Magdalena Solís

Fernando Guerrero Fernando "Fedo" Guerrero

Por Fernando Guerrero

“La diosa necesitaba beber sangre para mantenerse eternamente joven…”

Declaración de Eleazar Solís después de su captura.

En México con tantos lugares alejados de la civilización. Sin teléfono, sin agua, sin luz. Es fácil que el tiempo -el tiempo que nosotros conocemos- simplemente deje de existir. Y sean otros horrores –silenciosos y distantes- los que se asienten sobre la realidad.

La noche del último mes de mayo de 1963 en la estación de policías de Villa Gran en el estado de Nuevo León, llegó corriendo un joven pronunciando repetidamente la palabra “vampiros”. Se encontraba en estado de shock y no podía articular una sola frase completa. Restándole importancia al asunto y pensando que era un caso más de abuso de estupefacientes, el oficial Luis Martínez se ofreció a escoltar al muchacho hasta su casa y de paso revisar la cueva donde el joven divisó a los supuestos vampiros. Ninguno de los dos volvió.

Lo que presenció Sebastián Guerrero (el joven que dio aviso a la policía) fue un auténtico sacrificio humano; un ritual azteca invocando a la diosa Coatlicue. Se había asesinado a una joven mujer en un altar y se le había extraído el corazón para después colocarlo en una vasija. Los campesinos, uno a uno debían de pasar en procesión para beber de la sangre de la mujer hasta dejarla seca. Allí en el pueblo de Yerba Buena, perdido en las rocosidades de la Sierra Madre, se había instaurado un extraño culto presidido por una mujer que decía ser la misma Coatlicue reencarnada: la prostituta de 16 años Magdalena Solís. Había llegado de Monterrey con su hermano Eleazar, dispuesta a realizar una estafa de poca monta aprovechándose de la ignorancia de los campesinos. Se nombraron a dos sumos sacerdotes, Cayetano y Santos Hernández, que fungían como los guardianes de los hermanos. Así, entre los tres varones presentaron a Magdalena como la diosa Coatlicue, la única Madre de todos los mexicanos. Al principio los tributos que exigía eran sencillos: dinero y comida.  Suficientes apenas para comprar marihuana y mantener dispuestos a los habitantes del lugar. Sin embargo, la mente de Magdalena estaba dañada y poco a poco fue creyéndose el papel de divinidad que le habían atribuido los estafadores. A los víveres siguieron peticiones sexuales. Orgías donde incluso los niños debían participar. El carácter de pederastia de Magdalena fue acentuándose mientras su séquito de esclavos sexuales iba en aumento; deseosos de entrar en el reino de los dioses mediante las yerbas mágicas (peyote y marihuana) que los sumos sacerdotes les hacían fumar. Las peticiones de Magdalena se tornaron cada vez más violentas, ordenando que se lincharan a dos campesinos que se negaban a participar en las orgías. Tras estos dos asesinatos la psicosis de Magdalena se agravó, ideando un ritual llamado “El ritual de la Sangre” con el cual pretendía comunicarse con las demás deidades del panteón azteca para que se le informara dónde se encontraba el oro oculto en las montañas. Se contabilizaron más de 12 sacrificios, donde era la misma Magdalena quién extraía el corazón de los voluntarios para después repartir la sangre entre los sumos sacerdotes y posteriormente los fieles. Era ella quien consumía la carne del cadáver una vez concluido el sacrificio para después mezclarla con entrañas de pollo y hojas de marihuana. Era tal el control que ejercía sobre los campesinos (mediante la adicción inducida y la sugestión religiosa) que muchos de ellos simplemente perdieron el habla, negándose a rendir declaración una vez que Magdalena y su hermano fueron capturados.

En el historial de mujeres que matan, es sumamente raro que una mujer actúe de forma tan cruenta. Generalmente son crímenes perpetrados en defensa propia (ante una violencia sexual ejercida por una imagen masculina dominante, siendo el propio cónyuge o un miembro de la familia la mayoría de las veces). Sin embargo, el caso de Magdalena es famoso porque encuadra perfiles psicóticos propios de un varón (asesinatos rituales, pedofilia, sadismo, manipulación física, psicológica y sexual; canibalismo, además de una marcada perversión sexual). La mujer que mata generalmente es receptora, es decir, reacciona ante una actitud violenta y después huye. Magdalena no, ella funge el papel de “depredador”; se asienta sobre su territorio hasta diezmarlo para posteriormente buscar un nuevo territorio. Es sumamente extraño que una mujer adquiera esa conducta, siendo uno de los pocos casos documentados a nivel mundial.

La noche del 31 de mayo de 1963 el inspector Abelardo Gómez desplegó un operativo al percatarse de que su compañero Luis Martínez no regresaba. Llegando a Yerba Buena comprobó con horror lo que el muchacho de 14 años les había informado: allí, iluminados por la luna, envueltos por el humo de la marihuana y el fuego del altar, Magdalena Solís era adorada como una divinidad oscura. La diosa Coatlicue que regresaba a esta tierra para que la adorásemos. Sobre un lado de la cueva yacían los cuerpos incinerados de Luis Martínez y Sebastián Guerrero, ambos abiertos en canal y con el corazón extraído. Algunos campesinos todavía comían de los cuerpos; ingrávidos, sumidos en un profundo delirio producido por las yerbas y la sugestión mental de la que eran víctimas. Los policías abrieron fuego, aterrados como estaban, ante el pandemonio del que acaban de ser testigos. Muchos campesinos murieron y los demás detenidos no pronunciaron palabra hasta años después de su captura; una vez superado el terror mental a los que los tenía sometidos Magdalena. El sumo sacerdote, Cayetano Hernández, fue asesinado por un miembro del culto que pretendía usar el cuerpo sagrado del sumo sacerdote como protección contra las balas de los policías. Magdalena Solís y su hermano Eleazar fueron condenados a 50 años de prisión por el asesinato del joven Sebastián Guerrero, el oficial Luis Martínez y el de una mujer desconocida que yacía junto a ellos asesinada de la misma forma (la mujer que Sebastián Guerrero avistó desde fuera de la cueva). Los demás crímenes se dieron a conocer muchos años después, una vez que miembros del culto rompieron el voto de silencio. Esta información se verificó con la exactitud de los cuerpos encontrados con posterioridad en la localidad de Yerba Buena, Tamaulipas.

“…Sus actos excedían en depravación humana cualquier cosa que pudiera haber visto en mis años como policía. Esta noche me dejará marcado de por vida, tanto en mi vida profesional y más, en mi vida diaria. Ruego a Dios me haga olvidar pronto los acontecimientos de los que he sido testigo, por mi propio bienestar y más, el de la humanidad a la que sirvo. Comienzo este informe con el afán de que se haga justicia y…”

 

Informe de Abelardo G. Gómez. Veterano oficial del pueblo de Villa Gran con fecha de 31 de mayo de 1963. Folio 1647.

Nota: El presente es un caso verídico que ocurrió en México durante la década de los 60. He recopilado una buena información (tanto en fragmentos de noticias de la época como en libros de psiquiatras e investigadores en los que se menciona) para recrear los hechos. Sin embargo, debo de decir que el número de asesinatos varía, siendo el de la versión oficial (el del informe de Abelardo Gómez llevado durante el juicio) el de 8 asesinatos. Empero el número oscila entre los ocho y los 23. En el libro de Richard Glynn Jones (“The Mammoth Book of Women Who Kill”) donde se transcriben nueve declaraciones de miembros del culto todos coinciden en que fueron 15. Igualmente en la serie documental del psiquiatra forense Michael Stone de nombre “Índice de Maldad”, se menciona a Magdalena y se le atribuyen 15 asesinatos rituales además de tres linchamientos. Es por ello que en el texto menciono que fueron “más de 12 sacrificios”, sin pretender darle número, ya que como ustedes habrán notado las “cifras oficiales” pueden no ser certeras debido a la singularidad del caso. Igualmente he encontrado vicisitudes entre si los hermanos Hernández ya conocían a Eleazar y a Magdalena previo a su llegada a Yerba Buena, o si se hicieron sus cómplices una vez iniciado el culto. He decidido respetar la segunda versión por ser la más repetitiva en los textos consultados.

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Textos consultados:

Richard Glynn Jones, “The Mammoth Book of Women who Kill”, 1993. Editorial “Grijalbo”.

Francisco Pérez Abellán, “Ellas Matan Mejor”, 1992. Ediciones “B”.

Michael Stone, “Índice de Maldad”, especial “Mujeres”. Documental.

Salarrullana, Pilar (enero de 1991). Temas de Hoy. Ed. Las sectas satánicas. Madrid.

Salarrullana, Pilar (enero de 1990). Temas de Hoy. Ed. Las sectas. Madrid.

Miguel Ángel Soria “Psicología criminal”, 2007. Editorial Pearson Prentice Hall.

Informe y declaración de Abelardo G. Gómez. Año 1963, Yerba Buena Tamaulipas. Hemeroteca Nacional. Folio 1647.

Confesión de Eleazar Solís extraída del Universal, año 1963 día 1 junio. “La Sacerdotisa de la Sangre”. Hemeroteca Nacional. Folio 13¿?

Ferdinad O. Jacobson, “The Serial Killers”, 2007. Editorial American United.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: Nancy Hernández Martínez

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