Romper el silencio no es para los cínicos: Sobre el silencio en el periodismo y la historia

Por Gerardo Rayo[1]

“Este silencio

podría parecer total

como el blanco – absoluto

y sin embargo está lleno de voces”

Ryszard Kapuściński

El silencio puede parecer una cosa abstracta e inaprehensible, pero es todo lo contrario, es algo concreto, con sus reglas de funcionamiento y su lógica, con sus impulsores y delatores desde las sombras. El silencio es la aparente nada, es puntos suspensivos, es pausas y omisiones planeadas y celebradas, es la brutalidad disimulada, es un proceso de omisión en la historia y en general en la vida elaborado desde aparatos gubernamentales y clases dominantes para evadir responsabilidades, para legitimar ante el mundo lo que merece ser escrito y enunciado y olvidar, ocultar, aquello que “merece ser callado”. El silencio es selectivo y parcial, se acalla aquello que produce un ruido incómodo, aquello que cuestiona en cualquier forma la brutalidad del presente o del pasado, eso que abre grietas y produce esperanza. Es decir, “es señal de una desgracia y, a menudo, de un crimen.[2]

En la literatura el silencio tiene un papel distinto que en la historia, la política y el periodismo. Ahí el mutismo suele ser un acuerdo entre el lector y el escritor, suele ser necesario, ya que incluso en la poesía, no todo se puede expresar con palabras. Hay imágenes que no requieren palabras, que no las necesitan, entonces el silencio es la mejor opción, porque él contiene todo, incluso aquello que no es y que no puede ser. Pero en la historia no sucede así, el silencio toma un tono sombrío, indeseable, porque ahí la afonía oculta voces, está llena de voces, pero que no pueden ser escuchadas a menos que se rompa el silencio. Es decir, tiene una ambivalencia: una estética y otra de censura de la realidad. Ésta última es la que aquí interesa.

El silencio no pide permiso, se impone, aplasta otros ruidos, lleva en sí mismo el autoritarismo y las armas, el asesinato, la muerte. La afonía no puede ser implantada por los pobres o los subalternos porque ellos son despojados de todos los mecanismos que se requieren para imponer tal proceso, pues no es una cosa, sino un proceso de clase. Sin embargo, a ellos les es impuesto sistemáticamente. Los esclavistas suprimían las voces de los esclavos con el exterminio, los murmuros entre esclavos eran a menudo castigados severamente en el sur estadounidense. De la misma forma que los obreros en Inglaterra durante el siglo XIX eran reprimidos al levantar la voz y luchar por formar sindicatos.

Por ello, durante la historia, son las clases dominantes quienes establecen silencios largos e implacables. Porque para ello se necesitan recursos, delatores, cárceles, asesinos, intelectuales, periodistas, cómplices en todos lados, como en las dictaduras en América Latina o en África. “El silencio exige que sus enemigos desaparezcan de repente y sin dejar rastro. No le gusta que ninguna voz, ya de queja, ya de protesta, ya de indignación, turbe su paz y tranquilidad. Allí donde tal voz se deja oír, el silencio golpea con toda su fuerza y restablece el estado anterior, es decir, el estado ideal de silencio.”[3]

En este caso, una forma de romper el silencio es desde la información, contrarrestando la influencia de los grandes medios de comunicación y poniendo atención en las omisiones de las noticias. Para ello, tanto el historiador como el periodista deben ver en las personas, la fuente por excelencia de ese mutismo que está por romperse. Ni en uno ni en otro caso, las personas deben aparecer como algo inerte y carente de vida, porque hacerlo así es continuar ocultando sus voces. Las personas que hablan y se expresan no pueden decirlo todo frente a quien las cuestiona, pero en lo que queda, en esos fragmentos están implícitas las aspiraciones y los sueños de la gente. Los oprimidos y humillados de una sociedad suelen ser sujetos silenciosos, suelen ser obligados únicamente a susurrar. Esto porque “La pobreza no llora, la pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela. Encontraréis situaciones de rebeldía sólo cuando la gente pobre alberga alguna esperanza.”[4]

No obstante, los grandes medios de comunicación durante el siglo XX jugaron un papel crucial en informar a las poblaciones, potenciado por la propaganda fascista y la Guerra Fría. La televisión y la radio, eran y son, en algunos lugares el único medio de contacto con el mundo de la información. Y si a ello sumamos el sesgo ideológico y de selección de contenidos realizado por las agencias (empresas) de información, la censura y la falta de profesionalismo, nos encontramos en un mundo con pocas alternativas.[5] Pese a ello, con la socialización de la tecnología, se abren nuevos panoramas de contra-información y contra-hegemonía que informan un poco más, que amplían miradas y en los que los seres silenciosos y sin voz pueden hablar.[6]

Por otra parte, el aumento de personas interesadas en el periodismo, ya sea profesionalmente o no, trae consigo el aumento de los cínicos. Ese tipo de periodistas que eran objeto de la crítica del polaco Ryszard Kapuściński, y los que poseen la facultad de trabajar en favor del dinero y del silencio. Él pensaba en el periodista como un sujeto comprometido con la gente, con la verdad y capaz de sentir empatía por otros seres humanos. Ese tipo de periodista e historiador es un peligro porque indaga en el silencio hasta encontrar el crimen y, a menudo, también al criminal. “Como sabéis, cada año más de cien periodistas son asesinados y varios centenares más son encarcelados o torturados. […] Quien decide hacer este trabajo y está dispuesto a dejarse la piel en ello, con riesgo y sufrimiento, no puede ser un cínico.”[7]

En ese contexto “El papel de los intelectuales también consistirá en no quitar ojo a los medios de comunicación, en mostrar una especial sensibilidad a las posibles manipulaciones […]. Su importante papel consistirá en hablar de aquello de lo que no se habla, en subrayar lo que se margina […]”.[8]  

Bueno, ¿y por qué romper el silencio?

Porque es una forma humana de comprender el mundo, que no se agota en la comprensión, sino también en la transformación del mismo. Tanto el periodista como el historiador existen por el entorno social, corresponde a ellos decidir hacia donde fijan sus miradas y sus intenciones.[9] Sin embargo, el cínico elige el dinero y la fama, el lado de la tradición dominante, en cambio, el profesional comprometido observa ruinas y muertos en donde se celebra el triunfo de la civilización. Bajo el capitalismo la sociedad se estructura de tal forma que solo una ínfima proporción de la población puede gozar de los privilegios que el grueso de la gente produce, y del que es despojado. Así sucede con la información, es un derecho para los vencedores, pero es una negación absoluta para los pobres.

Por ello, romper el silencio es presentar una sociedad con sus múltiples facetas, esto es, con sus contradicciones específicas e inherentes, que toman personificación en las clases sociales más explotadas. La pobreza como categoría de análisis se nos presenta como un problema urgente a solucionar, pero no está personificado en los discursos oficiales o notas del periódico, es decir, tanto para el lector como para el escritor se expresa como una abstracción. Pero para los millones de pobres no es una abstracción, sino la vida cotidiana que difícilmente cambiará. Entonces, para los historiadores y periodistas es necesaria la empatía con el otro, pues ello permite ver sensiblemente al mundo en su expresión concreta que son las personas y sólo las personas.

Por otra parte, la forma más importante de romper el silencio y garantizar que no vuelva, es ser parte del destino de todos los silenciosos, es intentar resolver los problemas en lo particular y en lo correspondiente al sistema económico. Si luchamos contra el silencio, luchamos contra los vencedores de ayer y de ahora, contra sus asesinatos impunes y crímenes desaparecidos, contra las fosas clandestinas y los cuerpos escondidos. La lucha contra el silencio es impostergable y es necesaria, sobre todo, en periodos de instauración sistemática del mutismo y del olvido. “Hoy se habla mucho de combatir el ruido, aunque es mucho más importante combatir el silencio. En la lucha contra el ruido está en juego la tranquilidad de nuestros nervios; en la lucha contra el silencio, la vida humana.”[10]

Por tanto, ser un enemigo de la afonía es castigado y perseguido, aquel que desafía el orden es fustigado hasta el exterminio. Aquellos que no quisieron, y no quieren guardar silencio, a aquellos que les ha sido arrebatada la palabra y la vida, no pueden ser cínicos. Tanto los escritores como los trasformadores del mundo que quisieron hacer de este un lugar incluyente y para todos, aquellos que cayeron y nunca callaron, esos que se levantaron en armas por defenderse a sí mismos y a los otros, los captadores de la realidad en imágenes, los relatores de historias para perpetuar el recuerdo, los que cargan sobre su trabajo los logros humanos que nadie les reconoce, los irruptores de la apabullante normalidad, los excluidos de las costumbres y la moral burguesa, los soñadores del futuro por conquistar, por crear, los anormales odiosos que guardan en su ser más odio y más esperanza, en una palabra: los enemigos a muerte de los vencedores, merecen estar en la memoria, en nuestra memoria, porque olvidarlos sería no reconocernos. La memoria está cargada de experiencia y de frustraciones por cumplir, por eso es valiosa la historia.

Una vez vi en un museo la siguiente frase: “Una ramita rota es tan hermosa e importante como las estrellas”. ¿Por qué no pensarla en términos de la humanidad? Al fin y al cabo no puede ser un buen historiador o un buen periodista aquel “que desprecia a la gente sobre la cual escribe”.[11]


[1] Texto publicado en: Los Heraldos Negros: Revista de creación literaria y análisis político, número 14 (septiembre, 2015), pp. 6-9, http://heraldosnegros.wix.com/revista

[2] Ryszard Kapuściński, Cristo con un fusil al hombro, trad. Agata Orzeszek, Barcelona, Anagrama, 2014, pp. 109-110 (Compactos).

[3] Ibíd., p.110.

[4] Kapuściński, Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo, trad., Xavier González Rovira, México, Anagrama, 2013, pp.40-41 (Compactos)

[5] “Por tanto nos encontramos en un mundo, que ha perdido todo criterio, que ha perdido toda proporción, en el que son los medios de comunicación los que crean la historia.” Ibíd., pp. 113-114.

[6] “¿En qué consiste el arte de narrar? Me parece que es una permanente acción en la retaguardia contra la permanente victoria de la vulgaridad y la estupidez,” Ibíd., p.101.

[7] Ibíd., p. 53

[8] Kapuściński, Lapidarium IV, 2ª. ed., trad. Agata Orzeszek, Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 25-26

[9] “Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.” Ryszard Kapuściński, Los cínicos no… p. 38.

[10] Ibíd., p.111

[11] Kapuściński, La guerra del fútbol y otros reportajes, trad. Agata Orzeszek, Barcelona, Anagrama, 1992, p.173 (Crónicas).

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