¿Quién decide? Sobre la identidad, indiferencia y decisiones en tiempos de guerra en Ucrania

Luego de la Revolución de Maidán, se desató en Ucrania un conflicto bélico contra Rusia que ha tenido como consecuencia la separación de Crimea, así como el desplazamiento y muerte de miles de personas. En este texto, la autora explica cómo ha sido vivido este proceso por la población ucraniana y cuestiona la apatía política que la aqueja en tales circunstancias.

Ilustración: Fernando Aristegui

Por Darya Tsymbalyuk

 Traducción del inglés de Francisco Martínez Cruz, revisión de Valentín Yahuitl García. Para el original en inglés, clic aquí.

Ningún hombre es una Isla

 

Ningún hombre es una isla, lleno de sí mismo;

cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo;

si un terrón es arrastrado por el mar, Europa se reduce, como si un promontorio fuera,

como si fuera una finca de tus amigos o la tuya propia;

la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad.

Por ello, nunca mandes a preguntar por quién tañen las campanas; ellas tocan por ti.

John Donne

Justo después de la Revolución de Maidán, o también llamada Revolución de la Dignidad, la cual tuvo lugar en Ucrania de noviembre de 2013 a febrero de 2014, una guerra híbrida con Rusia se desató en las regiones orientales de Ucrania. Empezó en Donetsk y Luhansk, donde la gente que no apoyó la Revolución de Maidán, expresó su posición a favor de Rusia. A causa de tales protestas, Rusia envió en autobuses a rusos, los cuales actuaron como separatistas ucranianos. En marzo, la semipenínsula de Crimea, que pertenecía a Ucrania, fue anexada a Rusia. Ha sido un poco más de un año que se ha mantenido una furiosa guerra en Donbas (regiones de Donetsk y Luhansk). Rusia oficialmente negó su participación en el conflicto; a pesar de ello, hay numerosas pruebas (armas, soldados rusos aprehendidos, conversaciones telefónicas, etcétera) que claramente muestran que la guerra fue animada y que es constantemente agravada por Rusia. Desde el inicio de la guerra, más de un millón de personas han sido desplazadas, miles han sido asesinados y heridos. No obstante el cese al fuego, el cual existe solo en el papel, la gente muere cada día. Con la llegada de la primavera, Ucrania espera una serie de próximas hostilidades, incluyendo un posible ataque a Mariupol, una ciudad de medio millón de habitantes.

Como una ucraniana proveniente de una ciudad rusoparlante en Ucrania, como hija de un militar que está ahora defendiendo a Ucrania en el este, y como ciudadana que no puede permanecer indiferente a la situación actual, he tratado de exponer mis pensamientos y mis propias experiencias en este breve artículo. Este texto es subjetivo y personal, trata de mostrar al público la situación desde adentro y no se propone dar una objetiva y cronológica representación de hechos.

Durante la Revolución de Maidán y ahora, continuamente escuchaba a las personas decir que no estaban interesadas en la política o que ellas estaban fuera de la política. Para ser honesta, yo nunca he estado muy interesada en la política por mi propia cuenta. Pero lo que ha estado pasando en mi país, Ucrania, va más allá de la política. Así que cuando algunos ucranianos dicen que no están interesados en la política ahora, suenan como si ellos no estuvieran interesados en nada de lo que va más allá de sus vidas privadas. Sin embargo, ¿en dónde está el límite entre la vida privada y la vida social? ¿Puedes permanecer totalmente incólume y desconectado de la situación que te rodea?

Hace un par de semanas un ucraniano fue asesinado en Moscú. Fue atacado por un grupo de nacionalistas rusos. Ellos lo golpearon justo en la estación del tren en Moscú. Las videocámaras documentaron el ataque, en ellas se ve cómo la gente pasa indiferente, como si ellos no vieran el acto de violencia. ¿Qué estaba haciendo el hombre en Moscú? No lo sé, probablemente trabajando, tal como muchos ucranianos aún lo hacen, en su mayoría llevando a cabo trabajos mal pagados. Tal vez visitaba a sus familiares, dado que muchas familias quedaron separadas entre Ucrania y Rusia después de la caída de la URSS. ¿Esa persona estaba interesada en la política? Quizá sí, quizá no, pero la razón de su muerte fue exactamente política. La propaganda rusa crea una imagen extremadamente negativa de los ucranianos. Se nos ha llamado nazis, que matamos y comemos bebés que hablan ruso. No es de extrañar que los nacionalistas rusos ataquen a un ucraniano en Moscú. Tan lamentable como es, te puede no importar la política, pero te afecta.

También tengo familiares viviendo en Rusia. De hecho, todos mis familiares, excepto mi mamá y mi papá, viven en Rusia. Mi abuela vive en Moscú, donde mi padre creció, fue a la universidad y se casó con mi madre, quien estudió lengua y literatura rusas en la Universidad Estatal de Moscú. En mi niñez, solíamos ir a Moscú cada año. La conocía mejor que la capital de mi país, Kiev, donde actualmente vivo.

Ucrania obtuvo su independencia un año después de que nací. Así que, de algún modo, hemos crecido juntas. Siendo niña viví en una ciudad industrial rusoparlante con una muy intensa atmósfera postsoviética, pero al crecer con Ucrania, estuve expuesta a la historia y cultura ucranianas. Quizás esto se debió a que tuve un increíble profesor de historia, quien nos llevaba de excursión a otras ciudades de Ucrania y quien nos transmitió su amor por esta tierra. Mientras más ucraniana me sentía, más extraña fue mi estancia en Moscú. Esto no significa que yo haya dejado de querer la grandiosa cultura rusa, de ninguna manera. Aún tengo una increíble apreciación por Dostoyevsky, Chaikovski y Rajmáninov… Sin embargo, recuerdo bastantes momentos extraños en los que me sentí humillada en Rusia. Una vez el tío de mi madre, un hombre excelente y de muy buen corazón nos preguntó: “¿Qué tal les va en su Murliandia?” Con Murliandia él se refería a Ucrania, de una forma muy despectiva y arrogante, como si nosotros viviéramos en el peor lugar del mundo. Esto es muy común cuando los rusos no quieren decir “ucraniano” o “ucranianos”. Incluso mi abuela me llama de manera condescendiente “khokhlushka”[i]. Comprendo que cuando la gente usa estas palabras, no necesariamente tienen la intención de herirme.

No obstante, de este modo ellos demuestran la actitud de Rusia, quien se siente como un gran hermano con una enorme cultura y literatura, y Ucrania, como si fuera solamente su provincia, donde vive en su mayoría gente pobre y sin educación. Con frecuencia siento como si muchos rusos nunca se hubieran tomado en serio la lengua o la independencia de Ucrania. No digo que se trate de todos los rusos, por supuesto. Tengo muy buenos amigos ahí, quienes son capaces de pensar dejando a un lado la propaganda de Putin. Sin embargo, ha habido siempre esta actitud condescendiente de Rusia hacia Ucrania, tal y como también la ha tenido hacia muchos otros países exsoviéticos. Pero a pesar de estas posturas, Rusia y Ucrania estuvieron siempre muy unidas, no solo por la economía y la historia, sino también por la gran cantidad de familias cuyos lazos abarcan ambos países. En el tiempo de la Unión Soviética, muchas personas cruzaban el país entero a causa de sus trabajos, y esa es la razón por la cual en el este y sur de Ucrania, donde hay muchas ciudades industriales, hay también grandes minorías rusas cuya lengua es predominantemente el ruso.

Crecí en una de estas ciudades en el sur de Ucrania llamada Mykolaiv. Mi ciudad natal aún lucha para encontrar su propia identidad. En los años soviéticos, fue un centro importante de construcción naval; contaba con tres astilleros. Todo en la ciudad se estructuró en torno a dicha actividad. A pesar de ello, con la caída de la Unión Soviética, tal industria también colapsó. Para la gente que iba a Mykolaiv y trabajó toda su vida en los astilleros, todo con lo que se identificaba se había venido abajo. Y muchos aún se debaten con su identidad.

Justo ahora la ciudad presenta un contraste extremo. Por un lado, existe la 79ª Brigada Aeromóvil así como muchas otras unidades militares, entre ellas algunas provenientes de la anexada Crimea. La 79ª Brigada Aeromóvil fue la razón de que mi familia se moviera a Mykolaiv. Mi padre, un ex oficial militar, sirvió en esta corporación hasta que se retiró. La brigada y otras formaciones militares de la ciudad integran su identidad ucraniana. A donde sea que se vaya, se ven hombres uniformados —ya sea en la parada del autobús, en los centros comerciales o el trolebús—. La ciudad entera está pintada con azul y amarillo —los colores de la bandera de Ucrania—: vallas, kioscos y columnas. Hay cercas a lo largo de las grandes avenidas con fotos de los Héroes de Mykolaiv que han muerto por Ucrania. Mi preparatoria fue renombrada en honor de uno de ellos. A primera vista, la ciudad luce completamente a favor de Ucrania.

Pero por el otro lado, hay un separatismo oculto o confusión. No puedo entender realmente si esas personas apoyan a Rusia, o solo quieren regresar a la Unión Soviética; de hecho, no estoy segura de que ellas lo sepan. Pero ellas ven la televisión rusa. Sí, ¿se lo pueden imaginar? Nosotros aún tenemos transmisiones de canales de televisión rusa. Es absurdo. Y contamos con la radio rusa también.

En mi última visita a mi ciudad fui a una tienda que se localiza justo cruzando la base militar de la 79a Brigada Aeromóvil. Dentro del lugar, la radio rusa transmitía las últimas noticias desde Moscú. Afuera del lugar, vi hombres uniformados, aunque algunos de ellos eran también llamados “cyborgs”, los legendarios defensores del aeropuerto de Donetsk, hombres para quienes los separatistas y los soldados rusos fueron los mayores enemigos. Es la ciudad de muy extraños contrastes.

Mi ciudad consiguió uno de los primeros y más grandes monumentos a los Héroes de la Revolución de Maidán. Yace justo en el centro de la ciudad. Al mismo tiempo, se encuentra frente a la avenida Lenin, y la calle principal es aún llamada la calle “Soviética”. Otro raro contraste.

Me pregunto cómo es que las personas en mi ciudad pueden apoyar a Putin. ¿Acaso están ciegas? ¿No ven todos los crímenes que ha cometido en Donbas y en Crimea? ¿En verdad la intensa propaganda rusa les ha lavado el cerebro? ¿Y por qué ven la televisión rusa? ¿No se dan cuenta que por más de 20 años han estado viviendo en un país diferente? ¿Se deberá tal vez a que han crecido inmersos en la cultura rusa, siempre viendo a los rusos como amigos, hermanos, que ellos se nieguen a creer que estos son los “hermanos” que nos están matando? Pero entonces, hay también gente como mis padres: mi papá regresó al ejército y está ahora en el este de Ucrania defendiendo a Ucrania, y no tiene duda de que debe estar del lado de Ucrania, a pesar de haber nacido y crecido en Moscú; y mi mamá, siendo étnicamente rusa, tampoco lo ha dudado, ella está cien por ciento a favor de Ucrania. Así que, probablemente, si esto no es solo un problema de cultura, ¿será también de elección?

Mi madre vive en Mykolaiv, yo vivo a más de 500 kilómetros más allá de Kiev. La capital es completamente pro Ucraniana. Todo es azul y amarillo. No hay separatistas visibles que combatir. Sin embargo, hay otro enemigo, probablemente uno mayor: la indiferencia.

Kiev parece una ciudad normal, con cafés y teatros abiertos a pesar de la creciente inflación. A veces, al caminar por las calles cuesta creer que en algún lugar del este hay guerra y ahí la gente muere cada día. En ocasiones me molesta que la vida en Kiev parezca tan feliz a pesar de lo anterior. Pero entonces pienso que no sé qué tanto esa gente que asiste a los cafés y a los teatros está involucrada con lo que sucede en el este. Tal vez donen dinero, tal vez confeccionen calcetines para los soldados, tal vez lleven comida a los hospitales. Tal vez ellos piensen en la guerra mucho más que yo.

En Mykolaiv, parece peligroso ser abiertamente un voluntario. Mujeres que hacen redes de camuflaje para el ejército, han ideado caminos secretos para llegar a lugares, compartir telas, hacer cosas.

En Kiev es fácil ser voluntario. La información sobre la ubicación y necesidades de los centros de voluntariado se encuentra en línea, pero incluso en Kiev nunca hay suficiente gente para ayudar. Siempre hay muchos después de un ataque. Por ejemplo, luego del último gran ataque a la ciudad de Mariupol, casi no había lugar en el centro de voluntariado a donde yo voy. Con frecuencia me pregunto ¿cuánta gente debe morir para que el resto del país despierte y haga algo?

Cada vez que llego al centro de voluntariado me doy cuenta qué tan poco ayudo. Seguido hay una chica que también ayuda en el hospital militar principal. Ella siempre cuenta historias del hospital, desde los jóvenes heridos que perdieron sus piernas o sus brazos, o a sus mejores amigos, o esperanzas en el este, hombres jóvenes que ahora tienen que regresar a esta realidad a menudo tan indiferente. Ella nos dice que la gente se olvida de ellos. “¿Y qué hay del gobierno?”, se preguntarán. Ah, sí, el gobierno. Pues el gobierno trata de ayudar, pero su ayuda es demasiado lenta, ineficiente e insuficiente. Muchas de las cosas son hechas por los voluntarios. Ellos son quienes alimentan, visten y equipan al ejército. Ellos son los soldados de un frente invisible.

Con la inflación, crece la insatisfacción en la sociedad. Las personas están descontentas de todo. Están molestas por la guerra, o solo indiferentes. “No veo las noticias porque me ponen triste”, me dice uno de mis compañeros del trabajo. Pero la gente en el centro de voluntariado ve las noticias y también se ponen muy tristes y es a causa de ello que tratan de hacer algo. Por eso esta pequeña comunidad en su mayoría compuesta por mujeres de todas las edades, trabaja día y noche en una vieja e histórica torre, haciendo redes y artículos de camuflaje. Para mí, llegar ahí es como regresar a la Revolución de Maidán, a esa comunidad de esperanza, confianza y entusiasmo.

“No estoy interesado en la política”, así muchos dicen y de ese modo conservan sus vidas apolíticas, mientras que los periodistas narran historias de Héroes que pelean contra la maldad en el este, de los voluntarios desinteresados que literalmente son los ángeles de la guarda del ejército, y a veces da la impresión de que el país entero está luchando contra Putin, la agresión rusa y los separatistas. En realidad, quienes activamente resisten son muchos pero no tantos como debieran ser. Todos los ucranianos quieren la paz, no hay duda, ¿pero cuántos están prestos para luchar por ella? Y todos nosotros sabemos que si no detenemos la agresión ahora, Putin avanzará al interior de nuestro territorio.

Y si vemos hacia atrás, ¿cuántas personas estuvieron involucradas en la Revolución de Maidán? ¿La mayoría o una activa minoría? ¿Y quién escribe la historia de un país, una pasiva mayoría o una activa minoría? ¿Resistirá Ucrania la agresión de Putin gracias a los desinteresados voluntarios y soldados que están listos para sacrificar su salud y vida para el futuro del país? Creo que resistiremos, solo creo que si la gente parara de quejarse del gobierno, la crisis y la guerra, y ayudara de cualquier modo posible, la paz y estabilidad podrían llegar mucho más pronto y tal vez con una pérdida menor.


Darya Tsymbalyuk. Nació en el Sur de Ucrania, donde vivió hasta que se fue a estudiar al extranjero a la edad de 17 años. Después de graduarse del Colegio del Mundo Unido del Adriático (Duino, Italia) en 2009, continuó sus estudios en Kenyon College (Gambier, Ohio, Estados Unidos), en donde se graduó con una doble licenciatura en Artes, y Lenguas Modernas y Literatura en 2013. Inmediatamente después, regresó a Ucrania y desde entonces vive en Kiev. El año pasado tomó parte en la Revolución de Maidán y actualmente es maestra, traductora, curadora, escritora, voluntaria y planea regresar a pintar pronto.


[i] Khokhlushka” es un término coloquial dentro de la lengua rusa con el que se hace referencia, de manera peyorativa, a una mujer ucraniana. La palabra proviene de “khokhol”, que originalmente significaba “chongo”, y hacía referencia al nudo de cabello que solían usar los cosacos (N. del t.).

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