Territorio, comunalidad y autonomía

El presente texto recoge los puntos de encuentro teórico y práctico de los pueblos indígenas en México, especialmente, y en San Pedro Atlapulco, específicamente. El resurgimiento étnico se postula como eje central en el que se conjugan elementos de defensa territorial, comunalidad y autonomía en un mismo sendero.

Por Juan Dionicio Peña

En los últimos veinte años, la presencia de los pueblos indios en la vida y contexto de nuestro país tiene un lugar significativo (no es que antes de estos años no lo tuviera, sólo que en las condiciones actuales de despojo, saqueo y depredación, de capitalismo salvaje ―dirían los enterados―, se hace más evidente) desde la defensa del territorio comunal o ejidal, en la organización y vida en comunidad, la libre determinación, la autonomía, cultura, la lengua ancestral, los cargos tradicionales, la mayordomía, la fiesta, la asamblea, el trabajo colectivo, el maíz, la milpa, la alimentación, entre otros factores. En pocas palabras, se trata de la reivindicación de un modo de vida propio y diferente respecto de los cánones que dicta la cultura dominante, como también se puede constatar a diario y en condiciones adversas a lo largo del territorio nacional con la constante desposesión de tierras comunales, bosques, agua, minas, instalación de parques eólicos, encarcelamiento, persecución y asesinatos de dirigentes de los pueblos.

Con todo esto, y por si algo faltara, hace algunos meses se han creado y aprobado leyes con dedicatoria especial para los territorios de los pueblos, en las que con sólo una firma pueden expropiar las tierras, con lo que se cancela una posible defensa legal. Esto puede observarse en la reforma del Artículo 27 constitucional que puso en manos de empresarios, transnacionales e inmobiliarias, la tierra y el campo mexicano. Dicha reforma fue parte del decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 20 de diciembre de 2013, que dice: “El dominio de la nación es inalienable e imprescriptible y la explotación, el uso o el aprovechamiento de los recursos de que se trata, por los particulares o por sociedades constituidas conforme a las leyes mexicanas, no podrá realizarse sino mediante concesiones, otorgadas por el ejecutivo federal”[1]. Esta modificación contempla que la decisión del aprovechamiento de un territorio concierne a una parte, el ejecutivo federal, sin que se pretenda hacer caso a lo mencionado en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, donde se propone la realización de consultas a los pueblos indígenas en cuanto al manejo propio de sus territorios.

Por lo tanto, la presencia de los pueblos y sobre todo el despertar y reconocimiento de una cultura e identidad con profundas y milenarias raíces, ha sido resultado de un amplio análisis y discusión que las mismas comunidades han tenido que emprender, en los momentos y espacios locales-regionales-nacionales de encuentro llevados a cabo desde las asambleas comunales, en las fiestas, en el trabajo colectivo o, incluso, en algún velorio donde alrededor de la lumbre se juntan los mayores, jóvenes y mujeres. Es ahí donde surge la palabra que habla del pueblo, de la tierra, del ayer y del mañana. Así ha sucedido desde las regiones desérticas, la meseta, al lado del mar, de los montes, las nubes, del viento y de la selva.

Un elemento importante en todo este proceso de reconocimiento, resistencia y defensa que ha sido abierto por los pueblos indios es el encuentro, enlace y el tejido de una red de comunicación que se ha generado a lo largo del territorio nacional, pues se sabe que las luchas, las preocupaciones y los adversarios son los mismos. Esta cuestión de unión tiene que ver con la comunalidad, pues “si la comunalidad fuera una característica esporádica, focalizada u opcional entre los indios, o estuviera presente sólo en algunos pueblos, no habría forma de proponerla como el eje de lo indio, y la realidad es que se trata de algo omnipresente, respetado, esgrimido como propio y por tanto vigente incluso fuera de la comunidad, aprendiendo a ser transterritorial para adaptar la vida en el mundo globalizado”[2].

Es así que traemos a la memoria ese lejano Foro Nacional Indígena, en el marco de las mesas de diálogo entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y los representantes del Gobierno federal, en donde se dio la integración del Congreso Nacional Indígena con la participación de representantes, dirigentes y organizaciones de muchos pueblos, que más que una organización formal con una estructura jerárquica, empezó a caminar como un espacio de encuentro, como la casa de todos. En un inicio la lucha fue por el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés que sintetizaban la palabra, el sentir y la demanda de los pueblos. Sin embargo, el gobierno traicionó estos tratados. Posteriormente dio comienzo otra etapa de lucha del Congreso Nacional Indígena y los pueblos, pues cada uno volvió a su región para llevar a la práctica la autonomía y la libre determinación, a fin de defender el territorio. En ese sentido es preciso recuperar lo que dice José Rendón respecto de que hay cuatro elementos centrales en la concreción de la comunalidad, que son: el territorio, el trabajo, el poder y la fiesta, los cuales son complementados por factores culturales de la lengua, los conocimientos y la cosmovisión de los pueblos.

Este contexto y los antecedentes mencionados sirven para exponer, en términos generales, el caso de la comunidad Ñahñu de San Pedro Atlapulco, muy cercana a la Ciudad de México. Incluso con lo que esta cercanía implica, el pueblo ejerce su autonomía en los hechos, pues mantiene la defensa histórica del territorio comunal, del bosque y el agua. En su momento fue lugar de encuentro, ya que hace algunos años fue sede del IV Congreso Nacional Indígena y fue parte del movimiento indígena nacional.

La presencia histórica de lo que hoy es San Pedro y San Pablo Atlapulco se remonta a siglos antes de la invasión española. Aunque no han sido suficientes los trabajos de investigación sobre este lugar, es posible encontrar diferentes testimonios que nos remiten a distintas etapas del México Antiguo, a civilizaciones que por su andar y su tenencia de este lugar como propio, dejaron una huella en el tiempo.

Una huella que puede vislumbrarse en el trabajo cotidiano de la siembra de la milpa, entre los surcos del maíz, en los ojos de agua, en las cuevas sagradas, al remover la tierra para levantar alguna construcción, o simplemente al caminar por las antiguas veredas y caminos de tierra y piedras donde el viento, la lluvia y el tiempo guardan y muestran secretos antiguos como los vestigios de barro con referentes toltecas y teotihuacanos.

Atlapulco se encuentra enclavado en las montañas que separan la ciudad de México de la de Toluca, prácticamente a medio camino de una y otra. Es en estas estribaciones de la Sierra de las Cruces que se extiende el territorio de Atlapulco. Administrativamente pertenece al municipio de Ocoyoacac, en el Estado de México. Su altura sobre el nivel del mar es de 3,000 m. El clima es totalmente frío.

Atlapulco sustenta su vida diaria con base en la comunalidad, teniendo como un elemento fundamental el territorio donde está la historia y la relación cotidiana con el lugar. Contempla a la asamblea de comuneros como el espacio político donde se toman las decisiones importantes y se elige a las autoridades. Además lleva a cabo la faena o tequio para la realización de trabajos de beneficio colectivo sin que esté de por medio un pago. Otro factor son las diferentes celebraciones que en el transcurso del año se relacionan con los tiempos del ciclo agrícola: el carnaval, la bendición del maíz, el culto a los muertos y la peregrinación milenaria por las montañas sagradas de Chalma.

Es por ello que la defensa y conservación del territorio, de la tierra y los bienes comunales han sido la constante histórica que determinó (y sigue conformando) la identidad, la forma de vida comunal y la autonomía. La posesión de los bienes comunales y el usufructo de los productos del bosque, el agua y los valles, constituyen la base para fortalecer la organización social, económica y política. Por lo tanto, el Estatuto Comunal rige la vida del pueblo.

En el caso de Atlapulco, la comunidad ha mantenido en posesión los manantiales y los grandes bosques de encino, oyamel y ocote; bienes comunales que permiten ambientar, oxigenar y dotar de agua a las metrópolis tanto del valle de Toluca como del valle de México. Las aguas nacidas en la comunidad han alimentado, por años, a municipios y a los pueblos aledaños indirectamente a través de la extensa área de captación que domina su paisaje. También desde hace más de 80 años se ha dado de beber a la Ciudad de México.

Para que estos manantiales existan, la comunidad realiza acciones constantes de conservación y protección del territorio que van desde el establecer juicios agrarios, evitar invasiones en la zona forestal, trabajar en la prevención y control de incendios, impedir la caza furtiva así como los basureros clandestinos y el saqueo de tierras para jardines de zonas residenciales, instalar vigilancia continua, erogar recursos económicos, por sólo mencionar algunas. Esto, desde luego, implica un permanente esfuerzo colectivo de los habitantes de Atlapulco. Teniendo en cuenta el antecedente jurídico de la comunidad, el beneficio ambiental, la conservación del territorio y la protección del bosque, la Asamblea General de Comuneros ha establecido celebrar convenios por el usufructo del agua directamente con los ayuntamientos de los municipios.

Finalmente, aunque muchos son los intereses internos y externos alrededor del territorio, del bosque y agua de la comunidad, en particular, entre los comuneros está muy clara la idea de que la tierra no se vende, que nuestro modo de vida comunal es parte fundamental de nuestra identidad y existencia, y que la autonomía es la base para decidir nuestro destino.


Juan Dionicio Peña. Comunero de San Pedro Atlapulco, Estado de México.


[1] Legislación federal vigente. (2015) Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. UNAM. México. http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/fed/9/28.htm?s

[2] Rendón Monzón, Juan José. (2003). La comunalidad. Modo de vida en los pueblos indios. Instituto de Investigaciones Antropológicas. México. http://es.scribd.com/doc/65717872/La-comunalidad-modo-de-vida-de-los-pueblos-indios-Juan-Jose-Rendon-Monzon#scribd

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