El espacio público y los movimientos sociales

El espacio público es fundamental no sólo para los sistemas democráticos, sino para aquellos en los que existe una lucha por la transformación de un régimen autoritario o totalitario, sea a través de cambios progresivos o de la revolución.

Por Vladimir Chorny (@VladimirChorny1)

El espacio público es fundamental no sólo para los sistemas democráticos, sino para aquellos en los que existe una lucha por la transformación de un régimen autoritario o totalitario, sea a través de cambios progresivos o de la revolución.

El tema del espacio público atraviesa transversalmente a cuestiones, directa o indirectamente, relacionadas con la democracia: los derechos y las libertades, la participación, el tipo de ciudadanía (pasiva o activa), la inclusión o exclusión de las personas y grupos, la deliberación, etc. El rol del espacio público es esencial para los sistemas democráticos o que aspiran a serlo, pensar acerca de este tema hoy en México es determinante.

Mirar a México desde lejos nos hace dar cuenta que hay ciertos fenómenos que se han vuelto centrales para explicar la realidad sociopolítica actual. Uno de esos es el de la protesta social, donde el reclamo se ha ampliado a problemas más profundos o estructurales del sistema y no sólo a problemas específicos. Creo que la protesta social ha cambiado cualitativamente, de denuncias concretas hacia el sistema a denuncias estructurales en contra del sistema. Ya no se trata de algún problema particular de una comunidad que busca una respuesta del gobierno, ahora se denuncia la falta de democracia, corrupción generalizada y actuación directa del Estado en comisión de crímenes de lesa humanidad, identificables en consignas como “Que se vayan todos” o “#FueElEstado” [i].

El aumento de la frecuencia y gravedad de las violaciones a derechos humanos y la incapacidad de respuesta del gobierno han empeorado la crisis de representación y la de legitimidad entre gobernantes y ciudadanos, así como entre partidos y simpatizantes. Los reclamos se han endurecido y las acciones resultado de las protestas implican más riesgos institucionales que antes, las marchas han evolucionado a plantear la posibilidad de tomar medidas para impedir las elecciones en Guerrero, por ejemplo. La presencia de sectores que antes no se manifestaban es mayor, particularmente estudiantes de universidades privadas y víctimas de recientes violaciones a sus derechos humanos que en protestas anteriores se habían mantenido alejadas del ámbito de “lo público”[ii].

En este panorama, el surgimiento y el protagonismo de distintos movimientos sociales se ha vuelto cada vez mayor. De manera distinta a las protestas poselectorales (2006 y 2012) donde la coordinación y dirección de una protesta era encausada o capitalizada por un partido o candidato, numerosas protestas en los últimos meses se han generado de forma multifocal, impulsadas muchas veces por los propios movimientos, como en el caso de Ayotzinapa o de #YoSoy132. También se han realizado de forma espontánea desde una base de personas o grupos que no pertenecen a ningún movimiento pero que comparten sus demandas.[iii] Esta dinámica ha rebasado a los partidos políticos, quienes suelen ser ahora blanco de las protestas por su acción directa o indirecta en la causa de la protesta; el Pacto Por México y el acompañamiento en decisiones como la reforma legal de telecomunicaciones son ejemplos de lo que para mí muestra la simulación y burla de la “oposición partidista”. La aparición de estos movimientos en los últimos meses ha permitido la visibilización de distintas luchas y la oposición de la sociedad al gobierno en muchos casos[iv]. Es aquí donde el espacio público entra en juego.

El espacio público es fundamental no sólo para los sistemas democráticos, sino para aquellos en los que existe una lucha por la transformación de un régimen autoritario o totalitario, sea a través de cambios progresivos o de la revolución. El rol de la ciudadanía, la participación y la posibilidad de acción de las personas frente al poder se encuentran cruzados por el modo de entender el espacio público. Éste es particularmente relevante en sociedades en que las decisiones sobre los asuntos públicos se reservan para una sola persona, una élite o un sector y se excluye al resto de las personas, pensando el espacio público como “lo abierto en oposición a lo cerrado”,[v] en donde las personas pueden presentarse, discutir y actuar; es decir, ser parte del ámbito político de su comunidad. Ahí donde los vínculos de las personas con los representantes son más débiles o donde las élites gobiernan por encima de la sociedad, el espacio público es la esfera en común que permite el encuentro de los excluidos, su diálogo y reconocimiento, indispensables para organizarse y actuar.

Para lograr la inclusión, dos dimensiones del espacio público son determinantes. En primer lugar, pensarlo como espacio de aparición y de diálogo[vi] nos permite reconocer un lugar en común donde los fenómenos se constituyen; es decir, donde las cosas tienen lugar, aparecen o acontecen, y donde se permite a las personas que son parte de ese espacio público, primero reconocerse y luego escucharse y dialogar. Fenómenos como Ayotzinapa muestran que el espacio así entendido permite que estos aparezcan y que puedan ser frente a todos los demás. Es en este sentido que el espacio es fundamental para trascender lo privado, pensado tanto como lo individual como lo secreto, y llegar a lo colectivo y lo visible.

En segundo lugar, la dimensión material o física del espacio público (el mundo en común en palabras de Arendt) es necesaria para ordenar la forma en que pensamos el tema en general, tanto para la participación y la interacción entre las personas (la acción) como para la referencia de lugar de encuentro y comunidad. Para ponerlo en términos antiguos, esta ágora es elemental para el reconocimiento, el diálogo, la acción y la decisión. Por esto es también necesario pensar en los lugares, las calles, las plazas, ¿las redes sociales? y, sobre todo, en las instituciones que queremos tener en común para poder encontrarnos[vii]. Especialmente ante el reto de responder cuáles son los temas o problemas que deben ser parte de “lo público” y cuáles de la esfera privada de las personas (libre de las acciones y decisiones externas, tanto estatales como sociales), así como de las personas que pueden ser parte de ellos[viii].

La situación actual de los derechos y la democracia en México es desconsoladora, pero los sucesos que se han dado en el espacio público a raíz de esta situación son esperanzadores. Es precisamente ahora, cuando muchas de nosotras no vemos respuesta ni sentido en los partidos políticos, el gobierno y la gran mayoría de las instituciones, cuando necesitamos construir nuevas vías, realizar nuevas acciones y pensar otras maneras de desmantelar el sistema que actualmente delinea la “democracia mexicana”, sobre todo para quienes sostenemos que no hay tal. La discusión teórica al respecto oxigena el problema, pero es en la organización y el reconocimiento de los otros donde probablemente se encuentre la mayoría de las respuestas que buscamos. Nuevamente, es en esa organización previa a los cambios o rupturas que se da en la articulación del espacio público, donde los cambios importantes, y las revoluciones, han sido y serán históricamente posibles.


Vladimir Chorny. Realiza su doctorado en derecho constitucional y derechos humanos en la Universidad de Buenos Aires.


[i] Esto no significa, desde luego, que no hayan existido denuncias de este tipo en décadas anteriores o en momentos de crispación social (como las elecciones presidenciales de 1988, por ejemplo), sino que i) a diferencia de esos momentos, las protestas actuales se hacen sobre la idea de que son problemas en un régimen democrático y no autoritario (como en el 88), y ii) las exigencias, me parece, se hacen sobre una transformación más allá de lo electoral y político del sistema (en todos sus niveles).

[ii] Pienso en “lo público” de manera amplia, como el ámbito de los asuntos que pueden considerarse de interés para la sociedad y no sólo como el ámbito relacionado con las decisiones políticas. De manera más general hacia los asuntos relacionados con lo que sucede con las instituciones, los derechos y los problemas sociales.

[iii] Podemos pensar en organizaciones de derechos humanos, activistas, personas anteriormente inactivas en torno a la protesta social y muchos otros grupos de naturaleza social distinta.

[iv] La aparición de movimientos ha servido para visibilizar históricamente situaciones y acontecimientos que difícilmente hubieran tenido reconocimiento fuera del espacio público. Muchos de estos han sido desde hace años ejemplos de oposición social frente al gobierno en espacios locales (Cherán, Atenco, etc.).

[v] En el sentido explicado por Nora Rabotnikof en: En busca de un lugar común. El espacio público en la teoría política contemporánea. Donde las otras dos dimensiones de lo público (no siempre presentes en la concepción de espacio público de que se trate) son: “lo público como lo opuesto a lo privado” (lo colectivo) y “lo público como lo opuesto a lo secreto” (lo manifiesto).

[vi] Desarrollado por Hannah Arendt en “The Human Condition” y en “On revolution”.

[vii] Instituciones incluyentes y no excluyentes, horizontales y no verticales, fiscalizables y no opacas, transparentes y no secretas. Existe una diferencia enorme entre un sistema con las instituciones como en México (cerradas, verticales, controladas, opacas) y otro posible con instituciones que incorporen a la sociedad, la escuchen y la hagan parte por mandato institucional. Busco señalar que una democracia radical deberá contar con instituciones radicales y, sobretodo, radicalmente distintas a las actuales.

[viii] Teniendo presente las distintas propuestas en torno al espacio público y sus resultados (de la apertura potencial a todos de Kant, a la diferenciación y exclusión de “la cuestión social” y los grupos organizados o las masas en Arendt, por ejemplo). Considero que este reto debe ser algo de lo que las teorías democráticas y de los derechos deberían hacerse cargo. Aunque no sea posible desarrollar el tema en este espacio, una democracia radical deberá en principio buscar la inclusión total de todos los interesados y la discusión de todas las cuestiones salvo un mínimo reservado a cuestiones de moral privada.

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