La asesina incógnita

Montserrat Escobar Monserrat Escobar

Por Montserrat Escobar

Ella bailando descompensada al viento, bailando apresurada, quisiera o no quisiera el cuerpo, se sacudía como el de quien ríe, aquella sensación de muerte entre carcajadas, muerte sin aviso de quien no rasgó antes los papeles del cajón, no la muerte de los otros, la suya, siempre la suya. Ella que podría haber aprovechado el grito de los otros para dar su alarido de lamento, ella se olvidó, ella solo tuvo miedo. Y ahora este silencio también súbito.

Clarice Lispector

Alguna vez hemos andado por la vida con la mirada baja y con la voz temblorosa, paseando desapercibidas como no queriendo que noten lo que nosotras no quisieramos notar. Haciendo del silencio un escudo reactivo-protector, donde callamos en toda la expresión de la palabra. Sin embargo, el silencio puede ser utilizado como una pausa permitida después de una gran guerra o gran muerte; una intermitencia, un respiro que se vuelve impulso reflexivo y conlleva a decir mejor.

Siendo así, el silencio es una acción voluntaria, un tiempo de guerra interna, de crisis, que nos permite estar con nosotras mismas, sin más compañía que la nuestra para hacer introspección; confrontaciones que activan las palabras internas. Tan caóticas que buscan salir de sí como por voluntad propia y ser expresadas abiertamente en un trozo de papel, es decir, como palabra exterior que nos vulnera y, también, a quienes la leen.

Los pensamientos, como las personas, necesitan tiempo para madurar; solo el silencio más profundo puede hacer que las experiencias puedan filtrarse y traducirse en significados y significantes, tan inconstantes como la vida en batalla. Hoy sí, mañana no. Sin embargo, la penumbra más profunda no acalla a la memoria ni a la voz, impregnadas de batallas “fracasadas”. Si alguna vez pensamos que las cosas se han superado, la soledad nos recuerda que hay procesos, como el de las flores que se deshojan, se caen y secan para volver a florecer. Evadir los tiempos de reflexión puede resultar contraproducente. Somos flores, luego hojas secas que caen para volver a retoñar; analogìa de la permanencia cìclica entre la vida y la muerte.

Podría decir que ambos momentos son inquietudes encarnadas del ser, lo eran para escritoras como Clarice Lispector. En su obra encontramos la búsqueda contante del sentido de la existencia; evidencias de que ésta y el paso del tiempo pueden permanecer separados cuando la conciencia no toma las riendas de la vida. La soledad, la ansiedad, el odio, la desesperación, son sentimientos plasmados en sus escritos, los cuales, además, expresan eventos angustiosos de manera natural y sencilla. El vértigo antecede y sucede a cada pregunta existencial que ella se hace, e intenta resolver, con los personajes de cuentos como “El Amor”, “En Busca de la dignidad” y “El búfalo”. El sentimiento desbordado y la razón están todo el tiempo peleando un lugar en la cabeza de sus personajes; en ella misma.

Esas peleas se vuelven armas en contra y a favor del futuro porque nos orillan a ser transeúntes que se desplazan todo el tiempo por espacios desconocidos; muerte a las certezas y vida a las dudas, ya que durante la vida pasamos por acontecimientos que, en los casos hipotéticos y conjeturas, nunca creímos haber pasado. Por ejemplo, la indignidad para conseguir la dignidad, el odio para volver a amar, o la muerte para poder renacer de las cenizas. Nadie nace sabiendo cómo hacer las cosas de la mejor manera, únicamente existiendo se es con el conocimiento del mundo y de nosotras mismas.

Y, cuando no hay manos cerca más que las propias, es menester deslizar una pluma que nos arroje al vacío. Dando oportunidad a que el silencio y la soledad, desenmascaren los sentimientos, desenreden los nudos en la cabeza, clarifiquen el panorama y detonen reflexiones complejas y profundas con respuestas cambiantes que den para deslizarnos en tinta sin punto final.

Vida, ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Desde dónde? Y ¿Hacia dónde? Estas preguntas siempre nos llevan a entendernos como parte de un todo, como materia que se piensa in situ, donde la filosofía, como actitud ante la vida, se convierte en el  detonante de la escritura.

La evasión es un momento antes de la caída, pero ¿Hasta qué punto se puede estar indiferente con una misma?

En algún momento de la vida llega ese momento “insuperable” que determina nuestro sentido y posicionamiento ante la vida y, sin más, hay que ser. Ese momento es la posibilidad de transformarse o morir frente al verdugo. Después de todo, nadie le hace más daño a una misma que una misma.

Clarice Lispector guardaba silencios perfectos al escribir, entre una línea y otra había pensamientos profundos que se relacionaban con la manera en que ella concebía momentos de la vida. Todos ellos ligados a la trascendencia, a los ciclos infinitos, a la soledad; estadios donde las mujeres se confrontan consigo mismas y se hacen preguntas que hay que contestar en el trayecto.

Aferrarse a sentir dolor sin hacer nada con él es la distancia que diferencia a la voz de la palabra. La voz, que también poseen los animales, se manifiesta en alarido, en plañidero. Pero la palabra transforma poéticamente el alarido en vida. Aunque se muere al escribir, en realidad, se trasciende, al configurar nuevos enfoques que emergen por transgredir lo que era valioso y, de pronto, deja de serlo.

Todos los posicionamientos son inacabados pero acabables. Como nosotras que, únicamente asumiendo, conseguiremos glorificar a la experiencia, despojando lo podrido del mundo, dejando el pasado en su lugar, viviendo el presente, quizá dolorosa, pero dignamente.

A veces hay que morir, un poco o mucho; o  bien, matar lo que tenga que morir, para poder renacer de los escombros.

Conoce más de Metamorfosis por decapitación

Reflexión inspirada en: Dvorakova, Paula, (2013) “El silencio de la sirena” en Espéculo UCM Clarice Lispector, 51, p.89-100.

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