¿Por qué Ayotzinapa?

El autor se pregunta acerca del movimiento surgido con motivo de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa a partir de problematizar los sentidos del estudiante y de la juventud. Analiza el tema desde su experiencia como joven, estudiante y activista, en el movimiento estudiantil entre los años 1999-2000 y en #YoSoy132.

Ilustración: Fernando Aristegui

Por Fabián Bonilla López

Una pregunta iba y venía por los espacios públicos, por donde circula el decir de los que no tienen el poder, por el espacio del discurso oculto[i]: ¿Por qué Ayotzinapa? ¿Por qué esa energía que hizo que miles asaltaran las calles, que ésta denominación en lengua náhuatl inundara los muros de redes sociales virtuales, que se convirtiera en una expresión global?[ii] Esta pregunta la escuché y la sentí, se fue alojando poco a poco en un hueco entre mi pensamiento y mi sentir. Las siguientes líneas de este artículo son un intento para darme una respuesta o para ampliar la interrogante; quizás tú, lector, también la escuchaste o también te la hiciste. Contestar una interrogante no necesariamente conduce a encontrar la respuesta como si se tratara de hallar un sentido oculto, cubierto por un velo, sino expandir el horizonte del sentido de la pregunta. Por lo tanto, no se apela a responder con la aspiración de encontrar una “verdad histórica”, esa labor se la dejamos a otros.

Desde el principio, ante el artero ataque del 26 de septiembre de 2015 en Iguala, que dejó el saldo de seis personas asesinadas, tres de ellas normalistas, y veinte heridas, era imposible no pensar en su condición de estudiantes, aunado al motivo por el que estaban en ese lugar, llegar a la manifestación en la Ciudad de México por un aniversario más de la matanza del 68. Los ahora 43 desaparecidos[iii], antes de esta fatídica fecha eran estudiantes normalistas, es decir, jóvenes. Por lo que mi ruta argumentativa parte de problematizar los sentidos del estudiante y de la juventud. Y lo haré reconociendo el lugar desde el que enuncio: mi experiencia como joven, estudiante y activista.[iv] De aquella experiencia sólo quiero rescatar lo concerniente al proceso de subjetivación de un activista en aquella movilización social.

El movimiento estudiantil entre los años 1999-2000 se caracterizó por una energía que se volcó en las calles. Una energía alentada por la furia y la desesperanza que no logró generar circuitos de comunicación para una mayor dinámica en la toma de decisiones, pero sobre todo para evitar el frontal ataque mediático[v]. Así, se construyó una imagen discursiva del cegeachero, un collage polifónico confeccionado con retazos de representaciones de narrativas que se referían a los estudiantes en agitación, como fósiles, rojillos, fachosos, radicales[vi]. Se erigió poderosamente la imagen del “pseudoestudiante” y fue exitoso[vii]. En este sentido, se cimentó un andamiaje discursivo para descalificar a cualquier estudiante en movilización, sobre todo cuando la protesta se criminalizó[viii] y tuvieron que pasar años para que se empezara a desmontar, pero sucedió.

El viernes 11 de mayo de 2012, el candidato presidencial Enrique Peña Nieto tuvo un encuentro con estudiantes en la Universidad Iberoamericana. Ese día más que aplausos se encontró con una protesta airada donde se le cuestionó, entre otros aspectos, su intervención en la represión en Atenco. Y aunque la interpelación de las y los jóvenes estudiantes de la Ibero fue un hecho inédito hacia Peña Nieto, poco eco tuvo en los medios. Lo poco que se conoció fueron las declaraciones del equipo de campaña priista que descalificaron los incidentes en la Ibero, en un primer esfuerzo de generar una estrategia de control de daños. Donde se acusó a los estudiantes universitarios de porros, de provocadores, pero principalmente, de pseudoestudiantes[ix].

Se trató de ubicar a los estudiantes de la Ibero como intolerantes y provocadores, al mismo tiempo se señaló que su actitud era la de no-estudiantes. A lo que podríamos preguntarnos: ¿cuál es la verdadera actitud de un estudiante, entonces? ¿Cuál debe ser el comportamiento de los estudiantes universitarios, según el PRI? Denominar es un ejercicio de poder. Dotar de un nombre, es conformar una identidad a un agente individual o colectivo, desde la exterioridad, desde una práctica de poder. Es diferenciarlo para colocarlo en un lugar, donde se le asignan una serie de características. A este proceso el filósofo francés Jaques Rancière lo llama proceso de subjetivación. Por tanto, desde la negación, hacer mención que la “actitud no es de estudiantes”, señala su contraparte, es decir, una definición identitaria de lo que es es ser estudiante. Y más allá de una definición etimológica o de diccionario, me interesa señalar la construcción de sentido en torno a la idea de estudiante que se tiene desde el poder.

De esta manera, el estudiante es visto como un sujeto pasivo al que hay que guiar para su inclusión en el ámbito laboral de manera acrítica, un receptáculo que hay que saturar de competencias para ser productivo. In-formar al estudiante de los saberes necesarios para su ingreso al mercado laboral como profesionista, en un proceso pedagógico, esto es, darle la forma que requiere el mercado. Por lo tanto, no es lícito que un estudiante se defina a partir de una posición política crítica, mucho menos que la manifieste en el espacio universitario y, que salga de éste para tomar la calle en movilización, raya en lo inadmisible. Desde hace tiempo la universidad también es diseñada como un espacio para la contención.

Rancière advierte que el proceso de subjetivación da cuenta de dos dimensiones particulares en estrecha relación, la policía y la política. Así, la policía da pie a la partición de lo sensible que establece una distinción entre lo visible y lo invisible. Por tal motivo, la policía se encarga de dotarle a los agentes sociales “(…) modos de acción específicos en lugares en donde tales ocupaciones se ejercen, mediante a maneras de ser que se corresponden a tales ocupaciones y a tales lugares” (Rancière en Arditi 2011, 168). Siguiendo mi reflexión, se puede decir que la señalización por parte del equipo del entonces candidato encarna la voz de la policía, donde los estudiantes son un grupo social que tiene maneras de ser y lugares que le corresponden. El estudiante debe ser formado y su espacio es el aula.

Asimismo, el proceso de subjetivación se puede entender también como un proceso de disenso. Da cabida a una dimensión donde se puede “rechazar una identidad que es dada por otros” (Arditi 2011, 168). Entonces, el disentir en contra de esa imposición sería la forma de entender a la política. “La política, en cambio, altera este arreglo y lo complementa con la parte de aquellos que no tienen parte, con la parte que no cuenta; ella introduce el ‘ruido’ de los parias dentro del orden de la policía” (Arditi 2011, 169). Por tanto, la política es el desafío que se lanza contra esa partición de lo sensible que les asigna una identidad y un lugar a los estudiantes. El estudiante no tendría que interpelar al poder, no se tendría que indignar frente uso desmedido de la fuerza por parte del Estado, no tendría que contar con una voz para manifestarse en un auditorio de una universidad, como la Ibero, según el discurso policiaco del PRI y, sin embargo, lo hicieron.

La enunciación del poder buscó anclarse en la imagen del estudiante inconforme como un pseudoestudiante, y explotar todos los estereotipos y prejuicios que convergen en tal construcción. Ante esto, 131 estudiantes con credencial en mano grabaron un video para desmentir las aseveraciones del equipo de campaña del candidato Peña Nieto. “Utilizado como herramienta de comunicación política alternativa, el video recuperó el rostro de 131 universitarios y su pertenencia a la comunidad de la Ibero”, de tal forma que aparecieron “los jóvenes que protestaron con su credencial en mano, para recobrar la identidad robada y adulterada” (Fazio 2013, 414). De tal suerte que el decir policiaco tuvo una respuesta política. Y lo hizo desde la propia subjetividad. De esta manera, el nacimiento del movimiento del #YoSoy132 emergió de un proceso de subjetivación y de un hacer política que desestabilizó la construcción del pseudoestudiante.

Una victoria del 132 fue precisamente hacer un cortocircuito en las correas de significación que configuraban la imagen del pseudoestudiante, a partir del estereotipo y del prejuicio. Desestabilizando el discurso del poder para conseguir resignificar el sentido de la juventud y del estudiante, pero sobre todo de los que disienten y hacen política, perturbando el orden policíaco. Esta victoria se debe de reconocer, pues el movimiento estudiantil en el que participé no la vislumbramos, mucho menos la conseguimos[x] y que también, permitió generar un sentido de solidaridad, de empatía ante la tragedia de los estudiantes de Ayotzinapa, al mismo tiempo de dotar de un sentido distinto a ser joven y estudiante, en tanto que permitió generar una continuidad entre las expresiones estudiantiles. Una “misma generación movilizada por diferentes causas y vías” (Ortega 2015, 54). Sentir que por lo menos algo queda plasmado en la memoria de las movilizaciones. “En septiembre del 2014 el movimiento estudiantil regresó con una fuerza inesperada. De diferentes ríos el movimiento estudiantil y juvenil se expresó en todo el país. Ante la crisis política desatada por la barbarie cometida contra los normalistas de Ayotzinapa el 26 de septiembre un movimiento mayoritariamente estudiantil se expandió por todo el país y expresó la indignación del conjunto de la sociedad” (Ortega 2015, 54). Por lo que se puede concluir que Ayotzinapa es un signo que condensa a toda una generación harta, que expresa de múltiples formas su disenso frente al sistema político mexicano. Un signo que genera memoria, que demanda justicia y verdad.


Fabián Bonilla López. Doctor en Ciencias Sociales, en la línea de Comunicación y Política por la UAM-Xochimilco; es académico en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


Bibliografía

Arditi, Benjamín. 2010. La política en los bordes del liberalismo. Diferencia, populismo, revolución, emancipación, México: Gedisa.

Bonilla, Fabián. 2012. “Estrategia y tácticas: #YoSoy132, la emergencia del movimiento en la campaña electoral de 2012”, en: Figueiras, Leonardo coord. Del 131 al #YoSoy132, Elección 2012, México: Comunicación y Política Editores.

De Certeau, Michel. 2007. La invención de lo cotidiano, artes de hacer, México: UIA.

Fazio, Carlos. 2013. Terrorismo mediático, México: Debate.

Muñoz, Gloria (coord.) 2012. #YoSoy132, Voces del movimiento, México: Ediciones Bola de cristal.

Ortega, Joel (2015) “Una generación indignada”, en: revista Memoria, número 253, año 2015-1.

Scott, James C. 2011. Los dominados y el arte de la resistenc


[i] Según James C. Scott, los espacios del discurso oculto son sitios sociales marginados y son múltiples, por lo que pueden ser la calle, el transporte público, las tertulias, las sobremesas, las discusiones en las aulas de clase.

[ii] Esta pregunta no intenta generar un sentido de rivalidad con otras tragedias u otras movilizaciones, una especie de reproche, más bien recuperando otras experiencias para dar cuenta del interés por Ayotzinapa.

[iii] Si bien se puede señalar que ahora son 42 desaparecidos por el reconocimiento de uno de ellos, Alexander Mora Venancio, por parte de los peritos argentinos responsables de analizar los restos encontrados en el basurero de Cocula, se mantiene la expresión de los 43.

[iv] Pues hace cerca de 15 años fui parte del Consejo General de Huelga en 1999, durante mi formación académica en la FCPyS de la UNAM.

[v] Cabe señalar que este ataque no sólo fue por parte de medios cercanos al poder priista, sino medios como el diario La Jornada o revistas de caricatura política como El Chamuco que se pueden situar en el espectro de la izquierda.

[vi] Así lo señala Lorena Cervantes quien formó parte de este movimiento estudiantil en la UNAM de 1999-2000: “fuimos muy vapuleados por los medios masivos en una guerra encarnizada en contra nuestra. Intentamos hacer escuchar nuestra voz en donde se pudo, a través de brigadeos, en el naciente internet y con la creación de la radio Ke Huelga. Ya que no había espacios en los propios medios, creamos los propios para intentar hacernos escuchar. Había una inequidad absoluta entre la tinta que fluyó para criticarnos y las pocas posibilidades que teníamos para defendernos (en Muñoz 2012, 256).

[vii] Entre sus éxitos se puede incluir la propia división del movimiento entre ultras y moderados. Un discurso externo al movimiento, pero que pronto se internalizó al punto a que a 15 años del movimiento cada vez que uno expresa su experiencia la pregunta inmediata, ¿y tú que eras ultra o moderado?

[viii] En México el panorama de los movimientos sociales ha estado marcado por la criminalización de la protesta. Esta política de Estado tuvo como punto inflexión en el contexto del paso de la banda presidencial entre los gobiernos panistas de los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón y, para muestra sólo mencionamos los casos paradigmáticos de la represión para sofocar, tanto la revuelta de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), como oprimir la rebeldía de los pobladores de Atenco (FPDT), en el Estado de México, donde el uso desmedido de las fuerzas represivas, se convirtieron en dos medidas ejemplares, esto es, espejos donde los movimientos sociales tendrían que reflejarse. Aún hoy se mantiene vigente estas políticas represivas con el objetivo proscribir la política desde actores sociales, criminalizándola.

[ix] En el diario La Jornada del sábado 12 de mayo, apareció la siguiente información referida al presidente nacional del PRI, Pedro Joaquín Coldwell: “Al líder nacional del tricolor la actitud de estos jóvenes le resulta preocupante: ‘Por qué hay este ambiente tan intolerante en estos grupos. Tienen la oportunidad de un diálogo constructivo, crítico incluso y optan por esta vía que se ve poco universitaria’.”

[x] Ahora se revive este asunto a partir de la película Güeros del director Alonso Ruiz Palacios.

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