociales a los Estados benefactores; la ampliación de la desconfianza en la bolsa tras los múltiples crack’s globales, y otros diversos sucesos, han llevado a que el individuo se entere que el paraíso de la democracia moderna no es más que una pantalla de televisión, una experiencia de “fortuitismo inicial”[15] que denota deficiencias estructurales: una falsa apariencia del Orden que oculta la inminente necesidad de un desorden de la realidad para el reconocimiento del Sujeto.

Pero las acciones efectivas del bloque hegemónico consienten que, al menos durante un tiempo, una inmensa cantidad de la población acepte, por temor a perder lo que tiene ante una consciencia deseante[16], la existencia de un Orden que desfallece en el intento de racionalizar el mundo alrededor de sus intereses. La utilización de doctrinas del Shock[17] y la alimentación de un discurso bélico y terrorífico hacen que la población civil le otorgue legitimidad a un Orden que lo venía perdiendo.

Las guerrillas en Colombia, que han sido ejemplo de resistencia y que poseen diversos repertorios de lucha adquiridos a lo largo del tiempo, han cometido acciones en contra del Estado colombiano y, en especial, contra la élite que lo detenta. Múltiples daños coyunturales de las vicisitudes de la guerra le han hecho perder legitimidad a estas guerrillas ante la población rural y urbana. No obstante, estas mismas acciones, decantadas en los discursos comunicacionales del orden, han permitido manipular a la población civil al punto de no reconocer una lucha entre dos ejércitos armados (el institucional y el contrahegemónico), y sí de concebir a las guerrillas como grupos o células terroristas.

El atentado a las Torres Gemelas le permitió a Estados Unidos y aliados reemprender el legado colonialista en Oriente medio, que reactiva la industria constructora y bélica. El narcotráfico, tanto en México como en Colombia y otras latitudes, permite el libre flujo de capitales y la reactivación de industrias bélicas para el combate del mismo. La existencia de “criminales” marginales, producto de las patologías sociales modernas e inmersos en conglomerados poblacionales, permiten la promoción y consolidación de leyes, como la incursión en las constituciones liberales de la ley de cadena perpetua para asesinos y violadores que son utilizadas por el mismo Estado para, por ejemplo, juzgar a personas como Edward Snowden por supuestos cargos de violación que no necesitan de una debida investigación ni un debido proceso.

Para finalizar, es importante entender que el “Criminal” está inmerso en discursos de poder en el que confluyen diversos matices que alimentan y que van llenando y vaciando el concepto de “Crimen” de contenido. No existe un “Criminal neto”, sino intereses de diverso orden que permiten la consolidación, en diversos momentos históricos, de un concepto que se alimenta en la lucha por el reconocimiento del Sujeto. El criminal, algunas veces, ayuda a la resistencia, pero también recrudece la lucha del Orden y le da legitimidad.

Es el crimen una posibilidad del desorden, y bajo esta lucha de intereses contrapuestos se puede entender que es inconcebible la existencia de un poder que no alimente y cree la criminalidad. Los Estados Modernos luchan contra el crimen, pero a su vez necesitan de la existencia de éste para su fortalecimiento o posible desfallecimiento si quienes están anegados en la categoría de criminales logran realizar acciones lo suficientemente eficaces y efectivas como para asumirse como el nuevo Orden. Es entonces la lucha contra la finalización del crimen una falacia puesto que, al menos en el devenir histórico que conocemos, el Orden necesita del Crimen, es decir, de esa posibilidad del desorden, para su legitimidad y existencia.


Daniel Ballesteros Sánchez. Manizales, Colombia. Estudiante de Sociología y Lenguas Modernas de la Universidad de Caldas. Dirige el portal literario Entre el Asfalto y el semillero de investigación en literatura “Senderos”. Ponente en varios foros en Colombia y México. Ha publicado en la revista Cósmica. Publicó en la Universidad Autónoma de Manizales, en la revista Transeúnte una antología de sus poesías y en Musa Levis. Ganador del primer premio Concurso de Poesía Cesar Vallejo, organizado por la Alianza Colombo-Francesa. Colaboró con la revista Mirador Político de México.


Bibliografía

BALANDIER, G (1999). El desorden. España. Gedisa Editorial.

BERMAN, M. (2008). Todo lo sólido se desvanece en el aire. Argenitna. Siglo XXI Editores.

BRAVERMAN, H. (1987) Trabajo y Capital Monopolista. México. Nuestro Tiempo.

ECO, Umberto. (2014) Apocalípticos e Integrados. México. Tusquets Editores.

ELÍAS, N. (1989). El proceso de la civilización. México. Fondo de Cultura Económico.
ESCOBAR, A. (2010) Una minga para el postdesarrollo. Colombia. Programa Democracia y Transformación Global.

GARCIA, C. (2002) Foucault y el poder. México. Universidad Autónoma de México UAM.

GRAMSCI, A. (1999). Cuadernos de la Cárcel – 6 tomos. México. Editorial ERA.

HEGEL, F. (1976). Ciencia de la Lógica. Argentina. Editorial Solar/Hachete.

KLEIN, N. (2010). La doctrina del Shock. Barcelona. Paidós.

TOURAINE, A. (2000) ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. México. Fondo de Cultura Económica.


[1] Revísese Byung-Chul Han (2014). La agonía del eros: La mera vida. España. Herder.

[2] Según Hegel (1976: 629) “Así, en primer lugar la idea es la vida, el concepto que, diferente de su objetividad, simple en sí, penetra su objetividad, y, como fin en sí mismo, halla en ella su medio, y la pone como su medio, aunque es inmanente a este medio, y constituye en él el fin realizado idéntico consigo mismo.”

[3] Revísese Marshall Berman, citando a Marx. (2008). Todo lo sólido se desvanece en el aire. Argentina. Siglo XXI Editores.

[4] Revísese George Balandier. (1999). El desorden. La teoría del caos y las Ciencias Sociales. España. Gedisa Editorial.

[5] Revísese Norbert Elías. (1989). El proceso de la civilización. México. Fondo de Cultura Económico.

[6] Insisto en llamar al Sujeto con S mayúscula, aludiendo a Alain Touraine, para denotar la vastedad del concepto mismo aplicable para todos quienes estamos inmersos en la sociedad civil. TOURAINE, A. (2000) ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. México. Fondo de Cultura Económica.

[7] Revísese Arturo Escobar (2010) Una minga para el postdesarrollo. Colombia. Programa Democracia y Transformación Global.

[8] IGLESIS, Roger. La Telévision instrument de Solitude. Citado por ECO, Umberto. (2014) Apocalípticos e Integrados. México. Tusquets Editores.

[9] Marshall Berman, citando a Marx. (2008). Todo lo sólido se desvanece en el aire. Argentina. Siglo XXI Editores. Pp. 95.

[10] En los principios de la psicología y del psicoanálisis, investigadores en sociología criminal como Enrico Ferri, Ferreiro, Sighele, Nicéforo, Tardé y Le Bon concebían al revolucionario como un ser con patologías de resistencia al orden o como criminales natos. Inclusive gran parte de la institución psiquiátrica –sin incluir aquí a los Centros de Resocialización o Cárceles-, aún en la actualidad, se encarga de corregir los brotes de resistencia en individuos cuyos delitos de rebeldía atienden a necesidades urgentes creadas por las mismas deficiencias de los sistemas económico-sociales. Para esto, revísese Andrés Marín. (1921). Sociología Criminal. Bogotá. Imprenta y Litografía de Juan Casín.; Foucault, M. (1976) Historia de la Locura en la época clásica. México. Fondo de Cultura Económica.; Foucault, M. (1983) Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Argentina. Siglo XXI Editores.; Freud, S. (1999) El malestar en la Cultura y otros ensayos. México. Alianza editorial.; Y el artículo de Jorge A. Pérez López. (s.a.). La explicación sociológica de la criminalidad. Perú. Universidad de San Martín de Porrez.

[11] Al respecto, revísese a Michel Foucault (2004). El orden del discurso. Barcelona. Tusquets Editores.

[12] Revísese el artículo TORRES, V. (2010). El concepto de terrorismo, su inexistencia o inoperancia: la apertura a la violación de DDHH. Bogotá. Universidad Libre.

[13] BRAVERMAN, H. (1987) Trabajo y Capital Monopolista. México. Editorial Nuestro Tiempo.

[14] GARCIA, C. (2002) Foucault y el poder. México. Universidad Autónoma de México UAM. Pp. 33

[15] Cohén-Seat, Citado por Citado por ECO, Umberto. (2014) Apocalípticos e Integrados. México. Tusquets Editores.

[16] HÜNI, H. La conciencia es deseo. Colombia. Universidad del Valle.
Tomado de http://praxis.univalle.edu.co/numeros/n15/julio_cesar_vargas.pdf el 27
/09/2014 a las 8:25 a.m.

[17] KLEIN, N. (2010). La doctrina del Shock. Barcelona. Paidós.

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