Guatemala o la imposibilidad del cambio espontáneo

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

Por Alejandro de Coss

El cambio radical, inmediato y simple. El deseo explícito de muchos movimientos de indignación contemporáneos es ése. Tal anhelo se sintetiza en la frase “que se vayan todos”. Las cuatro palabras expresan, con claridad innegable, que no se está mirando a la estructura, sino a las personas. Que una sustitución de los individuos que detentan el poder podría traer la anhelada democracia, aparejada de justicia y libertad. Que la pureza moral y la furia digna de los movimientos serán suficientes para provocar un cambio profundo, libre, basado en un sistema de información perfecta.

Esto no es así. El caso guatemalteco es un ejemplo ideal. Recapitularé brevemente lo acontecido, antes de discutir algunos de los problemas que encuentro en interpretar los sucesos de forma celebratoria, como distintos articulistas lo han hecho en México.

El 3 de septiembre de 2015, el ahora expresidente guatemalteco, Otto Pérez Molina, renunció. Lo asediaban la acusación de corrupción en su contra, que ya ha llevado a prisión a la ex vicepresidenta, Roxana Baldetti, el descontento popular que se había manifestado en masivas protestas en todo el país y, finalmente, la oposición de la burguesía local y de las grandes corporaciones internacionales.

Las acusaciones de corrupción contra Pérez Mollina surgen de una investigación de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI) —dependiente de la CICIG— y el Ministerio Público (MP). En dicha pesquisa, se encontró que un importante número de funcionarios guatemaltecos participaban en una red de corrupción y tráfico de mercancías, denominada “La Línea”, la cual permitía la importación de productos sin pagar impuestos a Guatemala.

El Partido Socialista Centroamericano (PSOCA) señala que el conflicto comenzó estrictamente como una disputa inter-burguesa. El Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF), apoyado por la embajada estadounidense, habría empujado las acusaciones contra la camarilla de La Línea, al ver sus intereses económicos afectados.

Sin embargo, una irrupción popular ocurrió. El 25 de abril se dio la primera marcha multitudinaria. Guatemala, un país azotado por la pobreza y la violencia estatal por décadas, se activó ante la transparencia de la corrupción, apoyado en la credibilidad que la CICIG se ha ganado. Las amplias movilizaciones empujaron desde abajo, acelerando el proceso judicial en contra de Baldetti y acrecentando la presión contra Pérez Molina.

El 27 de agosto, un suceso más marcó el destino del expresidente Pérez Molina. Las Universidades Nacionales y las patronales empresariales, incluidas empresas trasnacionales (McDonalds, Burger King y Dunkin Donuts, entre otras), llamaron al paro nacional.  Esto no es menor. El paro llamado por los patrones responde a la defensa de un interés propio.

Una idea inasible como la democracia no basta para explicar tal suceso. Aquí se trata de la deposición de un presidente que, por su impopularidad, ponía en peligro la estabilidad económica y el beneficio de las empresas en Guatemala. A la par del apoyo patronal, el gobierno de Estados Unidos tiene una clara postura de apoyar cualquier iniciativa que se enfrente a la corrupción en Guatemala. Transparencia para fortalecer la operación del capitalismo.

La acción coordinada de las empresas globales, el gobierno de Estados Unidos y las élites guatemaltecas va dibujándose claramente. La rápida celebración de elecciones sustenta esta percepción. Si el movimiento contra Pérez Molina pronto comenzó a exigir demandas más amplias, desde una reforma electoral hasta una nueva constituyente, el actuar concertado de las élites y las patronales estaba determinado a impedirlo. La herramienta: seguir adelante con las ya programadas elecciones generales.

Las elecciones guatemaltecas habían sido programadas desde mayo de 2015 para suceder el seis de septiembre. En aquel momento, la crisis del régimen ya había comenzado a desenvolverse. Baldetti había renunciado, el MP realizaba arrestos y la FECI y la CICIG seguían investigando. Sectores del movimiento popular, al comprender que la trama de La Línea estaba incrustada en la estructura del Estado y la economía guatemaltecas, comenzaron a pugnar por cambios de fondo.

Así lo recoge BBC Mundo:

“Estamos a pocos meses de una elecciones y la gente no está en el tema electoral, no ven que las elecciones sean una salida al problema porque piensan que es una prolongación del sistema corrupto y mafioso”, señala Edgar Gutiérrez.

Los miembros de #RenunciaYa lo saben.

“Aquí el pueblo está encendido, la gente se está organizando y está hablando en las calles. Y lo que queremos es que se produzca una transformación más importante”, aclara el portavoz del grupo […]. “Lo que (los guatemaltecos) tenemos que hacer es empujar los cambios, porque si no se dan ahorita, va a ser difícil que se den en otro contexto.[…]”[1]

Y así fue. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) guatemalteco envío una propuesta de Reforma electoral al Congreso. La reforma incluye medidas para transparentar el financiamiento, limita la reelección, busca democratizar los partidos y da peso al voto nulo, entre otras disposiciones. Pese a ser aprobada, la reforma no  entrará en vigor sino hasta las siguientes elecciones.  Los sectores más radicales del movimiento popular buscaban una reforma mucho más profunda, que instaurara la plurinacionalidad y un nuevo pacto social moldeado a la forma de las búsquedas de alternativas bolivarianas por un socialismo del Siglo XXI, quedaron fuera de la escena.

Al final, la primera ronda de las elecciones ha ocurrido sin contratiempos. 70.8% de participación. La más alta desde 2011. Los candidatos que lideran no ofrecen cambios, sino continuidad. El primer lugar es Jimmy Morales, un comediante de la televisión, cuyos principios máximos son la familia y el temor a dios. Viene apoyado por el Frente de Convergencia Nacional, partido de exmilitares genocidas, nostálgicos de la dictadura. Le siguen un empresario acusado de nexos con el narcotráfico, Manuel Baldizón, y Sandra Torres, exesposa de Álvaro Colom, quien fuera presidente de Guatemala, y que está acusada de corrupción. Está por definirse quién se enfrentará a Morales en la segunda ronda electoral.

***

Un análisis crítico de los recientes sucesos políticos y sociales en Guatemala da pie a la precaución en festejar sus resultados inmediatos. No busco menospreciar el amplio movimiento popular que empujó la salida de Pérez Molina. Al contrario. La movilización demuestra el poder inmanente del descontento que se expresa en las calles y en los medios abiertos. Sin embargo, también demuestra sus límites más claros.

El lema de la movilización era #RenunciaYa. Un hashtag en la lógica del “que se vayan todos”. Un descontento dirigido contra los individuos que ocupan los espacios de poder. Una retórica en línea de la inmediatez con la que operan los sistemas de información contemporáneos y las redes sociales. La idea es que, si se fueran todos, surgiría un espacio libre para crear, de forma abierta, conectada y democrática algo nuevo. Un pensamiento mágico que surge de desconocer, con el riesgo que implica, el alto grado de organización de las élites globales y nacionales, que sostienen y se sostienen en un sistema que produce pobreza, desigualdad y violencia.

A este proceso de deseo de un cambio radical, simple y en línea con las experiencias de lo efímero e inmediato que pueblan nuestra vida cotidiana, se suma otro más. Lo político es representado como algo inherentemente perverso en la cultura y los medios hegemónicos. Algo necesariamente sucio y corrupto. Esta visión desdibuja la disputa sobre el concepto y la práctica de lo político a través de sus instrumentos tradicionales: las elecciones y la lucha organizada por el poder estatal.

El caso guatemalteco muestra que el rechazo de estos espacios ocurre bajo nuestro propio riesgo. Las élites, organizadas y a la espera, ocupan los vacíos de poder. Colocan, bajo esquemas populistas, a figuras que avanzan sus intereses: el cómico Morales es el mejor ejemplo. A la par, los movimientos de base quedan de nuevo desprotegidos. El único refugio sigue siendo la retórica de la pureza y la indignación. El paso a la organización política popular permanece vedado.

Creo que la verdadera lección que nos da Guatemala es: debemos prepararnos para competir políticamente el día que, por una coyuntura ahora difícil de prever, se vayan todos. Si no, la estructura prevalecerá intacta detrás de sus nuevas máscaras.

Conoce más de La región más transparente del aire

[1] Gabriela Torres, “¿Qué cambió en Guatemala para que se presenten las mayores protestas en décadas?”, BBC Mundo, 22 de mayo de 2015, http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/05/150522_protestas_guatemala_crisis_gtg (consultada el 9 de septiembre de 2015).

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